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domingo, 25 de septiembre de 2011

Jorge Artel

Foto tomada de: www.elespectador.com 

La  cumbia

Hay un llanto de gaitas diluido en la noche.
Y la noche, metida en ron costeño.
bate sus alas  frías
sobre la playa en penumbra,
que estremece el rumor de los vientos porteños.

Amalgama de sombras y de luces de esperma,
la cumbia frenética,
la diabólica cumbia,
pone a cabalgar su ritmo oscuro
sobre las caderas ágiles
de las sensuales hembras.
Y la tierra.
como una axila  cálida de negra,
su agrio vaho levanta, denso de temblor,
bajo los pies  furiosos
que  amasan golpes de tambor.

El humano anillo apretado
es un carrusel  de carne y hueso,
confuso de gritos ebrios
y sudor de marineros.
de mujeres que saben a la  tibia  brea del puerto.
al  yodo fresco del mar,
y al aire de los astilleros.

Se mueve como una sierpe
sonora de cascabeles.
al compás de los chasquidos
que las maracas alegres
salpican sobre las horas
desmelenadas de ruido.

Es un dragón enroscado
brotado de cien cabezas,
que muerde su propia cola
con sus  fauces gigantescas.

Cumbia! -danza negra, danza de mi tierra!
Toda una raza  grita
en esos  gestos eléctricos.
por la contorsionada pirueta
de los muslos epilépticos!

Trota  una añoranza de selvas
Y de hogueras encendidas.
que trae  de los  tiempos muertos
un coro de voces vivas.

Late un recuerdo aborigen.
una  africana aspereza.
sobre el cuero curtido donde los tamborileros.
-sonámbulos dioses nuevos que repican alegría,
aprendieron a hacer el trueno
con sus manos nudosas,
todopoderosas para la algarabía.

Cumbia! Mis abuelos bailaron
la músico sensual. Viejos vagabundos
que eran sus negros, terror de pendencieros
y de cumbiamberos
en otras cumbias lejanas.
a la orilla del mar...

Negro soy

Negro soy desde hace muchos siglos.
Poeta de mi raza, heredé su dolor.
Y la emoción que digo ha de ser pura
en el bronco son del grito
y el monorrítmico tambor.

El hondo, estremecido acento
en que trisca la voz de los ancestros
es mi voz.
La angustia humana que exalto
no es decorativa joya
para  turistas.
Yo no canto un dolor de exportación!



Canción en el extremo de un retorno


Traigo los ojos ebrios de luz y de paisajes.
Mi alma. cargada de caminos.
siente bajo la sombra de su descanso
madurarse la paz como un racimo fresco.
Siente fructificar su vida
empapada de sol que apacentó mis años.

(Ah. mis años vibrantes.
abiertos como velas al ímpetu del aire!
Yo sondeaba en la sombra
la emoción de las noches
y enterré junto al mar musicales madrugadas).

De lugares muy altos
viene conmigo la montaña,
la montaña fría que conoció mis ansias
y me enseñó el afán eterno de llegar.
Acaso un retazo de cielo sin color.
imagen de las horas sepultadas.
se quedó suspendido en un recodo
de los tantos caminos de mi alma.
o algún paisaje muerto.
fugitiva añoranza de la ausencia.
aviva  sus colores
para poner a mis días tatuajes  de nostalgia.

Los ríos -caminos que nunca llegarán.
mares tuberculosos. pálidos.
encadenados de riberas-,
filman aún para  mis ojos
la prófuga quietud de sus aguas enfermas.

Pero hoy  encontré mi corazón marino
que  dormía borracho sobre  un puerto
ventilado de recuerdos.
Y me habló de un viaje largo en veleros festivos
adornados con mástiles encintados de canciones.

Me habló de pechos erguidos.
-estuches de la fuerza-.
donde los marinos
encierran el ovillo de sus cantos
para atar los cabos de los días
en el mar!

Entonces mis pupilas se vistieron de árboles
y escuché clamores acuñados en el sol
poblando la oquedad de un cielo limpio.
Polícromo tropel de guacamayos
picoteaba el horizonte.
oh, cofre azul de lejanías!

