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viernes, 23 de diciembre de 2011

Miguel Barrios Payares

Sol/Off
Por: Miguel Barrios Payares
La tarde es frágil como las galletas de sal y el piso huele a desinfectante de hospital. Has dicho en alguna ocasión que el fuego pesa como las mentiras pero que las mentiras son más calientes y más incómodas de llevar. El piso está frío, mi cuerpo está desnudo y casi tan frío como el piso. Quiero escribirte algo con buena tinta, algo así como una conversación estilo libre donde parezca que prestas atención y donde yo aparente decirte algo importante. No hay hormigas ni ningún bicho en el piso, sólo se respira una incómoda blancura y seguro desde el suelo se debería ver mejor el techo, con las imperfecciones propias de todos los techos pero, no se ve nada diferente que si mirara hacia arriba estando de pie. En la pared, el suiche de la bombilla está en off y afuera, el sol está entre nubes y eso es algo similar a estar en off. Las ventanas cerradas reciben el golpe del viento aunque la vibración no es muy perceptible, pero están un poco empañadas y una que otra gota se desliza hacia abajo de vez en cuando. Algo del viento de afuera se cuela por la rendija de la puerta. Nena, hay algo que no cuadra con esto de estar pensando en escribirte palabras decentes, no hay nada bueno en mi tipo personal de conversación-estilo-libre. No hay papel o sí hay, pero no al alcance de la mano y eso es suficiente para que se justifique decir que no hay. Quiero escribirte algo y no pensar, escribirte algo con buena letra, dejar que la música siga sonando en algún lugar de la casa, recordar algo de Jethro Tull, cerrar los ojos, dejar que el sonido del viento llegue y que el año se acabe. El teléfono puede sonar en cualquier momento y odiaría contestarlo. No hay nada de conversación estilo libre en un teléfono, y en el teléfono no soy precisamente hábil así que seguir en el suelo es mi mejor forma de no hacer nada y por tanto mi forma ideal de engañar a mis tragedias por un rato. Seguro más tarde, en otra ocasión, los colores y las grietas del techo serán más claras y pueda entonces levantarme a escribirte algo.

Tomado de:  Mangadelvalle

Nota biográfica: Miguel Barrios Payares. (Astrea - Cesar 1986) Estudios de Ingeniería de Sistemas en la Universidad Popular del Cesar. Miembro del taller de creación literaria José Manuel Arango adscrito a la Universidad Popular del Cesar y a Renata. Ganador II Concurso Nacional de Cuento, 2011. Recibió mención especial en el Concurso de Cuento y Poesía “Materialización de lo inasible” 2007, género Cuento. Algunos Cuentos suyos han sido publicados en las antologías “Materialización de lo inasible” 2007. “Viaje a la memoria”, Renata Valledupar 2009, en la revista Puesto de Combate No 76, 2010. Antología de cuentos Talleres Literarios, 2010.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Dankir Ortiz


Por: Dankir Ortiz.

JURAMENTO DE MIS PASOS

Segundas circunstancias sólo existen
en el territorio de las pisadas constantes.

Miles de ojos persiguen mis pasos
entre bolsas plásticas con rostros…

No necesité morir para saber
que sólo la mirada
devuelve el hambre a mis pisadas
y las convierte
en fruto de los postes.


JURAMENTO DE UNA NO RAZÓN

Lo contrario a la verdad es verdad.

A la prohibición se suma
la imposibilidad aceptada
mientras continúan los partos
alimentando a las hambrientas
                                             cruces.

El niño que se saca los ojos
para apreciar el color
                                   de la historia,
es quien le da color.

Y de una barba inequívoca
se desprenden mariposas.

Continúan las preguntas... vístete.



ÉL...

“no-útil”– como el café
que se niega a termina
        con mi mirada –

cierra un libro como
                            piernas
y la tinta se seduce.

Mientras copula con la historia
deja al insomnio dispararle
y hasta se atreve a donar
sus intestinos a la muerte.

Ahora es árbol...
y sus raíces son el hambre
de mi tinta
y su silencio es ese río
utilizado como espada contra el ojo
y sus hojas la esperanza de la
                                            espera.

Cuando estuvo horizontal
enterraron sus manos
                                    para ramas
crecen lenguas
que reclaman el acuerdo.



ELLA...

La tierra es verde
porque no le niega el paso
ni a mi muerte.

...en la entrada del teatro
le tocó dejar los labios
al  solicitarlos
rostros
      que no han sido calcinados.

Hay que esperar la falla del
                                          tablado
donde la luz no se robe
                                las miradas.

Esperar la falla de la
                                   venda
y a la herida desnudada
                                    en el encuentro.

Esperar el filo del papel,
los árboles copulan   
y cada beso es el suicidio de
                                    unos ojos.

Karma es... más que nadie
y la espero desigual.

Dankir Ortiz. Riohacha, 1984. Reside en Valledupar desde 1993. Forma parte del Colectivo Literario Yuluka. Estos textos han sido extraídos de la antología Yuluka -Poetas de Valledupar- (Bogotá: Común Presencia Editores, Colección Los Conjurados).

viernes, 9 de diciembre de 2011

Diógenes Armando Pino

Un secreto para ser contado

Por: Diógenes Armando Pino Avila

A Joaquín y Arquímedes, y a todos los que como yo, también tienen sus amigos.
1
Este es un secreto que he guardado toda la vida y que hoy después de consultar con mamá y obtener su visto bueno te lo quiero contar, para que sepas de primera mano qué es lo que pasa y no le pongas atención a las murmuraciones. Tu compromiso es: escuchar y no repetir, pues debes guardar mi secreto y no traicionar la confianza que deposito en ti.

Comenzaré contándote que desde muy niño tengo un amigo, creo que antes que yo naciera ya contaba con su amistad. Su nombre es Miguel, ¿Miguel qué? Hummm, no se su apellido, nunca me lo ha dicho, o mejor, nunca se lo he preguntado, pues sí, ¿para qué el apellido? si siempre estamos los dos solos y tenemos que jugar y hablar escondidos donde nadie nos vea.      

Joaquín
Cuando niños sí, jugábamos delante de la gente y permanecíamos hablando de cualquier cosa, temas de niños, digo yo, pero cuando comencé a asistir al colegio sobrevinieron los problemas, pues los otros niños le dijeron a la maestra que yo me la pasaba jugando y hablando solo, he hicieron una ronda y me corretearon por todo el patio del colegio gritando en coro que yo estaba loco y fue tal el alboroto armado, que salieron todas las maestras y la directora del plantel y casi que a la fuerza me rescataron de la turba infantil que me gritaba y me zarandeaba de un lado a otro.

Asustado, en los brazos de mi maestra, lloraba y miraba a todos lados en busca de mi amigo, hasta que le vi con el rostro enjugado en lágrimas, todo tembloroso escondido detrás de unas matas de bambú que le proveía de sombra al patio de la escuela. Me hizo señas y con un dedo sobre sus labios me pidió que no hablara de él con las maestras. Le hice caso y cuando me llevaron a la rectoría y me interrogaron sobre lo ocurrido, tuve gran cuidado de no mencionarlo.

La directora me miraba fijamente con esos ojos de lechuza, que escondía detrás de las gruesas lentes de montura de carey, y al ver que no podía sacarme ninguna información, le dijo con seño adusto a mi maestra «La mamá de este niño debe venir hoy a hablar conmigo, ¡llámela!» esa sentencia me asustó mucho más, con la mirada busqué a mi amigo, él desde un rincón me hizo señas encogiéndose de hombros, yo entendí lo que me quería decir y me tranquilicé. Mi maestra levantó el teléfono y marcó el número de mi mamá, conversó con ella y sin mayores detalles le dijo que había un problema conmigo, que era necesario que viniera a la escuela de inmediato.

Arquímedes
Se hizo el silencio en la rectoría, yo miraba a mi amigo que se había sentado en el piso y desde su posición me sonreía, dándome ánimos, mi corazón latía aceleradamente y golpeaba con violencia mi pecho, veinte minutos después, entró mi madre, se abalanzó protectoramente sobre mí, indagando: «¿qué le ha pasado al niño?»—Mientras me abrazaba. «No se preocupe señora –dijo la directora—el caso todavía se puede controlar»

Le llevó aproximadamente media hora hacerle una exposición de psicología, para explicar que yo era un niño con problemas, con un comportamiento anormal, pues acostumbraba a jugar y a hablar solo y que los demás niños de la escuela me creían loco, que hablara conmigo para que modificara mi comportamiento o me pusiera en manos de un psicólogo. Mamá le escuchó con mucha atención y cuando terminó le pidió amablemente que nos dejara solos en la rectoría para hablar conmigo. Salieron, mamá cerró la puerta y apretándome contra su pecho me besó de nuevo, llamó a mi amigo Miguel lo sentó en las piernas y nos dijo «La amistad de ustedes no se va acabar, pero han de tener más cuidado, deben jugar y conversar tan solo en la casa, por eso, Miguel —le acarició el cabello— tú no debes acompañar a José al colegio, la gente no puede verte, se extraña, y cree que él habla solo, a partir de este momento te vas conmigo y no sales de la casa, espera a que José llegue y ahí sí, pueden jugar y hablar el tiempo que quieran» —me besó, tomo a Miguel de la mano y salió de la rectoría, llamó a la rectora y le dijo— «Asunto arreglado, no volverá a suceder»—se despidió y salió con una sonrisa radiante en su rostro llevando de la mano a mi amigo que con su mano blanca me hacía señas de adiós.

2
Después del episodio en la escuela las cosas cambiaron. Solo en casa, en un corredor enorme que hay en el patio, jugaba y hablaba con Miguel, mamá solo participaba para apaciguar los ánimos exaltados, ya que algunas veces subíamos la voz.
Miguel y yo corríamos en el espacioso patio, jugábamos a las escondidas, yo estaba cansado —Miguel nunca se cansa— y tenía que esconderme, corrí hacia la casa, al entrar oí a mamá hablando animadamente con otra mujer, entré en puntillas al dormitorio, ¡vaya sorpresa! Ahí estaba mamá sentada en la cama hablando con una señora de su misma edad, con un enorme parecido a mi amigo. Mamá al ver mi rostro de sorpresa, soltó la risa y me dijo «Ella es mi amiga Marce, es la mamá de Miguel» ésta inclinó su cabeza en gesto de saludo y me sonrió. Mamá me explicó que era su amiga desde la infancia, y que como las demás personas no la podían ver, entonces se la pasaban hablando en el dormitorio. Ahí comprendí por qué en las noches escuchaba conversando a mamá con otra mujer. A partir de entonces fuimos una gran familia que en la soledad de la casa hablábamos de temas variados y departíamos largos ratos en una amistad inigualable, claro, los vecinos comenzaron las murmuraciones, que aún subsisten.
3
Pensé que mamá y yo éramos los únicos que teníamos este tipo de amistades. Estaba equivocado, un día me di cuenta que no, pues en el pueblo existen dos personas a las que quiero mucho y que desde siempre me han llamado poderosamente la atención son ellos Joaquín y Arquímedes, con los que me la llevo muy bien, (demasiado bien dicen algunos de los amigos que conocen de esta amistad.).        

Nunca andan juntos, pues cada uno tiene sus propios hábitos. Joaquín, es feliz caminando a grandes zancadas por el muro de contención que bordea a Tamalameque y protege de las inundaciones del río, extendiendo sus recorridos por la calle Palmira el barrio de los pescadores, hasta el final de la calle del comercio en el sector conocido como El Colorado.
Joaquín tiene la rara tendencia de ponerse un pantalón encima del otro lo mismo que dos camisas y acostumbra a cargar colgado al cuello unas cuerdas de las cuales penden como cuentas de collar, una infinidad de artículos usados que van desde lapiceros, peinillas, envases de desodorantes, y elementos que él pacientemente va coleccionando para lucir con su particular atuendo. Ah, olvidaba mencionar que le gusta usar una cinta rodeando su cabeza a la altura de la frente y en ella porta plumas de gallina, como penacho, al mejor estilo indígena.        

