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viernes, 24 de mayo de 2013

Daniel Guevara Prada


Si a mi vida…

Si a mi vida y razón la vencen los años,
Existirá un mañana en el que no haya un verso para ti,
Entonces serán éstos, plasmados hasta el último hoy,
Quienes te cuenten de mis alegrías, y tormentos, pasados.

Y al andar por estos senderos inventados
En recuerdos que el tiempo hayan malogrado
Vivencias tienen que existir,
Veras entonces aquel arbolillo en donde aguardaba
Y recostados a él en mi pecho te recogías,
Ahí deberá estar ese gigante verde que se agrieta como yo,
Más por vida que por muerte.

Y como tu paso tiempo, en añoranzas vivo,
Reclamando siempre el abandonado abrigo,
Sin apaciguar el olor a añejo vino que el aire esparce,
Esas horas en días y éstos en años pasados,
Fueron ya inquietos momentos de sufrimientos y desconsuelos,
De gestas de colibrí confesor de las rosas en jardines coloridos,
Que no han dado más que un pensamiento ido, cansado de esperarte.

Áurea serenata
Creo en ti.
Y sí creerte me aplaca esta tormenta,
Fría e interminable sentir de tus afectos alhelí,
Esperaré aferrado a los recuerdos mientras abres tu ventana.
Serenata bajo lluvia en verano,
A qué gotas enamoran los compases de tus notas,
Bajo las suspicaces miradas del mariachi en acoso,
Un galán que enamorado, pide de sus cantos margaritas.

Qué velos cubren en la piel de tu alma amena,
Los surcos de mi distinguida flor en la siembra meridional,
Y cuántas promesas santas se arrodillaran en la arena,
Saldando en sus cascajos la mísera tacha del amor condicional.

Por ti mujer esperare en esta noche, que el sol salga,
Que su luna magnánima y compañera de mis manejes,
Languidezca en transparencias perdonables ante el alba
Y por siempre el buen vino servido acompañe los manjares.

Amantes

A imagen y semejanzas me recreaste,
Apostado en el entrañable y ciego camino del albedrío,
Con una mirada de tus ojos, negado a un lado me eché;
Libre en las quimeras de los sueños que me dejaste.

Y llegué descalzo una y otra vez
Buscando realidades en los latidos de tu esencia,
Depositándote lo que fui en pasada estancia,
En busca de esa perla que adornara tu esbeltez.
Como arena al paso del viento amigo,
Crece en mí la esperanza desierto de fidelidad,
Trascendido cual gota de sudor de tierra en verano,
Devuelto en lluvias que calman la sed de tu inmensidad.

Así me duele de bueno este sentimiento,
Compasión ¿Por qué? si las llagas no sangran,
Hoy son huellas de un destino que optó mi paso,
Que aún en desespero en la piel del alma se labran.

Tras de tu tiempo mi tiempo, y en él,
La luna dibuja la silueta sombra color plata,
Y con esmero guarda al alba su adornado anaquel,
Una iluminada santa morena que en regocijo canta.

Aún negado me postraré a tu lado,
A cambio recibo la mirada de tus ojos miel,
Siempre fidedigno de ser el rojo clavel,
Del amor sincero por Dios regalado.

Peregrino amor

Marrulleras cintas coloridas entre cristales,
Soles y sombras de un recuerdo furtivo,
Ay penas de amor que recorren fervores,
Luz de la tea encendida en la llama de su propio olvido.

Y te idearé realidad de mi propio polvo,
Aliento incensado en las huellas de tus pasos sobre la arena,
Fuente cristalina de imaginero mortal enamorado,
En elegías bendecidas por tu naturaleza viva.

Ufana estampida que precipitas al manantial,
Cuántos fondos en el alma y en mi recuerdo han tatuado,
Tu hermosa talla con alas de figura campal,
Y mis fulgores de ansias yagas en un campo florecido.

Que sentenciado sin causa y por motivo tuyo,
Aguarda en silencio el dolor de tu gloria divina;
Cual árbol frondoso sus sombras brinda al leñador sufrido,
Y por designio recibe el letal hachazo que lo elimina.

