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jueves, 23 de diciembre de 2010

La Voluntad de Nanana

Por Paul Brito
Como siempre, la sirena del último autobús intermunicipal le indicó a Nanana la hora de acostarse.

-Me despido porque ya mañana me muero -le dijo a Sonia, levantándose de la mecedora-. Avísales a todos y recojan todas las cosas de valor, pues unos vienen a ver al muerto y otros vienen a robar.

La familia quedó aturdida. Nanana había llegado a los 108 años lúcida, sin un solo desvarío; era imposible que de un momento a otro se le hubiera estropeado el cerebro; al contrario, pensamos que había llegado a la cúspide de la lucidez.

Comenzaron a hacer los preparativos para el entierro. El tío Eustaquio no dudó un segundo de la sentencia de su abuela; despejó de una vez la sala de la casa para la velación. A la mañana siguiente durmió un par de horas más de lo acostumbrado preparándose para lo que le esperaba.

Ninguno se extrañó de que Nanana siguiera con el tema desde que se levantó.

-Bueno, Sonia, báñame desde temprano, empólvame bien y ponme el vestido de florecitas moradas, que esta se muere hoy -dijo y enseguida, para evitar objeciones: -¡A esta edad uno tiene derecho a morirse cuando le dé la gana!

Después, se colocó frente al espejo, se peinó con esmero y le pidió a Sonia los últimos arreglos.

-No todos los días uno se muere -explicó.

Al rato se encontraba en el patio, como de costumbre, cogiendo fresco en su mecedora, recogiendo mangos y deshilachándolos. Comía tantos que terminaba vomitándolos.

A los biznietos nos bañaron también desde temprano y nos alistaron la pinta del domingo. Ignacio fue el único bobo que replicó que no era domingo.

-Cualquier día que quiera morirse Nanana -alegó su mamá- ¡merece ser domingo!

Ni aun así entendió Ignacio:

-¿Y entonces qué me voy a poner mañana?

-Mañana te voy a sacar en cuero -le espetó la mamá-, ¡para que no seas tan pendejo!

La noticia anticipada de la muerte se regó y comenzó a sonar el teléfono. Familiares, conocidos y chismosos preguntaban lo mismo: que si ya se había muerto. Llamaban a cada rato y volvían a llamar después: "¿Ya se murió la abuela? ¿Ya se murió?". A mí me habían puesto a contestar; de tanto decir lo mismo, comencé a desesperarme y a desear que se muriera de una vez por todas. A la llamada 24 no aguanté más.

-¿Por qué no vas a ver si ya se murió la tuya? -le solté a un curioso.

Nanana escuchó y se acercó:

-Ven, es más práctico si yo misma contesto.

Y me quitó el teléfono. Comenzó a contestar con ternura: "No, m'hijo, todavía no me he muerto. No debe faltar mucho, tranquilo. Llama un poco más tarde, de pronto ya no esté al teléfono...". Pero, al poco tiempo también se desesperó:

-¡Me muero cuando me dé la puerca gana!

Y terminó desconectando el teléfono.

-Ya una no puede ni morirse tranquila -dijo y volvió a su mecedora.

Pero, entonces, fue peor porque comenzaron a llegar para preguntar personalmente. Yo fui otra vez el encargado de abrir. Algunos no se contentaban con mi respuesta negativa y me pedían que fuera a ver si de pronto acababa de morir. Me tocaba entonces ir hasta el patio y revisar. Pero como Nanana a veces se quedaba dormitando, me tocaba poner mi mano en su pecho; su corazón todavía sonaba como un bafle.

Cuando eran familiares, pasaban directamente a revisar; si estaba despierta, se quedaban hablando un rato con ella, pero tratando prudentemente de no demorarse para no coincidir con el momento final. Se despedían cariñosamente, deseándole un feliz viaje; algunos le pedían que intercediera por ellos tanto para algún perdón divino como para algún milagrito. Escuché, por ejemplo, al primo Humberto preguntándole en qué número iba a salir la lotería; que si no sabía, se lo dijera después de muerta, "en sueños, si es posible, para no asustarme tanto". A la prima Sor Anastasia, así la llamaban en secreto mi mamá y mis tías, la escuché rogándole por un buen maridito, como si Nanana ya perteneciera a la élite del Cielo. A la prima Remedios, la 'Tremenda', la oí lloriqueando hipócritamente, haciendo el más afectado teatro y diciendo que estaba arrepentida de todos sus pecados.

Después de que Remedios se fue, Nanana me llamó y me dijo que no dejara pasar a más nadie. "Nada más a la Muerte", me advirtió.

