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viernes, 28 de octubre de 2011

William De Ávila Rodríguez

Confesiones crepusculares en la heladería
(Tomado de:Revista LetrasNúmero 2, Año 1. Octubre de 2011)
Estuvimos en la heladería de la esquina, al lado de mi casa, allí nos alcanzó a sorprender la luz parda de la noche. Pedimos  cervezas, helado  de  chocolate, maníes y mentas. Nos untamos las bocas de acidez, miel y besos, rompimos la timidez del primer encuentro sin cita previa. Apuramos la bebida que corría espumeante por las gargantas.

En medio  de nuestras voces y risas, nos  quedábamos callados y nos mirábamos los rostros, nos mirábamos a los ojos y cuando allá en el fondo de las pupilas descubríamos el secreto o el deseo del otro, reíamos con complicidad y alguno de los dos buscaba los labios esperantes de caricias y mordiscos.

Deslizaba mis dedos en medio de su pelo recién pintado, que  le caía en el borde  de  los hombros, y mis yemas viajaban por el nacimiento de su espalda, se estremecía y me quitaba la mano  diciendo:"¡necio!"

Habló de las lluvias imparables en un pueblo a orillas del río que  tenía  casas de  bareheque  sobre  palafitos  en  la entrada del puerto. También de abundancias de peces que venían marcados con los números de los próximos sorteos de las loterías, encima  y debajo  de las escamas, y de mujeres, doradas por el sol, que se paseaban todos los crepúsculos por los pasadizos alcahuetes del camellón.

  Habló de reses y caballos, de leyendas y mitos  de otra región, que conservaba sus pies descalzos de niña en las orillas de los playones de un río inmenso, caudalosos que separaba dos naciones. De las trepidantes  brisas de la tarde que amainaban el calor en una llanura verde y sin límites que cuando el mundo se apagaba sólo la pintaban los cocuyos y las estrellas.

Nos tomábamos de las manos y le indicaba sus rumbos mirando las líneas de su mano derecha. Le ponía dos de mis dedos en las sienes y le describía los sueños perdidos en los ramales de su memoria, soñados la noche anterior, la semana pasada o el año viejo. Se sorprendía cuando sabía su sueño y le asustaba que pudiese saber más de su pasado y de sus secretos de mujer bonita. Le dije que le interpretaría las cartas del Tarot y le mostraría las marcas de los astros en los caminos de los hombres. Además, leería el recorrido de su vida, todos los días, en la untura de café que quedara en los pocillos cuando viviéramos juntos.

Escuchábamos vallenatos antiguos y nuevos en voces de cantantes recién impresas en discos compactos. Pedimos también, canciones  de Roberto Carlos, Julio Iglesias y la música de Los aterciopelados. Nos llenamos los oídos de ritmos   conocidos,  historias  de  amores,  alaridos   de guitarras  y  tamborileábamos  los  dedos  en  la  mesa mojada, siguiendo la música con las manos, los ojos y el corazón.

No hacíamos caso de los que entraban ni nos dábamos cuenta de cuando salían. Sabíamos de la muchacha que nos  traía  las  cervezas cuando  éstas se  acababan  y golpeando las palmas de las manos, la hacíamos venir, trayendo los envases repletos de vida y felicidad.

También supo  de  mí, de  ese afán  desmesurado  por romper  los silencios y las angustias de la soledad, del constante  oficio  de  mi  escritura  y  de  los sueños, en travesías interminables por las rutas del mundo. Le hablé de la posibilidad  de emprender  un recorrido  que nos llevara de montaña en montaña hasta todas las alturas de América, para saber la raizal estirpe de los Hombres de Achiote, de los Hombres de Maíz y de los Hombres de Oro. Le dije  que  me  gustaría  permanecer  con  su nombre grabado  en  el paladar, en  las neuronas  sabias de  la memoria  y en las membranas enamoradas del corazón. Que lo llevaría en la sangre y todos los días, al levantarme, lo diría en voz alta para recordar  su sonido de noches alunadas, de flores con lluvia y de vibrátil vuelo de pájaros mañaneros. Le pedí  que  no  olvidara  el  mío, que  lo escribiera  con letras pequeñitas  en las palmas de sus manos, en la blanca suavidad de sus muslos, en el pecho, encima  del  corazón, y        lo  fuera  escribiendo   en  sus cuadernos, en   medio  de  los  dibujos  de  su libro  de ecología, en el brazo del pupitre y en las paredes infinitas de todos los pueblos y ciudades que conociéramos desde ese día en adelante.

