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jueves, 29 de julio de 2010

VIAJE AL CENTRO DE UN GRANITO DE ARENA

Por: Rodolfo Raúl Reyes Núñez
Tomado del libro: Cuentos Ribereños


Harold vivía con su abuelita a la vera del camino, muy cerca de la población. La anciana era muy devota, y todos los domingos iba a misa, estudiaba quinto grado e iba todos los días a la escuela, con su porta libros a la espalda. Allí, guardaba celosamente un granito de arena, que hace cierto tiempo le había despertado la curiosidad. Por tal razón, cuando estaba solo, lo desenvolvía, lo observaba detenidamente y lo volvía guardar. Harold deseaba saber qué había dentro de aquel granito de arena.

Un domingo, la abuelita se fue a la misa y recomendó al niño no salir de casa hasta que ella regresara. Cuando se sintió solo, colocó su mesita de trabajo cerca de la ventana, por la cual penetraban los rayos del aquella mañana, dando al chico la gran oportunidad de observar otra vez el granito de arena bajo la más poderosa de las luces. Es bueno adelantar que Harold tenía un amiguito secreto, con el cual conversaba cuando estaba solo. Era un duendecillo llamado Tizlit. Para invocarlo pronunciaba tres veces su nombre y ¡zas!, aparecía la diminuta criatura

−Aquí me tienes -dijo- de pies sobre la mesita de Harold para qué soy bueno? -preguntó.

−Quiero saber cómo es este granito de arena por dentro.

−¿De veras? Tienes dos caminos: que te cuente cómo es, o quo hasta él y te convenzas por tus propios ojos.

−Quiero convencerme por mis propios ojos -dijo Harold.

El deseo de Harold por llegar a ser tan pequeño, más pequeño que un microbio, y ver por dentro de qué estaba formado el granito de arena, conmovió de tal forma a Tizlit, que aquel duendecillo sacó su varita mágica y tocó la frente de su amigo, diciendo:

−¡Viaja viajero, que yo te acompaño con mi pensamiento!

Harold comenzó a reducir de tamaño rápidamente. El duendecillo lo puso en la palma de su mano, levantándolo a la altura de sus ojos. Le hizo un pase mágico y el pequeño quedó envuelto en una transparente esferita de energía.

−A partir de ahora, amigo, podremos conversar por telepatía; cuéntame lo que estás viendo.

El granito de arena estaba sobre la mesita en el centro de un pedazo de papel y se supone que Harold viajaba ahora hacia él, pues había desaparecido de la mano de Tizlit. En el aire, un puntito luminoso que emitía fuertes destellos, fue la única evidencia de aquella conversación. Las dos voces se podían escuchar nítidamente. He aquí la plática:

−No te veo Tizlit, ¡tengo miedo!

−No temas, nada podrá penetrar en la burbuja de energía que te envuelve.

−Te oigo, pero no te veo.

−No me ves, porque soy demasiado grande.

−Oh! Tengo frente a mí un gran planeta amarillo, erizado de puya parece una guanábana.

−No es un planeta; es un grano de polen de malvavisco.

−Allí va una alfombra inmensa; parece de plástico.

−Es un pedacito de piel de lagartija.

−Oh!, allá va una gigantesca nave extraterrestre. Tiene cuatro tubos hacia adelante y cuatro hacia atrás.

−No es ninguna nave. Es un ácaro de los que habitan en el polvo de la ventana.

−¡Qué bello espectáculo! Son millares de luminosas estrellas. Eso debe de ser una galaxia.

−No es ninguna galaxia, Harold, es el polvo de tu estudio, iluminado por los rayos del sol.

−Ahora veo ante mí una inmensa montaña de mármol, qué belleza!

−Acércate más, Harold, que ese es el objeto de tu viaje.

−Es ese el granito de arena?

−Efectivamente.

−¡dáaaaa!

−Acércate más y más, Harold, y continúa narrando.

−¿Tú ves a través de mis ojos?

−Sí; es maravilloso ver a través de los ojos de los demás,

−¡dáaaaa!

−Sigue hablando, amigo.

−Ya no alcanzo a ver el contorno de la inmensa roca; solamente picos, grumos y muchos huecos, −Sigue adelante.