-Voy a tener que comenzar a cobrar mis favores celestiales -dijo- ¡y a tener que morirme otro día para poder atenderlos a todos!

Yo me acerqué a ella en secreto y también le pedí mi favorcito: que apenas llegara al Cielo me diera alguna razón de Plutín, mi perro, muerto hacía tres meses, luego de mordisquear un sapo.

-¡Qué Plutín ni qué nada, los únicos perros que van al cielo son los hombres! -me respondió-. Ahora déjame sola para ver si por fin me concentro en la muerte.

De pronto esas palabras me hicieron caer en la cuenta de que ya Nanana no iba a estar más con nosotros y me imaginé los días que vendrían mirando aquella mecedora vacía balancearse por la brisa. Me imaginé los mangos regados por el patio, maduros e intactos, y el silencio insoportable de las tardes sin su voz dulce y oxidada; el aburrido albedrío sin su presencia amenazadora aunque tierna e inocua.

Me dediqué a dibujar. Nanana era la única que les prestaba atención a mis dibujos y quise regalarle el último. La dibujé con alas alzada en el aire sobre su mecedora y con aquella sonrisa suya permeable y sincera, aunque con el cuerpo desnudo de una muñeca Barbie; la había esbozado primero con su propio cuerpo, pero se veía tétrica: parecía un murciélago.

-¡Eso que dibujaste es un sacrilegio! -dijo al ver el dibujo-. Pero de todas maneras, gracias -Y me dio un beso.

Me fui a jugar con mis primos; dejé a Ignacio cuidando la puerta. Le dije que no dejara pasar a nadie, "nada más a la Muerte", parodié a Nanana. Me preguntó cómo era la tal Muerte.

-Tiene el cuerpo de una Barbie y la cara de una vieja -se me ocurrió decirle.

Mis primos y yo agarramos las hondas y nos fuimos al monte a cazar pajaritos. Cuando volví, Nanana todavía seguía viva; Ignacio por primera vez dijo algo acertado: que no había llegado la señora Muerte.

También me dijo que algunos familiares y conocidos -yo los había atendido ya varias veces- habían perdido la paciencia y le habían reclamado a Nanana que hubiese sido más exacta, "para no tenernos en esta incertidumbre", dijeron. El primero fue el tío Eustaquio, quien advirtió haber pagado ya el cajón.

-Agradezcan que, al menos, les doy el día -se quejó Nanana-. ¡Otra no le da ni el año! Además, ¿cuál es el desespero?, tengo 108 años: ¿qué tanto son unas horas más?

Yo había traído el producto de mi caza en una bolsa plástica. La había dejado olvidada al lado de la mecedora para sentirle el pecho a Nanana. Cuando se desperezó, encontró la bolsa de cadáveres al pie de la mecedora.

-¿Hasta dónde han llegado? -opinó rabiosa-. ¡A ponerme porquerías y brujerías para acelerar mi muerte!

Y le dio una patada tan fuerte a la bolsa que casi se cae. Un pajarito muerto quedó tirado afuera; lo cogió, atravesó la sala despejada para el cajón, abrió la puerta de la calle y lo lanzó gritando:

-¡Jódanse, ahora no me muero!

Tomado de El Tiempo 23-12-2010

lunes, 13 de diciembre de 2010

Brindis de Grcia Marquez y el de Vargas Llosa en el Nobel

BRINDIS POR LA POESÍA
Discurso pronunciado por Gabriel García Márquez, en el Banquete del Premio Nobel
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Sus Majestades, Sus Altesas Reales, Amigos:
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como la evidencia, a menudo agobiante, del compromiso que se adquire con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese transfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, que pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido facil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el agobiante inventario de las naves que enumeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que la empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan evidente como milagrosa totalidad rescata a nuestra América en Las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora evidencia de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.

Brindis del Nobel
Discurso dictado por Mario Vargas Llosa en el tradicional brindis posterior a la entrega de los premios Nobel en Estocolmo
MARIO VARGAS LLOSA 10/12/2010

Érase una vez un niño que a los cinco años aprendió a leer. Eso le cambió la vida. Gracias a los libros de aventuras que leía, descubrió una manera de escapar de la pobre casa, del pobre país y de la pobre realidad en que vivía, y de trasladarse a lugares maravillosos, espléndidos, con seres bellísimos y cosas sorprendentes donde cada día, cada noche, significaba una manera más intensa, aventurera y novedosa de gozar.