En un eco de gallos  remotos
vendrán a mí los mediodías.
por los caminos callados de la siesta.
Lloverán tamboriles y  aitas nocheras
como un canto  de agua
sobre mi vida  nueva.
La tierra festejará mi retorno y será leve
a mis abarcas de apretado barro.
para  no lastimar el lejano
recuerdo de cansancio que  tienen mis pies.

Vendrá la brisa, vendrá la brisa
arremolinando sus mil voces
en las sonoras torres de la ciudad iluminada,
vendrá la brisa y vaciará sus cántaros
sobre el silencio verde de las palmas.

El cielo  tirará una luna  ancha
a las aguas del muelle,
para que juegue con mi alma.
En los rincones de los arsenales
estaráme esperando algún canto abandonado,
enredado en las atarrayas como un sábalo.
Y junto a las horas cálidas,
de nuevo contemplaré mis cien rutas abiertas.
Hemos de conocernos de nuevo el mar y yo.

Serpentina de altanería,
mi grito Irá ciñendo sombras en la noche
para hacerlas bailar como mujeres,
cuando los bogas con sus dedos tejan
sobre la piel de los tambores
el ritmo de la cumbia.
Chisporroteado de maracas ebrias!
Bajo un gajo de escándalos maduros
todas  mis  horas arderán
en la apretada hoguera
de las sensuales danzas de mi tierra!

Poemas tomados del libro :”Tambores en la noche”, editado por Plaza & Janes, Bogotá, 1986


Biografía: 
Seudónimo de Agapito de Arcos, poeta cartagenero nacido el 27 de abril de 1909. La obra de Jorge Artel encierra el imperativo de señalar el camino a un continente que quiere abrirse paso en la historia, enfrentando adversidades y consolidando un pueblo. Su poesía negra está marcada por el tono marino del tambor y las gaitas aborígenes, con las que nació y creció. Su obra peca por descuido en la forma, pero es ardiente en el contenido, con toda la fuerza del trópico. Jorge Artel obtuvo el título de bachiller en Filosofía y Letras en el Instituto Politécnico de Martínez Olier. En 1945 se recibió como abogado de la Universidad de Cartagena, con la tesis "Defensa preventiva del Estado o el Derecho Penal frente a los problemas de la cultura popular en Colombia". Realmente nunca ha ejercido la profesión de abogado; el periodismo, los viajes y la poesía han sido sus ocupaciones predominantes. Fiel a su geografía y raza, Jorge Artel es, junto a Candelario Obeso, principal representante de la poesía negra o negrista en Colombia. Sin quedarse en el juego de palabras o de fonemas sonoros, habitual en este tipo de producción, Artel descubrió nuevas posibilidades combinatorias en el léxico propio de su cultura. Escribió artículos de prensa de tono satírico y profundo en diferentes periódicos de América. Ha pasado la mayor parte de su vida fuera del país. En 1960 se casó con la escritora centroamericana Ligia Alcázar, segundo premio en el concurso de literatura infantil de 1977, patrocinado por Enka de Colombia.

Según Luis María Sánchez, Artel es un cantor de la alegre tristeza en versos populares y humanos, en sus composiciones vibran el dolor y la protesta; el lenguaje de los bogas, las olas, las costas y los ríos, se vuelve sonido y color de sombra en sus palabras; en ellas tiembla toda la sensualidad y se agita el lirismo de la cultura negra. Su validez lírica se refleja en los poemas "Velorio del boga adolescente" y "Ahora hablo de gaitas", incluidos en su primer libro de versos, Tambores en la noche, publicado en 1940. Esta obra está dividida en dos partes bien definidas: la poesía negra, la verdaderamente suya, situada en la primera parte del libro, y su poesía anterior, muy influida por poetas como Pablo Neruda y Gregorio Castañeda Aragón. Ha publicado, además, los libros de versos Poemas con bota y bandera( 1972), Sinú, riberas de asombro jubiloso, Coctail de estampas y Antología poética (1979). Otros libros suyos son: De rigurosa etiqueta (drama), No es la muerte...es el morir (novela, 1979), Modalidades artísticas de la raza negra, Santander y su influencia en la fisonomía de Colombia y Defensa preventiva del estado.

