Seguidores

viernes, 16 de julio de 2010

Manuel Mejía Vallejo: UN REBELDE PROVINCIANO Y UNIVERSAL

Por: Rubén López Rodrigué rdlr@epm.net.co

«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. Y Balandú, un pueblo mítico acurrucado al pie de la cordillera y donde el tiempo se había detenido, es un universo imaginario como el Macondo de Gabriel García Márquez. Aunque se hable del provincialismo de Manuel Mejía Vallejo, esto no impide la universalidad de quien se adentró por el camino de la angustia existencial del hombre de hoy, incluida la violencia que lo destruye a sí mismo, igual que la libélula devora su propio cuerpo.

Al jubilarse como profesor de español y literatura en la Universidad Nacional de Medellín (dos años antes había fundado el Taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto), se dedicó de tiempo completo a beber de la literatura como fuente de gozo estético y de conocimiento. Y ello en la doble dimensión de recorrerla sin quedarse a la vera del camino y de hacerla por caminos que se sumaban kilómetro a kilómetro al mapa de su viaje.

Forma, sentido y profundidad

Su obra tiene un trasfondo filosófico, a diferencia de ciertos escritores que se ocupan más de las formas de la expresión literaria y tienden a cultivar la representación artística de la realidad sin mayor penetración en su contenido filosófico, sin mayor interés en un sistema cargado de crítica, reflexión y análisis. Mejía Vallejo, además de cultivar la elegancia poética de las formas, expresa las cosas con sentido y profundidad y da una justificación filosófica de la realidad que tiene frente a sí, con sus caminos tortuosos y accidentados. Y para lograrlo no necesitó acudir al escollo de la erudición excesiva ni valerse de la piedra en el zapato de la retórica aparatosa, ya que es un maestro que nada tiene que ver con la tiranía de los manuales enciclopédicos. Léase novelas como La casa de las dos palmas, Los abuelos de cara blanca, su última novela, Los invocados, o una novela corta como El día señalado; o cuentos como Otras historias de Balandú y Cuentos de zona tórrida.

No sobra decir que la suya es verdadera literatura porque hace de los detalles de la vida grandes acontecimientos sociales. Como Carrasquilla, otro antioqueño universal de quien afirmaba que era un gran rendijiador de la vida, plasma sus vivencias pintorescas de minas, haciendas y labrantíos, de colonos y mineros fundadores de pueblos, tumbadores de montes, abridores de trochas, en la perspectiva de conquistar nuestra propia identidad. («La literatura ayuda a encontrar el propio rostro», decía Sábato). Como Carrasquilla era un lector incansable, un rebelde con causa cuyas novelas, en las que eternizó las costumbres antioqueñas elevándolas al arte, son provincianas a la par que universales.

Al hacer literatura retrataba, incluso sin proponérselo, una situación o una época y bosquejaba prácticamente una pintura de la psiquis cuanto que era uno de esos artistas que se atrevieron a averiguar en su inconsciente donde el horror paraliza al neurótico.

Si Kierkegaard afirmó que la universalidad se logra explorando al propio yo, ese sondeo, que en ocasiones resulta espeluznante (el inconsciente, además de no tener pasaporte, es una realidad tenebrosa), no le fue esquivo a Mejía Vallejo. No hace falta forzar sus poemarios, novelas, cuentos e incluso sus ensayos para ver en ellos formaciones del inconsciente. Son descritos allí sueños, fantasmas, mitos y leyendas de los pueblos. Ese inconsciente que Freud teorizó y que Mejía Vallejo, en su gran escepticismo del psicoanálisis y de todo lo que oliera a ciencia, apenas sí concebía, sosteniendo que hasta el momento nadie sabía qué eran los sueños, ni Freud ni nadie.

Es evidente que lo imaginario, la realidad psíquica inconsciente que tiene la consistencia de una roca, y en especial los sueños (1), le atraían sobremanera pero sin desconocer por ello que la realidad siempre es superior a la imaginación. Cierta vez puso como tarea en el taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto que cada uno escribiera un sueño o una fantasía que se hubiera escenificado en su psiquismo.