−¡Tizlit!

−Dime!

−Esta roca está viva, ¡tiembla!, ¡tengo miedo!

−No temas, sigue adelante. Efectivamente, la roca está viva. Lo que ves en movimiento son las moléculas.

−Voy a entrar por un gran túnel, temo estrellarme contra esas cosas que se mueven.

−No temas, no te estrellarás. Los campos magnéticos de esas cosas no atraerán tu esfera de protección.

−Ahora estoy como en un espacio interestelar.

−Si te verás más pequeño aún. Ahora el granito de arena es una verdadera galaxia.

−¡Oh qué belleza!,  Lo veo y no lo creo!

--Si. Es increíble, pero cierto. Todo granito de arena ha aumentado al
tamaño de la vía láctea, es como una galaxia. Las moléculas son Constelaciones; los átomos son soles, y los electrones son planetas.

−El mundo está bien hecho. ¿Verdad?

−Efectivamente. Ver para creer.

−¿Por qué mientras yo viajo, los cuerpos celestes parecen inmóviles, si dicen que los electrones giran vertiginosamente alrededor del núcleo?

−Al disminuir el tamaño de quien observa, disminuye también el movimiento en el objeto observado. Tú estás viajando, relativamente, a la velocidad de la luz; por tal razón, ves que los electrones o planetas están inmóviles.

−Tizlit, ¿así son todos los granitos de arena?, ¿todas las cosas?

−Sí, todo; sea grande o pequeño, está hecho de la misma forma.

−¿Y el cuerpo humano?

−El cuerpo humano es la réplica de la creación. Cada órgano es un supergalaxia, y así sucesivamente.

−¿Y dónde está Dios?

−Dios reside en el cerebro; desde allí ordena y gobierna todo el universo,

−¡dáaaaa!

−Bueno, ya llegaste al centro de la galaxia y eres del tamaño de una molécula. Así que no debes disminuir más porque podrías reducirte a un átomo y entonces perderías tu identidad. Es hora de regresar.

¿Mi edad sigue igual? ¿Habré rejuvenecido o envejecido?

Sigues igual, gracias a la burbuja de protección. De lo contrario, por lo vertiginoso del movimiento al cual te has expuesto, se habrían acelerado tus procesos vitales a tal punto que, ya habrías muerto de viejo hace rato.

−¡Tizlit, veo ovnis que centellean como luciérnagas por todas partes!

− ¿Aparecen y desaparecen?

−Sí, parecen chispas de bengala.

−¿Trazan curvas caprichosas?

−Sí. Temo que se vayan a estrellar contra mí!

−Estás viendo los psicotrones, la materia esencial del universo. De eso está formada la mente de Dios y la tuya. ¡Eres afortunado!

!dáaaaa!... ¡regrésame pronto, Tizlit!, ¡regrésame que tengo miedo!

Y así el mágico duendecillo accionó sus poderes para que Harold saliera del granito de arena, aumentara de tamaño, volviera a su mano y luego, 'al taburete donde estaba sentado frente a la mesita de trabajo, antes de emprender el viaje. El chico lucía maravillado y feliz. No era para más. ¿No era para más quién no quisiera viajar a través de los pequeños grandes mundos? Pero ¡ojo! No lo vayas a intentara través de una célula viva!

La abuela regresó de misa. Tizlit hizo su acostumbrada seña de hasta luego con el pulgar levantado y desapareció. En casa todo seguía igual, como si no hubiera pasado nada.

Rodolfo Raúl Reyes Núñez, nació en Lorica Colombia y desde hace 43 años reside en San Miguel de las Palmas de Tamalameque donde ejerció la docencia.

sábado, 24 de julio de 2010

Bolívar acude a una cita

Por: Julio César Londoño

AUNQUE GABO NO ES UN ESCRITOR delicado, hay un pasaje de El general en su laberinto que parece escrito con pincel.


