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viernes, 26 de abril de 2013

REINALDO BUSTILLO CUEVAS



TE VEO PASAR
  
Te veo pasar y no te digo nada,
no podría aunque lo quiera retenerte,
vas con tu cántaro de amores
a saciar urgencias diferentes.
Vestida con sonrisas glaucas
y con tu pelo alegre,
me gritas en tu silencio grave
que vas deprisa, sin importarte,
la espuma de sed que hay en mis labios.
Te veo pasar y te pretendo
con fuerzas locas y sed y hambre;
y tú no escuchas mis profundas quejas
porque vas deprisa,
con tu cántaro de amores
a apagar incendios diferentes.
Te veo pasar y te espero de regreso,
cuando no haya frescuras en tu cántaro;
para darte de beber mí desengaño
y oír de tus amores la querella
que se traga el estruendo de tu llanto.

El tono de voz

Me dice que me quieres,
¿por qué lo niegas?
para que negarlo si todo lo tuyo me lo dice:
tu mirada,
tus gestos,
tu sonrisa.
No sigas mintiéndote a ti misma.
No sigas mintiendo de ese modo,
Que de nada te sirve:
Cuando me dices que no, con tus palabras
me estás diciendo que si, con ademanes,
¡baja tu puente levadizo!
y entrégate confiada,
que no arrasaré tus propiedades,
ni prenderé fuego a tus fortines.

Mi terruño.

El ambiente rural en el que vivo
me ha vuelto vegetal de tal manera.
Que los huesos los tengo de madera
y mi pelo follaje de cativo.

Anhelo que la sombra de tu olivo
me preste su frescura cuando muera,
para vivir mi muerte sanjuanera
que es la muerte mejor que yo concibo.

Cuando voy, por tus patios, peregrino
y me echo a descansar en el recodo
que de amores me presta tu camino.

Te quiero inmensamente y de tal modo
que prefiero en tus calles mi destino,
a estar lejos de ti, dueño de todo.

Nació en San Juan Nepomuceno el 1º de junio de 1934. Docente, matemático, poeta y ensayista. Fue diputado a la Asamblea de Bolívar por el Nuevo Liberalismo, movimiento político que dirigía a nivel nacional Luís Carlos Galán Sarmiento. Se desempeñó por más de treinta años como profesor de matemáticas de la Escuela Normal “Diógenes Arrieta”. Ha sido Director de la Casa de la Cultura y conferencista en varios eventos de carácter regional y nacional. Ha sido columnista del diario El Espectador y del diario La libertad de Barranquilla.
Es autor de los libros de poesías “Migajas de Amor”, “Te espero en la orilla del recuerdo” y “El cielo de mi tierra es diferente”. Entre sus ensayos podemos mencionar “Diógenes Arrieta: guerrero de la pluma y la palabra” y “Métrica Española”. En su condición de miembro de la Asociación de Escritores de la Costa, fue elegido delegado ante la Junta Directiva en representación de los Municipios, miembro del Consejo Departamental de Cultura y Presidente del Consejo de Área de Literatura del Departamento de Bolívar.
Textos tomados de : Escritores Montemarianos. Escritores del Caribe

viernes, 19 de abril de 2013

Las cinco esquina del ciego (Última parte)


1. El ciego dormía en la casa del cachaco Carrillo, a tres cuadras de Cinco Esquinas. No pagaba arriendo, lo cual parecía incompatible con la mezquindad que le atribuían al cachaco. No regala ni el saludo y lo cobra por adelantado, decían los vecinos de La Garita. Pero el cachaco Carillo era bueno con el ciego, lo hospedaba en su casa, aunque fuera en la última pieza del fondo del patio. Le regaló un pantalón a cuadros y un sombrero de fieltro.

Abrahán, el hijo menor del cachaco Carrillo, le servía de lazarillo. Lo llevaba y traía de la casa a Cinco Esquinas y de Cinco esquinas a la casa. El ciego no soltaba el acordeón. A veces lo dejaba guardado en la farmacia, sobre todo cuando llovía. Confiaba ciegamente en el boticario.