LUIS CARLOS MOLINA

sábado, 17 de septiembre de 2011

David Sánchez Juliao



Magdalena Santiago vive –sigue viviendo-- de comprar, limpiar y desescamar pescados a la orilla del mar. Se levanta con los primeros ardores del alba y se va al puerto a esperar el retorno de los pescadores. Allí canta, invariablemente, todos los días a idéntica hora, la misma canción; una tonadilla de aliento africano cuya letra, ella lo ignora, tiene origen en el romancero español: Rey que sabe/leer y contar/dime cuántas olas/manda la mar. Acaso aquella liturgia es, además de una orden de su porción de sangre negada, la expresión del sueño incumplido de ser alfabeta. Porque, por el contrario del rey del estribillo, Magdalena ni sabe leer ni sabe contar. Pero tiene un don especial: cuando ha cantado, sin contarlas, diez veces el estribillo, señala en el horizonte las primeras canoas. Magdalena nada sabe de números o letras, pero el cantar le otorga un acertado manejo del tiempo.

No es el único don que posee. También carga claro en la cabeza que, comprando los pescados al precio del puerto y vendiéndolos de puerta en puerta pueblo adentro, el dinero sobra en casa. Magdalena llama “el milagro de la vida” a aquella elemental abstracción, como de impuros logaritmos Pese a asistir día a día a ese milagro, dice no entender nada pero lo entiende todo. Por ejemplo: es madre de seis hijos de tres padres diferentes; y no sabiendo al cabo de los años adónde han ido a parar los padres luego del abandono,  se llama a sí misma “viuda triple de muertos vivos”. Sus hijos, ya crecidos, trabajan allí en Tolú o en otros pueblos del Caribe en forma marginal: cargando bultos o vendiendo baratijas  a los turistas de la playa, hoy; cocinando en una casa de familia, mañana; y después, tal vez...

Magdalena, sin embrago, se dice feliz; aunque desde los días en que el cinematógrafo llegó a Tolú, a ratos ni ella misma lo cree. La noche en que fue a ver por primera vez una película, recuerda, empezó a sospechar –sin que lograra volver razones las sospechas— que el meridiano de la felicidad pasaba por lo cotidiano. Entonces, “Muy fácil –dice con frecuencia--: dejé de ir al cine y ya está, volví a vivir contenta”. Además, ¿qué otra cosa quiere? --se pregunta en sus noches de hamaca. Conoce un oficio, produce con qué comer, guarda plácidos recuerdos de cada marido en cada cama –del segundo, sobre una mesa--, es amada por sus hijos y estimada por los pescadores y la gente del barrio. Y lo más importante: ninguna de sus hijas le ha salido vagabunda, y ninguno de sus hijos ha estado en la cárcel. “Son muy unidos”, comenta: “Cada uno es capaz de quitarse el pan de la boca para dárselo al otro”. Y no se queda en la superficie, pues agrega: “Ojalá nunca sean ricos; porque poco dinero, evita preocupaciones; mucho dinero, las trae”. Y  remeta: “Dios quiera que nunca vayan al cine”.

Magdalena vive –continúa viviendo allí, aun después del incidente— en una calle a la que la gente bautizó como “Bocagrande”. Su nombre oficial tiene que ver con un héroe de la Independencia, Francisco de Paula Santander. Pero los desocupados de la plaza lo han cambiado por aquel más sonoro,  debido a que en esa calle las vecinas riñen a diario en insultos que se vociferan de acera a acera, con frases cargadas de dobles sentidos e imprecaciones.
En la misma calle de “Bocagrande”, puerta seguida a la casa de Magdalena, vivió una vez una mujer adinerada que odiaba a los pescadores y a las revendedoras. No es extraño que estas cosas sucedan en la América Hispana, puesto que en sus pequeños pueblos conviven príncipes y mendigos, ricos y pobres en una misma calle, en una constante ebullición de la vida que ante todo los ricos niegan disfrutar. En estos poblados, los modernos barrios residenciales jamás tuvieron futuro, pues no tardaron en convertirse, de tan tediosos, en una antesala de la muerte.

Aquella vecina –la del incidente— odiaba a Magdalena, en razón tal vez de lo que el profesor socialista de la escuela pública llamaba “marxismo al revés”; es decir, el desprecio de los de arriba por los de abajo. La vecina, sin embargo, amaba la lúdica del humilde vecindario, pero siempre deseó que su torrente de vida bullera, no allí sino en el barrio residencial de las afueras al que un día se mudó, hasta que se aburrió... por falta de vida. Cuando regresó a vivir  al antiguo vecindario, continuó haciéndole la vida imposible a Magdalena: le corría la cerca del jardín, ordenaba a las sirvientas que desaguaran la cocina hacia el patio vecino, y sacaba en voz al sol ciertos trapos sucios que Magdalena prefería lavar en casa; como aquello de la triple viudez de muertos vivos, los seis hijos de tres maridos diferentes; y la pobreza y el mal vestir, cosas que Magdalena sobrellevaba con inadvertida dignidad. 

La vecina insolente es viuda de verdad, y tiene tres hijos casados cuyas mujeres le desean la muerte para heredarle  la hacienda que ha comprado en las mejores tierras del Sinú. Hoy, en los tiempos posteriores al incidente, la hacienda es manejada a distancia, mediante despachos de correo y llamadas telefónicas. Porque la que fue vecina de Magdalena, es ahora una mujer muy rica; y ya no vive en la calle de “Bocagrande” de Tolú, sino a muchas leguas de distancia, en un sector del mismo nombre que es parte de la hermosa Cartagena de Indias. Aun así, viviendo lejos, dos de las tres nueras han tratado de envenenarla, tres de sus hijos varones no la visitan, dos de ellos no le dirigen la palabra –ni siquiera por teléfono--  y el tercero, el menor, no le permite ver a los nietos los domingos.

Y todo, por culpa de Magdalena; al menos, eso comenta la gente. Magdalena es en extremo cuidadosa al respecto; jamás ha dicho que aquello es cierto, pero tampoco lo ha negado. Se limita, eso sí, a contar la historia tocada de un airecillo de satisfacción:
La historia es esta. Un día, mientras desescamaba  pescados en las escalinatas del puerto, Magdalena vio que algo brillaba entre el espeso amarillo de las hueveras de un pargo rojo. Se trataba de un brillo poco común, como de estrella en el cielo, emitido por una piedrecilla de aristas pulidas con esmero.  Magdalena jamás había visto uno en su vida, pero por lo que siempre escuchó, estuvo segura de que la piedrecilla no era tal... sino un diamante. Pensó de inmediato en sus hijos yendo al cine, en sus nueras tratando de envenenarla, en sus maridos regresando a buscarla uno a uno o los tres al tiempo, pero con la misma cara de arrepentimiento; pensó en ella misma, liviana y desafirmada, viviendo la muerte de un barrio residencial y comprando pescados en la puerta a sus compañeras de trabajo; y pensó, lo más grave, en no poder ver a sus nietos los domingos. En ese instante tomó la decisión de regalar el pargo rojo con todo y el diamante que el pez llevaba oculto en su vientre.
Alguien, cuenta ella, se ofreció a comprarlo en el puerto.
-- No está para la venta –dice Magdalena que dijo--. Lo tengo reservado para alguien muy especial.
Irrumpió en la casa de la vecina en el momento en que la mujer discutía con las tres nueras sobre qué cosa preparar para el almuerzo.
-- Perdonen si interrumpo –dice Magdalena que entró diciendo--, pero la pesca de hoy ha sido excelente y me he acordado con cariño de todas ustedes. Les he traído este hermoso pargo rojo para que lo disfruten en la santa paz de la familia.