La escena tanscurre en Kingston, Jamaica. Bolívar hipnotiza al auditorio con sus relatos de páramos, triunfos y traiciones. De repente entra al salón una mujer que lo deja mudo. Es Miranda Lindsay, la esposa de un rico hacendado inglés. Ella también está impresionada. Es la primera vez que está frente al Libertador. Óseo y pálido, con patillas y bigotes ásperos de mulato y con el cabello largo hasta los hombros, parece mucho mayor de sus 32 años. Tiene una corbata blanca y una gardenia en el ojal. “Vestido así, en una noche libertina de 1810, una puta galante lo había confundido con un pederasta griego en un burdel de Londres”.


A la hora del té, Bolívar aprovecha un momento de voces altas para pedirle una cita. Miranda le regala su mejor sonrisa y sus ojos dicen mil cosas… entre ellas no.

Pero días después él recibe un mensaje insólito. Es una boleta de ella para que vaya en la noche del sábado, solo y a pie, a un paraje deshabitado. Bolívar sopesa la situación. Sabe que Kingston hierve de conspiradores, reconoce que acudir a esa cita es no sólo es un riesgo inútil, sino una insensatez histórica, pero al final tiene que aceptar que es incapaz de incumplirle una cita a una mujer como esa.

Ella lo esperó sola a caballo en el lugar previsto y lo llevó en ancas por un sendero invisible hasta una ermita abandonada. Se sentaron frente a frente en dos bancas rústicas, iluminados por el fuego de una antorcha clavada en el muro. Bolívar habló de cosas triviales, como un animal que hace círculos en torno a su presa esperando el momento justo para saltarle encima, pero se contuvo. Sabía que “en los preámbulos del amor ningún error es corregible”. Iba en mangas de camisa, con el cabello amarrado en la nuca con una cinta roja como una cola de caballo, y Miranda lo encontró más atractivo y juvenil así.

Sus rodillas casi se tocaban. Bolívar le tomó las manos y le recitó un poema que mezclaba requiebros amorosos y fanfarrias de guerra en octavas reales bien medidas y bien rimadas. Ella sonrió como la primera vez, él trató de besarla, ella lo dejó acercarse hasta sentir el calor de su aliento y volteó la cara: “Todo se hará a su tiempo”, dijo.

Llovió, el agua se filtró por las troneras del techo, el Libertador contraatacó varias veces, pero siempre fue esquivado con fintas gráciles. Al alba, desesperado, sacó el as: “A las tres de la tarde me voy para siempre en el vapor de Haití”. Ella se levantó con una dignidad casi ofensiva: “Entonces buen viaje, Libertador. Los hombres afanados no son buenos amantes”.

“Hasta nunca”, dijo Bolívar furioso.

Ya en el caballo, Miranda se permitió otra insolencia: “Es verdad lo que dicen: que su vanidad es casi tan grande como la de Napoleón”. Mientras revisaba las correas de la cincha, él rezongó: “Tal vez sea cierto eso, pero hay una diferencia, yo no he permitido que me coronen”.

Cuando Bolívar regresó a su casa encontró a su amigo Felix Amistoy desangrado en la hamaca donde él hubiera estado de no ser por la falsa cita de amor. Lo había vencido el sueño mientras esperaba al Libertador para darle un mensaje urgente. Un sirviente manumiso, pagado por unos conspiradores entre los que figuraba el marido de Miranda, le había asestado once puñaladas.

Miranda conocía la conspiración. Amaba a su marido y admiraba a Bolívar. La cita fue la única manera que concibió, luego de largas noches de desvelos, para salvar al Libertador sin denunciar a su marido.

Bolívar siempre creyó que todo fue un golpe de suerte. Nunca supo que ella había tenido que burlarse de él y traicionar a su marido para salvarlos a ambos.

Julio César Londoño
Tomado de: http://www.elespectador.com/columna-215074-bolivar-acude-una-cita

viernes, 23 de julio de 2010

El caso Vespucio, según Zweig

.Por: Fietta Jarque
20/07/2010
Tomado de: http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2010/07/el-caso-vespucio.html#more

