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domingo, 31 de octubre de 2010

Una naturaleza distinta en un mundo distinto al nuestro

Intervención de Gabriel García Márquez que aparece en su más reciente libro publicado, Yo no vengo a decir un discurso, antología de veintidós textos seleccionados por el premio Nobel de Literatura 1982 que recorren sesenta y tres años de su vida

por Gabriel García Márquez

La primera vez que oí hablar de los militares fue a una edad muy temprana, cuando mi abuelo me hizo un relato escalofriante de lo que entonces se llamó “la matanza de las bananeras”. Es decir: la represión a bala de una manifestación de obreros colombianos de la United Fruit Company, arrinconada en la estación del ferrocarril de Ciénaga. Mi abuelo, platero de oficio y liberal de hueso colorado, había merecido su grado de coronel en la Guerra de los Mil Días, en las filas del general Rafael Uribe Uribe, y por esos méritos había asistido a la firma del tratado de Neerlandia, que puso término a medio siglo de guerras civiles formales. Frente a él, al otro lado de la mesa, estaba el mayor de sus hijos, en su condición de parlamentario conservador.

Creo que mi visión del drama de las bananeras, contado por él, fue la más intensa de mis primeros años, y también la más perdurable. Tanto, que ahora la recuerdo como un tema obsesivo de mi familia y sus amigos a lo largo de mi infancia, que de algún modo condicionó para siempre nuestras vidas. Pero, además, tuvo una enorme trascendencia histórica, porque precipitó el final de más de cuarenta años de hegemonías, y sin duda influyó en la organización posterior de la carrera militar.

Sin embargo, a mí me marcó para siempre por otra razón que ahora viene al caso: fue la primera imagen que tuve de los militares, y habrían de pasar muchos años no solo para que empezara a cambiarla, sino apenas para que empezara a reducirla a sus justas proporciones.

En realidad, a pesar de mis esfuerzos conscientes por conjurarla, nunca he tenido la oportunidad de conversar con más de media docena de militares en cincuenta años, y con muy pocos logré ser espontáneo y desprevenido. La impresión de incertidumbres recíprocas entorpeció siempre nuestros encuentros, nunca pude superar la idea de que las palabras no significaban lo mismo para ellos que para mí, y que a fin de cuentas no teníamos nada de qué hablar.

No se crean que fui indiferente a ese problema. Al contrario: es una de mis grandes frustraciones. Siempre me pregunté dónde estaba la falla, si en los militares o en mí, y cómo sería posible derribar aquel baluarte de incomunicación. No sería fácil. En los dos primeros años de Derecho de la Universidad Nacional —cuando yo tenía diecinueve— fueron mis condiscípulos dos tenientes del Ejército.

(Y bien quisiera que fueran algunos de ustedes.) Llegaban con sus uniformes idénticos, impecables, siempre juntos y puntuales. Se sentaban aparte, y eran los alumnos más serios y metódicos, pero siempre me pareció que estaban en un mundo distinto del nuestro. Si uno les dirigía la palabra, eran atentos y amables; pero de un formalismo invencible: no decían más de lo que se les preguntaba.

En tiempos de exámenes, los civiles nos dividíamos en grupos de cuatro para estudiar en los cafés, nos encontrábamos en los bailes de los sábados, en las pedreas estudiantiles, en las cantinas mansas y los burdeles lúgubres de la época, pero nunca nos encontramos ni por casualidad con nuestros compañeros militares.

Era imposible no pensar, en conclusión, que tenían una naturaleza distinta. Por lo general, los hijos de los militares son militares, viven en sus barrios propios, se reúnen en sus casinos y en sus clubes, y sus mundos transcurren de puertas para dentro. No era fácil encontrarlos en los cafés, raras veces en el cine, y tenían un halo misterioso que permitía reconocerlos aunque estuvieran de civil.