Yo confeso
Soy,
Convicción de lo que te amo,
Un exquisito susurro en la hora perfecta,
Que entrega al amanecer la sombra.

Tu inquietud delante de mi presencia,
Magos velos la esconde detrás del camisón de seda,
Sobre la piel de tu espera,
Soy fuego en dicha ausencia perversa.

Pasión de amor que aviva las historias,
Que permite el reconcilio al soplar la cándida vela;
Dentro del tintero las letras quedan
Y sobre líneas en el papel la guillotina condena.

Soy,
Tu reo, indómito alcaraván que en tu jaula ve el mundo,
Un corazón vagabundo que por destino,
Cual nazareno absolvió las culpas,
Intentando manchar tú vino con mis alas.

Entre el oscuro y claro que guardan las manchas,
Quién entiende al sufrimiento,
Siendo Rey me coronas con espinas,
Y pecador me bañas con tu aliento.

Amura

Desearía que fueras
La rosa que no muere al brindarse,
Un cristal encendido sobre el manto avasallador
Del amor que al cabalgar no sucumbe,
Que desafía a serafines y calman sus faenas
Y huye de las algarabías que entristecen el furor.

Un templo en celebración,
Nórdica luna pretendida que se pierde
Entre picaros secretos furtivos de un sillón,
Guardián del ondulante camino que al cielo esconde;
Entre tus frutas, dos fresas en mis labios se desvanecen.

Costillita de aciagas esperas,
Reclamo de bonanzas en tiempos mortales,
Lates en mí y te alimentas sin prisas, sin carreras
Cual arco iris quien puede levanta raíces;
El floreo inicia y el vals apura nuestros pasos.

No importa amor si las puertas se cierran,
A lo sumo quien existe muere algún día;
La vida en sacrificio apuesta a pagos con sangre su punzón,
Siendo risas la unción derramas sobre la piedra
Y los cabros tras la voz en el monte berrearan.

Daniel Antonio Guevara Prada.  Tamalameque 21 Julio de 1961, estudios en licenciatura en ciencias físico matemáticas de la Universidad Tecnológica de Magdalena, con especialización en Didácticas de las matemáticas.  Actualmente pensionado del Magisterio

sábado, 18 de mayo de 2013

Annabell Manjarrés Freyle


Que me desgarre un ave

Es preferible que me desgarre un ave,
A que manos callosas solo
busquen moldear mi forma.
Que me desgarre un ave hasta sangrar,
Y así ver el río púrpura que circula en mi interior.
Que sus garras sean tan cristalinas como un grito iracundo,
Y que en la profundidad de sus ojos
posea el misterio de la creación.
Que me desgarre un ave de plumas negras y reflejos violetas,
Para que otorgue la forma original
A este fondo inacabado.

Benjamín

Ángel de mi oscuridad
Que me ayudas a arrullar al niño Wiwa en mis brazos.
Puedo mandar al diablo
Todo lo creado en un segundo, Puedo romperlo, y desatarlo,
Y luego volver a unirlo para acariciar las cicatrices.
Pueden exiliarse los recién llegados,
Y vestirse con sus palabras de luces muertas
en las mascaradas de los días.
Pueden, y lo harán.
Aunque en los espejos se marchiten las mentiras,
 En tu congoja bendita todas las reglas se rompen.

El sonido del Viento

El sonido del viento son las hojas secas
Y aquel coro de ánimas que se escapa
 Por las grietas de las ventanas.
¿Qué sería del libre sonido del viento sin obstáculos?
Tal vez una quimera de sorda quietud.

Luna llena, mareas de sangre

La sangre que se me desprende
Bajo la luna,
Me sabe a hierro puro
Y con ella podría forjar
Una espada que corte mis
Miedos o un cincel para pulirme.
  
Esta sangre de mi cueva húmeda
De mis silencios y altibajos
 Posee en una gota
Toda la reminiscencia
 de la historia
Y el viraje de la vía láctea.