América. Un nombre equivocado para todo un continente. Una sarta de malentendidos, mentiras y medias verdades que adjudicaron ese nombre nada menos que al Mundus Novus. Al paraíso terrenal que los europeos del siglo XVI, hundidos en guerras, abusos, pestes y pobreza vieron como una esperanza de pureza, redención, de fortuna. Como el auténtico Edén bíblico. Lo único que hizo este florentino fue escribir un cuadernillo en forma de cartas, relatando de forma amena lo que decía haber visto en estas nuevas tierras descubiertas por Colón. Pero mientras el genovés persistía en considerarlas como islas y costas de la Indias, Américo Vespucio (Florencia, 1454-Sevilla, 1512) fue el primero que las reconoció como territorio desconocido y nuevo, entre Europa y Asia. Se ha recuperado un delicioso texto de Stefan Zweig, Américo Vespucio. La historia de un error histórico (Capitán Swing Libros) que cuenta y desenreda todos los increíbles embrollos que dieron con el bautizo del continente con el nombre de este escritorzuelo que, con sólo 32 páginas, pasó a la inmortalidad.



Fueron entre cuatro y seis folletos titulados genéricamente Mundus Novus y aparecieron en 1503, no se sabe bien si en París o Florencia. A lo largo de la década anterior se había realizado la mayor cantidad de descubrimientos geográficos de los anteriores cinco siglos. Pero todavía no se sabía muy bien en qué consistían. Una de las virtudes que hicieron que los libritos del mal llamado Albericus Vespucius (se repitió esta errata en las primeras ediciones) fue que por primera vez se relataban las aventuras en estas tierras incógnitas con gracia y buena escritura. Describió extraños paisajes y animales, la apariencia de los indígenas inocentes en su desnudez y dramatizó sobre su canibalismo. Los anteriores relatos, hechos por marineros o viajeros de torpe verbo, no habían logrado ese impacto. El segundo acierto fue el título. Dos palabras que revolucionaron Europa. El por qué llegó a llamarse con el nombre de Américo Vespucio a este territorio fue producto de una especie de estrategia editorial. El éxito de esta obrita llevó en 1504 a un editor veneciano a reunir varios relatos de viajeros junto al suyo y a titularlo Mondo novo e paesi nuovamente ritrovati de Americo Vesputio, que atribuía así al florentino el descubrimiento de lo que entonces tampoco se concebía como continente sino como unas islas y tierras de conexión desconocida. El mal estaba hecho y su fama de descubridor se difundió fuera de control. Una nueva edición, más ambiciosa, realizada en Saint-Dié, un pequeño pueblo cercano a Estrasburgo, que incluía la ampliación de los hasta entonces vigentes mapas de la Cosmografía de Ptolomeo con los nuevos descubrimientos, concluían con una nota de uno de los eruditos que lo elaboraron, el joven Waldseemüller, que proponía llamar al Nuevo Mundo, Américo o América, en recuerdo de su descubridor. Imprimieron la palabra sobre el mapa y nada pudo parar sus reproducciones. Aunque más adelante el propio Waldseemüller enarboló una campaña para deshacer el entuerto (quizá a petición del propio Vespucio), el nombre había calado en el imaginario de la época por su sonoridad. Zweig dice que América era una palabra conquistadora.



El relato del autor vienés no se limita a rastrar todos estos datos y contarlos en un relato tan entretenido como erudito, sino que añade posteriores investigaciones que aclaran ciertos puntos. Stefan Zweig (1881-1942), llegó a ser muy conocido en su época, como autor, pensador, periodista, poeta, viajero y pacifista. Se exilió en Brasil, uno de los lugares que Vespucio visitó y del que dijo "si hay un paraíso terrestre en algún lugar, no puede estar muy lejos de aquí". Por eso, tal vez, no quiso esperar a que este paraíso se convirtiera en infierno. Angustiado al pensar que el nazismo se apoderaría del mundo, Zweig se suicidó junto a su mujer en Petrópolis en 1942 y poco después sus libros dejaron de reeditarse con la regularidad anterior hasta casi desaparecer de las librerías. Afortunadamente ahora se están recuperando en traducciones al español, principalmente editadas por El

miércoles, 21 de julio de 2010

La monja del hospital

Por: Nestor Quiroz Moreno
Del libro La Monja del Hospital y otros Relatos.