Juré que no la olvidaría y que me untaría del calor de sus manos, del sabor de sus labios pulposos y de los olores desprendidos por todos los rincones de su piel. Le cerraba la boca de vez en cuando con el dedo índice y le pedía silencio cuando sonaba una canción que me llenaba de nostalgias y recuerdos. Tarareaba y escribía los versos iniciales en las servilletas en que traían las cervezas, besaba el papel y lo guardaba en su cartera.

Cuando  nos  aburrieron   los  sonidos  de  los  músicos noctámbulos  y   sus   canciones  nos   parecieron melodramáticas, nos dimos un largo beso que nos quedó estampillado en las lenguas y las encías, y lo sentimos en la profundidad de la bóveda de las cabezas y en el recorrido óseo y medular  de nuestras vértebras.  Luego, nos tomamos de las manos y caminamos por la avenida amplia y recién vestida de pavimento, donde no nos despertó del apasionamiento ningún ruido de carros ni de motos. Nos bañamos en la lluvia naranja de mercurio y estuvimos calladitos, sintiendo las palpitaciones del corazón a través de la tibieza y humedad de nuestras manos enlazadas.

Desde entonces, me  he  leído  once  libros  de cuentos infantiles, tres antologías de poesías desesperadas, tres libros de cuentos para adultos y he repasado las hojas de cinco  novelas  latinas.  He  visto  ochenta  capítulos  de telenovelas desabridas, tres largometrajes, tres veces la misma película de karate con actores gringo-japoneses, que dijiste  te gustaba; dos películas que se ganaron el Óscar y una  que  nunca  se lo  ganará. He repetido  de memoria las lecciones de inglés y hasta me inscribí en un curso de francés y me he dormido, conjugando el verbo esperaren todos sus tiempos.

Por las tardes, desde hace quince días, he pedido una cerveza, un helado de chocolate, una bolsita de maníes salados y dos turrones de menta. Todo...lo he consumido, mirando para el portón cerrado de tu casa.

Williiam De Ávila Rodríguez. de Valledupar Colombia. 1963, periodista, Director de la Fundación verde Biche y de la Revista Letras

viernes, 14 de octubre de 2011

ARIANA MOLINA GÓMEZ

POÉTICA DE LA CAVERNA

Los flujos discontinúan el reloj de agua
La ciudad  como nadie
Y todos  en mí
como desviados por aromas  espectros y muros
Hay memoria  en ese titán de miradas
y graznidos  regados  por las calles
Desnudos y mojados por el viento
en la bruma  como  de un cuento de hadas
donde el misterio es el absurdo
en otra edad lagrimada por la necesidad de llorar
el sol muere  pm  las alas Profundas de abismos
Los mercaderes  del vacío,
Venden trozos de eternidad
Yo
regalo papeles rotos y escupidos
escritos por mi perplejidad
pegada  en las  ventanas del infierno.
  
CADALSOS DE LA MEMORIA
  
Viajas por los pontos
A los cadalsos de la memoria,
En barcos de los cuerpos
y esos barcos son el deseo
De naufragar en tus sabanas de aguas
Con que vistes mi desnudez
Sin cantos de sirenas
Sin rocas de ojo
Y dioses tiranos de tiempos y destinos
soy la ola destructora de tu sangre
y tú los hilos con que tejemos nuestros abismos
para gritar en la nada.

Para WG.

 DE LA CÁRCEL
  
No hay niños en el parque
 porque están ocupados
 con sus padres en contar
números de sangre en la pared
  
Un niño junto a la ventana
observa  el parque
en el olvido libre
y una flor de metal
respira la salida.

MONTAÑAS MUERTAS

Mis heridas crecen con pasos
detrás de las montañas muertas
pero en esta soledad
en que los cuerpos se derriten
busco la noche
para hacer el amor con la noche
y habitar sus residuo sangrientos

Para Elenia

CAVERNA NAUFRAGADA

 Hay un desatino en la mórbida de los otros
que señalan la sombra acaecida de soledad
Hay quienes braman
como ladrándole la espalda a los años
Hay látigos soporíferos
 vomitando gusanos de luz
en los espacios de nuestra caverna naufragada.

HISTORIAS DE NAUFRAGIOS

Abismos habito
Cómo encontrar en el crepúsculo
Lo que no está escrito
Hastío de lunas sangrientas
Pupilas dilatadas por el fuego de soles combatientes
Ojos de hierba
Ojos de raíces
Cavilo en las profundidades de tu cuerpo
rodeado de precipicios
 Historia de naufragios
paralizantes en la noche.

DE LA ESPERA

 Piedras  de agua
socavan los barcos
 Hay un imperio
blanco de sangre
Los cuerpos no han sido tomados
por serpientes
Penélope insiste en vencer el tiempo
y el amor del olvido
 ( Poemas tomados del libro ANTOLOGIA Premio Departamental de Poesía del Cesar)

ARIANA MOLINA GÓMEZ, nacida  en Fonseca (La Guajira) en 1986.Desde hace seis años vive en Valledupar donde realizó estudios en Microbiología. Hace parte del Colectivo Literario Yuluka. Ocupó  el Tercer lugar en el Concurso Departamental de Poesía 2009, con los poemas que hacen parte del libro Naufragios En La Caverna (2008-2009).

viernes, 7 de octubre de 2011

Miguel Barrios Payares

DIDÁCTICA Y HERRAMIENTAS PARA JUEGOS NOCTURNOS

El 20 de diciembre de 2010 Fabio Durán se declaró ante si mismo, oficialmente un desgraciado. Para quienes fueron en algún momento sus compañeros, esa afirmación fue evidente desde los primeros días de octubre pero Fabio Durán mantenía una alta cantidad de orgullo que lo hacía parecer, al menos ante su propia persona, como un tipo normal. La llamada de Lucrecia treinta minutos antes no fue más que un detonante. Para sentirse así hubiese podido utilizar cualquier otra razón: Ruth cobrándole el alquiler, el sonido intermitente del teléfono sin servicio o la conexión nula en la ventana del explorador de Internet, pero fue la llamada de Lucrecia y no hubo remedio.

En orden: el teléfono celular de Fabio timbró por primera vez, ese día, a las 6:40 P.m., Fabio lo contestó en la séptima oportunidad esperando sin muchas ganas que fuera su mamá.
—Necesito que me recargues el celular.
—¿Cuándo? ¿Cuánto?
—Ahora. Cinco mil.
—Ok.
—Ok. Llámame.

Estaba sentado sobre el sofá frente al televisor, donde también se contestaban las llamadas hechas al teléfono fijo. Detrás del televisor, fijo a la pared, un metro más alto, estaba un diploma del que se podía leer con claridad desde el sofá: «La Universidad Popular del Cesar confiere el título de Contador Público a Fabio Andrés Durán Mora». La lectura en voz alta de ese texto le parecía risible teniendo en cuenta que su idea de la universidad era lo más cercano a un mercado público y él, como ex profesor, un buhonero hambriento. En los pliegues del sofá solían quedar atrapadas monedas de las personas que se sentaban allí. Metió las manos por todas partes intentando encontrar cualquier cosa. En la mañana había encontrado doscientos pesos que le sirvieron para comprar un huevo y posteriormente comerlo hervido sin nada más. Pero a estas alturas del partido, Fabio tenía bien claro que no encontraría un centavo ni el sofá ni en ningún otro lugar de la casa. Sin embargo, se levantó y se dio un baño. La ducha no duró más de cinco minutos y salió rápido de la habitación, así como entró. Al salir se metió las manos en los bolsillos esperando quizá el milagro de encontrar una moneda. Sacó las manos de los bolsillos y las vio sucias de arena y de motas de algodón blancas y azules. Sintió cierto desprecio por él mismo y por su madre, por la vecina, por el portero del conjunto residencial frente a su casa, por el conductor de la ruta 16: Instpecam/Amparo/Nevada y por un perro con sarna que se rascaba una oreja. En pocas palabras: Fabio sentía desprecio por el planeta entero. Aunque la expresión «el planeta entero» no es muy precisa, pues Fabio sentía que algunas personas valían la pena: sentía un profundo respeto por una actriz porno de principio de los años noventa llamada Samanta Higgins, con la que se masturbó más veces de las que hasta ese momento le había hecho el amor a Lucrecia y por un pastor protestante de una cadena norteamericana que televisaba sus cultos los domingos por la mañana; le parecía que ese tipo sabía hacer sus cosas, que era convencido de lo que predicaba y que además convencía a los demás, también le gustaba ver el anillo que el tipo llevaba siempre en el dedo anular de la mano derecha. Entonces Fabio Durán odiaba, o sentía desprecio, que para este caso es lo mismo, por todo el planeta salvo por dos personas que nunca había visto más que en el televisor.

Salió a la calle.

Afuera todo estaba adornado con luces de navidad. Un niño lamía la barita donde en algún momento hubo un algodón de azúcar. Un tipo besaba a una mujer gorda. Otra mujer gorda besaba a un hombre gordo. Un vendedor de chorizos escupía al lado del fogón y sonreía. Valledupar era una fiesta: un lugar que daba cabida a las manifestaciones más aberrantes del ser humano. En un semáforo un hombre tragafuegos trabajaba al lado de un saltimbanqui. Cuando el semáforo cambiaba a verde se daban la mano y se iban a un costado de la acera, recibiendo apenas las donaciones de los carros que estaban de ese lado.

Fabio quería ver algo que le demostrara que él no era el perdedor que todos creían. Quería ver en las calles ese halo de maldad en la gente. Quería que el hombre tragafuegos se atragantara con el combustible y se incendiara un poco, que de verdad fuera un tragafuegos. Quería ver la sonrisa de la gente cuando el saltimbanqui pidiera ayuda para su compañero. Quería ver la indiferencia de la gente. Quería ser indiferente. Por un segundo, el teléfono celular lo sacó de sus pensamientos para recordarle la llamada que recibió antes de salir. Un mensaje de texto por cobrar de Lucrecia, le recordó que no tenía un centavo. No tenía ninguna opción para encontrar cinco mil pesos a esas horas. No había almorzado y pretendía caminar para regresar muy cansado y dormirse de golpe, sin recordar que no había comido. Guardó el teléfono y siguió. Caminó dirección al centro por la Avenida Juventud, sin detenerse. Siguió pensando.

Caminó.

Caminó.

A veces se puede caminar sin pensar en una sola cosa. Unos tipos casi adolescentes se emborrachaban al lado de Los Poporos. Fabio caminó más rápido para evitar que alguien lo conociera. Quizá un compañero profesor. Ebrio. Con buena memoria. Alguien que le recordara lo de antes. Un estudiante. Alguien. No era difícil. Las cosas en Valledupar suelen recordarse por un buen tiempo. Después se olvidan, pero mientras duran, son un cuchillo en el hígado. Una puñalada a cada segundo durante una eternidad. Cuando Fabio conoció a Lucrecia, ella tenía casi los veinte años cumplidos. No recuerda con claridad quién inició la primera conversación. No recuerda si ella se le insinuó o si él le propuso a quemaropa que intercambiaran notas por sexo. La cosa es que antes de que terminara el primer mes de clases, Fabio y Lucrecia se sacudían en todos los lugares posibles. Faltaba sólo un encuentro para que a los minutos el uno estuviera sobre el otro. Esa falta de previsión no le hizo ver que en un parqueadero no es bueno bajarse, así sea a medias, los pantalones. Lo echaron cuando lo descubrieron con Lucrecia abajo. Él la continuó viendo con la misma frecuencia de los días de universidad. A Lucrecia no le importó un rábano lo que la gente pensara.

A la distancia que se encontraba Fabio del semáforo, no pudo ver al tragafuegos, pero si notó que algunas personas corrían en la misma dirección que él. Pensó que el tragafuegos se había ahogado según sus predicciones y deseos, o que quizá el saltimbanqui se había doblado el tobillo y la gente lo traía a cuestas. Siguió caminando. Algunos se asomaban desde los balcones y se entraban nuevamente, rodaban las cortinas de las ventanas y apagaban las luces. Una mujer cerró la reja de su casa y metió al niño que jugaba en una bicicleta que todavía llevaba los sostenedores traseros. Alguien pasó corriendo al costado de Fabio. Luego otro. Y otro más. Antes de darse cuenta Fabio Durán había cambiado de modo “Paso rápido” a “Pequeño trote”. Aumentó la marcha cuando notó que ya no sólo eran unos tipos corriendo sino, una chusma gritando. Sintió que una gota fría de sudor le recorría la espalda. A lo lejos notó el brillo de algo. Una moneda, quizá.

Paró. Se agachó.

La tapa de aguardiente parecía a primera vista una moneda de quinientos pesos. Al agacharse el sudor se le regresó por el cuello llegándole hasta la cara. La peor sensación, pensó. Un tipo lo señaló. Otro dijo: es él. Sea lo que fuera, Fabio no quería ser el “él” que los tipos buscaban. Corrió. Pensó en Lucrecia. Vio la avenida Simón Bolívar muy cerca. Quería perderlos. Dos vendedores de arepas a un costado del semáforo. Un vendedor de chorizos. Semáforo en rojo. Un tipo bailaba con una perrita pinscher. Una mujer en una moto aplaudía a la perrita al tiempo que sentía asco por el bailarín. Fabio atravesó la calle. Cayó. Quizá por descuido o porque no le importaba un tipo que cruzaba la calle a toda velocidad, el conductor de un carro modelo noventa y siete golpeó a Fabio con todo lo que un carro puede dar a sesenta kilómetros por hora en una noche calurosa.

Los tipos que seguían a Fabio se detuvieron, echaron un vistazo, se miraron. Siguieron de largo. Fabio también los miró. Pensó, Cuando ya se iban, que los tipos eran muy altos. Ni en cien vidas les hubiera ganado una pelea, ni un solo round. El bailarín tomó a la perrita en los brazos y se acercó a Fabio. La bolsa donde guardaba las monedas que le daban de propina se le cayó. Se rompió y las monedas rodaron. Los vendedores se acercaron. Uno a uno, como cuando una presa estudia la carnada. Algunos carros esquivaban el montón de gente y seguían su dirección. Otros paraban. Los que iban detrás de los que paraban, gritaban, hacían sonar los pitos. Otros se bajaban de los carros. Los niños que viajaban en la parte trasera de los carros preguntaban a sus papás si así se veía una persona cuando estaba a punto de morirse. Quien pasaba caminando, disimulaba, se agachaba y tomaba una que otra moneda del bailarín. Luego la modestia se perdió y los vendedores de fritos, los dueños de los carros y la mujer que aplaudió a la perrita, todos se abalanzaron sobre las monedas. Fabio vio el espectáculo. Sonrió. Una moneda cayó muy cerca de él. La tomó. La apretó con su mano. Dos minutos después murió.



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Miguel Barrios Payares
Título del cuento: Didáctica y herramientas para juegos nocturnos
Fuente: Meridiano Cultural. Montería.

Nota biográfica: Miguel Barrios Payares. (Astrea - Cesar 1986) Estudios de Ingeniería de Sistemas en la Universidad Popular del Cesar. Miembro del taller de creación literaria José Manuel Arango adscrito a la Universidad Popular del Cesar y a Renata. Ganador II Concurso Nacional de Cuento, 2011. Recibió mención especial en el Concurso de Cuento y Poesía “Materialización de lo inasible” 2007, género Cuento. Algunos Cuentos suyos han sido publicados en las antologías “Materialización de lo inasible” 2007. “Viaje a la memoria”, Renata Valledupar 2009, en la revista Puesto de Combate No 76, 2010. Antología de cuentos Talleres Literarios, 2010.

domingo, 2 de octubre de 2011

Diógenes Armando Pino Avila

QUIRÓFANO

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

Ahora que estoy atado a la silla de mi escritorio, amordazado y con la venda semi-caída sobre mis ojos, es cuando me doy cuenta que algo malo paso.
Llegamos puntuales, los tres, contentos por la invitación; nos iban a dejar participar, cosa rara en ellos.
Apenas traspusimos la puerta, vimos la sala llena de luces. Entramos y al momento se abalanzaron sobre nosotros, los nueve individuos vestidos de blanco, que a lado y lado de la puerta nos esperaban agazapados; nos golpearon frenéticamente, reduciéndonos a la impotencia, luego nos maniataron sólidamente a las sillas de nuestros respectivos escritorios y con trozos de seda que cortaron de la bandera de la nación, nos amordazaron y vendaron.
Comencé a hacer esfuerzos por soltarme, no pude; sólo logré que la venda cayera parcialmente de mis ojos; así pude observar atónito todo lo que ocurría a mi alrededor.
Muy quietos, rígidos tal vez, en una concentración perfecta, los nueve individuos vestidos de blanco, con las miradas fijas en sus escritorios, repasaban silenciosamente los apuntes que tenían en las hojas de papel apiladas ante ellos. Quietos, callados, sumaban, restaban, multiplicaban y dividían. Cualquiera los hubiera confundido con unos estudiantes aplicados de matemática resolviendo un complicado ejercicio.
De repente, al mismo tiempo, sincronizadamente, levantaron la cabeza, se miraron unos a otros quiñándose los ojos y levantando el brazo derecho con el puño cerrado y el pulgar rígido hacia arriba, sonrieron satisfechos y frotaron las manos.
Con ruidos metálicos de goznes sin aceitar, chirreando tétricamente en el silencio de la noche, se abrió la puerta de la sala. Todos fijaron allí sus ansiosas miradas, relamiéndose los labios de placer anticipadamente.
Apareció, por el hueco de la puerta, una camilla forrada en hule negro, alta, fría, de hierro cromado, que al reflejo de las luces despedía destellos iridiscentes que herían la vista. Un hercúleo camillero, de larga bata blanca la empujaba al centro de la estancia. Cuando la ubicó en el preciso centro del círculo que hacían los escritorios, hizo una reverencia y salió callado, parsimonioso tal cual había entrado, cerrando la puerta a sus espaldas.
A partir de ahí observé asqueado el mas horrible y dantesco espectáculo visto en mi vida. Los nueve individuos retiraron la vista de la camilla, encima de la cual reposaba un bulto antropomorfo cubierto por una sábana. Se pusieron en

pie sincronizadamente, abrieron el cajón derecho de sus respectivos escritorios y sacaron cada uno, un maletín negro de cuero, de los cuales extrajeron completísimo instrumental quirúrgico.
Calzaron los guantes, se acercaron a la camilla instrumental en mano y halaron la sábana la cual cayó blandamente al embaldosado piso, dejando al descubierto un cuerpo enjuto de piel apergaminada, pelo blanco, un viejo de edad incierta, sumido en un profundo sopor ajeno a su más completa desnudez.
Luego de destapar los frascos de yodo, con los cuales impregnaron los hisopos de algodón - ignorándonos totalmente - comenzaron a cuadricular milimétricamente el enjuto cuerpo del desnudo viejo. Hecho lo cual, se rotaron de derecha a izquierda y con reglas y escuadras verificaron desconfiadamente las medidas tomadas por los otros, midiendo aquí y allá. Cuando terminaron de constatar las medidas y que cada uno dio su aprobación con una inclinación de cabeza, comenzaron a cortar bisturí en mano - ignorándonos siempre - cada cuadrito pintado con los hisopos de algodón.
Sudaban copiosamente. Sus blancos vestidos empapados de sudor, salpicados con pringos de sangre que saltaba del inerte cuerpo por cada nueva incisión practicada, se iban tiñendo poco a poco de sangre tornándose rojos.
Con mucho cuidado - ignorándonos totalmente -fueron descarnando aquel cuerpo senil metiendo los trocitos en unas inmensas bolsas de polietileno de color negro, en las cuales resaltaban con letras rojas y azules en grandes caracteres las palabras AUXILIOS, eran bolsas inmensas que para tal efecto desplegaron a sus pies.
Cuando se acabó la carne, cogieron las vísceras, escurrieron al piso las materias fecales y también milimétricamente se las repartieron. Luego que quedó el esqueleto modo y lirondo, cada uno le extrajo tres piezas dentarias, dejándole tan solo cinco en los maxilares de la calva calavera, que parecía reír con su inexistente boca desdentada.
Cuando terminaron su tétrica faena rieron a carcajadas, señalando el esqueleto y comenzaron una danza extraña, entonando unos cánticos que no logré entender, acompañándose de palmadas, que sonaban sordas, porque los guantes ensangrentados amortiguaban el sonido. Danzaron y danzaron alrededor del esqueleto hasta que cayeron extenuados.
Rato después, repuestos del cansancio de la danza, sonriéndose entre si se levantaron, estrechándose las manos llenas de sádica alegría y cargando cada uno con su bolsa de polietileno salieron precipitadamente de la sala.

Al quedar solos, levanté la vista a la pared del fondo y cerca a la desgarrada bandera nacional, vi un cuadro inmenso del sagrado corazón de Jesús. Me disponía a rezar, pero al observar el rostro de la imagen noté que dos gruesas y cristalinas lágrimas resbalaban por sus sonrosadas mejillas y su fina boca estaba fruncida en un gesto de tristeza e indignación. No pude rezar, bajé la vista y miré la sala vacía, los escritos desocupados, en la camilla el esqueleto y en el suelo las materias fecales.