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viernes, 30 de noviembre de 2012

Diógenes Armando Pino Avila


 Por: Diógenes Armando Pino Ávila

A LA DERIVA

Quise agitar tus aguas mansas
para navegar hasta el cansancio
en tus mares océanos
y luego refugiarme
en la ensenada de tus playas.

Logré sumergirme
y explorar
tus tibias profundidades,
para jugar al buzo de pesca
en tu coral embrujado
y capturar las caracolas doradas
que emiten el eco de tus ansias,
tus suaves murmullos,
y tus tenues gemidos.

Pude romper tus olas,
para navegar en tus mares,
y descubrir las islas
donde escondes tus tesoros,
y alcancé a saborear
la sal húmeda de tus espumas,
alcancé a pastorear el cardúmen
vivaz de tus sonrisas,
y perseguir encantado
los pececillos esquivos de tus besos.

Me propuse un día,
atracar en tu puerto,
para poner en orden
la bitácora de mi vida,
y poder restañar mis heridas,
y renovar mi estropeado velamen,
para luego
hacerme a la mar de nuevo
¡y no pude!

Tiempo después,
Quise levar anclas
y abandonar tu puerto
En busca de mares remotos,
¡No pude!

Desde entonces, navego a la deriva
Buscando tus orillas
Sin encontrar el norte
Que me saque de este mar calamitoso
Que me mantiene a la deriva
y a punto del naufragio.

HOMO SAPIENS

Indolente, ayer
Taló árboles centenarios,
Descuajó montañas de tigres,
Invadió playones y desecó
Riachuelos y humedales.

Nostálgico, hoy
Añora el trinar de los pájaros,
El ronco grito de los monos,
El plateado nado de los peces,
La agilidad de la ardilla
Y el sedante murmullo del río.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Felix Molina Flórez


El retorno
Por: Felix Molina Flórez
Tu llegada allí es tu destino
C. Cavafis
Antes de suicidarse Ulises tomó su moto y recorrió Valledupar. Seguramente quiso sacarse de la cabeza la idea de matarse, pero el hecho de que descubriera que Marcela, su mujer, había salido del Motel Puerto Rico con un tipo alto y medio encorvado, era una razón suficiente para pegarse un tiro o colgarse de una correa.

Se levantó de la cama. Luego de pensar en lo doloroso que sería para él superar esa crisis, supo que nada en la vida volvería a ser como antes. Tomó su RX 115 y fue a la avenida Simón Bolívar. Observó algo absorto, cómo el neumático delantero recorría la superficie del asfalto y esquivaba los huecos, mientras algunos enormes árboles parecían perseguirlo. Pensó, en ese instante, que muchas veces él fue como ese neumático en las curvas de Marcela. Recordó también, cómo sus manos patinaron más de una vez sobre los senos de su mujer, a la que ahora creía malvada. Frenó y esperó a la sombra de un árbol. Secó sus párpados y quiso tragarse el nudo que estaba atascado en su garganta.

Divisó de lejos el semáforo en rojo y pensó que también se burlaba de él. Enclochó con furia y metió primera. Quiso estrellar su moto contra aquella luz roja que lo miraba fijamente, pero cambió de parecer cuando un niño le extendió la mano para pedirle una moneda. Lo miró con lástima, le dio doscientos pesos y siguió. Cruzó el semáforo y se vio como en medio de una isla de cemento rodeada de grandes árboles y nada más. Un sol apremiante empezaba a mortificarlo, supo en esos momentos que esas calles, que tanto había recorrido, eran el mapa exacto de una ciudad estéril, llena de carros y vallenatos y sol.

El edificio de la Caja Agraria, que divisó a lo lejos, le mostró la pobre arquitectura de la ciudad. Descendió de la moto y se sentó en el andén a observar cómo pasaban los mototaxistas que parecían pelear con el tiempo. Uno, pasó desaforado con un parrillero que se aferraba a la parrilla de la moto con sus dos manos; otro, movía su cabeza de un lado a otro pitándole a cuanto transeúnte veía parado en la calle. Observó las busetas viejas atiborradas de personas y las imaginó frustradas de tanto retornar a la misma cotidianidad de siempre. Vio a una mujer que sacó la cara por la ventanilla de una de las busetas y tiró un escupitajo al concreto. Ulises agachó la cabeza y se levantó.

Volvió a su Nena —como solía decirle a la moto— y salió al Norte. Vio a lo lejos la majestuosidad de la Sierra y a un extremo un lujoso Hotel que parecía mofarse de su angustia. Dio dos vueltas en la plazoleta y por un momento sintió que era un turista inerme. Miró el rostro desfigurado de la bailarina que sostenía su pollera y sintió zozobra, quizá le recordaba algo triste.