El mismo carácter de su oficio los ha vuelto nómades, y esto les ha dado la oportunidad de conocer el país hasta en sus últimos rincones, por dentro y por fuera, como ningún otro compatriota, pero por su propia voluntad no tienen el derecho de votar. Por un deber elemental de buena educación he aprendido infinidad de veces a reconocer sus insignias para no equivocarme al saludarlos, y más he demorado en aprenderlo que en olvidarlo.

Algunos amigos que me conocen estos prejuicios piensan que esta visita es lo más raro que he hecho en mi vida. Al contrario, mi obsesión por los distintos modos del poder es más que literaria —casi antropológica— desde que mi abuelo me contó la tragedia de Ciénaga. Muchas veces me he preguntado si no es ése el origen de una franja temática que atraviesa por el centro de todos mis libros.

En La hojarasca, que es la convalecencia del pueblo después del éxodo de las bananeras, en el del coronel que no tenía quien le escribiera, en La mala hora, que es una reflexión sobre la utilización de los militares para una causa política, en el del coronel Aureliano Buendía, que escribía versos en el fragor de sus treinta y tres guerras, y en el patriarca de doscientos y tantos años que nunca aprendió a escribir. Del primero hasta el último de esos libros —y espero que en muchos otros del futuro— hay toda una vida de preguntas sobre la índole del poder.

Creo, no obstante, que mi verdadera toma de conciencia sobre todo esto empezó cuando escribía Cien años de soledad. Lo que más me alentaba entonces era la posibilidad de reivindicación histórica de las víctimas de la tragedia, contra la Historia oficial que la proclamaba como una victoria de la ley y el orden. Pero fue imposible: no pude encontrar ningún testimonio directo ni remoto de que los muertos hubieran sido más de siete, y que el tamaño del drama no había sido el que andaba suelto en la memoria colectiva. Lo cual, por supuesto, no disminuía para nada la magnitud de la catástrofe dentro del tamaño del país.

Ustedes podrían preguntarme, con toda razón, por qué en lugar de relatarla en sus proporciones reales, la magnifiqué hasta el tamaño de tres mil muertos que fueron transportados en un tren de doscientos vagones para arrojarlos en el mar. La razón, en clave de poesía, es simple: yo estaba trabajando en una dimensión en la cual el episodio de las bananeras no era ya un horror histórico de ninguna parte sino un suceso de proporciones míticas, donde las víctimas no eran iguales y los verdugos no tenían ya ni cara ni nombre, y tal vez nadie era inocente. De aquella desmesura me vino el viejo patriarca que arrastraba su potra solitaria en un palacio lleno de vacas.

¿Cómo podía ser de otro modo? La única criatura mítica que ha producido la América Latina es el dictador militar de fines del siglo pasado y principios del actual. Muchos de ellos, por cierto, caudillos liberales que terminaron convertidos en tiranos bárbaros. Estoy convencido de que si el coronel Aureliano Buendía hubiera ganado siquiera una de sus treinta y seis guerras, habría sido uno de ellos.

Sin embargo, cuando cumplí el sueño de escribir los últimos días del libertador Simón Bolívar en El general en su laberinto, tuve que torcerle el cuello al cisne de la invención. Se trataba de un hombre de carne y hueso de talla descomunal que libraba la batalla contra su cuerpo devastado, sin más testigos que el séquito de jóvenes militares que lo acompañaron en todas sus guerras y habían de acompañarlo hasta la muerte. Tenía que saber cómo era en realidad, y cómo era cada uno de ellos, y creo haberlo descubierto lo más cerca posible en las cartas reveladoras y fascinantes del libertador. Creo, con toda humildad, que El general en su laberinto es un testimonio histórico envuelto en las galas irresistibles de la poesía.

Es sobre estos enigmas de la literatura sobre los que me gustaría proseguir ahora con ustedes el diálogo que otros amigos han iniciado en estos días. Quienes lo han alentado de la parte militar saben que no soy extraño a esa idea necesaria, y que mi único deseo es que prospere. Cada quien ha conversado sobre su especialidad. Yo no tengo ninguna distinta de las letras, y aun en esta soy un empírico sin ninguna formación académica, pero sí me siento capaz de enrolarlos a ustedes en las huestes no siempre pacíficas de la literatura.