Gozaba tanto leyendo historias que, un día, este niño, que ya era un joven, se dedicó también a inventarlas y escribirlas. Lo hacía con dificultad pero, al mismo tiempo, con felicidad y gozando cuando escribía tanto como cuando leía.

Sin embargo, el personaje de mi historia era muy consciente de que una cosa era el mundo de la realidad y otra, muy distinta, el mundo del sueño y la literatura y que éste ultimo sólo existía cuando él leía y escribía. El resto de tiempo, se eclipsaba.

Hasta que en un amanecer neoyorquino el protagonista de mi cuento recibió una sorpresiva llamada en la que un señor de apellido impronunciable le anunció que había recibido un premio y que tendría que ir a recibirlo a una ciudad llamada Estocolmo, capital de un país llamado Suecia (o algo así).

Mi personaje comenzó entonces, maravillado, a vivir, en la vida real, una de esas experiencias que, hasta entonces, sólo existían para él en el dominio ideal e irreal de la literatura. Todavía sigue allí, desconcertado, sin saber si sueña o está despierto, si aquello que vive lo vive de verdad o de mentiras, si esto que le pasa es la vida o es la literatura, porque los límites entre ambas parecen haberse eclipsado por completo.

Queridos amigos, ahora ya puedo proponerles el brindis prometido.

Brindemos por Suecia, ese curioso país que parece haber conseguido, para ciertos privilegiados, el milagro de que la vida sea literatura y la literatura vida.

¡Salud y muchas gracias!

sábado, 11 de diciembre de 2010

El discursos de Vargas Llosa y el de Gabo

ELOGIO DE LA LECTURA Y LA FICCIÓN

Discurso de Mario Vargas Llosa durante el recibimiento del Premio Nobel de Literatura 2010, el pasado 7 diciembre de 2010

por Mario Vargas Llosa

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma —la escritura y la estructura— lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera solo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas.

Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real.

Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido.

Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos —aunque nunca llegaremos a alcanzarla— a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy —que trato de ser— fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú solo sería un seudoescritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle.

Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era solo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, solo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ese es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país —lo que tampoco tendría mucha importancia—, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando estas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si —el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan— el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia.

Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso —triste consuelo— descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no solo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual.

Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología —o, más bien, religión— provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” —lindo y triste apelativo—, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño —la llamábamos el Barrio Alegre—, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace cuarenta y cinco años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió.

Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia.

“Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante.

A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que solo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas —rayos, truenos, gruñidos de las fieras—, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas.

Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará.

Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010


La soledad de América Latina
[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo]

Gabriel García Márquez
Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

FIN

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Luis Alberto Murgas

Vincent Van Gogh*
o cartas al rojo bianco del cuchillo

En sus cartas, de una lucidez
al rojo blanco de cuchillo (…)
-Fayad Jamís-
CARTA 1

Théo :
La primavera no puede esperar
El amarillo de cromo que me enviaste
Es el sol que se desboca por mis ojos
Y viste de hermosura el aire de mi casa
Luz perdida que abre puerta a los espejos
Por donde entra la sorpresa
De un sol negro que madruga.



CARTA 2
Much madness is divinest sense – To a discerning Eyes
-Emily Dickson-
Théo :
Dios colocó la locura en mis manos
Como vino sagrado
Como vino de ofrenda
Que no me deja como una terca sombra
Consagrándome a las solitudes del corazón
¿Cómo liberarme sin desganarme?
¿Cuándo estará mi casa sosegada?

CARTA 3
A Angélica María Lattá Arrieta

Théo :
Duele escribir estos renglones hermano mío
He pintado el mejor ícono
El de un hombre condenado a vislumbrar
El equilibrio del cielo
Que recobra luz
En los girasoles ebrios de ajenjo
Un retrato de Van Gogh por Van Gogh.

CARTA 4
Théo :
En el Borinage el pie avanza hacia un horizonte circular
Las almas descienden a la vasta oquedad de la tierra
Y despiertan el polvo de la muerte
Cavada sombra
Donde el hombre en esa frontera de instantes
Es tierra mermada
En el vértigo de la clepsidra.

CARTA 5
Auvers-sur-oise, julio 29 de 1890
Théo :
(…) En mi trabajo arriesgo mi vida
Y en él mi corazón se ha hundido a medias
Hoy en este campo de trigo de Auvers-sur-oise
Me romperé el pecho adolorido
Y enredado en un abismo delirante
(Todo lo que se rompe al instante se libera)
Y a través del umbral de esa puerta abierta
Que la luz me devore como un pájaro salvaje.
Theó ; te dejo : la lámpara de mis palabras
Un campo de trigo con cuervos
Un cielo atroz
Un café nocturno
Y una silla vacía
Donde cabe la abundancia del universo.