En cambio mi amigo Arquímedes es más urbano, su recorrido lo hace por el centro del poblado y lo termina generalmente en la puerta central de la iglesia, donde se pone de rodillas y eleva su acostumbrada oración al Santísimo. Sobre su atuendo te diré, usa, al igual que Joaquín, varios pantalones y varias camisas una encima de otra, a pié descalzo, en su hombro porta partes de una atarraya vieja y en el otro hombro carga una vara en cuyo extremo cuelga un lío de ropas viejas donde cubre una serie de cachivaches inservibles que colecciona.         

Son dos seres que deambulan por las calles de Tamalameque. Para mí, gente normal. Para el resto de la comunidad no, La gente dice cosa de ellos, porque sus atuendos no son los convencionales, y aparentemente permanecen hablando solos unas conversaciones interminables. Ya habrás adivinado con quién hablan, pues sí, también tienen sus amigos que las demás personas no pueden ver.

Yo que tengo la dicha de ver al amigo de Joaquín y al amigo de Arquímedes te voy a contar lo siguiente: El amigo de Joaquín se llama Gregorio, tiene aproximadamente la misma edad de él, viste camisa verde y pantalón blanco de botas anchas, es de piel morena y de cabellos crespos, muy parecido y un poco mayor que mi amigo Miguel, pobrecito siempre que le veo lo noto cansado, chorreándole sudor por la frente, caminando casi al trote, tratando de alcanzar a Joaquín que camina a grandes zancadas y no precisamente por la sombra. El otro día le oí quejarse de que mantenía ampollas en los pies por las largas caminatas, pero Joaquín no le escucha, pues sus temas y discusiones datan de 25 años atrás donde en una madrugada se le paró el reloj del tiempo y en su cerebro se detuvo la historia, desde entonces, solo habla del pasado como si fuera su presente y las personas que menciona se han ido o están muertas que es lo mismo. 

El amigo de Arquímedes se llama Víctor, es de tez blanca y cabellos negros, su rostro también es parecido al de Miguel, viste camisa y jean azul, es un hombre pausado, reflexivo, casi un sabio, muy decente, pues nunca le he escuchado una mala palabra y siempre está diciéndole a Arquímedes que guarde la compostura, sobre todo cuando se enoja con los jóvenes del pueblo que le hacen burlas.
4
Por razones de trabajo tuve que mudarme a un pueblo cercano, La Jagua de Ibiríco. Allí conocí a una anciana, se llama Carmen Elena. Ella permanece sentada en un escaño de la plaza principal, es una morena de baja estatura que tiene aproximadamente 85 años, su atuendo es especial, faldas y blusas color beige con un trapo del mismo color que le sirve de tocado con que cubre su revuelta cabellera blanca, carga en su cabeza un lío de ropas, pues lleva su equipaje encima, ella no solo tiene un amigo, tiene dos, y hablan todo el tiempo con ella; me llamó mucho la atención que cuando yo pasaba a su lado, muy disimuladamente me daban la espalda, por lo cual no podía verles la cara. 

Un día tomé la decisión de hablar con Carmen Elena y tomando como pretexto regalarle una empanada, le puse conversación y le pedí permiso para sentarme a su lado en el andén, ella sonrió ampliamente y asintió con la cabeza, incluso pienso que me miró con alegría, le dijo al amigo que estaba a su derecha que se corriera un poco, este lo hizo y yo me senté entre los dos, iniciamos una conversación trivial, ella quería saber sobre mi vida y cuando comencé a contársela me interrumpió y dijo que ya la conocía que le hablara de otra cosa, comencé a hablarles de mi amigo de infancia y el amigo de ella que estaba a su izquierda terció diciendo «eso lo sabemos».       

Entonces el otro amigo de ella el que estaba a mi derecha me dijo –«cuenta algo que no sepamos» En ese momento le miré la cara y me sorprendí grandemente, giré la vista y miré la cara del otro y fue mayor mi asombro, el de mi derecha era muy parecido a Víctor el amigo de Arquímedes y el de mi izquierda se parecía a Gregorio el amigo de Joaquín, me miraron y se rieron, más que todo Carmen Elena y haciéndome un guiño con sus ojos me invitó a proseguir la charla, muy entrecortadamente dialogué con ellos por algunos minutos, le brindé la empanada a Carmen Elena y me despedí con el compromiso de volver.     

Desde que hablé con ellos no he podido olvidarlos, cuando regresé a casa en Tamalameque, le comenté a mamá lo que había pasado y le pregunté qué opinaba, ella se rió como siempre con su risa franca y me dijo –«No te preocupes, ellos son iguales y los mismos!»

Si lo dijo mamá tiene que ser verdad, pues ella nunca se equivoca cuando de amigos de infancia se trata.  

sábado, 3 de diciembre de 2011

Diógenes Armando Pino Avila

El peso de la carreta

Por Diógenes Armando Pino Ávila

La lluvia de fuego que el sol emite, castiga su cuerpo sudoroso.  Empuja resoplando la carreta donde carga su esperanza desvaída. Los autos pasan rugiendo a su alrededor, en una danza de muerte que hace algunos meses aprendió de memoria. No siente miedo, no es que sea valiente, es que engavetó su miedo en lo más profundo de su alma. Algunos conductores le lanzan improperios. No responde. Solo empuja su carreta con el terco afán de salir de esa avenida que ostenta un nombre de prócer de la independencia.