 Por esta sangre
Me muerdo los labios
Para saborear el rojo
Que brota.
  
Mi buen natural arde
Al sentir el más dulce
Y sublime beso
De todos los besos.

Annabell Manjarrés Freyle, nació el 8 de octubre de 1985 en Santa Marta Colombia. Escribe desde los trece años de edad, demuestra aptitudes artísticas para la danza contemporánea, el teatro, el dibujo, el diseño y la escritura. Es comunicadora social y periodista egresada de la Universidad Sergio Arboleda seccional Santa Marta y jefe de comunicaciones de la Fundación Afecto. Ha sido publicada en la revista barranquillera, Labra Palabra y en el poemario de la Fundación Ateneo Santa Marta: Poema al Viento. Se destaca por ser bloguera, su blog Bordes añadidos, es publicado en el diario El Informador de Santa Marta.



sábado, 11 de mayo de 2013

Alfredo Bermúdez



SONIDOS ASESINOS
         
  Si Nata y Cami vieran cómo estas manos que ahora ya dominan el piano ultrajan la tierra que está encima de sus tumbas para desenterrarlas, seguro que callarían, no sin antes dejar caer los instrumentos de sus bocas, y dar su consentimiento para que ese silencio cruel, que acaso pareciera escapar de un extraño y triste lamento, tire un punzón contra esa atmósfera limpia y sin más precio que la ternura a la que me acostumbraron en los trece años que las dejé vivir a mi lado. Cami debe haber dejado que su cadáver permanezca igual al noble bálsamo de esa niña que siempre fue, y cuyo rostro cayó de bruces al ordinario piso de acústicos bordes que acabó con la piel que aseguraba su cráneo. Nata por el contrario dejándose seducir por ese brillo de impaciencia que supo mostrarme en los años de casados, se movería a un franco del ataúd consintiendo buscar ese atinado espacio que en tiempos difíciles tanto le sirviera; ya para poner a Cami en guardia sobre el futuro de nuestro matrimonio, diciéndole: —Si el cuervo se pone difícil, ya sabes que nos iremos de la mansión— replicaba ya para propiciar mis interrogaciones sobre si era conveniente todo lo malo que yo hacía o ya para que yo cediera a aquel regalo que de un momento a otro quería: Un viaje a la Baviera para comprar un saxofón de prototipo. 

Eran años buenos para mi negocio, las rutas no tenían quien las frenara, mis socios salían contentos poco después de poner fin a aquéllas extensas reuniones en que nos repartíamos el inescrupuloso botín de dólares, en fin todos con esa fisonomía exitosa de los capos del hampa y diciéndose —Somos narcotraficantes! 

Era una red de dolor que Cami contenida en su ingenuidad nunca quisiera entrar a una de mis reuniones con esa brillante armónica que mantenía a toda hora sobre sus agitados labios. Dios sabe que quise cultivar en ella el noble gusto, que muchos hombres desde los tres últimos siglos, padecieron por el piano. Ella nunca lo quiso, simplemente desechó en tal estado de convicción esa puerta abierta al genial romanticismo de los clásicos: Mozart, Stravinsky y por supuesto un Strauss al que siempre juzgué superior a Bethoven. Cami prefería reventarse todo el aire guardado en sus pulmones con esa barata armónica que siempre soñé desaparecer de nuestras vidas. 

Nata, por su parte, tiesa en sus ojos, con sus largos cabellos semejantes a la fina felpa, y tomándose siempre las atribuciones de mujer juzgadora de mis tentaciones, no dejaba un segundo vivo, dueño de su propia parsimonia en las noches en que solíamos subir a la más alta suite de la casa, sin dejar de ahuyentar mis certidumbres en cuanto a lo del piano. Supe ahí, justo en ese indelegable instante en que el roce de sus lívidos aromas llegaba a mí, que Nata sólo podría tener vibrantes suspiros para su intolerable saxofón. 

