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miércoles, 21 de julio de 2010

La monja del hospital

Por: Nestor Quiroz Moreno
Del libro La Monja del Hospital y otros Relatos.

Los dolores borrascosos que sentía en la boca del estómago me mantenían malhumorado. Una noche, justo cuando esos dolores al¬canzaban su mayor intensidad, alguien se acercó sigilosamente por detrás de mí al mismo tiempo que me decía en tono agradable que yo tenía cuerpo de boxeador. Torcí la cabeza hacia la persona que hablaba y su aire de pureza me dejó encantado. Era una monja grandota (raro, pues la mayoría de ellas son chiquitas), de cara angelical (más raro aún, porque no todas son atractivas). El uniforme inmaculado que llevaba con devoción y elegancia, la identificó como toda una autoridad y no como el fantasma que me perseguiría durante todo el tiempo que estuve hospitalizado. El encanto de su presencia momentánea terminó con mis dolores y con el mal humor. Inmediatamente después ella apagó la luz de la habitación 213 y yo cogí el sueño pensando en lo que sería de mí el martes, día de la intervención quirúrgica.

Tengo que advertir que el lugar, donde funcionaba el hospital, era una vieja edificación que se caía a pedazos debido a la humedad que se filtraba desde el río por sus cimientos, ascendía por las paredes y llegaba al estucado del techo que de vez en cuando se descascaraba sobre nosotros. En su interior el ambiente era pesado, en ocasiones incómodo y caluroso por la estrechez del lugar y por el acelere constante con el que actuaban las hermanas carmelitas en procura de la recuperación de los convalecientes. La disciplina que se mantenía en el recinto estaba a cargo de la monja que me había dicho que yo tenía cuerpo de boxeador; la misma que estaba encargada de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Religiosa amable, de buen hablar y cariñosa con los enfermos. Organizada y exageradamente puntual.

Por lo menos a la cita de la seis de la mañana nunca faltó y como cosa curiosa, a una de las primeras habitaciones que entraba era a la 213, donde me acompañaban dos internos más. Una vez llegó en su recorrido habitual de las primeras horas del día al cuarto nuestro, abrió la puerta de un empujón sin anunciarse, entró como una tromba y gesticulando gritó frente a nosotros:

—¡Levántense, flojos, que al que madruga Dios lo ayuda!

Con el primer regaño improvisó charlas sobre higiene personal y, con algunos consejos prácticos, terminó demostrándonos la manera de meter el pene en el pato sin auxilio de nadie, la forma de ir al baño arrastrando el trípode del suero y, por último, nos enseñó la oración que rezábamos todas las noches antes de acostarnos para que durmiéramos sin pesadillas y nos levantáramos, sin pereza, en el santo nombre de Cristo. Terminada la charla se despidió, dio media vuelta y en la distancia se le oyó la voz despertando a todo el mundo de habitación en habitación, por el largo corredor del segundo piso. De regreso se puso iracunda porque me encontró nuevamente arropado de pies a cabeza. Yo me hice el dormido, el que roncaba.

Sigilosa se acercó a la cama y tomó con fuerza, a la altura de los dedos gordos de mis pies, la sábana que me cubría y, de un tirón, me dejó pelado como un guineo. Después de la pilatuna yo solté la carcajada y ella de la rabia terminó comparándome con el demonio.

Antes de que se marchara la reparé atentamente de pies a cabeza y me pareció bastante joven para el cargo que ostentaba: coordinadora de pabellón. La monja vestía la indumentaria impecable de su congregación. Los pliegues de su uniforme, anchos y ceñidos a la cintura, se prestaban para comentarios del personal de turno. El atuendo que le cubría la cabeza lo formaban el tocado que fijaba en sus sienes con dos discretos ganchos y el sutil velo que caía sobre sus hombros. La falda, alargada hasta los tobillos, le daba altivez y le cubría dos sólidas piernas que más tarde se convertirían en la ruta que mi mano tendría que recorrer hasta las greñas que bordeaban la cisura de su voluptuoso sexo. Los mocasines que calzaba brillaban igual que zapatos de general. Además, eran instrumentos complementarios de autoridad. El isocronismo de su taconeo, sobre la baldosa reluciente, bastaba para que la identificaran enfermos y subalternas, quienes corrían a restablecer el orden cuando ella se acercaba. El tropel mañanero lo armaban en las habitaciones las enfermeras de turno.

—Vamos, vamos, rapidito que estoy atrasada —dijo una que por su edad estaba a punto de jubilarse. Administró la droga que nos habían recetado y salió con la misma prisa con la que entró.

La coordinadora, que ya estaba en la habitación, la siguió con desinterés hasta la puerta y cuando la enfermera hubo desaparecido comenzó a revisar unas tablillas de madera rústica que colgaban de unos clavos hundidos encima de la cabecera de las camas. En unas hojas adheridas a esas tablillas se anotaban a manera de diario los procedimientos, las drogas prescritas y los exámenes que se practicarían.

Hojeó rápidamente la historia clínica de cada compañero y cuando tomó la mía dijo:

—Al paciente fulano de tal hay que repetirle las placas porque las de ayer se velaron. Así que ponte esto y me esperas en Rayos X —estiró el brazo y me entregó una bata blanca muy corta.

A ese recinto plúmbeo había ido tantas veces que ya conocía el camino de memoria.

Una raída y añosa butaca me esperaba en el estrecho lugar. Me senté y comencé a desvestirme despacio antes de que llegara la monja. El interior no quise quitármelo porque la bata era demasiado corta y, por mi estatura, dejaba al aire parte de mi sexo. De todas maneras cuando ella entró, yo estaba vestido con mi curiosa prenda fabricada con tela burda, sin mangas y abierta totalmente por la parte de atrás donde iba anudada con unas tiras a la espalda. Sin mediar palabra y sin darme ninguna explicación montó en cólera y comenzó a regañarme. Luego se calmó y entendí la razón. No me había quitado el calzoncillo y eso, supuestamente, la hacía perder tiempo. La prenda, suave en apariencia, me la había hecho mi mamá, como tantas otras, con lona de recoger algodón. Recuerdo que cuando la estrené aún tenía impreso el número del lote en una nalga. Al principio me maltrataba por lo áspero del tejido y solo dejaba de escaldarme cuando se amansaba con el uso diario implacable. El regaño me sirvió para correr a quitarme la prenda agujereada y colocármela doblada debajo del brazo, mientras ella en el cuarto de control se colgaba en el cogote el delantal de plomo y acomodaba el chasis portaplacas entre las costillas del equipo fijo de radiología.

—Deja el interior en la butaca, súbete en la plataforma, pega bien el pecho contra el aparato y colócate las manos en las cintura —fue su orden.

Hice todo al pie de la letra. Sin embargo, me dijo en voz alta que estaba mal parado. Afanada salió de su encierro, se fue por detrás y alcancé a sentirla agitada por la cólera. Enseguida enderezó mis hombros, la barbilla me la acomodó sobre la barra del aparato, llevó mis manos nuevamente a la cintura, metió las suyas por debajo de mis brazos en asas para arreglar la bata que cubría apenas tres cuartos de mis muslos y, susurrándome al oído, volvió a decirme que yo tenía cuerpo de boxeador.

—¡Quieto! —-ordenó con vehemencia y salió corriendo para el cubículo de seguridad, miró por el cristal de la pequeña ventana y gritó de nuevo:

—No te muevas. Toma bastante aire. Sostenlo, sostenlo. Ya puedes respirar.

Otra vez:

—¡Listo! No te muevas. Respira profundo, sostén el aire, sostenlo, ya puedes respirar.