Incluso podemos leer a Tánatos en su obra, ya que especialmente en su narrativa de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado predomina el tema de la violencia. Remitimos al lector a Tiempo de sequía, Cielo cerrado, Cuentos de zona tórrida y El día señalado. Inscrito en ese camino realista da un salto, como brincando sobre un arroyo para alcanzar la otra orilla de lo imaginario, como cuando el botón de rosa se abre y se convierte en flor. Y en Las noches de la vigilia supera el cuento realista de la violencia creando una nueva modalidad onírica, alucinante, mitológica. Y es que, como él manifestó, la imaginación, la pesadilla y los sueños hacen parte de nuestra vida cotidiana. La realidad tiene dimensiones múltiples y no es sólo aquello que miramos, tocamos y entendemos. Y la psiquis es tan real como el viento que actúa aunque no se ve. Pues bien: es en este salto cualitativo donde adquiere su cédula de ciudadanía el universo mítico de Balandú.

Primero se es hombre, luego escritor

Difícilmente su obra es una literatura no comprometida y destinada únicamente a ofrecer belleza a la retina o al tímpano. No: es una literatura combativa, de protesta y enjuiciamiento contra las injusticias políticas, sociales, económicas y religiosas. Como se sabe, este compromiso ha sido de la tradición de la literatura hispanoamericana desde sus comienzos.

Veamos su rechazo al regionalismo imaginario de los antioqueños, pues su universalidad no le permitía ser americano, colombiano o antioqueño. Por lo tanto, no entendía la falacia de “La raza antioqueña”. O mejor dicho: sí la entendía: como no existe ninguna raza pura en el mundo, estas concepciones eran para él vanidades dañinas, regionalismos de la desvinculación imaginaria, presunciones del liderazgo antioqueño para alguien como él que seguía un camino universal sin fronteras: «cuando hace lustros prensa y radio anunciaron que se había estrellado un avión contra el edificio más alto del mundo, muchos paísas brincaron a la calle para ver qué le había ocurrido al Hotel Nutibara» (2).

Las novelas, cuentos, ensayos y poemarios de Mejía Vallejo, además de expresar una visión singular, única y particular de la realidad dramática de los habitantes de una aldea, un pueblo o una ciudad, trazan grandes retratos de nuestra época, constituyen un espejo de varias lunas que refleja --al igual que lo hicieron escritores como Hemingway, Joyce, Calvino, Proust, García Márquez, Borges, Rulfo y tantos otros-- un íntimo conocimiento del Hombre. Sus cuentos están a la altura de los más prestigiosos cuentistas latinoamericanos, dígase Rulfo, Borges, Cortázar, Quiroga, García Márquez, y aunque no se muevan entre la letra y la sangre como los de Rulfo, sugieren que la violencia, y no sólo la colombiana, es una barbaridad.

¿Y su fama? De hecho no hizo parte del manoseo de la fama del boom latinoamericano de los años sesenta ni en Colombia ha tenido el prestigio de un García Márquez o de un Alvaro Mutis. Pero además de que se regía por los principios del arte y no por los vaivenes del mercado, también está el factor de que para sobresalir como escritor en este país primero hay que ser reconocido en el exterior.

Dos características del cuento mejíavallejiano son el lenguaje poético y el carácter filosófico de las sentencias, por cierto dos facetas que brillan por su ausencia en muchos de los cuentos que han desfilado ante nuestros ojos.

La naturalidad y belleza poéticas presentes en sus cuentos tienen por momentos un sabor a Oeste y remiten a una infancia embebida en películas de vaqueros y unos aires que traen a las narices olores de campo. Se encuentran en esos cuentos gentes en busca de oro, petróleo, hierro y diamantes, jinetes que llegan galopando por calles solitarias entre casas medio derruidas, gritando y con los sombreros al aire, los clientes jugando a las cartas en un rincón de la cantina, las trampas cuando la suerte rueda en contra, la ley de cada cual en la mano que dicta sentencia con un cuchillo o un revólver.