Así fue como en casa se fue construyendo el propicio terreno para una brutal guerra de sonidos en los cuales nos equiparamos los momentos de triunfo. Unas veces la solvencia de la armónica tocada por los aires despachados en los pulmones de Cami, se imponían con tal rigor que soñaba yo con que se diera punto final a la reunión, en la que Graciano, el Turco, Caníbal y otros no menos malhechores, nos turnábamos el poder de escoger a cuál inútil socio matar, eso iba llevando dentro de mí una cuerda de intolerancias, que no se quedarían así, pero Cami era mi hija, el único pedazo de carne en que la genealogía de Aníbal Ferrero alias “el Cuervo” descansaría. Cómo atentar contra Cami cuyo único pecado era visitar día a día las maniobras producidas por una modesta armónica al servicio de su boquita de pequeña moza. 

Me fue también posible ver cómo se daban días en que Nata vencía sin rival posible, con su enorme y consonante saxofón de dorados semejantes a un pulido oro, que estuviese virgen por siglos, quien a cambio de sus soplos vencía el justo andamiaje de la calma, vigilada en el silencio del gran hall central que partía desde que se daba el primer paso sobre la puerta de recibimientos. 

Me preparaba con tanto empeño para los adiestramientos en las clases de piano, cuya música amaba tanto y que progresaba en mí a través de un abnegado alemán llamado Friedrich, que tanto me costó convencer hasta que finalmente emigró desde la Sajonia a mi mansión a consecuencia de una fastuosa valija de dólares ofrecida por sus servicios, que creo que nunca llegaría a gastar a decir de su indomable austeridad de germánico. 

—¡Nata no te puedo matar!— comencé a decir en las noches, en que ya no sentía que le hacía el amor a una lisa piel de seda, sino a ese odiado metal saxofónico que se transfiguraba en la piel de mi esposa, pues sabía que entonces Cami, que había sido instruida por su madre con sus mismos cojones de insensata, no dudaría un instante en tomar el lugar de la madre muerta y sus próximos años de adolescencia acabarían conmigo a razón de sus combinados toques de armónica y saxofón. Serían dos por una, y yo el cuervo Ferrero dueño del hampa de la ciudad, vería mi corazón destrozado a merced de ver a mi hija entronizada en esa deslealtad musical que yo no invertía segundo alguno en tolerar. 

Debió ser el conjunto de descarnados sonidos, que puso mi estado somnoliento aquella madrugada en que mi furia condensada quiso tomar venganza de mi más apetecidas frustraciones; fue justo allí cuando me entregué a la fascinación por aquella melodía de Richard Strauss de 1889 que el genio llamaba muerte y transfiguración, el delirio en realidad era inalterable luego de que junto a mis socios acordamos la partida al infierno de Graciano. —Ya no lo necesitamos ¡sus rutas ahora son nuestras!— les dije antes de despacharlos con mi voz quebrada a causa del elitista whisky consumido. Sus miradas ambiciosas me dijeron adiós, antes de echarme al sueño. Tan pronto cerré mis ojos, y como una respuesta de un limbo ajeno al que vivía, observé la imagen de Richard Strauss tocando como nunca las teclas de mi piano, en cuyas cadencias hallé el mensaje que me forzó a pararme e ir por Nata y Cami al cuarto de instrumentos de donde provenía esa función de armónica y saxofón. Corrieron tan pronto supieron de mi visita porque sabían que les había llegado su momento. Los ruidos descendieron hasta callar. —No papi, no, no, gritaban los pulmones de Cami. —¿Qué haces mi cuervo?— Replicaban los nervios a todo vapor de Nata. Las perseguí desde la biblioteca al estudio, iban temblando pero siguieron corriendo, Strauss seguiría tocando en mi cabeza con tal de que las dejara fuera de circulación. 