CARTA 6
El soñador cae algunas veces
En un pozo, pero luego, dicen que se eleva
-V V, G-
Théo :
Quiero saber si hoy vive en mí
El que ataba el felino relámpago
O si estoy en un abismo delirante
Que me enloda el umbral del alma
O tal vez el que jamás podrá alcanzar
La otra orilla
Théo ¡Los cuervos vuelan hacia mí!

CARTA 7

Théo :
Mi pie no tiene donde reclinar su huella cansada
Siempre va tras ese cielo que una noche
Derramó todas sus estrellas sobre el Ródano
Cuando se rompe la penumbra del alba
Me echo a andar como un ángel de invierno
Acariciando los orines de las estrellas desveladas
Para buscarle murallas al horizonte
A eso que avanza hacia no se sabe dónde.

*Estos poemas fueron ganadores del Concurso Nacional de Poesía "Gustavo Ibarra Merlano" Universidad Tecnológica de Bolívar-Cartagena de Indias, Mayo 2008

LUIS ALBERTO MURGAS (San Diego, 1960). Estudió filosofía. Director del Táller Aurelio Arturo" dé San Diego, Cesar. Director Renata Valledupar. Obras publicadas: Errancia del Agua (1991). Hojas de Hayo (Haukús) (20041. Ganador del Premio Nacional de Poesía Gustavo Ibarra Merlano. (2008). ganador del Segundo Premio en II Concurso de minicuento (Universidad de Córdoba Colombia, 2009),

martes, 23 de noviembre de 2010

William De Ávila Rodríguez

Tríptico del temor
[Del poemario Con el corazón en la penumbra]

La noche cae

La noche cae
con sus sombras y fantasmas
con sus ráfagas de miedo
oprimiendo el corazón.

Sólo espero
que nadie toque
mi cuerpo desolado,
ni el mal aceche las horas de mi sueño.

Sólo espero
que la noche de mi miedo
se pierda, por fin,
en el calendario de los siglos.

Mares

Tenebrosos mares
confluyen en mi alma
el sino incomprensible
se asoma ante mis ojos.
Miedo y terror
recorren la espina dorsal de mi existencia.
Una angustia visceral
me rompe la cabeza.
Irme sin deseos
me atemoriza y duele.
Pero sé, que sólo
la orden divina,
romperá las cintas
tejidas de mi vida.

Plegaria

Entrégame tus oraciones
y tus rezos,
para que se aparten
las zarzas y los dardos.

Acompáñame también
en mi plegaria,
para que siga observando
los cielos y las lluvias.

Espérame, que iré algún día,
para implorar los dos
por mi existencia.
mi existencia
perpetuándose en la tierra.

William De Ávila Rodríguez, periodista y escritor colombiano nacido en Valledupar, Cesar, en el año 1963.
Autor de textos poéticos, relatos literarios y de una novela inédita 'La secta del fin del mundo'.
Algunos de sus textos poéticos figuran en la 'Antología poética del Cesar', editada por el Instituto de Cultura Departamental, su poemario 'Con el corazón en la penumbra', permanece sin publicar y con algunos de esos poemas obtuvo una distinción departamental que no fue admitida.
Como periodista ha estado vinculado a medios escritos desde el año 1978 y también en Radio desde el año 1989.
Ha sido distinguido en dos ocasiones con el Premio Departamental de Periodismo Sirena Vallenata, que otorga la organización Círculo de Periodistas de Valledupar, CPV; además de una mención honorífica en el Concurso Internacional de Periodismo Ambiental 2005, que organiza Biodiversity Reporting.

jueves, 18 de noviembre de 2010

José Luís Garcés González

CONSEJOS DE UN VIEJO POETA

"...y caminas sobre ascuas dormidas bajo engañosas cenizas".
HORACIO
Oda primera
No te ha sido conferido
ningún derecho especial.
No te las des de dramático.
Ni de excéntrico.
Ni de único. No poses.
Ni de animal peculiar
en el sufrimiento o el amor.
Ni te inventes
eufemismos
para que tu prójimo
te observe con la boca abierta.

No finjas.
Si acaso eres poeta
lo debes al instante,
al chisporroteo de la luz
que iluminó
misteriosamente
a la palabra.
La poesía es lo eterno.
El poema es el momento.
Aprovéchalo con humildad.