Así, con mayor frecuencia y asedio, me hacia repetir el ejercicio. La dificultad de sostenerme en pie me dejó agotado. Cuando terminó quise decirle algo pero cruzó uno de sus dedos índices sobre mis labios. De ahí en adelante su mirada inocente se volvió lujuriosa. En las charlas nocturnas no volvió a hablarnos más del pecado de la carne ni de los valores esenciales. Tampoco de ética y moral.

De manera que, lo que comenzó como una esmerada atención se convirtió, con el paso de los días, en un acoso. Lo comprobé el día que el doctor pidió los resultados del estudio radiológico. Todas las placas aparecieron tomadas en el tórax cuando la operación debía practicarse en el abdomen. Nunca he podido explicarme la razón que tuvo el médico para aceptar los argumentos que esgrimía la monja sobre las causas de la equivocación. Su poder de convencimiento llevó a que el doctor ordenara nuevamente los RX.

De tomarme las últimas radiografías salí desesperado hacia mi cama. El dolor era tan tenaz que doblé el cuerpo hacia delante y las manos las llevé a la boca del estómago. Caminaba como si quisiera besar el suelo. Cuando entré, los compañeros de habitación se secreteaban en voz baja. Al notar mi presencia se miraron entre sí y luego preguntaron, casi en coro, pqr las razones que la monja tenía para asearme y atenderme de la manera que lo hacía. Oficio que según ellos, debía corresponderles a las enfermeras disponibles. "No tengo la menor idea", les respondí. Para distraerlos, les propuse que nos sorteáramos entre los tres la responsabilidad de quién era la persona capaz de preguntarle el nombre a la coordinadora en la próxima visita. Cuando llegó, todos nos miramos como si quisiéramos sacarle el cuerpo a tamaña tarea. Esta recayó en el interno de la cama número tres.

—Sor Dulcina Bravo —respondió aún empapada por la lluvia. Esta monja se había graduado en enfermería superior y estaba terminando las prácticas en el Hospital San Jerónimo. Oriunda de la región cafetera, de unos veinticinco años más o menos, alta y con la corpulencia suficiente como para mantener, en forma erguida, su figura trigueña que rebasaba los ciento ochenta y cuatro centímetros de porte. El atuendo religioso que le cubría la cabeza permitía apreciarle la cabellera abundante que, por mojada, llevaba discretamente suelta y bien cuidada. Pero lo que más resaltaba el acabado de la esbelta mujer, eran sus ojos oliváceos que, según ella, hacían honor a los cafetales de su región.

El invierno no cedía y la lluvia no era obstáculo para que la monja llegara puntual, como siempre, y primero que el grupo de médicos que hacía la ronda de costumbre para programarles a los enfermos sus turnos de operación y a los recuperados darles de alta. La hermanita se ponía delante de ellos, los presentaba con sus respectivas especializaciones y, una vez terminaba la ceremonia inicial, hacía lo propio con nosotros.

—Este es fulano de tal, estudia veterinaria y está programado para el martes —explicó a los doctores.

Siguió hacia los otros enfermos:

—Luis Carlos es un carabinero que fue herido en los Montes de María. La guerrilla le destrozó un pulmón que ya fue operado.

El otro también le fue afectado por una bala de fusil pero funciona a plenitud.

Giró hacia donde estaba Jesús Antonio:

—Este sinvergüenza se fracturó la pierna y un brazo en un accidente de chalupa. Él mismo la conducía borracho por el río Sinú como a las cuatro de la madrugada.

De un momento a otro el libreto se cambió y ahora fue el cirujano jefe quien explicó las razones de tipo profesional por las cuales había nombrado a sor Dulcina como coordinadora de esa sección. La miró y se dirigió a ella con elogios y zalemas. La ronda terminó y antes de salir de la habitación la monja nos recordó que a las siete y media de la mañana se celebraría la eucaristía. Nadie podía faltar.

—Quien falte, no podrá ver la pelea esta noche —sentenció. Ese día era sábado y peleaba Rodrigo "Rocky" Valdés, ídolo del momento.