2. Tras la muerte del cachaco Carrillo el ciego quedó desamparado. La mujer del cachaco le empezó a cobrar alquiler por el cuarto del patio y le negó la comida. También le pidió un salario por los servicios del lazarillo. Todo subía de precio y el mundo no estaba para vivir de favores, le explicó al ciego. Le dijo que si no podía sostenerse en la ciudad, lo mejor era que se devolviera por donde vino o que buscara un oficio rentable. La mujer del cachaco decía que eso de estar tocando musiquita en la calle por unas escasas monedas era una perdedera de tiempo.

3. El ciego empezó a sentirse enfermo. Al principio lo disimulaba, pero la tos lo fue delatando. Tuvo fiebres. El boticario le recetó un extraño jarabe. El ciego empezó a incomodar con sus gargajos y la gente se le retiraba. Pero la verdadera desgracia del ciego comenzó con la diarrea. El mal olor de esos achaques le hizo perder la solemnidad de ciego venerable.

El ciego tuvo que ir donde el médico. Lo acompañó el muchacho Abraham. El médico dijo que se estaba deshidratando y que la vida se le podía escapar por el recto. Le extendió una fórmula extensa. Ni la viuda del cachaco Carrillo ni su hijo Abraham pudieron descifrar la letra del médico. Debe ser algo muy grave, dijo la mujer y le mandó la fórmula al boticario para que la descifrara. El boticario la devolvió indicando en números el precio de los medicamentos. Eran muy costosos, a pesar del descuento que hacía la farmacia por tratarse del ciego. Nadie tenía esa plata. El ciego propuso empeñar el acordeón. La viuda del cachaco compartió la idea. El negocio se hizo y dinero en mano empezó con el tratamiento del ciego. Si se muere me sale más caro, pensó la mujer.

4. Cada día que pasaba aumentaban los intereses en la Compraventa. Aumentó tanto la deuda que sobrepasó el valor del acordeón. Las casas de empeño son de la misma familia que los bancos, no tienen sangre, sino avaricia. El ciego no solo había perdido su instrumento sino que quedaba debiendo plata. El acordeón se volvía irrecuperable. El ciego se resignó y pensó, con acierto, que era mejor negocio comprar otro. O comprar el mismo a través de un testaferro. Esas eran unas buenas ideas, pero sin plata no resultan, le dijo la viuda del cachaco y le aconsejó que se pusiera a chiflar iguanas.

5. El ciego volvió a su puesto de cinco esquinas. El ciego solo, sin la gracia que le daba el acordeón. Un ciego callado, sin música. La música se estaba perdiendo porque nadie veía el acordeón. Calle arriba y calle abajo estaba la música que ya había tocado; pero la gente se fue volviendo sorda para escucharla porque no veían el acordeón. Veían al ciego; pero un ciego sin su acordeón es una cosa muy triste que hace voltear la vista para otro lado. El ciego sentía que no lo estaban viendo. A un ciego no le importa mirar, pero sí le importa que lo miren porque sino el mundo no le funciona.

Una noche el ciego tuvo un sueño. Soñó que un genio le concedía un deseo y él pidió sin dudarlo que le devolvieran el acordeón. Era lo único que anhelaba, lo demás vendría por añadidura. Ese sueño no lo llenó de esperanzas, sino de intranquilidad. Ese sueño era una burla y tenía que ser un genio de mentira porque los verdaderos genios conceden tres deseos y no uno. También sintió que era una estupidez haber pedido el acordeón y no la vista. Pero era un sueño. Los ciegos pueden ver en los sueños y por eso piden otras cosas. Durmiendo, los ojos se necesitan únicamente para cerrarlos.