UN ABRIGO PARA DON ANTONIO MACHADO
Considerad, muchachos,
este gabán de fraile mendicante:
soy profesor en un liceo obscuro
NICANOR PARRA

Cuenta Eulalio Ferrer, abofeteado por el tiempo,
que en 1939,
rumbo al exilio,
en Collioure, frontera con Francia,
encontró a don Antonio Machado
sentado silencioso en una banca
con su anciana y enferma madre
acostada sobre la tela triste de sus rodillas.

El poeta, cerrado de barbas,
con sombrero y bastón,
temblaba de frío en ese atardecer de enero.
Al responder una pregunta
dijo que estaba esperando
a su hermano Pepe
y descansando después de una forzada y larga marcha
para escapar de los franquistas.
Eulalio Ferrer debía continuar
su camino de español transterrado.
Entonces, optó por quitarse el abrigo
y colocárselo a don Antonio.
Luego, le dijo adiós: la mano metida en las primeras
 sombras.
El maestro lo miró y le agradeció
con un gesto de sus ojos tristes.

El joven capitán de milicias
se llevó en el alma
lo que dejó sobre los hombros del poeta.

El abrigo, a don Antonio, le demoró dos meses;
después see lo trasteó la muerte.

As´lo contó Ferrer
En una noche de diciembre de 1.999.
Despues de sesenta años, me pregunto:
¿en qué hombros estará el abrigo?,
¿cuántos aguaceros habrá resistido?

ORACIÓN DEL FARSANTE

Maldigo a los que piden libros prestados
y nunca los devuelven;
a los simuladores que dejan que el tiempo
pase y aparezca el olvido;
a los que ponen fecha tras fecha
porque aún les falta el último capítulo;
maldigo también a los que los devuelven
rayadas sus hojas y arrancadas varias
de sus páginas.
Que una inmensa bola de papel
se les atranque en la garganta;
que las cubiertas y las solapas
les aplanchen los testículos
y los conviertan en una lámina mentirosa.
Señor, escucha mi pedido,
pues te implora alguien
que se ha leído todos los libros y
nunca ha comprado ninguno.

LA LUNA EN EL AGUA

La grandeza no está en la luna
que se sumerge en el agua,
sino en el agua
que,
sin tocarla,
la moja.

LA MARIPOSA

La mariposa
es la flor
que adquiere alas...
cuando
el jardín reposa.

ELOGIO DEL DOMINGO

Yo te elogio domingo
porque las calles
vuelven a ser las avenidas
del aire
y los árboles bailan
en un silencio tan denso
que dan ganas
de darles un beso.

Yo te elogio domingo
porque las calles
vuelven a ser los pies
de los viejos zapatos
que han vencido
la dureza del asfalto
y el sudor de las distancias.

Yo te elogio domingo
porque permites que las muchachas
muestren los muslos
y sus oscuridades apretadas
dejen sospechar sus cuerpos
recostados a las piedras
o sostenidos por las barandas podridas
de los puentes
mientras la brisa
les revuelca los jóvenes cabellos.

Yo te elogio domingo,
porque el sol llega
sin intermediarios
a las copas de los higos y las guaduas,
y el río se convierte
en luz que camina,
en tibieza fácil
que se ríe con la barranca.

Yo te elogio domingo
porque me devuelves la dulce mentira
de que la ciudad es mía
y me evitas pasear por la ferocidad
detestable de los días habituales.

LO ESENCIAL

A la bala
lo que le interesa
es matar al hombre
que va por dentro.

Del otro,
de ese
se encarga el tiempo.

AJUSTE DE CUENTAS

Mi padre vive en mi cuerpo.
También mi madre.
También mi abuelo y mi abuela.
Y así, hacia atrás,
lodos viven en mí.
Yo, el que intenta este prontuario,
en esencia,
aún no vivo en nadie.
Pues he decidido
Que conmigo finalicen
Los eslabones de esa deuda

LA IGNICIÓN DE LA MEMORIA

El jardín que este atardecer
está llorado de sombras,
me trae la sangre de la rosa
y el canto de un pájaro
que hace rato confundí en la infancia.

Aquí, mientras el sol
le dice adiós a los maizales
y las últimas mariposas
pintan de colores vagabundos
el aire que ya se tropieza con el sueño,
retorno a los antiguos dictámenes
de la memoria.

Vuelvo a lo que fue.
Vuelvo a lo que nunca ha sido.
Vuelvo a lo que nunca será.
Y decido comulgar con el silencio
que todo lo hace grande y doloroso.

LA NOCHE DEL RÍO

El río por la noche duerme.
Cierra las pestañas de los peces,
se cubre con la manta oscura del cielo
y se va al mundo de los sueños.