Pasamos las cuadras de la salida del pasillo, el grabado de pió XI y el retrato de Al Capone y cuando creyeron que ya no había música en mi alucinación, pude cogerlas, decirles yo gano y lanzar mis manos sobre sus pechos ya sin aire. Sus cuerpos rodaron por las escaleras y las vueltas de sus siluetas a las puertas del abismo, fueron a dar al duro casco del piano que las esperó sin impaciencia. Su sangre rodó por las proximidades hasta tocar con calor de cadáver cada uno de los objetos que yo había reubicado sobre la sala. El silencio se había tomado la orquestación de las cosas, todo parecía un juego de mudos aplausos, después de una opera que se paseaba por ahí.

 Alfredo Bermúdez Casas (Santa Marta - Mag 1985). Estudiante de Derecho de la Universidad Popular del Cesar. Miembro del taller de creación literaria José Manuel Arango adscrito a la Universidad Popular del Cesar y a Relata.

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Fuente textos: Viaje a la memoria 2009


Cortesía de Miguel Barrios Payares

viernes, 3 de mayo de 2013

Antonio Mora Vélez


Glitza
Glitza estaba sentada en su reclinomática, esperando las noticias del cosmódromo de Libia en el Sahara. Miraba ansiosa a cada instante el videófono, deseosa de contemplar las manos en alto de Vernon, su compañero, despidiéndose para siempre. Más que un torbellino, su cerebro era un tornado de emociones y de ideas; por sus mejillas resbalaban lágrimas de angustia que se coloreaban con la luz multicolor alternada de la lámpara de noche de su sillón electromecánico.

Transcurrieron pocos minutos, quince tal vez, antes de que la pantalla se iluminara. Quince minutos durante los cuales Glitza repasó la historia de sus relaciones con Vernon, desde cuando lo conoció en la sala de centrifugación de la Academia Astronáutica, hasta el día en que él le pidió, delante de sus compañeros astronautas, con ocasión de la fiesta de grado justamente, que lo acompañara por el resto de su vida. Recordó las sonrisas de los demás graduandos al escuchar la fórmula empleada por Vernon. "Quiero que seas mi compañera y que me acompañes siempre". Y se sonrieron porque ella no era astronauta, era doctora en genética. Dos profesiones de ámbitos diferentes y cuyo ejercicio no les iba a permitir mayor tiempo juntos. La regla general era que los matrimonios se concertaban entre parejas con profesiones iguales o complementarias, para que pudieran trabajar el uno al lado o cerca del otro. Pero Glitza pensaba de otra manera y así lo hizo saber a todos esa mañana de la petición de Vernon. "Para seres que se aman y que simultáneamente entregan su ciencia y su energía en ramas diferentes de la actividad humana, el disfrute del amor durante las etapas vacacionales es mucho más intenso" --dijo. "Es mejor entregar totalmente cuerpo y alma en el rito maravilloso del amor que perturbar el éxtasis con una palabra, un gesto o un pensamiento que denuncien nuestra vinculación mental con otra sitio" -- sostuvo finalmente. Y todos comprendieron. Las relaciones entre los hombres habían llegado a un grado tal de hermandad y de solidaridad, que todos se esforzaban por superar a los demás en la infinita tarea de hacer la vida más hermosa. Cada ser humano daba todo lo que tenía de sí en su trabajo, entregaba la totalidad de su capacidad y de su tiempo laboral, consciente de que su aporte, además de necesario, lo ennoblecía, lo hacía cada vez más Hombre. Fue por eso por lo que Glitza defendió entonces la tesis de que, lejos de constituir un obstáculo, la diferencia de profesiones era más bien un incentivo para el trabajo de ambos. Además, desaparecido el egoísmo en las relaciones sociales, todo el orbe había convertido en norma el viejo lema de los mosqueteros: "Todos para uno y uno para todos". Un verdadero tributo de energía para esa sociedad que facilitaba una vida individual pletórica de satisfacciones materiales y espirituales.

Glitza se ilusionaba con los períodos vacacionales del año, cuatro en total, en compañía de Vernon, gozando de la brisa cálida del mar Nuevo, durmiendo en las casas flotantes de Broqueles, dibujando los perfiles del crepúsculo amazónico y conquistando la medalla del explorador meritorio con las siete aventuras del Monte Blanco. Jamás pensó que la primera misión de Vernon llevara consigo el peligro real de no poder realizar todos esos sueños. Por eso lloraba y deseaba verlo desde el videófono de su casa veraniega. No se sentía con fuerzas para despedirlo en el cosmódromo.

