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sábado, 26 de enero de 2013

Felix Turbay Turbay

Foto tomada de www.eluniversal.com.co


ANTES DEL TIEMPO
No se trataba de fundar una ciudad.
Necesitaban habitar el futuro
como un primer asombro de las recordaciones,
y hablaban un idioma desconocido entonces
por el pasado. No tenían historia
ni tenían un ruido de espada entre los huesos.
Pero llegaron
y fundaron el dolor y la muerte que al fin necesitaban
para estar en el mundo.


 Reino Incierto.
Abusaremos algún día
del más fuerte monarca, ya devastados sus ejércitos,
ya hirviente su palacio, carcomida
su piel brillante, untada su corona
de un aceite secreto que viene de la muerte.

Anterior a su lumbre, al oro de sus párpados,
algún salmo desierto lo estará recordando;
entre viejos bastiones, alguna dinastía
de música sangrante; sobre las tempestades,
alguna incierta pena del viento entre los álamos.

Después será posible levantar otro reino
hacia el mar, que es la tierra del sueño.


Poema inicial de la madre.

Madre ven, no te vayas, con tu mano
dale a mi corazón un nuevo aliento;
entre Dios y tu sombra, sólo el viento
tiene la identidad de lo lejano.

Con tu tiempo de amor, con tu temprano
desesperar, amor, fuiste lamento,
todo tu vientre tiene el vencimiento
de un profundo amor sacrificado.

Canta, espera retorna, siembra, anida,
madre, señora de la mansedumbre
territorio de un mundo inencontrado
en tu puerto de miel zarpó mi vida,

y en tu florecimiento inesperado,
matinal y sonámbulo, tu acento
fue llenando de luz mi pensamiento
con el temor de un grito recobrado.


Elegía en la Muerte de Luís Malo Alandete.

El jueves 21 de abril de 1951, a la una de la tarde, murió el
médico Luís Malo. Félix Turbay leyó el siguiente poema
como un homenaje a la memoria del destacado personaje.

Hoy tu recuerdo llega riguroso a mi alma,
descubriendo la vida, hundiéndose en la noche
final de las palabras, palpando en cada cosa
la blancura del mundo clausurada, soñando,
venciendo, rondándome los ojos y la cara,
cuidando de mi casa y mi familia
con sus brazos humanamente abiertos
desde el sitio que alzó tu vestidura
de espíritu y de huesos
hasta la juventud de los luceros.

Lo se. No importa que las calles de tu pueblo
sientan que no caminas sobre ellas.
Tu pueblo tiene sensación de puerto
cada instante, minuto, cada hora
de tu dulce retorno. Todos saben que vuelves,
que te fuiste a curar un enfermo, que tu ida
es el comienzo de tu nueva vida,
de tu desesperada contextura
de hombre bueno, adherido al corazón de las batallas
como un amanecer a la alegría.

Espera. Deja que grité tu nombre en cada esquina,
en cada calle, en cada viento, en cada lágrima.
Me estás doliendo mucho en el recuerdo.
Me estás hiriendo mucho la ternura.
No trates de explicarme, no me digas
nada que pueda atarme a la amargura.
No pretendas llorar, que tu alegría
tampoco se apagó con tu partida.
Deja: Deja que me maltraten
que me lleven atado a un sitio lleno de ataúdes,
que me partan las manos y en la sangre
me hundan la semilla de la fiebre.

Yo sé que tú retornas. A curarme,
a decirme de nuevo: buenos días,
a regalarme dulces y centavos
como cuando era niño y te llamaba
desde la acera de mi casa-tuya.

No lo pienses así. Todos te quieren,
no hay uno solo que no te presienta,
no hay un solo domingo que no te lleve
canciones tuyas en su nacimiento.
La misma iglesia, si, el mismo cura,
la misma plaza buena y silenciosa,
las mujeres iguales, los señores
iguales como siempre, menos uno,
los mismos pastos y los mismos bueyes,
el viento igual, igual como la orquesta
con aquella esperanza campesina
de música morena arrodillada,
yo igual, todos iguales, esperando
tu voz y tu estatura. Licho Malo,
tu Purísima fuente de amistad.