El ciego se dio cuenta de que el acordeón era irrecuperable. Pensó que ni siquiera con toda la plata del mundo podía rescatarlo. Le habían tendido una trampa. Lo más triste era que él mismo había mordido el anzuelo y todo por una miserable diarrea. No entendía que para la compraventa fuera un buen negocio tener el acordeón en un estante y que no se lo hubieran devuelto por la mitad de la deuda, como lo había propuesto a los pocos meses. Empezó a dilucidar otras razones. Los ciegos son astutos e inteligentes. Concluyó que los de la compraventa lo que querían era silenciarlo. En algo podría estar perjudicándolos, pensó. Trató de entender esa aterradora conspiración en su contra. También sospechó del boticario: la amabilidad que le demostraba podía ser una trampa. El jarabe que le curó la tos podía tener una sustancia tenebrosa contra los intestinos. Al final pareció entender todo. Su enemigo, cualquiera que fuera, era frío y calculador. No lo mataron de una sola vez porque se convertía en leyenda. El primer paso era silenciarlo. Volverlo invisible para que nadie lo extrañara el día que muriera. También para hacerlo sufrir. Los verdaderos enemigos dan vueltas. Lo desarmaron quitándole su instrumento y ahora estaba indefenso. Empezó a tener conciencia de su derrota y entendió que la fase siguiente era la muerte desapercibida. Seguramente ya estaba envenenado. Trató de recordar en la lengua algún sabor venenoso del jarabe del boticario. Ninguno le parecía sospechoso; pero recordó que tenía un fuerte olor a orines que le fastidió en la nariz. También se acordó que desde entonces sentía pedacitos de hielo por la sangre. El frío de la cicuta que lo empezó a matar lentamente.

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*PEDRO OLIVELLA SOLANO, San Diego, 1967. Escritor y abogado. Miembro fundador del Café Literario Vargas Vila y actualmente integrante del Taller de Escritura Creativa RELATA - Valledupar. Sus primeros poemas en 1984 aparecieron publicados en El Diario Vallenato y en la antología Nueve Poetas Cesarenses y Tres Canciones de Leandro (1988). Publicó “5 Poetas Vallenatos del Siglo XX” (2005). Ganador del Premio Departamental de Poesía del Cesar en el año 2007 con la obra “Recordatorio del Amor y Otros Incendios.” También ocupó el Primer Puesto en el Concurso Departamental de Poesía 2009, con los poemas Valle del Acordeón y otras Estancias.

viernes, 12 de abril de 2013

Las cinco esquinas del ciego (Segunda Parte)


1. Sobre el origen del ciego que tocaba el acordeón en Cinco Esquinas hay tres historias diferentes. Una dice que era ciego de nacimiento. Habría nacido en La Guajira. Se llamaba Eliseo. Sus padres lo cargaban como a un objeto inservible en las caravanas por el desierto. Lo dejaban en alguna ranchería, después lo recogían y lo volvían a dejar. Lo dejaban y lo recogían, sin dejarlo mucho tiempo en el mismo sitio para no incomodar a los Wayuu. 

El ciego creció y conocía a todo el mundo en La Guajira. Al ciego también lo conocía cualquiera. La gente lo consideraba, nadie le ponía tropiezo y todos le indicaban los caminos cuando empezó a caminar por su propia cuenta. Sin embargo, muchos evitaban mirarle los ojos porque los tenía nublados como un cielo de invierno. 

El ciego iba y venía. Llevaba y traía noticias. Anunciaba las cosas del porvenir y adquirió una fama de adivino. Un contrabandista salvó su cargamento por el oportuno consejo del ciego y le pagó ese gran favor con un acordeón. El ciego lo aprendió a tocar en Macho Bayo, cuando vivió unos meses en la casa de Francisco Moscote. Salió entonces a buscar suerte como músico. 

Se montó a un carro sin preguntar la dirección. Pensaba que iba para Riohacha y llegó a Valledupar por equivocación. No se devolvió, porque a la gente del Valle le gustó la extraña música del acordeón que tocaba ese ciego. 

