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sábado, 24 de julio de 2010

Bolívar acude a una cita

Por: Julio César Londoño

AUNQUE GABO NO ES UN ESCRITOR delicado, hay un pasaje de El general en su laberinto que parece escrito con pincel.


La escena tanscurre en Kingston, Jamaica. Bolívar hipnotiza al auditorio con sus relatos de páramos, triunfos y traiciones. De repente entra al salón una mujer que lo deja mudo. Es Miranda Lindsay, la esposa de un rico hacendado inglés. Ella también está impresionada. Es la primera vez que está frente al Libertador. Óseo y pálido, con patillas y bigotes ásperos de mulato y con el cabello largo hasta los hombros, parece mucho mayor de sus 32 años. Tiene una corbata blanca y una gardenia en el ojal. “Vestido así, en una noche libertina de 1810, una puta galante lo había confundido con un pederasta griego en un burdel de Londres”.


A la hora del té, Bolívar aprovecha un momento de voces altas para pedirle una cita. Miranda le regala su mejor sonrisa y sus ojos dicen mil cosas… entre ellas no.

Pero días después él recibe un mensaje insólito. Es una boleta de ella para que vaya en la noche del sábado, solo y a pie, a un paraje deshabitado. Bolívar sopesa la situación. Sabe que Kingston hierve de conspiradores, reconoce que acudir a esa cita es no sólo es un riesgo inútil, sino una insensatez histórica, pero al final tiene que aceptar que es incapaz de incumplirle una cita a una mujer como esa.

Ella lo esperó sola a caballo en el lugar previsto y lo llevó en ancas por un sendero invisible hasta una ermita abandonada. Se sentaron frente a frente en dos bancas rústicas, iluminados por el fuego de una antorcha clavada en el muro. Bolívar habló de cosas triviales, como un animal que hace círculos en torno a su presa esperando el momento justo para saltarle encima, pero se contuvo. Sabía que “en los preámbulos del amor ningún error es corregible”. Iba en mangas de camisa, con el cabello amarrado en la nuca con una cinta roja como una cola de caballo, y Miranda lo encontró más atractivo y juvenil así.

Sus rodillas casi se tocaban. Bolívar le tomó las manos y le recitó un poema que mezclaba requiebros amorosos y fanfarrias de guerra en octavas reales bien medidas y bien rimadas. Ella sonrió como la primera vez, él trató de besarla, ella lo dejó acercarse hasta sentir el calor de su aliento y volteó la cara: “Todo se hará a su tiempo”, dijo.

Llovió, el agua se filtró por las troneras del techo, el Libertador contraatacó varias veces, pero siempre fue esquivado con fintas gráciles. Al alba, desesperado, sacó el as: “A las tres de la tarde me voy para siempre en el vapor de Haití”. Ella se levantó con una dignidad casi ofensiva: “Entonces buen viaje, Libertador. Los hombres afanados no son buenos amantes”.

“Hasta nunca”, dijo Bolívar furioso.

Ya en el caballo, Miranda se permitió otra insolencia: “Es verdad lo que dicen: que su vanidad es casi tan grande como la de Napoleón”. Mientras revisaba las correas de la cincha, él rezongó: “Tal vez sea cierto eso, pero hay una diferencia, yo no he permitido que me coronen”.

Cuando Bolívar regresó a su casa encontró a su amigo Felix Amistoy desangrado en la hamaca donde él hubiera estado de no ser por la falsa cita de amor. Lo había vencido el sueño mientras esperaba al Libertador para darle un mensaje urgente. Un sirviente manumiso, pagado por unos conspiradores entre los que figuraba el marido de Miranda, le había asestado once puñaladas.

Miranda conocía la conspiración. Amaba a su marido y admiraba a Bolívar. La cita fue la única manera que concibió, luego de largas noches de desvelos, para salvar al Libertador sin denunciar a su marido.

Bolívar siempre creyó que todo fue un golpe de suerte. Nunca supo que ella había tenido que burlarse de él y traicionar a su marido para salvarlos a ambos.

Julio César Londoño
Tomado de: http://www.elespectador.com/columna-215074-bolivar-acude-una-cita

2 comentarios:

Álvaro Maestre García dijo...

!Caramba! !Debe ser una forma elegante de recordar algo que Bolivar le hizo a un joven aguerrido y decidido llamado José Felix Rivas, en La Victoria, Estado Aragua en Venezuela, en donde conociendo un plan para asesinarlo, cuentan que acostó en su hamaca al joven general, al cual asesinaron en la noche creyendo darle muerte a Simón.
¡Ironías de Gabo?

Diògenes Armando Pino Avila dijo...

Alvaro, tu sabes que Gabo siempre utiliza un lenguaje cabalístico, donde dice lo que no dice y no dice lo que dice