David Sánchez Juliao, es colombiano nacido el 24 de noviembre de 1945 en Lorica, departamento de Córdoba, Colombia. Tiene formación en literatura, comunicaciones y sociología, con doctorados en la Universidad Simón Bolívar y la Universidad de Córdoba, y con estudios en CIDOC, Cuernavaca, México, en donde luego se desempeñó como profesor. Ha publicado novelas, cuentos, fábulas, historias para niños y testimonios escritos y grabados de viva voz con prestigiosas editoriales de Colombia y otros países. Ha sido varias veces premio nacional de cuento, lo mismo que de libro de cuentos y Premio Nacional de Novela Plaza y Janés con Pero sigo siendo el rey. De esta novela, como de otras de sus obras, se ha hecho una versión para televisión difundida ampliamente en muchas lenguas. Sus historias grabadas han merecido 5 galardones de Disco de Platino Sonolux y Disco de Oro M.T.M y las adaptaciones de sus obras para cine y televisión han merecido 17 Premios India Catalina en el Festival de Cine de Cartagena. Sánchez Juliao ha sido traducido a doce idiomas y ha residido, por razones académicas y diplomáticas, en cuatro continentes. Ha sido profesor invitado en universidades de Norte y Sur América, Europa, Asia, África y Oceanía, continentes en los cuales ha residido por años.
Fue embajador de Colombia en la India y en Egipto entre 1991 y 1995, países en los que, mientras ejercía sus funciones de Jefe de Misión Diplomática, se desempeñó como profesor universitario ad honorem. Obtuvo el Premio Internacional Dulcinea 2000 otorgado por la Asociación Cervantina de Barcelona. La Fundación Libros y Letras le otorgó el Premio Nacional de Literatura 2003 por Vida y Obra. En la actualidad prepara un nuevo libro sobre viajes, un primer libro de poemas y una nueva novela.

sábado, 10 de septiembre de 2011

José Luis González Mendoza

Tomado del libro: Donde habitan los exilios. Editorial Río de la Plata 


Donde habitan los exilios

Sabemos cuál fue el sueño de ellos, basta saber
que soñaron y están muertos.
                                                            William Yeats

Hay un lugar en los ocasos de los sándalos, en la encrucijada
de la noche y los destierros. Un lugar donde el tiempo,
que el hombre cuantifica con el tabaco, se ha detenido
en el umbral de la clepsidra. Un lugar donde habitan los exilios.

Hay una escuela envejecida por la ficción de la eternidad y las quimeras.
Hay un tiempo pétreo y cuaternario.
Hay una biblioteca enmohecida por el heráclito río de los griegos.
Hay un libro de la biblioteca de los Tolomeos perdurable siempre.
Hay una octava bocacciana y una endecha petrarquesca.
Hay un viejo códice de la Gesta de Beowulf, de Thorkelín.
Hay un haikú de Matsuo  Basho en las paredes carcomidas.
Hay una vieja traducción del Sutra  del  diamante de WongJei.
Hay un juglar que narra  los cantares de gesta de Don Rodrigo.

Pero lentos al  andar llegan hombres.
llegan al pretil de los bohíos  amparados en los
fragmentos de la noche  que socavan las sombras que el lucero alumbra.

Y llegaron a Chengue, a Salitral, a El Salao.
Y llegaron a  Colosó, a Macayepo a San Onofre.
Y llegaron a todos los  rincones del alma persuadida.
Y llegaron... y  llegaron... y  llegaron.
Y el silencio de los grillos, siempre agradable a los oídos, se transformó
en sonidos de motosierras y machetes que salpican gotas de sangre
en la liviandad de las flores, siempre vigilantes de las tumbas.

Y callaron ahora las escuelas y las sinuosas rimas del tiempo.
Y amordazaron el monumento del intelecto vasto y generoso.
Y las luces de las luciérnagas se trasformaron en Libélulas de Fuego.
Y prontamente hundieron sus gladius hispaniensis.
Y asesinaron la paz y el saber de milenarios genes.
Y las cabezas se transformaron en pérfidos balones de fútbol.

Y todos los hombres y mujeres que cayeron son mis hermanos.
Y los insectos de la noche que callaron son mis hermanos.
Y los animales del monte que huyeron son mis hermanos.
Y lánguidas las viudas.
Y los huérfanos, que también son mis hermanos.
Y es incontable la tristeza en los pueblos y caseríos asolados.
Y se marchitaron las trinitarias, los bonches y los campanos.
Y lo que antes era el país de los felices ahora es el país de los exilios.

