Seguidores

viernes, 9 de julio de 2010

LARGO ABRIL PARA LA CABEZA DE MI ABUELA

Por: Beethoven Arlantt
Sólo en abril cantan las chicharras. Algunas duran cantando hasta la primera semana de mayo. Pero abril es el centro de su canto. Siempre cantan durante el día. Por eso mi abuela despertó sobresaltada, hace varios años (durante una madrugada de febrero), cuando escuchó un chicharreo de repente rompiendo su sueño. Despertó asustada porque las chicharras nunca cantan a esa hora. Se enderezó en su cama-troja, se sentó y sacudió la cabeza (como los perros mojados) para botar el zumbido. Pero el chicharreo pegajoso se quedó pegado a sus oídos. Sin preocuparse, recordó que era febrero. Entonces pensó: «No es abril y ya están cantando las chicharras. Las chicharras están cogiendo la costumbre de los gallos»


Pensó eso, y se levantó a dar vironda en sus cuartuchos y se perdió en el laberinto de las hamacas de sus nietos estudiantes y sólo acallaron sus chicharreos cuando empezó a gritar: — ¡Levántense a estudiar, 'jaraganes' del dianche! Que esta es la hora cuando está la mollera fresca.

Pasó febrero y todavía en las madrugadas de la última semana de marzo mi abuela escuchaba chicharras chicharreando en su cabeza. Pero, complacida, miró el almanaque y dijo: —Ya viene abril.

Vino abril. Llegó abril con su mar sonora de chicharras. Pasó abril con la explosión del canto de las chicharras. Después vino mayo. En la última semana de mayo mi abuela estaba escuchando chicharras cantar. «Las chicharras no se han espopado de tanto cantar». Pensó.

El año aquel, cuando llegó junio, mi abuela reunió toda su nietamenta y nos preguntó, así de simple, que si no escuchábamos las chicharras chillar. Pero sus nietos le contestamos que no escuchábamos ni pío de chicharras, y mi abuela exclamó con crudo desencanto: — ¡Abril se quedó enredado en mis sesos!

Dijo eso. Siguió pensando. Pensó. Comprendió que las chicharras de la vejez empezaban a cantar su serenata larga, y desde entonces comenzó a luchar contra el mal de abril, sin mencionar su abril. Primero fue a las selvas y arrancó yerbas y flores, y preparó pócimas antichicharras. A todo el mundo dijo que eran brebajes para la gripa. Pero no pasó su mal. Después cogió la moda de taparse los caños de los oídos con peloticas de cera de abejas angélicas, o con bojoticos de hojas machucadas de matarratón. Pero abril no estaba afuera. Estaba adentro. Ensesado.

En aquel entonces ensayó no se sabe cuántos remedios y trampas a escondidas. Un día, harta de preparar remedios inútiles y acorralada por tanto chicharreo, inventó su teoría de que «lo que produce el mal cura el mal» y fue a los arroyos y despegó del tronco de los guamos de río nueve chicharras reventadas y capturó entre las piedras nueve grillos violinistas, y los trajo a la casa y los echó en agua de panela y preparó un jarabe de insectos bulliciosos contra el bullicio de su cabeza. Todo para nada. Abril no pasó. Todo el año fue abril y, de allá para acá, todos los meses de todos los años han sido abriles en la cabeza de mi abuela. Desde entonces ella dice que tiene chicharras metidas en la cabeza.

Mi abuela se acostumbró a su abril. No le tocó más. Durante todos estos años de abril que han pasado sobre la vejez de mi abuela, he aprendido a conocer los ires y venires de su abril. Su abril es como el mar. Cuando abril es moderado y de olas tranquilas, mi abuela se envuelve la cabeza con trapos mentolados y se tapa los cañones de sus orejas con algodoncitos empapados de chirrinche y se acuesta a escuchar el rumoreo de sus chicharras sin fuerza. Cuando abril es ensordecedor, mi abuela arruga la frente, como un tigre, y entonces le digo a mis primos, sus nietos:

—Ya la abuela bajó el capote. Ya se encrespó su abril.

Y la vemos cuando se pasea furiosa (como un tigre) y mira que mira para los lados (como un pájaro en una jaula). A veces maldice la jeringa de las chicharras. A veces ve que la estoy mirando y me llama y me dice:

—Asómate en mis orejas y sóplale el culito a las chicharras para que dejen de cantar.

Me dice eso. Le hago caso. Sólo a veces su abril es apacible, manso y silencioso. Entonces aprovecha la tregua de su abril y se acoteja en la mecedora de mimbre y cuenta sus historias que ya no recuerda, o se acomoda frente a su máquina de coser Singer y cose que cose cortinas de bolsas plásticas y sobrecamas de retazos de telas colorinches, o se sienta en la puerta de la calle y cuenta los colores y los tamaños de los carros que pasan embalados.

Han pasado varios años y abril no se ha marchado de la cabeza de mi abuela. Ella vive todavía con su abril, y no ha dejado médicos, ni yerbateros, ni brujos, ni ensalmistas, ni predicadores que no visite, buscando alguna cura para su mal. Ninguno ha podido sacarle aunque sea medio abril a su cabeza.

El médico Barbadepalo le dijo un día que su mal no se llama abril, porque no existe una enfermedad que se llame así.

El yerbatero Yarino le ordenó tomar una pócima universal preparada con hojas, raíces y flores de cien plantas cuyos nombres no aparecen en las enciclopedias del profesor Olimpo. (Ahora todos sus nietos andan perdidos en las selvas de la sierra buscando esas menudencias medicinales).

El brujo Arcila dijo:

—Su abril no tiene cura, porque sus sesos se soasaron de tanto asomarse en la lumbre de su horno de panadería.

El ensalmista Paco Paco dijo que su abril se curaba con un collar de nueve cascabeles de culebra cascabel de nueve años. (Serafín se fue con sus secretos de culebrero a buscar las nueve culebras cascabeleras de nueve años).

El predicador Mariano llegó y dijo que «son cánticos celestiales de chicharras desafinadas en la cabeza de Misia Berraca.» Siempre viene, dice lo mismo y se sienta a comer panes que va remojando en el café caliente.

Nadie ha podido matar el abril en la cabeza de mi abuela. Ella está sola porque mi abuelo también se fue a buscar flores. Yo estoy aquí esperando que abril se encrespe en su cabeza. La miro. Ella ríe de vez en cuando. A veces creo que está contenta con su abril. Pero no, está esperando. Mira. Mete sus ojos en los caminos de los cerros. Espera. Espera que llegue la catajarria de nietos con el cargamento de hojas, raíces y flores. Espera que vuelva mi abuelo con su mochilón de aromas lleno de colores frescos. Espera que regrese Serafín con los catabres y las tinajas llenas de culebras de nueve años. Espera. Mientras espera, abril sigue siendo abril en su cabeza enchicharrada. Siempre la miro. Pienso en su abril. A veces estoy pensando cuando me llama y me dice:

—David, asómate en mis orejas y sóplale el culito a las chicharras para que se callen.

Me dice eso. Le hago caso, y voy y me asomo en sus orejas y veo, a través de las nubes de mentol, las chicharras grises que cantan con sus culitos parados, que, en tantos años de estar cantando, no se han espopado de tanto cantar.

Tomado del libro "La vendedora de arcoiris"

1 comentario:

Álvaro Maestre García dijo...

Tenemos, por fortuna, en Bethoven, a un extraordinario cuentista, que tímidamente se ha asomado al mundo. Algunos concursos darán noticias próximas de él que nos sonarán a todos nosotros como un dulce cántico de chicharras de Abril a los oídos de mundos mejores.