Hoy tu presencia llega rigurosa a mi alma.
Mañana nuevamente hablaremos de todo.
Aquí mismo te espero, con el mismo vestido,
con la misma manera de esperarte
que siempre conociste.
Mis padres mis hermanos, mis amigos, mi pueblo,
y toda, toda, toda la sed de los caminos
te esperan, te reclaman, y sienten
que en los ojos les ha nacido un hombre
indeclinablemente universal.

Félix Turbay Turbay, Nació en El Carmen de Bolívar en 1936. Estudio Medicina y no culminó, se graduó de abogado y ha desempeñado varios cargos a nivel nacional. Tuvo estrecha relación con el grupo de los cuadernicolas liderado a nivel nacional por Eduardo Cote y Jorge Gaitán Durán. Éste grupo resaltaba la poesía profunda, reflexiva y desencantada por los hechos ocurridos en el planeta, especialmente la segunda guerra mundial que trajo pobreza, muerte y miseria a la mayoría de los países. Fue secretario de los ministerios de Comunicaciones y del Trabajo, viajó por varios países de Europa y América Latina. En Cartagena ocupó varios cargos, desde secretario de la gobernación hasta alcalde encargado. Posteriormente fue nombrado diplomático en Venezuela y posteriormente en El Líbano.  Ha publicado el libro Memorias del padre.
Falleció  en Cartagena a los 76 años el 22 de enero de 2013.

sábado, 19 de enero de 2013

Peregrino de los bosques


RETORNO

Sentado entre los escombros del día
empuñando un manojo  de plumas raídas
un ángel se pregunta si alguna vez fue un hombre
Como no tiene historia no sabe si lo que siente
es esperanza o recuerdo
Conserva imágenes de una posible vida pasada:
luz de luna sobre las rayas de un tigre de Bengala
ciudades que el mar borra por las noches
Cree provenir  de una primitiva raza
de alados seres solitarios
el eslabón perdido  entre la felicidad y la muerte


VISIÓN

Desde otra vida cae la lluvia sobre la luz de las ciudades
la locura milenaria del desierto borra del aire los cuerpos
aire denso de callados juramentos
Desde esta vida el día asciende peldaños de siglos y arena
abandona en el cuenco de mis manos sus últimos sonidos
y la hoja que flota en el viento de otoño
La misma luna ilumina  ahora las ilusiones y las tumbas

DESTINO

No nos separa el tiempo que talla los rostros extraviados en la lluvia
nos separa la tierra, unos sobre ella, otros debajo
Aun en la vida serena, bella y vana, somos verdades insepultas
Ya en los epitafios, nos volvemos buenos y estamos solos

SOPLO DIVINO

La dama adinerada sale del rancho del artesano
Las llaves del auto se le caen, las recoge
y con un gesto de asco les sacude el mismo barro
con que el artesano ha hecho la hermosa pieza
que ella lleva en la mano con orgullo de propietaria


UN MÚSICO DEL PUERTO

En el bar hay uno que quiere tirar su nombre al mar
mira la alegría ajena con el rabillo del ojo
mira cada rostro como se mira una carta sin abrir
está tocando con el volumen de una evocación
su alma está pasando del cuerpo al saxo
Afuera, la lluvia lo escucha y empieza a levantar la voz