Para empezar, quiero dejarles solo una frase: “Creo que las vidas de todos nosotros serían mejores si cada uno de ustedes llevara siempre un libro en su morral”.
Santafé de Bogotá, Colombia, 12 de abril de 1996

Tomado de La Ventana, portal informativo de La Casa de las Américas Cuba

domingo, 24 de octubre de 2010

Diógenes Armando Pino Avila

Ronda literaria Nodo Norte de Caracolí del Cesar

El sábado 23 de octubre, se realizó en la ciudad de Los Santos Reyes, Valledupar capital del departamento del Cesar Colombia, la ronda literaria del Nodo Norte del taller de creación literaria Caracolí del Cesar. Desde muy temprano los niños, jóvenes y adultos participantes del taller de los municipios de Becerril, Codazi, San Diego, La Paz, Manaure y Valledupar se dieron cita en la Biblioteca Carrillo Luquez para oficiar el encuentro con la palabra. También se dieron cita los escritores Fernando Cely y Fernando Vargas Valencia de Bogotá, José Luis Garcéz de Montería, Rodolfo Lara de Cartagena, Ignacio Verbel Vergara y Ricardo Verbel Chávez de Sincelejo, invitados para interactuar con los talleristas y realizar un taller cada uno de ellos con 25 asistentes.

Estos escritores portando el pebetero del poema, ofrendaron incienso-verso a los dioses del parnaso ante una audiencia de niños y jóvenes ávidos de la fragancia de la palabra que extasiados observaban el aletear prodigioso de la metáfora y disfrutaban del sublime vuelo con que remontaban el horizonte de sus sueños. Se ofició la palabra, estos sacerdotes de las letras del Caribe colombiano, asistieron a la ceremonia de iniciación de los talleristas del Caracolí del Cesar y mojaron las testas de los iniciados con las refrescantes y aromadas aguas de la prosa y la poesía. Fue una fiesta de la palabra, de la palabra alada, de la palabra con sonoridades y música en que el verso, ocarina mágica, marcaba el compás de la danza.

Dentro de la programación de la ronda se presentaron otras manifestaciones culturales como el grupo de chicote Dinastía Kankuama de Atanquez y el cuenta cuentero Reinaldo Cruz. Los primeros nos mostraron elementos dancísticos y musicales de la etnia kankuama de la Sierra Nevada de Santa Marta, cultura preservada por los mayores de ese pueblo indígena y mostrado por adultos mayores y jóvenes representantes de esa cultura. El cuentero Reinaldo Cruz nos hizo reír hasta el cansancio con las historias contadas con la peculiaridad con que hablan los sabaneros de Córdoba y Sucre. Finalmente salimos a la plazoleta de la biblioteca departamental donde realizaron unas actividades lúdico-creativas que sirvió de colofón y cierre a la programación.

Podemos concluir que las rondas literarias de los nodos Sur, Centro, Noroccidente y Norte fueron exitosas muestras del trabajo que silenciosamente viene realizando la biblioteca departamental en cabeza de Mónica Morón como directora y del apoyo económico y político que brinda el señor gobernador del Cesar Cristian Moreno Panesso. Ojalá se le de continuidad el otro año a tan estupendo proyecto que brinda capacitación en manejos de técnicas escriturales y promoción de lectura a los niños, jóvenes y adultos de los 25 municipios del Cesar.

Felicitaciones a Beethoven Arlant coordinador del Nodo, a los coordinadores locales de los talleres, a las bibliotecarias y a los talleristas por haber hecho posible esta fiesta de la palabra.