En misa, la monja recorrió con la mirada toda la capilla. Yo no aparecí por ningún lado. Se paró y me fue a buscar. Me encontró solo y empezó a consentirme. No dejó que le explicara los motivos de la desobediencia porque de inmediato intuyó que la culpa era de ella por no haberme llevado los libros que me había prometido para leer.

—Más tarde te traeré Las moradas, obra mística de nuestra patrona Santa Teresa de Jesús, para que la leas y te hagas un lavado espiritual —me animó.

La lectura se convirtió en mi único pasatiempo en ese infierno de inyecciones y cánulas. La corta entrevista pudo haberme permitido preguntarle por las atenciones proporcionadas, pero no me atreví porque cada vez que lo intentaba me ponía nervioso y mi corazón se aceleraba más de lo normal. De todas maneras aproveché el instante para decirle que no iría a la misa. Me calificó de ateo antes de aceptar que no fuera y antes de inventarse un castigo que consistiría en dejarme encerrado en la habitación a la hora de la pelea. Salió contenta hacia la capilla sin yo, hasta ese momento, saber por qué.

Al rato Luis y Jesús, en cambio, regresaron de la misa de Acción de Gracia extenuados. El capellán, encargado del hospital, recién ordenado, se extendió en la homilía más de la cuenta y sudó la fiebre de primerizo. Yo me entretuve con la lectura durante el tiempo que ellos se ausentaron y me dediqué a reflexionar sobre lo que había leído el resto de la mañana. Doce campanadas de la catedral indicaron el mediodía, exactamente cuando repartían el almuerzo. Luis Carlos y Jesús Antonio, durmieron su larga siesta y se despertaron por sí solos porque a mí se me olvidó llamarlos.

Pronto anochecía y del sol, el río tomaba los colores que se descomponían en el horizonte. Próximo al combate, el celador pasó anunciando el comienzo de la velada boxística. Mis compañeros salieron tristes porque el "universitario", como me decían, quedaba castigado. Los despedí con una sonrisa y con el compromiso de que me comentarían, a su regreso, los apartes más importantes de la pelea central.

En el cuarto se alcanzaban a escuchar los gritos de "dale, Rocky, dale". "Túmbalo, Rocky, túmbalo" Cuando llegó, entró y cerró la puerta tras ella con cerrojo. Eso me puso más nervioso, incómodo y puso patas arriba mi estadía en el centro hospitalario. Cuando me saludó, apenas la escuché. Me atortolé y no recuerdo si el saludo se lo respondí con un gesto o con unas buenas noches, que ella no alcanzó a entender por el tono de la voz que se me hizo más grave con el susto. Sor Dulcina se sentó en la cama. Se puso de pies. Su enhiesta figura me infundió cariño y su niveo uniforme la hizo ver como una santa. Mi vista estaba perdida por los espacios del salón. Ella caminaba en silencio de un lado al otro y cuando se detuvo frente a mí, nuestras miradas colisionaron. Los destellos de la fricción provocaron un fenómeno cósmico que iluminó, con la luz de mis pupilas, su rostro angelical y afectó el mío con el resplandor hiriente que despidieron sus ojos encendidos.

—Hoy llevas veinte días hospitalizado y aún sin operar. ¡Ojalá no pases del martes! —dijo simulando algo de preocupación. Avanzó dos pasos y sonrió.

Se acercó hasta donde yo estaba y tomó como siempre la iniciativa. Comenzó acariciándome el pecho. El ligero cosquilleo que sentí fue provocado por la destreza con la que manejaba los dedos de sus prodigiosas manos expertas en masajes. Yo seguía acostado boca arriba y la monja me ayudó a incorporarme un poco. Giré mi cuerpo y me apoyé un tanto sobre el codo izquierdo sin que me molestara el dolor de la boca del estómago que se había calmado a peso de morfina. Esa posición permitió que yo metiera la mano derecha por debajo de su falda y experimentara la vibración de su cuerpo. Comencé a explorarlo desde las pantorrillas. En el sensual recorrido hacia los muslos, mis dedos fueron testigos de la tersura de su piel y de la firmeza de sus carnes.