El semáforo cambia a verde, él se apresura a cruzar a la izquierda, busca la calle más tranquila y de escaso tráfico, la que lo conduce al barrio de clase media donde tiene su clientela. Se detiene con su carreta bajo la sombra que proyecta un árbol en la acera. Descansa, disfruta de la suave brisa que golpea su rostro y mitiga su amargura. El sol está ahí, acechándole con odio, a dos metros, esperándolo fuera de la silueta de sombra del árbol bondadoso. Siente deseos de no seguir, añora su finca, su vida en el campo. Siente nostalgias por su pasado, por su tierra. Aún recuerda las madrugadas, oyendo desde la hamaca el mugir del ganado, el cantar de los gallos y el trinar de los pájaros en los frutales que poblaban su patio. Recuerda cómo le llegaba desde la cocina el aroma del café que su mujer preparaba  en el fogón de leña que él mismo había fabricado, con la leña que él mismo había cortado. Cómo extraña su mundo.

Eran plenamente felices hasta que llegaron Ellos “Los Primeros”. Si, Ellos, “Los Primeros”, como él les llama ahora, llegaron con sus fusiles, secuestros y “vacunas”, diciendo que los iban a sacar de la pobreza, que eran los defensores del pueblo. En sus discursos siempre hablaban de paz y justicia para todos y que les darían la libertad. De los pueblos y ciudades, llegaban camionetas, camperos lujosos, en ellos llegaban los hacendados y comerciantes para hablar con el jefe de cuadrilla,  regateaban como en sus negocios, el valor de las extorsiones y vacunas y al calor de unos tragos de whisky cerraban el negocio despidiéndose con abrazos y palmadas en las espaldas.

Después llegaron los otros, “Los segundos”, así les llama ahora. Estos llegaron con sus fusiles sus “vacunas” y motosierras.  Se comenzó el juego del gato y el ratón: los primeros perseguían a los segundos y viceversa. Luego llegaron las mismas camionetas y camperos trayendo a los mismos hacendados y comerciantes para que hicieran el mismo negocio, pero con ellos llegaron los políticos y éstos más astutos negociaban sin dinero, pedían respaldo y votos, señalaban a sus enemigos y comerciaban con la vida ajena y los dineros del Estado.

Después llegaron “Los terceros”, así les llama ahora. Llegaron con sus fusiles y sus “falsos positivos”, dijeron que perseguían a los primeros y a los segundos, eso decían. Terminaron siendo amigos de “Los segundos”  y en conjunto perseguían a “Los Primeros”. A partir de ahí se  complicó todo, pues esos tres grupos terminaron persiguiendo a los campesinos que nada tenían que ver con sus negocios, rencillas e ideologías. Empezaron las muertes selectivas, el terror, el desplazamiento forzado y los falsos positivos (Tres plagas producidas por agentes diferentes para diezmar a la misma población: Los campesinos).

Resistió cuatro meses, hasta que “Los segundos”  le acusaron de ser de “Los primeros” y le quitaron el ganado, le dieron doce horas para abandonar la zona, y si no desalojaban lo mataban a él y a su familia. Sintió miedo e impotencia, lloró con amargura abrazado con sus hijos y mujer. Metió la ropa que pudo en una bolsa y salieron por el monte, esquivando el camino en una huída que aún no termina.

Hoy como todos los días se levantó de madrugada, ya no escucha el mugir del ganado, ni el canto del gallo, ni el trinar de los pájaros. Ahora a sus oídos llega el rugir de las motos, el bramar de los carros. En su pieza de cartón ya no huele el café que preparaba su mujer. Ella tuvo que quedarse con sus familiares mientras él trata de labrarse un nuevo destino en esta ciudad de mierda que odia con todas las fuerzas de su ser.

Odia a la ciudad, por sus carros y sus motos desbocadas. Por sus largas calles y avenidas llenas de tráfico inhumano. Por los policías que lo molestan en las calles. Por la indiferencia de sus gentes ante el dolor ajeno.  La odia por haber inventado en el pasado, próceres y héroes de mentira. La odia porque en el presente inventaron también muchos próceres más, tantos que los nombres no les alcanzaron y tuvieron que numerarlos para darles identidad. Los odia porque no sabe si esos nombres son un número o simplemente el inventario de sus muertos. La odia porque cobija en su seno a los políticos que negociaron la vida de las gentes y los bienes del Estado.

El sol penetra la sombra donde descansa, frunce el seño y decide proseguir su tarea, empuja su carreta y grita con voz ronca: «Plátanos, papayas, aguacates, bananos» Los músculos de su espalda se tensan con el esfuerzo, siente que su cansancio aumenta. El pavimento reverbera la miseria de la calle y por los orificios de las suelas de sus zapatos desflorados penetran los clavos ardientes de la pobreza con noticias de urgencias de dinero. Fija la vista en una casa modesta y grita con más fuerzas: «Plátanos, papayas, aguacates, bananos». Se abre la puerta y por ella asoma una morena de cuerpo esbelto que le sonríe, el sonríe también. Detiene la carreta, la mira a los ojos y le llama con una inclinación de cabeza. Ella se acerca con un caminar sensual, le provoca deliberadamente. Bajo la bata semitransparente que viste se alcanza a notar unas curvas rotundas, un niño se asoma a la puerta gritando «Mami» ella voltea a mirar al niño y este dice «tráeme un banano»  él, desde la acera, observa la redondez de sus nalgas. Cuando la tiene cerca, frente a sí, le señala los productos que lleva en la carreta, ofreciéndoselos.  Ella inclina el busto para ver los plátanos y por el escote deja ver las tetas macizas que lo tienen embrujado.