Después de unos segundos llegó al balneario Hurtado donde en varias ocasiones había ido a bañarse. Se paró al lado de las barandas amarillas y miró las aguas verdes que transcurrían por su cauce. Recordó las veces que arribó allí con Marcela con la intención de pasear y de paso ver a los muchachos lanzarse del puente de concreto por quinientos o mil pesos. Tomó todo lo que tenía en el bolsillo en ese momento y lo lanzó al río. Vio cómo su celular expandió las hondas en el agua. Observó a la gente feliz. Dio un último vistazo y no descubrió ninguna magia en ese lugar, todo le pareció muy natural. Le dio la espalda a la sirena y al verde paisaje, y encendió la moto para regresar.

En ese momento Ulises descubrió con desconcierto que, a diferencia de su homónimo griego, él nunca había sido un héroe; era uno más dentro de los miles que respiraban a diario. Así que no pidió que el camino de regreso fuera largo, lleno de aventuras; no anheló encontrarse a un cíclope o a un dios griego; sabía que no había tal Penélope esperándolo en la casa con un sudario en la mano; solo quería retornar sin más. Abrir la casa y pasar a través de la sala hasta el cuarto donde vivió dos años con su mujer. Entrar. Tomar la riata que le regaló su mamá y colgarla de la cercha. Mirar la puerta y asegurarse que estuviera bien cerrada. Hacer un lazo con la correa y meter su cabeza. Cerrar los ojos y respirar profundo, solo eso quería.

Tomado de: Grupo Jauría

viernes, 2 de noviembre de 2012

Martín Salas Ávila


De
DATOS DEL INFELIZ
Cartagena: 2009
(Plaquette preparada para los festivales de poesía de Venezuela y de Cartagena de Indias)

 Ya no juego a ser el vagabundo que alguien levanta del suelo:lo baña, le corta las uñas y lo ama un fin de semana.
 Uno olvida esos juegos; nadie es capaz de condolerse por un vagabundo cuarentón.
Si de joven amenazaba con matarme, cualquiera se preocupaba.
 Ya no se es Kurt Cobain, él murió joven y seguirá joven, en un viejo cassette, en marrón, en un patio oscuro del barrio Manga.
 Difícil tarea ésta, (a de decir que todo es insalvable; ahora que el famogal es mi nueva compañera, ahora cuando tengo dificultades para agacharme y recoger del suelo este poema.
  
SEGUNDO

Uno se recuerda recibiendo una medalla, con camisa amarilla.
Celebrando un gol de Brasil. Entrando por primera vez al segundo a. Imitando a Chaplin. Perseguido en una madrugada, matando a quien debía morir. Uno se recuerda en un papelito escrito por ti, Anabella, donde dices que el amor es una patada al balón. Uno se recuerda sin Silvio Yarinces, maldiciendo y probando marihuana en la universidad, derrotado, fingiendo. Uno se recuerda desnudo frente a otro hombre.

Cristo se habrá levantado muy temprano a esperar el bus, sin las risas aquellas de 1978; él también sintió lo que es no saber de la existencia de la culpa: también hizo desorden en el puesto de atrás.

Tantas cosas más por decir y uno decide quedarse callado, como Cesare Pavese.

 CERRAREMOS LAS VENTANAS

— no le daremos tiempo a la muerte —
Qué nos podrá decir el viento
ahora que tan sólo somos penumbra
Nacer y no encontrar
el suficiente olvido
que nos permita abrir los ojos
No vienen las cosas al mundo
para ocultar el rostro de quien vive,
son las cosas las que permiten anunciarnos
en nuestra soledad
Cerraremos las ventanas:
Entonces, alguien se ocultará de dios...
y del mundo.

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Hoy las noticias
         intentan confundirme,
pero yo no me dejo.
Continúo esperando la rufa del sol.
Continúo creyendo en la salvación
que produce un abrazo o una carta de amor
Continúo con mi cuazo entre mis manos,
celebrando la navidad todos los días
y deseando que mi rabia ceda
ante el golpe mortal de una flor.
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Ahorcarse
a las 4:20 a.m.
A las 7 a.m.
tu mujer lo descubre;
llama a tu hijo, él llora,
ella no se lamenta.
A las 7.5 a.m.
llaman por teléfono a tu madre.
A las 8.10 a.m.
todos los vecinos llenan la casa.
Alguien quiere saber a que hueles;
otros mirarán tus zapatos.
Por eso, para ahorcarse,
lo mejor es bañarse,
tener un vestido nuevo
y lustrar los zapatos

MARTIN SALAS ÁVILA. (Montería, Colombia, 1964)  Es poeta, actor, fotógrafo y gestor cultural. Estudió Derecho en la Universidad de Cartagena diplomándose en Gestión Cultural y Derecho Probatorio.  Fundador y director del Festival Internacional de Poesía en Cartagena de Indias, fundador y director de la revista de poesía Siembra, fundador y director del taller de poesía Siembra. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Estaciones de un cuarto vacío marrón y Parece que estoy solo en esta fría trampa del universo. 

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