Los dolores borrascosos que sentía en la boca del estómago me mantenían malhumorado. Una noche, justo cuando esos dolores al¬canzaban su mayor intensidad, alguien se acercó sigilosamente por detrás de mí al mismo tiempo que me decía en tono agradable que yo tenía cuerpo de boxeador. Torcí la cabeza hacia la persona que hablaba y su aire de pureza me dejó encantado. Era una monja grandota (raro, pues la mayoría de ellas son chiquitas), de cara angelical (más raro aún, porque no todas son atractivas). El uniforme inmaculado que llevaba con devoción y elegancia, la identificó como toda una autoridad y no como el fantasma que me perseguiría durante todo el tiempo que estuve hospitalizado. El encanto de su presencia momentánea terminó con mis dolores y con el mal humor. Inmediatamente después ella apagó la luz de la habitación 213 y yo cogí el sueño pensando en lo que sería de mí el martes, día de la intervención quirúrgica.

Tengo que advertir que el lugar, donde funcionaba el hospital, era una vieja edificación que se caía a pedazos debido a la humedad que se filtraba desde el río por sus cimientos, ascendía por las paredes y llegaba al estucado del techo que de vez en cuando se descascaraba sobre nosotros. En su interior el ambiente era pesado, en ocasiones incómodo y caluroso por la estrechez del lugar y por el acelere constante con el que actuaban las hermanas carmelitas en procura de la recuperación de los convalecientes. La disciplina que se mantenía en el recinto estaba a cargo de la monja que me había dicho que yo tenía cuerpo de boxeador; la misma que estaba encargada de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Religiosa amable, de buen hablar y cariñosa con los enfermos. Organizada y exageradamente puntual.

Por lo menos a la cita de la seis de la mañana nunca faltó y como cosa curiosa, a una de las primeras habitaciones que entraba era a la 213, donde me acompañaban dos internos más. Una vez llegó en su recorrido habitual de las primeras horas del día al cuarto nuestro, abrió la puerta de un empujón sin anunciarse, entró como una tromba y gesticulando gritó frente a nosotros:

—¡Levántense, flojos, que al que madruga Dios lo ayuda!

Con el primer regaño improvisó charlas sobre higiene personal y, con algunos consejos prácticos, terminó demostrándonos la manera de meter el pene en el pato sin auxilio de nadie, la forma de ir al baño arrastrando el trípode del suero y, por último, nos enseñó la oración que rezábamos todas las noches antes de acostarnos para que durmiéramos sin pesadillas y nos levantáramos, sin pereza, en el santo nombre de Cristo. Terminada la charla se despidió, dio media vuelta y en la distancia se le oyó la voz despertando a todo el mundo de habitación en habitación, por el largo corredor del segundo piso. De regreso se puso iracunda porque me encontró nuevamente arropado de pies a cabeza. Yo me hice el dormido, el que roncaba.

Sigilosa se acercó a la cama y tomó con fuerza, a la altura de los dedos gordos de mis pies, la sábana que me cubría y, de un tirón, me dejó pelado como un guineo. Después de la pilatuna yo solté la carcajada y ella de la rabia terminó comparándome con el demonio.

Antes de que se marchara la reparé atentamente de pies a cabeza y me pareció bastante joven para el cargo que ostentaba: coordinadora de pabellón. La monja vestía la indumentaria impecable de su congregación. Los pliegues de su uniforme, anchos y ceñidos a la cintura, se prestaban para comentarios del personal de turno. El atuendo que le cubría la cabeza lo formaban el tocado que fijaba en sus sienes con dos discretos ganchos y el sutil velo que caía sobre sus hombros. La falda, alargada hasta los tobillos, le daba altivez y le cubría dos sólidas piernas que más tarde se convertirían en la ruta que mi mano tendría que recorrer hasta las greñas que bordeaban la cisura de su voluptuoso sexo. Los mocasines que calzaba brillaban igual que zapatos de general. Además, eran instrumentos complementarios de autoridad. El isocronismo de su taconeo, sobre la baldosa reluciente, bastaba para que la identificaran enfermos y subalternas, quienes corrían a restablecer el orden cuando ella se acercaba. El tropel mañanero lo armaban en las habitaciones las enfermeras de turno.

—Vamos, vamos, rapidito que estoy atrasada —dijo una que por su edad estaba a punto de jubilarse. Administró la droga que nos habían recetado y salió con la misma prisa con la que entró.