Ver las fotos Ronda (Clic aquí)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Fernando Cely Herrán

PREFERENCIAS

Hoy por hoy,
he procurado dar rienda suelta
a los cambios semánticos:
Prefiero
ebriedad que enfermedad,
miedo que maldad,
hipocresía que traición
sueño que verdad,
mentira que dolor,
desesperación que muerte,
cosmos que caos
poesía que empirismo.
Eso quiere decir
que existen palabras dignas
de ser omitidas,
por ejemplo, ejemplo,
por ejemplo, amigo,
por ejemplo, siempre,
por ejemplo, amante,
por ejemplo, amor.
Deberíamos perpetuar
palabras indelebles:
por ejemplo, intriga,
por ejemplo, muerte,
por ejemplo, error...

Deberíamos omitir los vocablos
que nos recuerdan
que somos una especie
traicionera y absurda
que no tiene asidero
en el noble diccionario de los dioses

Amo mi propio diccionario
porque nadie me entiende.
Eso me garantiza
equidad con el cosmos,
infinito amor por las estrellas
en cuyo interior se escribe a diario
el código de fuego
que finalmente, hará explotar
mi irreverente corazón.

DICCIONICIO

Felicidad es la temible palabra
que se inventó un iluso
que no quería estar triste
y que en acto protocolario propuso
pintar las espinas
con colores de rosa.
Felicidad
es invitar a bailar a la muerte
en pleno funeral
y danzar divertidos
sobre el poderío
inaudito de la muerte.
Felicidad
es observar fija, lenta y gozosamente
a los ojos de tus adversarios
y lograr que sus ojos forrados de metralla
te sean indiferentes.
Felicidad
es la palabra que al ser inexistente
te hace sentir
plenamente infeliz.

FERNANDO CELY HERRÁN
(Bogotá, Colombia, 1957] Poeta y tallerista del Ministe¬rio de Cultura, la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP), las Alcaldías locales de Fontibón y Teusaquillo en Bogotá D.C. entre otras instituciones. Ha publicado diez poemarios a lo largo de veinte años de labor literaria y cultural.
Su obra ha sido difundida en manuales de literatura colombiana como en periódi¬cos y revistas literarias a nivel nacional e internacio¬nal.
Es co-fundador del Grupo Poético "Esperanza y Arena", de la Corporación Literaria y Artística "Escafandra" y actualmente su director. Coordinó con el equipo de trabajo de la corporación la primera versión del Festival Internacional y Popular del Libro en el año 2007; se ha desempeñado durante tres décadas como profesor de Lengua y Literatura en Colegios y universidades de la ciudad de Bogotá.

viernes, 15 de octubre de 2010

DIARIO DE VIAJE EN VERSO (Poema 4)

Por: Fernando Vargas Valencia

El cazador de mariposas
aun no comprende
(le cuesta comprender)
que las hijas de sus ganas,
los seres elementales
de sus ímpetus más voraces,
mueren en el aire,
en el vuelo pleno
de sus arterias de cristal,
sólo cuentan con las horas insinuadas,
las apenas necesarias,
para elevar en sordos gritos
las oraciones fulgurantes
que en el aire
se robará la noche.
Pero el cazador insiste
en tomarlas de las alas
y dibujarles rocas
para que se queden en la tierra,
aleteando apenas
el presagio inútil
de ser animal de vuelo.

El cazador
se preguntará
en el cuerpo desnudo
de la amada
– cansado y sediento
de otra sed
y otro cansancio –
dónde van a agonizar la tarde
las mariposas diurnas
y dónde el amanecer
las mariposas ciegas
de la noche.

El cazador desconoce los signos
impuestos por la sangre postergada
– si fuera lo contrario
se persignaría atónito –
y le sonríe a la idea
de que la muerte
es un tránsito
que confirma la agonía
del crecimiento de las alas,
ese placer horrendo
de crear los espacios necesarios
para no morir en la roca
sino en el cielo protector
que también suele morir
en el momento exacto
como habrán de agonizar
las mariposas del cuerpo
en el cuerpo
de la amada muchacha,
en ese nido de aire
que nace y muere en la memoria,
para renacer de nuevo
en un círculo
de cielo y espanto.
(Del libro “Descargas para Ibalhú”, 2004-2005)