Allí se encuentra con iguanas
y ahogados. Con raíces tristes
y troncos resbalosos. Con las barrancas
que cayeron destrozadas. Y con dos o tres
estrellas enterradas en el cieno.

Cuando se despierta de esa pesadilla
leve
vuelve el conjuro del agua,
se estira y bosteza
como si regresara de una vieja borrachera.
Reglamenta sus discusiones con los árboles
Y emprende la marcha.

Al fondo, una boca con dientes de sal
Mortifica los altares de su lengua.

MUERTE PLURAL

Ya no es un solo muertito
que cabía en un dolor individual
y para el cual bastaba un solo pañuelo;
ni dos,
que convocaban el comentario contrito de la cuadra;
ni tres,
que hacían hervir la lengua en la provincia.

Ahora, en este país,
la muerte es plural,
macabra flor de locos pétalos.
Ahora, asesino que se respete
debe responder, al menos,
por doscientos cincuenta muertos
sin derecho a ninguna nostalgia.

Y la gente sigue llorando
y callando.
Ahora, las lágrimas se limpian con los dedos
pues ya se agotaron los pañuelos.

Tomado del libro SOMBRA EN LOS ALJIBES


José Luís Garcés González. Escritor, ensayista e investigador, oriundo de Montería. Miembro fundador del Grupo El Túnel, y su actual director. Ejerce como profesor del Departamento de Español y Literatura de la Universidad de Córdoba, Colombia.

Ha escrito y publicado cuentos, poe¬mas, crónicas, argumentos y guiones de televisión, Investigaciones litera¬rias y estudios monográficos. Ha ga¬nado diversos concursos a nivel nacional, tanto de novela como de cuento. Obtuvo, en cuento, dos veces, el premio Testimonio, de Pasto; el de novela Ciudad de Perelra, en 1984; el segundo premio do novela en Plaza y Janés, en 1985. En 1983 ganó el pri¬mer puesto en "al Mejor envío extranjero", en el Concurso Javlera Carrera, en Valparaiso, Chile. Cuentos suyos han sido traducidos al eslovaco: (Antología del cuento colombiano, tra¬ducción de Slovenka Literérna Agentúra, de Bratislava, 1987); francés: (Anthologie de la nouvelle latinoaméricaine, 1991); alemán: (Erzä-hlungen aus Spanisch Amerika: Kolumbien, 1997); inglés: (The Book of Brevlty, 2000). Poemas de su libro Cuerpos otra vez fueron traducidos al portugués por Fernando Mendos Vianna, 1999. Sus. ensayos sobre pintura, titulados Intentar el fondo, fue¬ron traducidos .al Italiano por el profesor y filólogo Alessandro Baldi, 1999,
A finales de febrero de 2007 obtuvo el II Premio Nacional de libro de cuento de la Universidad Industrial de San-tander con el volumen Aguacero con¬tra los árboles, editado ese mismo año.

En marzo de 2007 fue incluido en la Antología Vino para contarnos, publi¬cada por Editorial Planeta, en Buenos Aires, Argentina y distribuida en América Latina y España.

Escogido por el Observatorio del Caribe Colombiano como el escritor a leer y a estudiar durante el periodo 2008-2009.
Algunos de sus libros publicados son:
1. Oscuras cronologías (cuentos, 1980).
2. Los extraños traen mala suerte (novela, 1982).
3. Entre la soledad y los cuchillos (no¬vela, 1985).
4. Balada del amor final (cuentos, 1986).
5. Carmen ya iniciada (novela, 1988).
6. Corazón plural (poemas, 1989).
7. Fernández y las ferocidades del vino (cuentos, 1991).
8. Cuerpos otra vez (textos poéti¬cos, 1993).
9. El abuelo Bijao y otros cuentos de lao (cuentos Infantiles, 1996, 2007).
10. Crónicas para Intentar una historia (crónicas, 1998).
11. Isaac (novela, 2000, 2008).
12. El abuelo Bijao ha regresao (cuen¬tos Infantiles 2002, 2004).
13. Literatura en el Slnú (Investiga¬ción, dos tomos, 2000).
14. Manuel Zapata Olivella, caminante de la literatura y de Li historia (in¬vestigación, 2002).
15. Cultura y Slnuanologla (Investiga¬ción, 2002),
16. La vida (cuentos cortos, estam¬pas, viñetas, 2001).
17. Ese viejo vino oscuro (novela, 2005).
18. Literatura en el Caribe colombia¬no. Señales de un proceso (Inves¬tigación, 2007).

domingo, 14 de noviembre de 2010

Félix Molina-Flórez

SUMMA DE LOS INVIDENTES

INVIDENTE I

EL sol hace gárgaras en mis ojos
mientras examino el Génesis de tanta noche

El canto de este pájaro es oscuro
también lo es el silencio y tus besos

Para qué sepulcros si no hay muertos
para qué ojos si no hay luz
El Paraíso se aparta
de mi desnudez.