Ella toma un poco de cada producto, los coloca en una bolsa, le sonríe y le dice: «Esta noche te pago» El solo sonríe y dice «bueno». Continúa su marcha bajo el sol. La carreta ahora pesa menos y odia menos la ciudad.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Rodolfo Lara Mendoza

No hay brecha entre nosotros y la Tierra

No hay brecha entre nosotros y la Tierra
Por eso sé que es mía la mano de humedad
que resucita tus nostalgias cuando llueve
Y ese amplio bulevar de tus dolencias
que suelo recorrer también cuando no estás conmigo

No hay brecha entre nosotros y la Tierra
Y el pájaro que canta en tu mirada
sacude con sus alas este montón de hojas que soy

Pedido poco usual para una muchacha de tienda

He esperado hasta el silencio de la tienda
para hacer mi encargo,
he aguardado hasta los últimos pedidos
para hacer el mío:
“un cuarto y cuatro onzas de cielo” que tú con tu presencia,
 muchacha, me brindas por adelantado
Así que acabo por solicitar otra cosa:
galletas o mandarinas que sacas de una caja
como de un sombrero,
yogures que justifican mi espera hasta el silencio,
hasta ese corazón que guardas en el anaquel más alto
A veces, por descuido, solicito algún artículo agotado,
y niegas en la flor de tu tristeza como quien
vuelve a los lugares de siempre y los encuentra cambiados
Muchacha, quisiera que también se te agotara esa tristeza,
 por eso siempre me abstengo de hacerte mi pedido,
quién sabe si yo tengo ese trapo de felicidad
que limpie desde adentro tu mirada,
muchacha de ojos tristes como un vidrio empañado

He esperado hasta el silencio de la tienda
para hacer mi encargo,
he aguardado hasta los últimos pedidos
para hacer el mío:
“un cuarto y cuatro onzas de cielo” que tú con tu presencia,
 muchacha, me brindas por adelantado


Telúrica

Perdón por no lanzarte piedras, cielo
Ni elevar hacia tu vientre un pájaro de sol
Perdón por no ensayar figuras
en las nubes de tu desconsuelo
Perdón por ser sencillamente tierra

Invocación

Acogedora mía, patrona de mis ojos,
déjame atravesar las calles con mis cuencas vacías
y estas ansias de hallarte
que todas las mujeres juntas no lograrán saciar
Déjame ser las zetas con que expresas tu sueño
o e1 olor con el que escribes tu presencia en mi alcoba
Déjame estremecido, sumergido en tu tibieza,
como un colibrí que expira sobre el cuenco de una mano,
como un insecto dormido en los vaivenes de una hoja

Acogedora mía, patrona de mis ojos,
déjame un toque de tu sal sobre los labios,
para volverme nube, viento, estrella
y no tocar ya nunca más la tierra


Atardecida de amor sin manos

Salimos a buscar la tarde
 aquella que de cada uno conservaba el otro
Yo ansiaba confesarle que en mí se hallaba intacta
y que ahora en lo cercano de sus ojos
moría la angustia obsoleta de mis años sin verla
La angustia de esos años en los que coloqué
su rostro en otras sin saberlo

Salimos a buscar la tarde
una sombra de lluvia se cernía sobre el cielo
y un tenue resplandor emergía de sus brazos
Quise tocarla
Pero el miedo a que ella terminara de reír
y el mundo irrumpiera entre nosotros demasiado pronto
apagó mis manos

De árbol y pájaro

Yo amaba en ella un resplandor de pájaro
que nadie más veía
Un ala tímida que asomaba a sus ojos
en ciertas noches de luna
Y un inusual gorjeo que no lograba ocultarse
en su respiración dormida

No sé si ella alcanzó a percatarse
de lo verde de mi abrazo
O de esta manera mía de horadar con los pies
la negrura de la tierra
Sólo sé que voló con mis hojas
una oscura mañana de agosto

Y que desde entonces no he dejado de buscarla,
arañando con mis ramas al viento culpable

Romance en plenilunio

Él era una ciudad de piedra a la que nada conmovía
Y ella era la nata espesa del agua que la bordeaba
Cercanos, sí, pero sin conocerse
una noche de luna se encontraron,
guida se supieron metáfora de avenidas inundadas,
De ciénaga que se desborda y lame la soledad de piedra
De una ciudad en la que Dios no ha vuelto a poner su
Mano

Desde entonces se tienden juntos a esperar la luna llena

El baile místico de los travesaños de un techo

Beber hasta perder el sentido,
como esa noche de mis dieciséis
en que mamá salió a buscarme
La imagen de aquel adolescente asido
a la cadera lustrosa de un sanitario
Mirando desde la cama el baile místico
de los travesaños de un techo

Luego los años:
mejor alcohol para llevarse las razones
Aunque el guayabo no sea cosa del cuerpo

Lo digo por las oscilaciones del ahora,
por las intermitencias de un paisaje conocido
que sabe hacer doler la música,
acaso tengan un propósito:
rebobinar los días hasta el rostro lozano de mi madre,
 hasta ver girar de nuevo, en torno a mí,
las maderas extintas de aquel techo

La visita
Viste mi casa
Y el largo comején de ausencias
que dibuja en sus paredes
En ella ningún rastro de mí:
de aquél que fu, tomado de tu mano,
 y que hoy se llama como tu recuerdo

Viste mi casa
Y a aquél que en su interior vagó por años,
malviviendo en silencio,
sólo para vestirse una mañana con tu risa

Textos tomados del libro: “Y pensar que aún nos falta esperar el invierno” Ediciones Pluma de Mompox S.A. Colombia 2011

Rodolfo Lara Mandoza,  Cartagena de Indias, Colombia, 1973. Afirma no tener biografía, sino solo poemas que hablan de un hombre dado a la tarea de rescatar de sí un poco de inocencia.
Primer premio en la II Convocatoria de Premios y Becas del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena 2002. Premio Nacional de Poesía “Gustavo Ibarra Merlano” de La Universidad Tecnológica de Bolívar (Estudiante Universitario) 2005. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Alvaro Maestre Gracía

La imperfecta creación
Debió Dios estar cansado cuando decidió hacer al   hombre.  Tanto   que   al   día  siguiente descansó. Supuestamente lo hizo un viernes y es comprensible  su cansancio. ¿No estamos los viernes exhaustos todos?

Estaba Dios en el Chat-EI-Arab y decidido  a hacer su obra cumbre.  «Esta vez no ordenaré, dijo el Señor; voy a manufacturar al hombre». Tomó un poco de barro y amasándolo le dio forma y soplándolo le dio vida.