FERNANDO VARGAS VALENCIA. Poeta nacido en Bogotá, Colombia (1984). Abogado de la Universidad Externado de Colombia. Estudios en Música, Literatura y Sociología. Formador de docentes en la Corporación Internacional para el Desarrollo Educativo (Cide). Tallerista en creación poética del Grupo Poético Esperanza y Arena, la Fundación Verso a Verso, la Corporación Literaria Escafandra, la ONG Coinfa – Acciones para el progreso y la Alcaldía Local de Teusaquillo (Bogotá). Ha publicado tres libros de poesía: "El Espolio", "Cuentas del Alma" (Magia de la Palabra Editores: 2000, 2001), "Silencio Transversal: Poemas para Desorejados" (Colección Poética Isla Negra: 2007) y uno de ensayo: "La Realización Poética de la Justicia: El Derecho como Paradigma Literario" (Universidad Externado de Colombia: 2008). Fundador de la sección literaria de la Revista Cultural Somos – Libertad Bajo Palabra de la Universidad Externado de Colombia. Director de la Revista Poética Fata Morgana. Coordinador Académico del Primer Festival Internacional y Popular del Libro de Bogotá. Corresponsal en Colombia de la Revista Los Poetas del Cinco (Chile) y de Baluarte, Revista de Cultura, Arte y Pensamiento (México). Escribe reseñas de nuevos libros de poesía en las páginas culturales de Momento, Diario de Puebla (México) y es colaborador permanente del Periódico La Mancha (Venezuela). Colaborador en varias revistas universitarias de Colombia y Venezuela. Ha sido incluido en antologías poéticas en Venezuela, Cuba, Perú y España. Invitado a varios encuentros internacionales de escritores y poetas en Brasil, Cuba, México y Colombia.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Cuando, como, quien, donde y cuanto

Tomado de: http://reglas-escritura.blogspot.com/2007/10/cuando-como-quien-donde.html

Pretendemos ser prácticos, ¿no? Así que vamos a dar una sencilla pauta para saber cuándo escribir con tilde estas palabras.

En general, tendremos que poner la tilde cuando expresen interrogación, pero como esto no implica necesariamente que existan interrogaciones físicas que nos sirvieran para asegurarnos, basta con aplicar las siguientes reglas:

“Cuándo” llevará tilde cuando pueda ser sustituido por “en qué momento”:

“¿Cuándo llegarás?”
“Me preguntó cuándo podría recibirle”
“Le contesté que cuando terminase el documento”

“Cómo” llevará tilde cuando pueda ser sustituido por “de qué manera”:

“¿Cómo piensas arreglarlo?”
“Intenté averiguar cómo lo habría logrado”
“Conducía como si fuese una carrera”

“Quién” llevará tilde cuando pueda ser sustituido por “qué persona”:

“¿Quién ha llamado?”
“Hace falta saber quién se atrevería a hacerlo”
“Elegí a quien me pareció más inteligente”
Esto es aplicable al plural: “quiénes”

“Dónde” llevará tilde cuando pueda ser sustituido por “en qué lugar”:

“¿Dónde vamos a cenar?”
“Le dije la hora, pero no dónde quedábamos”
“Decidí acudir al mismo lugar donde había pasado las vacaciones”

“Cuánto” o “cuántos” llevarán tilde cuando pueda ser sustituido por “qué cantidad”:

“¿Cuántos vamos a cenar?”
“Ni me fijé en cuánto costaba”
“Era increíble que cuanto más corría, menos cansado parecía”

domingo, 10 de octubre de 2010

Los Caracolíes en Bosconia

El Taller de creación literaria Caracolí del Cesar, cumplió una nueva cita. Ayer 9 de octubre le correspondió la Ronda Literaria al Nodo Noroccidental, integrado por los municipios de El Paso, Astrea, Chimichagua, El Copey y Bosconia. En efecto, los Caracolíes, como denominamos a los participantes de Los Talleres se dieron cita en La Casa de la Cultura del municipio de Bosconia para realizar su fiesta creativa.