No es un país para morir de viejo.
¿Es el infierno así?
¿Habría otro Agamenón para arrasar a Troya?
¿Habría otro Alejandro para someter a Persia?
¿Habría otro Escipión para incendiar a Canago?
¿Habría otro Odoacro para saquear a Roma?
¿Habría otro Mehment para conquistar Bizancio?
¿Habría otro Cortés para masacrar Tenochtitlan?

¡Has caído de los infiernos, lucero, hijo del ocaso!
Eras Arcadia,aún más.
Pero ellos Caines sempiternos, de todo me despojaron,
sólo me dejaron el exilio.
Ahora el Minotauro cabalga en los insomnios de la noche.
Ahora las pesadillas cabalgan sobre los sueños de la noche.
Ahora transpiran terrores los horrores de la noche.

Esto aconteció en el ardoroso estío de finales del dos mil
y en otros tiempos aciagos.
¿Hay alguna esperanza?
¿Hay exilios con olvidos?
Hay que volver a inventar la vida, se sabe.
Pero aún perduran dos mil ciento ochenta y ocho hexámetros
de Las  geórgicas de Virgilio,
cuatrocientos treinta y  tres versos de T.S. Eliot: La tierra baldía
y unos versos de Tennysson: un fragmento del Ulises.


Viajeros en el tiempo

Dejaré que el tiempo siga haciendo camino
en el vacío, mientras el universo siempre
dinámico, se expande y se contrae haciendo
la historia y la antehistoria.

Entonces… entonces...
Sabremos quiénes somos y de dónde venimos.

Espacio aéreo Santafé de Bogot4 -Buenos Aires,
Vuelo088 de Avianca
junio 1 de 1999. Rumbo al destierro
Dta 01 de exilio

El síndrome del exiliado

A José María Vargas Vila, quien como  yo,
También conoció  el  exilio.

Día tras día, noche tras noche,
el exilio nos deja inertes. Y el otoño,
que sueña en las regiones donde nada sueña,
parece congelado por siempre, sin los mirlos,
sin las hojas, sin el tiempo, tan vacuo como
una mariposa soñada en un sueño soñado.

La existencia se deshoja en un susurro de
tormentos como la hojarasca surca
el viento llena de melancolía.

La esperanza se fuga -como el helio al sol-
en un proceso de fusión, y una tortuosa aflicción
me hace consciente que el tiempo de otro tiempo
ya no fluye con holgura.

La rutina me atrapa en su espesura para
precipitarme hacia la profunda infinitud de una
existencia invivible.

Oh, Dios, ¿tales cosas pueden ser posibles?
Ahora, la supervivencia depende de no recordar
lo que se sufre ante el destierro.

Buenos Aires, República Argentina, junio 10 de 1993 (Otoño)
Día 10 del exilio


¿Cuándo se es un Poeta?


¿Cuándo se es un Poeta?
Cuando a la cosa en sí
la rompéis en lo concreto

Y le dejáis fluir lo abstracto
en una convulsión febril
hasta agotar la melancolía.

Buenos Aires, República Argentina, junio 20 de 1994
Día 385 del  exilio.

El laberinto de las soledades


Bajo la lluvia matutina, en la estación mítica de Once,
disputando un puesto en los trenes del Oeste.


Es la mítica estación de Once. Una
telaraña de rieles oxidados se entretejen
como un laberinto de soledades que no
llevan a ninguna parte.

Ya no existe más el humo polvoriento
que anunciaba a los abuelos la partida
de los trenes de carbón.

Ahora, en su lugar, está el aroma enrarecido
de las putas que los sábados temprano
abarrotan los vagones como cenicientas 
inocentes en busca de ocultar al alba sus falsías.

Los vendedores ambulantes pululan ordenados
por una ley tácita tratando mitigar el hambre
de los suyos.


Y una copla de Alberto Cortés resuena
desde lejos: "para qué he de tener hambre
si no hay con qué comer".

Buenos. Aires, República Argentina, julio 16 de 1994
Día 411 del exilio.