ORLANDO FÉNIX, 1965. Estudió Literatura en la Universidad Nacional, donde fue monitor del proyecto del Programa Interdisciplinario de Apoyo a la Comunidad y de la Cátedra Manuel Ácizar, Cofundador de la editorial El Astillero.
Diplomado en destrezas de lectura por la Fundación Merani. Ha sido profesor del San Carlos, tutor en el Plan Nacional de Lectura, coordinador de proyecto en la Secretaria de Educación, lector en Palabras que acompañan, profesional en la Secretaria de Integración Social. Para el ICFES ha trabajado como constructor y revisor en Prueba de Estado, constructor en prueba de Validación y Pruebo Saber, calificador en las pruebas PIRLS y PISA y asesor en las Pruebas ECAES.
Actualmente asiste al Comité de valoración de libros de Fundalectura y es miembro dela Red de Promotores de Lectura.
De niño, sus padres tuvieron que irse, solos, del país. Entendió entonces, como Gil de Biedma, que la vida iba en serio. Marxista precoz y vehemente, yo no es tan radical. Gusta de tranquilos caminatas conversadas, vive en Bogotá desde 1988, practica el Zen.

viernes, 11 de enero de 2013

La mujer de los cuatro elementos


Fernando Denis
                                                                       

  El fuego vive de la muerte del aire
y el aire de la muerte del fuego; el agua
vive de la muerte de la tierra, y la tierra
  de la muerte del agua.

Heráclito

                                        Atrio
Enciendo el fósforo que me guía en los laberintos del lenguaje, sigo su pábilo, la luz que al final habrá de fundirse con mis dedos, con mis palabras. Soy el centinela de estos parajes. Entro en el poema y hago mi ronda hasta que amanece. Vigilo las cuatro puertas. La mujer que sueña en las murallas dice que soy un duende, que puedo llevar las palabras en mis bolsillos  como monedas;  en vez de monedas siempre cargo versos de Virgilio.
Entro en la noche, en sus símbolos, en la edad de la sombra y de la luz, merodeo  por sus orillas, contemplo la belleza y el pavor de sus hogueras, voy tras la voz que bordea los acantilados, ebrio, sonámbulo, pues la distracción  prolonga el infinito, me detengo un instante en un pasaje de la biografía de la lluvia y trato de recordar el poema donde mueren todos los ríos.  Mueren los ríos, muere el tiempo, pero las palabras quedan intactas, empañadas en el cristal. Heráclito llora en la falsa orilla: “¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece?”  Por eso vivo dentro del lenguaje. Tiendo mi carpa dentro de una palabra, en sus bosques preñados de fábulas, de ruiseñores, y como el viejo Eliot, leo casi toda la noche y bajo al sur en invierno.
Soy testigo de la mujer que hace diamantes con las palabras, que inventa con cada sílaba los collares que llevan en sus cuellos los fantasmas, los dioses, las doncellas de los cuentos de hadas. He sucumbido a su canto. Las mariposas del recuerdo me intranquilizan, quisiera ignorar su esbelta desnudez bajo el agua del Caribe, donde he visto la geografía del lenguaje, la sensual, la terrible, la exacta erudición de los sentidos, la embriaguez absoluta que aún ignora el tacto, la cadencia de los hombres.
No sé si la he soñado,  no sé si ella es la que sueña que yo la cuido desde que aprendí el idioma de las tribus del aire.
Cada gesto suyo borra el universo, lo distrae. No es el amor, es algo anterior al amor, anterior a la mujer, su sueño antes de volverse carne, antes de volverse sal, antes de volverse piedra. Es su palabra ingrávida anterior al deseo de volverse cuerpo, labios, cabellos.
Soy el centinela. Desde hace algunas noches vigilo estos laberintos que compró esa mujer con las monedas que durante años iba recogiendo en las fuentes.

F.D.

Primera parte

La mujer del fuego

                                Y mi nombre se confundió con el nombre del fuego
                         mientras cantaba con oro en la voz
                         el griego reflejo que Heráclito dejó en el agua.

 Cambiando se descansa.
Heráclito

I
Estremecida por la luz de los grabados de la noche,
por su silencio, por la sed amorosa que crepita
en sus selvas, en sus runas de fuego,
en sus salamandras consternadas en mi sueño
de niña,
he bajado hoy a las murallas, hoy quiero hundir
mis secretos en las arenas,
el esplendor, el encanto y la música para quedar
desarmada, arrojar al mar incesante esa belleza
antigua que quema mi noche,
arrojar mi última moneda.