De ahí en adelante a ella se le fueron las luces y a mí se me agrandó el tamaño de la mano cuando agarré fuertemente sus nalgas de piedra. El impacto le hizo blanquear los ojos y emocionada alzó la cabeza hacia el cielo. En un esfuerzo por controlarse pidió a los santos que le ayudaran y comenzó a rezar una oración sin dejar de manosear mi pelvis. Pensé que se había impresionado con lo que se desenroscaba entre mis piernas, mas no fue así. Antes por el contrario, impulsada por el huracán que se agitaba dentro de ella, se animó y me ofreció sus carnosos labios. La besé y le puse control a mis manos. Los gritos de victoria llegaban desde la sala de televisión cada vez con mayor fuerza:

—¡Ganó Rocky! ¡Ganó Rocky!

Preocupado le sugerí que dejáramos las cosas de ese tamaño, pero la monjita, con sus pasiones exacerbadas, abandonó lo que en ese instante acariciaba y me tomó por las muñecas para colocar cada mano en su sitio otra vez. Una la condujo delicada y lentamente hacia la horcajadura. En el recorrido, a través de la superficie de su vientre plano, me tropecé con el pelambre hirsuto de su pubis, donde dejé enseguida que mi dedo índice se deslizara suavemente a lo largo de los labios de su sexo. Mi mano permaneció allí, inmóvil. Sor Dulcina se retorció. La otra se la estrechó en su pecho y le clavó bruscamente el aguijón de sus afiladas uñas. Retemblaba, mientras se iba inclinando en busca de mayor emoción. Sus voluminosos senos quedaron al alcance de mi boca y los pezones de acero, que me apuntaban retadores salidos de madre, me incitaron a rozárselos con la punta de mi lengua, en un juego que la sobreexcitó y la electrizó toda. La corriente le recorrió todo el cuerpo y yo sentí el fogonazo en la intersección de sus piernas, donde continuaba escarbando con el dedo. Su cuerpo de atleta vibró enardecido con la fo¬gosidad intensa del momento y se desplomó por su estado convulso. De rodillas quedó apoyada en la cama.

—Hermana, hermanita —le dije angustiado, pero no me contestó.

Sin saber qué hacer, probé llamándola por su nombre en voz alta:

—¡Sor Dulcina! ¡Sooor! —tampoco.

Comencé a preocuparme porque ni la bulla ni los gritos la hacían reaccionar. El combate había terminado y la monja no daba señales de vida. Entonces decidí sacudirla por los hombros para que recobrara los sentidos antes de que llegaran Luis Carlos y Jesús Antonio. Exhausta regresó del éxtasis y me pidió perdón por lo acontecido. Se levantó ruborizada y miró mis dedos. Estaban untados de emanaciones virginales y lubricados con el flujo mucilaginoso de orgasmos repentinos.

Cuando la coordinadora se recuperó del todo tuvo tiempo de dominar los impulsos que la habían abatido, de celebrar con en¬usiasmo su primer ritual orgiástico, de enderezar la cofia que le colgaba de su enredada cabellera, de quitarle el seguro a la puerta de entrada, de despedirse de mí con un gesto de felicidad que me obsequió como premio a mi buen desempeño, de partir del lugar rehaciendo con esmero los pliegues de su uniforme en el mismo instante en el que se esfumaba ante mis ojos y se perdía en el intrincado laberinto de mi memoria donde permaneció rebujada esperando un día como hoy cuando súbitamente vuelvo a evocar las atenciones con las cuales me halagaba la monja del hospital a quien no recordaba desde entonces.

1 comentario:

Álvaro Maestre García dijo...

Buen cuento de mi amigo y hermano Néstor. Este cuento dió nombre a su libro publicado en Venezuela con varios cuentos suyos de una muy buena factura. Felicito a Néstor y a Diógenes por facilitar a la población la lectura de esta clase de cuentos.