El barro  escogido  debió  ser  de  mala  calidad—lo sospecho—porque aunque allí quedaba el Paraíso Terrenal, hoy es un desierto. (¡Tanto barro bueno en Ráquira y en Valencia de Jesús!). Sospecho que era de mala calidad porque   de todo lo hecho por Dios, el hombre  es lo más imperfecto. (Me da temor pensar, siquiera, que Dios haya sido chambón. (No lo pensaré! La culpa es del barro).

Y empezó el hombre a resquebrajarse en todo; le llegó al hombre el aburrimiento y la soledad y Dios le hizo la mujer. (Pudo haberle  hecho la televisión o el crucigrama y no exponerlo al pecado).

Creada  la  mujer, creada  la  malicia  humana  y  las rogativas a Dios para que se les  permitiera hacer lo que ambos querían. (También lo sospecho, porque no se habla en El Génesis ni de acoso ni de violación por parte de Adán). Y Dios les dio el libre albedrío.

Satisfechos, vinieron  los problemas y los trasteos, por cuanto fueron expulsados del Paraíso y se crearon los cinturones de miseria alrededor del Paraíso, que para la época fungía como el hábitat natural para el hombre y la única despensa productiva. Se inventó  el desplazamiento.

Embarazada la mujer, (sospecho  que  en el primer asalto), llegaron los antojos y Adán fue empujado  por su mujer a buscar mangos en el Paraíso y apareció el robo al invadir predios prohibidos  no obedeciendo al tradicional letrero: "Cuidado:  Perro bravo", que presumo habría también allí.

Parida la mujer, apareció la desnutrición, el desvelo y otros males no tan menores, que forzaron al hombre a buscar  trabajo  en  cualquier  actividad  y se creó  el patronato humano  (el divino  ya era  evidente)  y la obediencia debida.

Crecidos los hijos, (y sólo hablo de los dos mayores), nació en el hombre la envidia, el rencor y el crimen. Y ya eran  cuatro   los  humanos,  de  los  cuales  una  era desobediente (Eva),otro pecador (Adán),otro criminal (Caín) y el único aparentemente bueno (Abel),estaba muerto.

Y vio Dios que eso no era lo que Él quería y entonces creó el Poder y la Esperanza para corregir el mundo o resignarlo, en un plan de contingencia Divina.

¿veremos algún día a Dios satisfecho de su obra? Nosotros esperemos, que Dios es el Poder. Al principio, todo fue tinieblas y Dios hizo la luz; Harry Truman creó de nuevo la tiniebla, pero volvió a brillar la luz y en esa incesante lucha de luz y tinieblas, he de ver que la luz triunfe y puedas tú, Sofía, al fin, ver que sí existo.

Alvaro Maestre Gracía. Villanueva Guajira 1.951, Publicó el poemario El Triunfo de la Palabra en 2004, en corrección La Segunda Huída.
Tomado

jueves, 17 de noviembre de 2011

Oscar Parra Barrios

(Poemas tomados del libro: "Festejo de lo perdido")

ESTE SILENCIO
que derrama la poesía
viene envuelto en un manto
 de asombro.
¡Y cae...
...cae!

¡Dios. mío!...

haz que el vacío
sea menos filoso.

SOPLO  DE TI EMPO
a Bélgica Quintana

Hay un viento
en el hueco del silencio

-pasos que arborecen-
Mientras las horas
se beben mi último reflejo
... Sucede
que me hago luz
al otro lado de las estaciones

AL OTRO  LADO DE LAS ESTACIONES
la ciudad contempla su funeral
de risas

- Átame al silencio -

Sepúltame bajo los mágicos flirteos
que arden a cada instante
en la lejanía de la infancia

HUESOS DERRAMAN SUS HUELLAS
en el afanado abandono de los miedos

¡Ay, dolor! ...

Deja de alegrarte
por lo que no ha ocurrido.

OLVIDO
Déjame abrazarte
También estoy cansado de ese imperio absurdo
de soledades

Bitácora de los trenes:  déjame cavar en ella
mi propio suspiro
o lo poco que me resta  por perderte

Mis huesos están pegados al mismísimo silencio ...


COMO  DUELE SABER QUE YA EXISTO
borbotean  todavía las llagas
en mis huesos

El árbol de los linajes  bañó con su esperma
sombras preñadas de fe
que  a mi sed no dieron muerte.

Ungí los miedos bajo  el sepulcro
de los sinsontes
Y su trinar ha puesto voces a este silencio

VIAJES
El filo de los miedos atravesó
por un costado  del abismo
donde pasó mi infancia
vestida de pájaro

El tiempo rompió fuente
y dio flujo al silencio

Por el mismo hueco
se dieron a la fuga Jos secretos

Entre incendios de campanas
el alma estaba cruzando
umbrales en la sombra  ·

ENTRE NIDOS VIEJOS
miradas curtidas
de aves que emigraron

-Se aletea en silencio
el reposo de los sueños-

Y el alma se adentra
dando vuelcos al pasado

HORAS ESPERAN
más allá de las sombras ...

Espejos reclaman
sus secretos

Nada les tengo...

Todo se derramó durante el viaje.

UNA CONNIVENCIA
de años que corcovean

-rompe las olas como espejos-

Sólo el silencio permanece  intacto
                                                  a Solenys Herrera



Oscar Parra Barrios.  Nace en Aracataca, Magdalena. Poeta y Gestor cultural. Poemas suyos han sido publicados en la Revista Poesía Viva, Cartilla El solar y en el Portafolio Literario Connivencia. Ha participado en las compilaciones de autores Guajiros: “Los Hijos del Pez”, editado por la Universidad de La Guajira; “Palabra y Residencia”, editada por la Dirección Técnica de Cultura Municipal; Cuentos Renata Guajira, como diplomante en el Taller de Escritura Creativa, editada por el Ministerio de Cultura. Actualmente es miembro de la Fundación Atrapasueños. Trabaja como Instructor en el área de Redacción y Sustentación de Informe.







domingo, 6 de noviembre de 2011

Yadira Vega Mendoza

(Tomado de Revista Letras. Número 2, año 1, octubre de 2011)
Héroes de guerra
Como bejuco seco su brazo reposa
y su enlutado cuerpo lloró de ira.
Los dedos emprendieron la partida
 llevando un apellido hasta la fosa.
Su aliento fúnebre.
Esa sonrisa perdida en el tiempo,
con su mirada opaca
y un lápiz le exigía a su brazo izquierdo.
Cayó el sombrero, cubrió su sombra,
dejando ver arrugas en su frente
y con alfombra de prisioneros,
amontonados indiferentes.