La coordinadora, que ya estaba en la habitación, la siguió con desinterés hasta la puerta y cuando la enfermera hubo desaparecido comenzó a revisar unas tablillas de madera rústica que colgaban de unos clavos hundidos encima de la cabecera de las camas. En unas hojas adheridas a esas tablillas se anotaban a manera de diario los procedimientos, las drogas prescritas y los exámenes que se practicarían.

Hojeó rápidamente la historia clínica de cada compañero y cuando tomó la mía dijo:

—Al paciente fulano de tal hay que repetirle las placas porque las de ayer se velaron. Así que ponte esto y me esperas en Rayos X —estiró el brazo y me entregó una bata blanca muy corta.

A ese recinto plúmbeo había ido tantas veces que ya conocía el camino de memoria.

Una raída y añosa butaca me esperaba en el estrecho lugar. Me senté y comencé a desvestirme despacio antes de que llegara la monja. El interior no quise quitármelo porque la bata era demasiado corta y, por mi estatura, dejaba al aire parte de mi sexo. De todas maneras cuando ella entró, yo estaba vestido con mi curiosa prenda fabricada con tela burda, sin mangas y abierta totalmente por la parte de atrás donde iba anudada con unas tiras a la espalda. Sin mediar palabra y sin darme ninguna explicación montó en cólera y comenzó a regañarme. Luego se calmó y entendí la razón. No me había quitado el calzoncillo y eso, supuestamente, la hacía perder tiempo. La prenda, suave en apariencia, me la había hecho mi mamá, como tantas otras, con lona de recoger algodón. Recuerdo que cuando la estrené aún tenía impreso el número del lote en una nalga. Al principio me maltrataba por lo áspero del tejido y solo dejaba de escaldarme cuando se amansaba con el uso diario implacable. El regaño me sirvió para correr a quitarme la prenda agujereada y colocármela doblada debajo del brazo, mientras ella en el cuarto de control se colgaba en el cogote el delantal de plomo y acomodaba el chasis portaplacas entre las costillas del equipo fijo de radiología.

—Deja el interior en la butaca, súbete en la plataforma, pega bien el pecho contra el aparato y colócate las manos en las cintura —fue su orden.

Hice todo al pie de la letra. Sin embargo, me dijo en voz alta que estaba mal parado. Afanada salió de su encierro, se fue por detrás y alcancé a sentirla agitada por la cólera. Enseguida enderezó mis hombros, la barbilla me la acomodó sobre la barra del aparato, llevó mis manos nuevamente a la cintura, metió las suyas por debajo de mis brazos en asas para arreglar la bata que cubría apenas tres cuartos de mis muslos y, susurrándome al oído, volvió a decirme que yo tenía cuerpo de boxeador.

—¡Quieto! —-ordenó con vehemencia y salió corriendo para el cubículo de seguridad, miró por el cristal de la pequeña ventana y gritó de nuevo:

—No te muevas. Toma bastante aire. Sostenlo, sostenlo. Ya puedes respirar.

Otra vez:

—¡Listo! No te muevas. Respira profundo, sostén el aire, sostenlo, ya puedes respirar.

Así, con mayor frecuencia y asedio, me hacia repetir el ejercicio. La dificultad de sostenerme en pie me dejó agotado. Cuando terminó quise decirle algo pero cruzó uno de sus dedos índices sobre mis labios. De ahí en adelante su mirada inocente se volvió lujuriosa. En las charlas nocturnas no volvió a hablarnos más del pecado de la carne ni de los valores esenciales. Tampoco de ética y moral.

De manera que, lo que comenzó como una esmerada atención se convirtió, con el paso de los días, en un acoso. Lo comprobé el día que el doctor pidió los resultados del estudio radiológico. Todas las placas aparecieron tomadas en el tórax cuando la operación debía practicarse en el abdomen. Nunca he podido explicarme la razón que tuvo el médico para aceptar los argumentos que esgrimía la monja sobre las causas de la equivocación. Su poder de convencimiento llevó a que el doctor ordenara nuevamente los RX.

De tomarme las últimas radiografías salí desesperado hacia mi cama. El dolor era tan tenaz que doblé el cuerpo hacia delante y las manos las llevé a la boca del estómago. Caminaba como si quisiera besar el suelo. Cuando entré, los compañeros de habitación se secreteaban en voz baja. Al notar mi presencia se miraron entre sí y luego preguntaron, casi en coro, pqr las razones que la monja tenía para asearme y atenderme de la manera que lo hacía. Oficio que según ellos, debía corresponderles a las enfermeras disponibles. "No tengo la menor idea", les respondí. Para distraerlos, les propuse que nos sorteáramos entre los tres la responsabilidad de quién era la persona capaz de preguntarle el nombre a la coordinadora en la próxima visita. Cuando llegó, todos nos miramos como si quisiéramos sacarle el cuerpo a tamaña tarea. Esta recayó en el interno de la cama número tres.

—Sor Dulcina Bravo —respondió aún empapada por la lluvia. Esta monja se había graduado en enfermería superior y estaba terminando las prácticas en el Hospital San Jerónimo. Oriunda de la región cafetera, de unos veinticinco años más o menos, alta y con la corpulencia suficiente como para mantener, en forma erguida, su figura trigueña que rebasaba los ciento ochenta y cuatro centímetros de porte. El atuendo religioso que le cubría la cabeza permitía apreciarle la cabellera abundante que, por mojada, llevaba discretamente suelta y bien cuidada. Pero lo que más resaltaba el acabado de la esbelta mujer, eran sus ojos oliváceos que, según ella, hacían honor a los cafetales de su región.

El invierno no cedía y la lluvia no era obstáculo para que la monja llegara puntual, como siempre, y primero que el grupo de médicos que hacía la ronda de costumbre para programarles a los enfermos sus turnos de operación y a los recuperados darles de alta. La hermanita se ponía delante de ellos, los presentaba con sus respectivas especializaciones y, una vez terminaba la ceremonia inicial, hacía lo propio con nosotros.

—Este es fulano de tal, estudia veterinaria y está programado para el martes —explicó a los doctores.

Siguió hacia los otros enfermos:

—Luis Carlos es un carabinero que fue herido en los Montes de María. La guerrilla le destrozó un pulmón que ya fue operado.

El otro también le fue afectado por una bala de fusil pero funciona a plenitud.

Giró hacia donde estaba Jesús Antonio:

—Este sinvergüenza se fracturó la pierna y un brazo en un accidente de chalupa. Él mismo la conducía borracho por el río Sinú como a las cuatro de la madrugada.

De un momento a otro el libreto se cambió y ahora fue el cirujano jefe quien explicó las razones de tipo profesional por las cuales había nombrado a sor Dulcina como coordinadora de esa sección. La miró y se dirigió a ella con elogios y zalemas. La ronda terminó y antes de salir de la habitación la monja nos recordó que a las siete y media de la mañana se celebraría la eucaristía. Nadie podía faltar.

—Quien falte, no podrá ver la pelea esta noche —sentenció. Ese día era sábado y peleaba Rodrigo "Rocky" Valdés, ídolo del momento.

En misa, la monja recorrió con la mirada toda la capilla. Yo no aparecí por ningún lado. Se paró y me fue a buscar. Me encontró solo y empezó a consentirme. No dejó que le explicara los motivos de la desobediencia porque de inmediato intuyó que la culpa era de ella por no haberme llevado los libros que me había prometido para leer.

—Más tarde te traeré Las moradas, obra mística de nuestra patrona Santa Teresa de Jesús, para que la leas y te hagas un lavado espiritual —me animó.

La lectura se convirtió en mi único pasatiempo en ese infierno de inyecciones y cánulas. La corta entrevista pudo haberme permitido preguntarle por las atenciones proporcionadas, pero no me atreví porque cada vez que lo intentaba me ponía nervioso y mi corazón se aceleraba más de lo normal. De todas maneras aproveché el instante para decirle que no iría a la misa. Me calificó de ateo antes de aceptar que no fuera y antes de inventarse un castigo que consistiría en dejarme encerrado en la habitación a la hora de la pelea. Salió contenta hacia la capilla sin yo, hasta ese momento, saber por qué.