José Luis González Mendoza. Sincelejo Colombia, 23 de noviembre de 1956. Novelista, poeta, cuentista, ensayista, periodísta y crítico de arte. Médico de la Universidad de Cartagena y especialista en diagnóstico por imágenes Univeridad de Buenos Aires. 
El Inquisidor (novela), Donde habitan los exilios (Poesía), La naturaleza esencial del tiempo en Borges (Ensayo)

domingo, 4 de septiembre de 2011

Beethoven Arlantt


CAZADOR CURTIDO

Avelino, curtido candor de venados, es el capataz de las ganaderías de Ga rcía. En  los días de trabajo, que son todos sus días, monta en su burro mohíno y sabanea  las tierras sin cercados del potrero inmensurable de García.  En uno de esos días, hace dos años, anduvo  por las lomas de Ovejitas y encontró, entre los  brasiles del  lado derecho del  arroyo de  la Paja Larga, un ternero que  ramoneaba en el  pasto seco. Lo miró y, de un salto, bajó del  burro. Se terció la escopeta y se acercó como se le acercaba  a todas las reses del  patrón García. El  ternero levantó la cabeza  para mirarlo desmontar del  burro. Amusgó las orejas. Avelino se acercó  y observó las ancas del ternero. Buscó las marcas del  hierro de García, dueño del ganado cimarrón de sus potreros más extensos que la vista. Vio la mansedumbre  colorada del  ternero. Entonces estiró su brazo y le sobajeó la frente. Le palmoteó la espaldilla y los costillares. Es un buen cabungo»  pensó. Buscó y rebuscó y no le encontró  hierro por ningún lado del cuero. Es el único sin marca» Pensó de nuevo. Se iba a devolver hasta el burro para coger la manila, amarrarlo y echarlo para el corral. En eso, Camacho, cazador  de venados, apareció  por la otra orilla del arroyo, lo miró desde lejos y lo japeó:
_Hepa, Avelino, ¡Cómo es que juegas con un venado moruno! A las primeras el  cazador Avelino no hizo  caso, y siguió palmoteando las ancas del ternero de García. Pasó su mirada por encima del lomo color de sol de los venados del  ternero y vio que el cazador Camacho le apuntaba con su escopeta.
_ Apártate, que también estás en la mira, gritó Camacho.
_Mira que tu escopeta  riega mucho. Puedes matar al  ternero y a mí, protestó el capataz Avelino.

Yo ando  cazando dijo Camacho, sin bajar el cañón de la escopeta.

Avelino corría su mano  sobre el lomo del ternero. Palpó el cuero limpio de garrapatas. Olfateó el olor  a boñiga  seca de la piel de los terneros cimarrones. Atisbó las canillas delgadas y las pezuñas puntiagudas. Sólo entonces Avelino pasó y repasó la mirada en los ojos saltones del ternero sin hierro de García. Un  susto le paró la respiración. Una  lámina  de  hielo aplacó  en cada  jeme de su piel el sofoco del sol. Una corriente de hormigas  le picoteó- en fila cada caño de sangre  en las piernas. Quedó como un monumento, dijo  Camacho cuando contó ese instante. Entonces Avelino empezó  a moverse con una lentitud de estatua, pero el mármol de su cuerpo se fracturaba en cada movimiento y daba traqueteos  de piedras que se rompen con fuego y agua. Camacho esperaba que Avelino saliera de la mira. Pero el salto brusco de Avelino para desterciar  la escopeta hizo  que el ternero se las pidiera a venado y rompiera con su celaje los matorrales del potrero y se internara  en los bosques  de la Montaña  del Águila de Piedra donde no  lo alcanzaran el lamento de Avelino ni el eco del fogonazo de la escopeta de Camacho.

Yo creí que era un ternero, protestó  con  pesadumbre el cazador Avelino.
Camacho escuchó su lamento y sentenció:
Vas a terminar confundiendo los alacranes  con los cangrejos - dijo  eso.

Beethoven Arlantt, 1.961. Nacido en la población de Atanque departamento del Cesar Colombia, desciende de la etnia Kancuama. Es uno de los nuevos narradores del Cesar. 

Tomado de Cuentos Tejido de vientos, Antología de poetas y narradores del Cesar. Fundación Editorial El Perro y la Rana, Imprenta de Apure Veneuela.