INVIDENTE II

¡AY Dios!
Hoy alzo esta mirada aciaga como si fuera una bandera encendida
que ha perdido su patria

Hoy estos ojos pretéritos buscan un recuerdo bondadoso
en qué posar
Una luz
un paraíso sin árboles
una oscuridad estéril

Un amor sin brazos
que sostenga bien mi alma.

INVIDENTE IV

EN alto relieve el tiempo me muestra su sonrisa
No usa bastón
ni lentes
pero camina minucioso por los callejones

Cruza semáforos y pide limosnas a los transeúntes
Ellos, ciegos, atraviesan la vida.

INVIDENTE VI
—A Jorge Luís Borges—
TUVO que escoger entre descifrar el tiempo
o morir con los ojos sin alma

Pronto entendería que sus ojos eran piezas de algún ajedrez
abandonadas por Dios en una caneca de basura

Sabría sin mayores metáforas que la soledad
extiende las fronteras cada amanecer

Finalmente aprendió que el ocaso sepia de su última tarde
se esfumaría con el pasar de las horas
con un despabilar eterno.

INVIDENTE VII

LA muerte susurra amorosa lo trágico de cada segundo. Trata, insistentemente, que sus pasos sean una sinfonía perfecta dirigida por el bastón. Mira a la nada mientras sostiene en una de sus manos un billete de lotería. Sabe bien que la vida es una rifa donde el premio mayor será la incertidumbre y el premio de consolación la muerte.

A veces quiere y otras no
ser el ganador de ese premio.

INVIDENTE IX
—Para Leandro Díaz—
NO me hables de colores o banderas
Ni compares su cuerpo con la aurora
No digas que mi hijo es la copia exacta del abuelo
o que el río tiene su sangre revuelta

Háblame de noches y estrellas muertas
O del llanto eximio de un perro que pronto ha de morir

Hablemos de la recámara oscura
donde duermen mis canciones.

INVIDENTE X
“Aquella noche, el ciego soñó que
estaba ciego”
José Saramago
Juan 9:6

IMAGINAS
que en la recámara están tus ojos. Sueñas

1
Te ves feliz
Despiertas al lado del camino
con los ojos llenos de saliva y lodo

2
Te alistas a abrirlos
Limpias tus párpados con la esperanza erguida

3
Los abres
La misma noche te da la bienvenida.

INVIDENTE XII
(Un probable Antígona)
ARRULLAS tus ojos como queriendo que duerman en tus manos
Ellos te miran
sin que un evidente rencor lacere tus párpados

En el teatro que es la vida
arderá el recuerdo oscuro de una luz que se pudre.

INVIDENTE XIII
—Al Poeta Luís Mizar Maestre—
DE aquellos pasos de rinoceronte en celo
Solo quedan los rastros disueltos de una hormiga cabizbaja

De aquella espléndida risa como el beso del sol
Sólo queda una luna derretida que semeja la vela que acaba de morir

La poesía entregó tus ojos a cambio de un motín doloroso:
cada amanecer es más oscuro
y la noche se posa como una nube misericordiosa sobre tus párpados
para cubrirte de este sol inmortal
que para ti agoniza.

Félix Molina-Flórez. (Valledupar 1986) Estudios en Licenciatura el Lengua Castellana e Inglés en la Universidad Popular del Cesar. Miembro del Taller de Creación Literaria José Manuel Arango adscrito a RENATA. Algunos poemas y cuentos suyos han aparecido en publicaciones locales. Los poemas aquí publicados hacen parte del poemario El libro de los equívocos. Actualmente se desempeña como Bibliotecario.

jueves, 11 de noviembre de 2010

RICARDO VERGARA CHÁVEZ

Signos
A Mirlena Martínez
El artificio que miras no es la vida
ni la palabra que nombra lo perpetuo
otra fuente de donde vienen los colores
el amor y la muerte
la piedra que ha viajado con el polvo
nos recuerda el barro que hemos sido
                                    /sin nombrarnos
en otra parte está la luz
                                     alguien lo sabe
                                                       y la toca desde el aire.

Poema de las preguntas
¿Somos eso que teje el tiempo
u otro tiempo?

¿El instante de la luz, su transparencia,
o la travesía de un dios asediado
y vencido por su peso?
¿O continencia donde conviven
                   /la razón y el sueño?