Correspondió en esta oportunidad interactuar con los 150 niños Caracolíes a los escritores José Luis Garcés, de Montería, Ignacio Verbel Vergara y Ricardo Verbel Chávez de Sincelejo y a los talleristas del Nodo Sur Angie Larissa Arévalo, Mariela Muñoz de Gamarra, José Luis María Sánchezl tallerista de Aguachica.

Esta fue una jornada productiva, como todas las que se han realizado, los niños fueron gratamente sorprendidos con la presencia y participación activa de estos escritores del Caribe Colombiano, los que compartieron con los niños sus experiencias creadoras en un ejercicio donde cada uno de ellos realizaron su taller revelando algunos de sus técnicas en el oficio del escritor.

Además de los escritores y talleritas, los niños tuvieron oportunidad de interactuar con Luis Soriano Bórquez, creativo profesor protagonista de la experiencia El BIBLIOBURRO. En esta ronda tuvo activa participación el joven Adrian Medina un cuentero en ciernes del Liceo Ariguaní, que nos deleitó con las historias del burro Catapilo.

En las horas de la tarde, los talleristas compartieron alguna de sus experiencias vividas en la ronda, además hubo presentaciones de teatro y danzas por parte de los grupos locales en una fiesta cultural que deleitó a los asistentes. Podemos concluir, sin lugar a dudas, que esta fiesta de la palabra, que oficiaron los escritores costeños con los niños Caracolíes en el municipio de Bosconia, dio el efecto deseado, sembrar en la mentalidad de estos jóvenes la semilla creativa y el gusto por la literatura.

Es necesario que la gobernación del Cesar representada por el doctor Cristian Moreno Panesso, La biblioteca Departamental con Mónica Morón como directora, le dé continuidad a este proyecto que funciona en todos los municipios del departamento de El Cesar.

Por último felicitamos a José Luis Molina (Turry) coordinador del Nodo noroccidental y a todos los coordinadores locales de los talleres y bibliotecarias de este Nodo por su activa participación que hicieron posible una ronda alegre y productiva.

La próxima cita es en Valledupar el próximo 23 de octubre. Allí nos vemos!

Ver fotos Ronda Literaria Bosconia. Clic aqui.

jueves, 7 de octubre de 2010

La diferencia entre qué y cuál

Tomado de: http://blogs.ihes.com/formacion-ele/?p=101

Con mucha frecuencia, los estudiantes confunden el uso de los interrogativos qué y cuál. Hay algunos trucos que podemos utilizar para que aprendan a distinguirlos.

Yo, por ejemplo, les explico el uso de qué y cuál en momentos diferentes.

En primer lugar, para preguntar por una información: si quieren saber el significado o el nombre de algo. Escribo una frase en la pizarra y les hago ver que la pregunta con cuál y la pregunta con qué tienen respuestas diferentes. Con qué preguntamos por el significado; con cuál, por el nombre:

La sardana es el baile típico catalán.
¿Qué es la sardana? Es el baile típico catalán.
¿Cuál es el baile típico catalán? La sardana.

Con unos pocos ejemplos, ven la diferencia rápidamente. Los estudiantes van a encontrarse con los dos interrogativos muy pronto (¿Qué haces?, ¿A qué te dedicas?, ¿Cuál es tu dirección?, etc.), por lo que es importante que aprendan a diferenciarlos desde el principio.

Más adelante, les explico que qué y cuál sirven para elegir un elemento de un grupo.

¿Qué fruta te gusta más?
¿Cuál fruta te gusta más?

En esta estructura, qué es más frecuente en España y cuál en Latinoamérica.

Cuando qué y cuál están solos, qué se usa para elegir un elemento de un grupo heterogéneo y cuál, para elegir un elemento de un grupo homogéneo:

¿Qué compramos? ¿Un disco o un libro? (entre cosas diferentes)
Mira estos discos. ¿Cuál compramos? (de entre los discos)

Lo mejor es trabajar los dos usos por separado y de una forma práctica. Cuantos más ejemplos, mejor.

Tomado de: http://blogs.ihes.com/formacion-ele/?p=101