II
Salí de la noche, de su silencio, y a la noche pertenezco,
soy hija del milagro de la noche
y en su sombra irradian mis palabras.
Mi silencio es la voz de otra mujer que me acompaña.
El hechizo, el amor, la sed de esta hoguera
estremecen mis horas, mi clepsidra,
soy esa canción que al ocaso atraviesa los bosques
y baja descalza hasta las murallas.

Detrás de la piedra despierto a esta dulce maravilla,
al misterio de la luz, de la sombra: en sus páginas
escribo, detrás del silencio que me acompaña,
diluyo mis delirios, esta agobiante soledad 
que arde en todas las orillas, en el papel,
en mi cuerpo.

III
El mar intuye en mi mano la soledad de los astros,
mi tarot de adivina que barajan otras manos extrañas,
mi horóscopo indescifrable,  tímido, los símbolos
de este silencio anhelado por los arcanos,
y ya tantas veces leído por los planetas,
por las estrellas echando chispas 
en las constelaciones de mi sangre,
sus bocas radiantes en la oscuridad me susurran
el futuro.

IV
He vertido con ansiedad dos milagros en la fuente
de San Diego:  mis ojos verdes que han visto
con vehemencia los ocasos morir en esta esquina,
mis ojos que han visto el incendio milagroso
en las telas, en los grabados, que son gestos
de este silencio,
 y al llegar la noche intuyen las cenizas del alba;
mis ojos afiebrados que son dos lunas hambrientas,
ensimismados, amasando el mito,
escrudiñando en los pliegues, en las cadencias,
en los umbrales de una historia que se repite
y que no es la misma. Mis ojos diluidos en la tormenta
con el verano enardecido de las ciénagas,
con el azufre candente, mágico de las cumbres,
y vago como una ola vestida con la túnica del color
de las auroras de la Ilíada,
casi imaginaria como una fábula,
y desde mi zarza luminosa leo en las líneas de la mano
de la noche.



V
El mar me desvela, rasga en la negrura las cuerdas
de sus maderas y sus metales,
sacude las abigarradas lunas rojas del templo de agua:
veo el balido del otoño descendiendo por sus escaleras,
rodando por sus líquidos corredores, por la arena
fulgurante de sus balcones y sus recámaras
manchando del color de los labios de Medusa
el mármol amarillo.

VI
Observo el mar desde el ojo de un color de la llama,
desde mi faro, leo y releo la maravillosa enredadera
de sus hexámetros de agua,
la morena escritura dormida en los papiros de sal,
en papeles ajados por la luna que bajan como pájaros
hasta el silencio de la llama, a cada gesto de mi oído,
y subrayo esos versos antiguos con tizones
o con carbón de las minas;
la belleza helénica de sus estrofas salta hasta
mis oídos y me hiere.

VII
Siento las naves llenando de fiebre y de brillo
las estatuas de esta ciudad de piedra,
los molinos de viento de mi mente, la suave
embriaguez  de mis sentidos, los bosques embrujados
del  insomnio donde soy forastera,
y con sueño en las manos, con hambre en los oídos,
con la ebriedad de este silencio más fuerte que yo,
que me obliga a arder en los bosques de la página,
tejo los escombros de un sol que se agita en mi pecho, 
tejo en los umbrales la madeja de esta poderosa
luz que me promete el infinito.

El mar es un milagro. 
Al  igual que el fuego, el mar tiene vida propia.
¿Cómo colmar la ansiedad, la sed de deshacerme
y renacer en una palabra y arder de nuevo?
Vine a hablarte del fuego y traigo una llama en mis labios.

Tomado de Revista Letras No. 6 Octubre-noviembre 2012