¿Por qué fue nuestra la voz
y nunca el vuelo
habiendo añorado ser altura?

Existo entre preguntas
sin saber de aquel misterio.

Un niño baja por el tiempo
A Justiniano Arrázola
Un niño baja por el tiempo,
toca la piel que fuimos,
sombra ahora en la tarde
o luz quemándose.

Mientras los de ayer
acampamos en una estación lejana,
el niño toca adentro;
juega con el barro oscurecido
en el fondo de todos los enigmas.

Nosotros somos naturaleza que maltrata
somos, su continuidad
y silencio.

El fuego sueña sus cenizas
El fuego sueña sus cenizas
y arde por verse en ellas disipado.

Igual la vida apura a la muerte
en círculos de culminaciones e inicios
Nombramos lo que ayer fuera
sin sospechar que persiste en nosotros renovado.

¿Será así hasta lo eterno
el culminar y el principio,
o ya hemos culminado
y nos afecta sólo el reflejo de haber sido?

La constante incertidumbre
Nos convoca una materia antigua abisal y eterna,
lo desconocido,
ramificados caminos, y una barca siempre a
                                           /punto de zarpar.
Ayer apenas
estuvimos festejando la luz derramada sobre
                                                    /el mundo
y ya queremos partir
sin haber visto la tarde
ni a los corceles del sueño paciendo en la llanura.
Algo nos empuja hacia lo innombrable,
hacia la constante incertidumbre.

Hay una ciudad en mí
Hay una ciudad en mí
llenándome los ojos y el alma,
la siento como un crío, reclinada
en el pecho inmenso de la tierra.

Hay una ciudad
con un destino extraño
y un puerto buscando el mar
como soñando una barca.

Compadecen sus calles que se curvan
recordando en círculos el ritmo de otro tiempo.

En ocasiones la ciudad es un grito.
En otras apacible, como animal dormido,
deriva tierna para el que sueña
o busca un camino.

Tacto en ella mi piel
lamiendo una sal hundida
en seres que comulgan
o fulgen como conchas emergidas
de un mar profundo.

Soy la ciudad padeciendo
rostros que se miran
sin tocarse,
herrumbre de estos días
pedazo que parte.

Dios
Debe ser duro
cargar con tantas culpas
habiendo estado ausente.

Infancia
En la infancia
vivimos suspendidos en un aire ubicuo
como algo que no alcanza a ser
pero acontece.

Asistidos por enigmas
palpamos todo
bebemos todo
procurando una señal
o el resplandor que nos guíe
en la orfandad.

Entonces
nos rebasa el mundo de lo ignoto.

Después zarpamos
buscamos otras aguas
y en la ebriedad del mar que es la vida
nos hallamos con la muerte.

Desaparecidos
Los ojos que le vieron la última vez
raudos también desaparecieron.

Margen
Que de nosotros
quede el silencio
lo otro
-si no alcanza a ser un canto-
seria un estorbo para el mundo.


Ricardo Vergara Chávez  Nació en Las Piedras, municipio de Toluviejo, el 7 de febrero de 1954.Entre esta población y el coregimientoento de Albania en el departamento de Sucre, trascurren sus primeros años. En Albania estudia la prima ria. En Sincelejo, donde reside desde 1970, hizo estudios secundarios en el Instituto Nacional Simón Araújo y luego ingresó a cursar estudios superiores de Español y Literatura, los cuales no concluyó,

Formó parte del Círculo de Poetas y Escritores Noveles de Sucre y de la revista literaria Expresión Naciente. Miembro fundador del Centro Artístico de la Universidad de Sucre, y de la Unión de Escritores de Sucre. Ha hecho posible, junto con otros escritores, eventos como: Segundo Encuentro de Escritores de la Costa, 1983; Encuentro de Escritores de Sucre y Encuentro de Escritores del Caribe. Entre sus ejecuciones como gestor pueden citarse: primera edición del libro El ritual de los espejos (cuentos), de Oyden Madera J.; El portal de Alicia (poesía), de Roberto Estrada Navarro; y en esfuerzos compartidos con la Unión de Escritores de Sucre, la segunda edición de Señales y garabatos del habitante (ensayos y poesía), de Héctor Rojas Herazo; primera edición de La casa entre los árboles (poesía), de José Ramón Merca do Romero; y la Antología del cuento sucreño, de Ignacio Verbel Vergara; además de su contribución con el proyecto de Voz y voces de la poesía sucreña, auspiciado por el Fondo Mixto de Promoción de la Cultura y las Artes de Sucre.