Hechos
Crecen manos abriéndose espacios en la tierra santa.
Lloran los hombres para ahogar su ignorancia.
Corre el deseo para estrellarse contra cuerpos ansiosos.
Se descalza el espíritu para tocar la alfombra de antojos.
Se escupe el lodo con sabor a ajenjo.
Respiro el aroma a carne cruda
y en mi pupila destierro la belleza engañadora de mi ello.
Forcejeo con mis rodillas para no venerar tu figura.
Solo me someteré  a mí misma.


Amo mi tierra
Anochece en mi piel y en el letargo del sueño
la serpiente merodea  en un bosque de muslos.  
Se abren bóvedas para hospedar a los muertos.
 Cobra intereses la deuda del imán.
Labran la tierra mis pasos al andar.
Llora mitierra.
Se ahogan mis palabras cuando pienso en ti.  
Se inunda el Valle con lágrimas de la Sierra
 que fueron derramadas en el Guatapurí.

Dualidad
En una tarde huracanada
Se tejen con tus cabellos trampas para peces.
Arrasan mis pensamientos como lava caliente,
rescatando  la duda y los rencores.
Bajo la lluvia  se decolora  tu aliento 
y con la luz de un relámpago,
se prende la mecha de tu pecho.
Escupe el cielo las calles y se evaporan hedores.
Ronca el trueno enfurecido  sembrando   pánico  a  las palmeras
que se inclinan al paso del viento.
La intrépida brisa levanta la falda del mar
 haciendo pases de cumbia.
Son una sola mis lágrimas con la lluvia,
son una sola mis lágrimas con las tuyas.

Yadira Vega Mendoza, de San Juan del Cesar, Guajira. Esteticista e Instructora de gimnasia. En la actualidad reside en Valledupar repartiendo su tiempo entre sus pasiones: Familia, trabajo, poesía y teatro.

viernes, 28 de octubre de 2011

William De Ávila Rodríguez

Confesiones crepusculares en la heladería
(Tomado de:Revista LetrasNúmero 2, Año 1. Octubre de 2011)
Estuvimos en la heladería de la esquina, al lado de mi casa, allí nos alcanzó a sorprender la luz parda de la noche. Pedimos  cervezas, helado  de  chocolate, maníes y mentas. Nos untamos las bocas de acidez, miel y besos, rompimos la timidez del primer encuentro sin cita previa. Apuramos la bebida que corría espumeante por las gargantas.

En medio  de nuestras voces y risas, nos  quedábamos callados y nos mirábamos los rostros, nos mirábamos a los ojos y cuando allá en el fondo de las pupilas descubríamos el secreto o el deseo del otro, reíamos con complicidad y alguno de los dos buscaba los labios esperantes de caricias y mordiscos.

Deslizaba mis dedos en medio de su pelo recién pintado, que  le caía en el borde  de  los hombros, y mis yemas viajaban por el nacimiento de su espalda, se estremecía y me quitaba la mano  diciendo:"¡necio!"

Habló de las lluvias imparables en un pueblo a orillas del río que  tenía  casas de  bareheque  sobre  palafitos  en  la entrada del puerto. También de abundancias de peces que venían marcados con los números de los próximos sorteos de las loterías, encima  y debajo  de las escamas, y de mujeres, doradas por el sol, que se paseaban todos los crepúsculos por los pasadizos alcahuetes del camellón.

  Habló de reses y caballos, de leyendas y mitos  de otra región, que conservaba sus pies descalzos de niña en las orillas de los playones de un río inmenso, caudalosos que separaba dos naciones. De las trepidantes  brisas de la tarde que amainaban el calor en una llanura verde y sin límites que cuando el mundo se apagaba sólo la pintaban los cocuyos y las estrellas.

Nos tomábamos de las manos y le indicaba sus rumbos mirando las líneas de su mano derecha. Le ponía dos de mis dedos en las sienes y le describía los sueños perdidos en los ramales de su memoria, soñados la noche anterior, la semana pasada o el año viejo. Se sorprendía cuando sabía su sueño y le asustaba que pudiese saber más de su pasado y de sus secretos de mujer bonita. Le dije que le interpretaría las cartas del Tarot y le mostraría las marcas de los astros en los caminos de los hombres. Además, leería el recorrido de su vida, todos los días, en la untura de café que quedara en los pocillos cuando viviéramos juntos.

Escuchábamos vallenatos antiguos y nuevos en voces de cantantes recién impresas en discos compactos. Pedimos también, canciones  de Roberto Carlos, Julio Iglesias y la música de Los aterciopelados. Nos llenamos los oídos de ritmos   conocidos,  historias  de  amores,  alaridos   de guitarras  y  tamborileábamos  los  dedos  en  la  mesa mojada, siguiendo la música con las manos, los ojos y el corazón.

No hacíamos caso de los que entraban ni nos dábamos cuenta de cuando salían. Sabíamos de la muchacha que nos  traía  las  cervezas cuando  éstas se  acababan  y golpeando las palmas de las manos, la hacíamos venir, trayendo los envases repletos de vida y felicidad.