2. Otra historia era que el ciego había nacido en un pueblo alto de la Sierra Nevada. Tuvo buena vista en la niñez y se aprendió de memoria la música de los colores. Sabía que iba a quedar ciego a los trece años. Los adivinos de la sierra predijeron el eclipse total en sus ojos a esa edad, salvo si antes lograba atrapar un pájaro de la luz, de esos que vuelan arriba del cielo y hacen nidos en las estrellas. Se llamaba Damián, fue un ciego famoso y querido por las cuatro tribus hasta el día en que maldijo a la lluvia y al relámpago. Los Mamos lo condenaron entonces a vivir por fuera de la línea negra, porque su presencia dentro del corazón del mundo rompía el equilibrio. Por eso llegó a Valledupar, se quedó en Cinco Esquinas y nunca llegó a la Plaza de las Iglesias. 

Cuando lo expulsaron del territorio lo despojaron del poporo, la mochila y el carrizo. Bajó indefenso por el camino de Atánquez y al pasar por Patillal descubrió el acordeón. Se quedó en una parranda que duró varios días y cuando todos los demás estaban dormidos se colgó el acordeón y abandonó el caserío aguas abajo por el Río Guatapurí. 

3. Una tercera historia parece más real y menos mítica. El ciego se llamaba Sansón. Había sido un soldado corpulento que combatió en las guerras del Caribe. Tenía una puntería de águila. Mató mucha gente. Quedó ciego por una explosión de pólvora. Los ojos le quedaron como dos huevos negros sin clara. Se los lavaron con una solución de alumbre y los blanquearon un poco pero no recuperó la vista. Su tropa lo abandonó con lástima en la puerta de una iglesia de Mompox. El capitán le dejó una trompeta del ejército, aunque no resultara convincente un indigente ciego con semejante instrumento. Primero la cambió por una dulzaina, después vino el acordeón. Se dejó crecer la barba para ocultar su cara de soldado, pero un joven huérfano lo reconoció como enemigo de su padre y lo humilló con odio. El ciego se cambió el nombre y abandonó definitivamente la puerta del templo y la isla. Con su acordeón a cuestas, Río de la Magdalena abajo, llegó al puerto del Banco. Después por el Río Cesar a Chimichagua. También vivió algún tiempo en El Paso y de ahí llegó a Valledupar. 

4. Había una cuarta historia que nadie la tenía en cuenta. Más simple. El ciego no venía de ninguna parte. Nació en Guacoche y se crió en una parcela de su abuela materna. Su padre Mauricio Bolaño no quiso bautizarlo con su apellido, pero le regaló un acordeón y dijo que si el niño aprendía a tocarlo entonces lo reconocería como hijo legítimo. 

Su madre, una negra alfarera, le había derramado sin culpa leche materna sobre los ojos. El incidente ocurrió cuando tenía seis meses y la ceguera le comenzó a los sesenta años. Siempre se llamó Lorenzo, como seguía llamándose después de ciego. En Cinco Esquinas le decían simplemente el ciego, por eso lo de su verdadero nombre se convirtió en un asunto secundario. 

En su juventud Lorenzo iba y venía a pie de Guacoche a Valledupar. Tocaba y tocaba el acordeón; pero Mauricio no lo reconocía como hijo porque decía que pelaba los pitos. Lorenzo aprendió a tocar el acordeón de mil maneras y Mauricio siempre le encontraba un pero para no reconocerlo, porque al único que le dio el apellido con gusto fue a un hijo blanco que también tocaba acordeón. 

Lorenzo se quedó en Cinco Esquinas, sin apellido, tocando en la calle para la gente que subía y bajaba entre la algarabía del comercio. 

5. En Valledupar, en Cinco esquinas, el ciego se volvió visible. Una referencia de la ciudad. Estuvo allí muchos años. Todavía puede escucharse su música. No importa de dónde haya venido. No importa cuál de sus historias sea la verdadera.