Los quince minutos necesarios para que el filme de toda su vida con Vernon se proyectara en su conciencia, pasaron más rápido que nunca. Al final de los mismos, la luz violeta del videófono anunció el inicio de la emisión: "Habla Libia --decía el locutor, mientras las cámaras tomaban el paisaje amarillo de maíz que servía de marco a la imponente nave "Astral" --En estos momentos el cosmonauta Vernon Koste se despide de sus hermanos de La Tierra"--. Vernon hizo un ademán de optimismo y de triunfo con ambas manos, y Glitza creyó ver, no obstante, un par de lágrimas que empañaban el cristal de la escafandra y que reflejaban el dolor de la despedida de un hombre seleccionado para el viaje no precisamente por emotivo. Pero Vernon no la podía ver y parecía resignado a no verla cuando la voz de Glitza le hizo retroceder el movimiento de entrada a la cosmonave. Por el vídeo ella había pedido la comunicación. Ahora podía contemplarla, inmensa, en la pantalla del edificio central y podía escuchar su voz temblorosa decirle: "Vernon querido, te deseo suerte, te esperaré siempre".

--Regresaré Glitza, regresaré para casarme contigo" --le contestó. Segundos después de que Glitza le dijera: "Vernon mío: te casarás conmigo", la comunicación se interrumpía para dar paso a la cuenta regresiva en su fase final.

 II

El pulsador neutrínico hacía avanzar la nave "Astral" a velocidades próximas a la de la luz. El capó de cristal platinado estaba completamente dibujado por un enjambre de estrellitas de indefinidas tonalidades cromáticas que superponían al paisaje azabache del infinito una imagen de colorido y belleza. Tal enjambre era producido por la fricción de las partículas de gas y polvo en las condiciones de una nave ya próxima al rojo blanco de la conversión energética. Vernon impartía órdenes desde su cabina de mando. Comprobaba el desgaste de los pulmotores láser. Preparaba la tercera pulsación que arrojaría definitivamente la nave fuera de la gravitación solar. La ruta apenas si se había modificado en dos microgrados discretos y no había necesidad de una nueva corrección direccional. Si todo marchaba como hasta ese día, la tripulación debía estar en la órbita del planeta verde de Alfa del Centauro, cinco años convencionales después.

--El hombre en su afán de dominar a la Naturaleza --decía Vernon a los demás tripulantes-- no escatima esfuerzos. La vida, se ha dicho y comprobado, no es un fenómeno exclusivo de nuestro sistema solar. En el planeta verde de Alfa del Centauro los radioastrónomos han encontrado pruebas de una vegetación exuberante que puede darnos la clave para la cosmoproducción agrícola en gran escala.

Vernon siguió hablando, explicando los objetivos de la expedición en la primera reunión de estudio.

Diez meses terrestres de viaje después (muchos años en La Tierra que los vio partir) nuevas concepciones, inventos y descubrimientos anunciaban el advenimiento de una nueva era entre los hombres. De Glitza quedaba apenas el recuerdo filmado de su figura, de sus ademanes, de su sonrisa amplia y contagiosa. Todos los ratos de descanso, Vernon los dedicaba a la contemplación de su amada y al recuerdo del hijo por nacer. "¿Qué será de él? Un astronauta, sin duda", se decía casi siempre. Y soñaba entonces con la fantasía de las dos presencias. "Yo estoy aquí, pero también en La Tierra --sostenía-- Allá tengo otro cuerpo, pero son mis genes y mi espíritu los que activan ese otro pedazo de mi ser". Qué lejos estaba de imaginar que Glitza había logrado la más extraordinaria conquista de la genética con el control y dirección de los genes para fines estéticos. Ahora las características accidentales del físico humano obedecían a la regulación de la inteligencia y no a la casualidad de las combinaciones nucleicas. Y qué lejos estaba de pensar que su hija había escogido la profesión de Glitza, que pensaba como ella, sonreía como ella y le amaba tanto como ella, a pesar de solo conocerlo por filmes. Glitza, la Glitza que amó desde que la sorprendió con un cachorro de oso en la sala de centrifugación del cosmódromo, era ya una mujer dos veces mayor que él, con una idea fija en su mente: el regreso de la nave y de su amado. Y un propósito: el cumplimiento de la promesa que le hiciera minutos antes del despegue.

Los años convencionales se sucedían en la "Astral" casi simultáneamente con las etapas generacionales en La Tierra. Vernon vivía interiormente con la imagen de Glitza, aunque sabía que no volvería a verla ni a estrecharla entre sus brazos. Se había resignado a vivir con su recuerdo y lo hizo hasta que el planeta verde apareció en la distancia, cuatro y medio años convencionales después, extraordinariamente denso de vegetación, convertido en verde esperanza de la humanidad.

La operación de aterrizaje y la posterior instalación del laboratorio fue cosa de horas terrestres gracias a la precisión que la moderna técnica facilitaba. Poco después el joven biólogo de la expedición recogía las primeras muestras de las muchas especies nutritivas que se encontraban en el planeta. Este parecía una inmensa granja de cultivo construida por la Naturaleza para disfrute de los hombres que consiguieran descubrir su glauca existencia. En él no se encontraron vestigios de vida animal, lo cual fue explicado por el joven biólogo afirmando que la concentración clorofílica del océano primitivo era tan grande que hizo imposible la aparición de seres vivos desprovistos de ella que necesitaran consumir substancias del medio exterior, en lugar de producirlas sintéticamente con la ayuda solar. Tal vez por esa circunstancia la nave "Astral" pudo cumplir con relativa facilidad su misión y Vernon realizar el sueño de regresar con vida a La Tierra y poder saber, con eso se conformaba, qué fue de Glitza y de su descendencia.

III

La inercia parabólica acortaba la distancia cada vez más. El tiempo de regreso debería ser menor en año y medio según los cálculos. En Vernon sólo la inmensa felicidad de llevar a La Tierra el mecanismo de los futuros planetoides agrícolas, y la esperanza de encontrar a Glitza, mantenía dormida la angustia de saberse separado de la mujer amada. Porque, no obstante el conocimiento científico, en los más profundo de sus sentimientos había siempre una esperanza. La esperanza de que Einstein se hubiera equivocado. La esperanza de un movimiento espacial complejo que compensara la relativa lentitud del movimiento terráqueo en torno a su estrella. La terrestre esperanza de que hablara Neruda, "elaborada como si fuera un duro pan" para acompañar al hombre en todas partes. Y estaba Vernon tan enamorado de su esperanza que perdía por completo la noción del tiempo frente a los filmes desgastados que le complementaban espiritualmente el viaje de regreso. Con la misma intensidad de pensamiento con que deseó el éxito de la empresa, ahora deseaba convertir en realidad el sueño de volver al lado de Glitza. Más que la inercia parabólica, ahora era la fuerza de sus sentimientos la que devoraba las distancias y acercaba la "Astral" a La Tierra que lo vio partir ciento cincuenta años atrás.

Las estaciones ecuatoriales de rastreo habían detectado las primeras señales hertzianas de la legendaria nave. En La Tierra todo era expectativa y emoción, en especial en el corazón de una linda joven de veinte años, estudiante de último año de la Academia de Astronáutica, que aguardaba ansiosa la aparición de la "Astral" en los cielos de América.

A los pocos días de ser detectada, la nave, de líneas aerodinámicas anacrónicas pero admirada por todos, tomó pista en el cosmódromo de Arizona. Millares de personas observaron entonces la aparición de los cosmonautas de ayer, una vez abierta la escotilla. Y escucharon también el diálogo del comandante con la joven cadete que se acercaba a recibirlo.

--¡Glitza! --exclamó al verla sonriente, con la misma sonrisa de siempre y el mismo movimiento de cabeza. Llevaba un ramo de flores caliotas de Marte y un brazalete de oro venusino que le hizo recordar a Vernon la tarde en que la conoció en el parque "Konstantin Thiolkovski" de la ciudad cosmódromo de Libia.

--No soy la Glitza que usted supone. Soy descendiente en la octava generación de ella --le contestó la joven, al tiempo que le entregaba las flores y le estampaba un beso en la mejilla.

--¡Pero si eres igual a Glitza! --insistió Vernon y la tomó por los hombros.

--Gracias a la genética dirigida --le repuso la joven cadete.

--Pero --¿cómo?

--Todo es obra del al amor, del más grande y universal de los sentimientos del Hombre. Por él pudo la Glitza que usted amó revolucionar la ciencia de los genes con el propósito de cumplirle una promesa. ¿La recuerda usted?

--Sí, por supuesto que la recuerdo. Me dijo entonces: "Vernon mío, te casarás conmigo"
Vernon se quedó un rato pensativo, miró aparentemente hacia el paisaje del cosmódromo pero en el fondo hacia bien adentro en sus recuerdos, revolviendo las imágenes del pasado. Después le preguntó a la joven: "Entonces tú ¿cómo te llamas?".

--Me llamo Glitza, como mi madre y mi abuela, como Glitza quiso que nos llamáramos todas.
Los ojos de Vernon se empañaron, igual que en la tarde de la despedida en Libia, y por sobre la gritería de los asistentes dijo dulcemente a la joven Glitza:

--Sabes, no habrá una segunda despedida, la próxima vez viajaremos juntos.

Ella simplemente sonrió y le tomó la mano. Habían bajado las escalinatas de la astronave y ya se dirigían por el pasillo rumbo a la sección central del edificio de la Dirección Cosmonáutica. En esos instantes las paredes sonoras dejaban escuchar la voz del cantante más popular de la ciudad cosmódromo, quien decía:

"Podrá acabarse el calor del sol
y La Tierra convertirse en hielo
pero el amor y el calor humanos
tendrán siempre un mañana..."

Montería, 1971


Antonio Mora Vélez. Cuentista, novelista, poeta, docente, abogado, músico e investigador. Según algunos biógrafos, nació en Cartagena, según otros que en Lorica o en Montería, pero realmente nació en la ciudad de Barranquilla el 14 de julio de 1942.
Es considerado por la crítica nacional e internacional como el pionero y padre de la Ciencia Ficción en Colombia, con la que se casó, inspirado en Wells, Julio Verne, Walter Millar, Ivan Efremov e Isaacs Asimos.
En los años 70 fue uno de los más entusiastas miembros del grupo literario El Túnel de Montería, que desde entonces ha marcado una época brillante y productiva para la Literatura Colombiana.
Es autor de los libros “Glitza” (1979), “El juicio de los dioses” (1982), “Lorna es una mujer”( 1986), “La duda de un ángel”, “Los caminantes del cielo”(1999), “El fuego de los dioses” (2001), “Los Jinetes del Recuerdo” (libro virtual), “Ciencia ficción: el humanismo de Hoy” (1996) y La Estrategia de la Solidaridad” (2006), que es una antología de Ensayos y Escritos Periodísticos que van de 1983 al 2006.
El diario El Meridiano de Córdoba, del que es columnista habitual, lo eleigió como uno de los personajes del siglo XX en el Departamento de Córdoba, por su contribución a la cultura, la literatura y el periodismo. Sus trabajos periodísticos y literarios son publicados en las revistas web Rodela de Suecia, Café Berlín de Alemania, Axxon de Argentina, Guaicán Literario de Cuba, Alfa Eridiani de España, Cronopios, Libros y Letras, Gente con Talento y la Casa de Asterion de Colombia.
Actualmente es el Vicerrector de Bienestar Universitario de CECAR (Sincelejo), en cuya institución dirige la revista del mismo nombre
Miembro fundador del Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano, fue elegido su primer presidente en el período 2003-2004.
Biografía tomada de: Escritores del Caribe