También supo  de  mí, de  ese afán  desmesurado  por romper  los silencios y las angustias de la soledad, del constante  oficio  de  mi  escritura  y  de  los sueños, en travesías interminables por las rutas del mundo. Le hablé de la posibilidad  de emprender  un recorrido  que nos llevara de montaña en montaña hasta todas las alturas de América, para saber la raizal estirpe de los Hombres de Achiote, de los Hombres de Maíz y de los Hombres de Oro. Le dije  que  me  gustaría  permanecer  con  su nombre grabado  en  el paladar, en  las neuronas  sabias de  la memoria  y en las membranas enamoradas del corazón. Que lo llevaría en la sangre y todos los días, al levantarme, lo diría en voz alta para recordar  su sonido de noches alunadas, de flores con lluvia y de vibrátil vuelo de pájaros mañaneros. Le pedí  que  no  olvidara  el  mío, que  lo escribiera  con letras pequeñitas  en las palmas de sus manos, en la blanca suavidad de sus muslos, en el pecho, encima  del  corazón, y        lo  fuera  escribiendo   en  sus cuadernos, en   medio  de  los  dibujos  de  su libro  de ecología, en el brazo del pupitre y en las paredes infinitas de todos los pueblos y ciudades que conociéramos desde ese día en adelante.

Juré que no la olvidaría y que me untaría del calor de sus manos, del sabor de sus labios pulposos y de los olores desprendidos por todos los rincones de su piel. Le cerraba la boca de vez en cuando con el dedo índice y le pedía silencio cuando sonaba una canción que me llenaba de nostalgias y recuerdos. Tarareaba y escribía los versos iniciales en las servilletas en que traían las cervezas, besaba el papel y lo guardaba en su cartera.

Cuando  nos  aburrieron   los  sonidos  de  los  músicos noctámbulos  y   sus   canciones  nos   parecieron melodramáticas, nos dimos un largo beso que nos quedó estampillado en las lenguas y las encías, y lo sentimos en la profundidad de la bóveda de las cabezas y en el recorrido óseo y medular  de nuestras vértebras.  Luego, nos tomamos de las manos y caminamos por la avenida amplia y recién vestida de pavimento, donde no nos despertó del apasionamiento ningún ruido de carros ni de motos. Nos bañamos en la lluvia naranja de mercurio y estuvimos calladitos, sintiendo las palpitaciones del corazón a través de la tibieza y humedad de nuestras manos enlazadas.

Desde entonces, me  he  leído  once  libros  de cuentos infantiles, tres antologías de poesías desesperadas, tres libros de cuentos para adultos y he repasado las hojas de cinco  novelas  latinas.  He  visto  ochenta  capítulos  de telenovelas desabridas, tres largometrajes, tres veces la misma película de karate con actores gringo-japoneses, que dijiste  te gustaba; dos películas que se ganaron el Óscar y una  que  nunca  se lo  ganará. He repetido  de memoria las lecciones de inglés y hasta me inscribí en un curso de francés y me he dormido, conjugando el verbo esperaren todos sus tiempos.

Por las tardes, desde hace quince días, he pedido una cerveza, un helado de chocolate, una bolsita de maníes salados y dos turrones de menta. Todo...lo he consumido, mirando para el portón cerrado de tu casa.

Williiam De Ávila Rodríguez. de Valledupar Colombia. 1963, periodista, Director de la Fundación verde Biche y de la Revista Letras

viernes, 14 de octubre de 2011

ARIANA MOLINA GÓMEZ

POÉTICA DE LA CAVERNA

Los flujos discontinúan el reloj de agua
La ciudad  como nadie
Y todos  en mí
como desviados por aromas  espectros y muros
Hay memoria  en ese titán de miradas
y graznidos  regados  por las calles
Desnudos y mojados por el viento
en la bruma  como  de un cuento de hadas
donde el misterio es el absurdo
en otra edad lagrimada por la necesidad de llorar
el sol muere  pm  las alas Profundas de abismos
Los mercaderes  del vacío,
Venden trozos de eternidad
Yo
regalo papeles rotos y escupidos
escritos por mi perplejidad
pegada  en las  ventanas del infierno.
  
CADALSOS DE LA MEMORIA
  
Viajas por los pontos
A los cadalsos de la memoria,
En barcos de los cuerpos
y esos barcos son el deseo
De naufragar en tus sabanas de aguas
Con que vistes mi desnudez
Sin cantos de sirenas
Sin rocas de ojo
Y dioses tiranos de tiempos y destinos
soy la ola destructora de tu sangre
y tú los hilos con que tejemos nuestros abismos
para gritar en la nada.

Para WG.

 DE LA CÁRCEL
  
No hay niños en el parque
 porque están ocupados
 con sus padres en contar
números de sangre en la pared
  
Un niño junto a la ventana
observa  el parque
en el olvido libre
y una flor de metal
respira la salida.

MONTAÑAS MUERTAS

Mis heridas crecen con pasos
detrás de las montañas muertas
pero en esta soledad
en que los cuerpos se derriten
busco la noche
para hacer el amor con la noche
y habitar sus residuo sangrientos

Para Elenia

CAVERNA NAUFRAGADA

 Hay un desatino en la mórbida de los otros
que señalan la sombra acaecida de soledad
Hay quienes braman
como ladrándole la espalda a los años
Hay látigos soporíferos
 vomitando gusanos de luz
en los espacios de nuestra caverna naufragada.

HISTORIAS DE NAUFRAGIOS

Abismos habito
Cómo encontrar en el crepúsculo
Lo que no está escrito
Hastío de lunas sangrientas
Pupilas dilatadas por el fuego de soles combatientes
Ojos de hierba
Ojos de raíces
Cavilo en las profundidades de tu cuerpo
rodeado de precipicios
 Historia de naufragios
paralizantes en la noche.

DE LA ESPERA

 Piedras  de agua
socavan los barcos
 Hay un imperio
blanco de sangre
Los cuerpos no han sido tomados
por serpientes
Penélope insiste en vencer el tiempo
y el amor del olvido
 ( Poemas tomados del libro ANTOLOGIA Premio Departamental de Poesía del Cesar)

ARIANA MOLINA GÓMEZ, nacida  en Fonseca (La Guajira) en 1986.Desde hace seis años vive en Valledupar donde realizó estudios en Microbiología. Hace parte del Colectivo Literario Yuluka. Ocupó  el Tercer lugar en el Concurso Departamental de Poesía 2009, con los poemas que hacen parte del libro Naufragios En La Caverna (2008-2009).