Tomado del Grupo Jauría

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*PEDRO OLIVELLA SOLANO, San Diego, 1967. Escritor y abogado. Miembro fundador del Café Literario Vargas Vila y actualmente integrante del Taller de Escritura Creativa RELATA - Valledupar. Sus primeros poemas en 1984 aparecieron publicados en El Diario Vallenato y en la antología Nueve Poetas Cesarenses y Tres Canciones de Leandro (1988). Publicó “5 Poetas Vallenatos del Siglo XX” (2005). Ganador del Premio Departamental de Poesía del Cesar en el año 2007 con la obra “Recordatorio del Amor y Otros Incendios.” También ocupó el Primer Puesto en el Concurso Departamental de Poesía 2009, con los poemas Valle del Acordeón y otras Estancias.

viernes, 5 de abril de 2013

Las cinco esquinas del ciego (primera parte)


Por: Pedro Olivella Solano*

1. Un ciego tocaba el acordeón en Cinco esquinas. Su música discurría por toda la Calle del Cesar. Séptima arriba, séptima abajo. No se salía por los lados, no se derramaba, sino que parecía una serpiente larga extendida en la calle. El acordeón que la desenrollaba se encogía y se estiraba, como si también fuera un animal de goma. A veces se cerraba tanto que parecía que las dos manos del ciego, que también parecían de goma, quisieran aplaudir. El acordeón quedaba mudo, pero no se escuchaban los intervalos de silencio porque la música que estaba en el aire no se desvanecía, sino que seguía serpenteando. Al medio día, cuando el ciego almorzaba, ponía el acordeón en el suelo, pero tampoco se escuchaba ese breve silencio del almuerzo, porque la música seguía sonando por su cuenta, libre, en toda la Calle del Cesar. Séptima arriba, séptima abajo, me dijo Wicho Sánchez. 


2. Esa música nunca dejó de escucharse, ni siquiera después de la muerte del ciego. La música se quedó ahí, calle arriba calle abajo. Lo que pasó fue que ya nadie veía al ciego, entonces parecía que no la escucharan, me dijo Abrahán Carrillo, que fue por mucho tiempo lazarillo del ciego. 


3. La gente, la que tiene bien sus dos lámparas, necesita ver las cosas de donde salen los sonidos para poder escucharlos. Vea pues, tienen oídos y no oyen, dijo en voz alta el Cuinqui Molina. 

Por eso los ciegos tenemos mejor oído, le respondió Leandro Díaz.


4. Yo no vi nunca al ciego, pero sí escuché su música. El Panita Baute, que lo conoció por muchos años, me llevó al puesto exacto donde se ponía el ciego a tocar su acordeón en Valledupar. Me lo señaló con precisión. Yo me dejé llevar la vista por su dedo y la clavé en el piso. Entonces empecé a escuchar con claridad ese airecito que había salido desde hacía muchos años del acordeón del ciego en Cinco Esquinas. El Panita trató de ser más preciso y me fue detallando los pequeños sitios del puesto del ciego: aquí ponía el asiento, a este lado el bastón, en el otro el estuche y aquí el agua dulce que no le faltaba, porque el ciego vivía con sed. 

5. Cerré los ojos y me retraté al ciego tocando su acordeón en Cinco Esquinas. Un acordeón rojo. Lo vi clarito en mi mente mientras escuchaba la música que había tocado desde hacía muchos años y que subía y bajaba calle arriba y calle abajo sin desvanecerse.

Tomado de: Grupo Jauría

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*PEDRO OLIVELLA SOLANO, San Diego, 1967. Escritor y abogado. Miembro fundador del Café Literario Vargas Vila y actualmente integrante del Taller de Escritura Creativa RELATA - Valledupar. Sus primeros poemas en 1984 aparecieron publicados en El Diario Vallenato y en la antología Nueve Poetas Cesarenses y Tres Canciones de Leandro (1988). Publicó “5 Poetas Vallenatos del Siglo XX” (2005). Ganador del Premio Departamental de Poesía del Cesar en el año 2007 con la obra “Recordatorio del Amor y Otros Incendios.” También ocupó el Primer Puesto en el Concurso Departamental de Poesía 2009, con los poemas Valle del Acordeón y otras Estancias.