Pulía sus cuentos como un diamante en bruto hasta convertirlos en joyas, lo cual implicaba casi siempre quitar y no poner. En sus cuentos no hay explicaciones porque la literatura no es didáctica, no pretende enseñar y lo que ofrece es el placer de la lectura. Seduce al lector desde la primera línea y el final de sus cuentos obedece a un momento lógico. Para él los relatos requieren de una columna vertebral que sostenga la fuerza del mismo.

Animador de fiestas y velorios sin tener que echarse una guitarra al hombro ni salir a recorrer los caminos montañosos de Antioquia, valiente explorador no equipado con sombrero de caña ni mordiendo tabaco, ni el machete al cinto y bajo la ruana de paño negro el carriel de nutria que guarda la barbera, ni el juego de póker y el pañuelo rabo de gallo; estaba soportado por la lucidez y su palpitante sensibilidad.

Era razonable su admiración por el estilo de Fernando González porque para este pensador (mas no filósofo) el verdadero estilo consistía en manifestarse con naturalidad y utilizando un lenguaje duro, sin adornos, llamando a las cosas por su nombre con una expresión diáfana y directa. Eso de que el estilo verdadero consistía en manifestarse naturalmente era bien distinto a imitar a los clásicos, a los románticos, a los modernistas, o a García Márquez. Cada cual debía atender y obedecer a su propio espíritu a su propio “demonio”, como diría Sócrates o no será nadie sino un disfrazado.

En lo tocante a sus ensayos incluidos en su libro titulado Hojas de papel nos presenta una prosa libre, espontánea y no tan afinada como la de sus cuentos y novelas. Es una prosa de luces y sombras, ya que figuran allí personajes de mucho peso cultural como Carrasquilla, León de Greiff, Barba Jacob, Carlos Castro Saavedra, al lado de otros de poca trascendencia y que fueron sus amigos. Esa prosa espontánea, poco racionalizada, hace que a menudo se diluya en afectos que se esparcen como una bandada de palomas ante las campanadas de una iglesia y que sus ideas se rieguen como bisontes en estampida. Su otro libro de ensayo se titula El hombre que parecía un fantasma, sobre el poeta Barba Jacob. Mas esos personajes pretextos para asociar ideas y afectos no implican tomar el camino del ensayo superficial, alimentado por unas posturas personales marcadas por el facilismo. Hay ensayistas que gustan de tales senderos y exigen que se los lea y se les continúe publicando.

Una saga como la de Balandú no ha terminado. Cada lector seguirá escribiéndola. De modo que la muerte de Manuel Mejía Vallejo fue sólo un alto en el camino. Y ya sin recorrer los caminos interiores de su memoria, ha dejado de hacerle velo a sus enseñanzas extraídas de la vasta cantera de sus experiencias personales y nos ha dejado con generosidad su obra universal.

En un ciclo de literatura escenificado en “Los martes del Paraninfo”, concluyó su discurso improvisado con estas palabras: «Mi tarea es cumplir como hombre y vivo la vida del hombre hasta el máximo que permita el corazón, y también sin permiso de él. No nací para ahorrar vida y si muero diez años antes de lo que podría vivir, tampoco me importa porque la tarea no es durar»

(3) . Y efectivamente había cumplido su tarea como hombre. Porque, según su concepto, primero se es hombre y luego escritor. No obstante ser una de las tareas más difíciles en cualquier época, ante todo ser hombre bajo cualquier circunstancia, sea poetizando si se tiene talento, labrando madera si se tiene habilidad, cantando si se tiene buena voz, esculpiendo si se tiene maestría, rezando si se tiene buena fe, sembrando caña y café si se cuenta con el saber adecuado para ello.

Como él dijera: vivir no es cumplir años ni atender a las manijas de un reloj que sostiene la vanidad de medir el tiempo. Vivir es duda, es descubrimiento personal, es camino llagado. Por ello cita a Efe Gómez cuando afirma: «¿Qué va a saber un reloj en qué horas estoy yo?» (4).

NOTAS:

1. Véase Otras historias de Balandú.
2. Hojas de papel, p. 147. El Hotel Nutibara ha sido un lugar de tradición en Medellín.
3. Ibid., pg. 24.
4. Ibid., pg. 153.

Tomado de:
© Rubén López Rodrigué
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:

No hay comentarios: