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sábado, 17 de julio de 2010

Autores defectuosos

Por: Julio César Londoño

LA CRÍTICA LITERARIA MODERNA empieza con Poe, principio y fin de todas las cosas. Antes, había sido un género despistado.

La crítica fue moralista con Platón, ese gran escritor que expulsó a los poetas de su República por considerarlos sujetos peligrosos; y errados porque trabajaban apenas con palabras: sombras del eco del arquetipo. Luego la crítica fue terapéutica con Aristóteles, el catártico, un precursor de los autores de superación, un buen hombre convencido de que los dramas eran como nuestros “dramatizados”, es decir, ficciones cuyo fin era exhortarnos al bien mostrándonos las horribles consecuencias del mal.

Después de que Horacio teorizara algunos preceptos sensatos sobre el arte de la composición literaria, la crítica se extravió durante diecisiete siglos y fue alegatos de poder en los alcázares del Cid, marañas teológicas en los círculos de Dante, retóricos escolásticos en las aulas catedralicias, filósofos perplejos en el gabinete de Fausto, o filólogos minuciosos en los salones de las cortes, hasta que llegó Poe y se ocupó de la cosa en sí: el narrador, la tensión, la verosimilitud, la “unidad de efecto”; fue también el primero en percatarse de que la novela estaba sobrevalorada: “No hay duda de que la novela exige lo que se ha dado en llamar esfuerzo sostenido, pero esto es materia de mera perseverancia y sólo guarda relación colateral con el talento”. (Marginalia, nota LXXXVI). Poe es moderno porque introdujo el cálculo en la narrativa y la exactitud en la crítica.

Siguió Wilde, que descubrió el poder mnemotécnico de la paradoja y la fuerza de seducción del cinismo, y sentó un postulado central: “La crítica es una creación dentro de la creación. El arte se inspira en la vida; la crítica en el arte. El único deber del crítico es dejar una bella página so pretexto del comentario de una obra cualquiera". Estaba vacunado contra las ternezas: “La mala poesía es sincera toda”.

Así, el mundo estaba listo para Borges, un señor que aunó el amor por las paradojas y la alergia al sentimentalismo de Wilde, con la exactitud conceptual de Poe, la concisión inglesa y la gambeta argentina, esa capacidad suya para especular de una manera rutilante, para resumir en una línea el don principal de un autor, o descubrir el hilo que va de Melville a Kafka, de Marlowe a Shakespeare, que teje imperios y dinastías para que una seda china llegue a manos de Virgilio y le inspire un hexámetro, que une un sueño de Coleridge —que luego sería poema— con un palacio soñado por Kublai Khan.

Contra todo pronóstico, los críticos siguen sorprendiéndonos después de Borges. Hace poco, Enrique Vila-Matas sacudió la modorra de la academia con Bartleby y compañía, un librito que parece un oximoron: parte de las anécdotas de los artistas, esos chismes que Paul Valéry despreciaba, para buscar los resortes de las angustias de la creación y, en último término, la razón de ser de las obras inconclusas, la no-escritura.

Por los mismos días, un escritor colombiano estaba armando un ornitorrinco fabuloso: crítica literaria en verso sobre la ciencia ficción: “… Le dije que toda nuestra ciencia ficción, al hablar del futuro,/ permanecía atrapada en los vicios del tiempo en que fue escrita,/ limitada por ellos;/ que el improbable porvenir los leería a él y a Pohl y a Lem, y al terrible K. Dick y a Ballard y a Heinlein, como delicados narradores de cuadros de costumbres,/ embelesados por la actualidad, incapaces de imaginar un futuro/ en el que ya no impere nuestro orden mental,/ sus esferas tolemaicas, su doble mundo platónico,/ su telaraña cartesiana, sus hegelianas acumulaciones, los magnetos de Newton, las cósmicas cavernas de Einstein,/ labradas con espejos enfrentados que se desplazan”. (Fragmento del poema “Peter Endless, autor de ciencia ficción”, del libro ¿Con quién habla Virginia Woolf caminando hacia el agua?, de William Ospina).

 Julio César Londoño
Tomado del Espectador del 17 de julio de 2010

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