Al rato Luis y Jesús, en cambio, regresaron de la misa de Acción de Gracia extenuados. El capellán, encargado del hospital, recién ordenado, se extendió en la homilía más de la cuenta y sudó la fiebre de primerizo. Yo me entretuve con la lectura durante el tiempo que ellos se ausentaron y me dediqué a reflexionar sobre lo que había leído el resto de la mañana. Doce campanadas de la catedral indicaron el mediodía, exactamente cuando repartían el almuerzo. Luis Carlos y Jesús Antonio, durmieron su larga siesta y se despertaron por sí solos porque a mí se me olvidó llamarlos.

Pronto anochecía y del sol, el río tomaba los colores que se descomponían en el horizonte. Próximo al combate, el celador pasó anunciando el comienzo de la velada boxística. Mis compañeros salieron tristes porque el "universitario", como me decían, quedaba castigado. Los despedí con una sonrisa y con el compromiso de que me comentarían, a su regreso, los apartes más importantes de la pelea central.

En el cuarto se alcanzaban a escuchar los gritos de "dale, Rocky, dale". "Túmbalo, Rocky, túmbalo" Cuando llegó, entró y cerró la puerta tras ella con cerrojo. Eso me puso más nervioso, incómodo y puso patas arriba mi estadía en el centro hospitalario. Cuando me saludó, apenas la escuché. Me atortolé y no recuerdo si el saludo se lo respondí con un gesto o con unas buenas noches, que ella no alcanzó a entender por el tono de la voz que se me hizo más grave con el susto. Sor Dulcina se sentó en la cama. Se puso de pies. Su enhiesta figura me infundió cariño y su niveo uniforme la hizo ver como una santa. Mi vista estaba perdida por los espacios del salón. Ella caminaba en silencio de un lado al otro y cuando se detuvo frente a mí, nuestras miradas colisionaron. Los destellos de la fricción provocaron un fenómeno cósmico que iluminó, con la luz de mis pupilas, su rostro angelical y afectó el mío con el resplandor hiriente que despidieron sus ojos encendidos.

—Hoy llevas veinte días hospitalizado y aún sin operar. ¡Ojalá no pases del martes! —dijo simulando algo de preocupación. Avanzó dos pasos y sonrió.

Se acercó hasta donde yo estaba y tomó como siempre la iniciativa. Comenzó acariciándome el pecho. El ligero cosquilleo que sentí fue provocado por la destreza con la que manejaba los dedos de sus prodigiosas manos expertas en masajes. Yo seguía acostado boca arriba y la monja me ayudó a incorporarme un poco. Giré mi cuerpo y me apoyé un tanto sobre el codo izquierdo sin que me molestara el dolor de la boca del estómago que se había calmado a peso de morfina. Esa posición permitió que yo metiera la mano derecha por debajo de su falda y experimentara la vibración de su cuerpo. Comencé a explorarlo desde las pantorrillas. En el sensual recorrido hacia los muslos, mis dedos fueron testigos de la tersura de su piel y de la firmeza de sus carnes.

De ahí en adelante a ella se le fueron las luces y a mí se me agrandó el tamaño de la mano cuando agarré fuertemente sus nalgas de piedra. El impacto le hizo blanquear los ojos y emocionada alzó la cabeza hacia el cielo. En un esfuerzo por controlarse pidió a los santos que le ayudaran y comenzó a rezar una oración sin dejar de manosear mi pelvis. Pensé que se había impresionado con lo que se desenroscaba entre mis piernas, mas no fue así. Antes por el contrario, impulsada por el huracán que se agitaba dentro de ella, se animó y me ofreció sus carnosos labios. La besé y le puse control a mis manos. Los gritos de victoria llegaban desde la sala de televisión cada vez con mayor fuerza:

—¡Ganó Rocky! ¡Ganó Rocky!

Preocupado le sugerí que dejáramos las cosas de ese tamaño, pero la monjita, con sus pasiones exacerbadas, abandonó lo que en ese instante acariciaba y me tomó por las muñecas para colocar cada mano en su sitio otra vez. Una la condujo delicada y lentamente hacia la horcajadura. En el recorrido, a través de la superficie de su vientre plano, me tropecé con el pelambre hirsuto de su pubis, donde dejé enseguida que mi dedo índice se deslizara suavemente a lo largo de los labios de su sexo. Mi mano permaneció allí, inmóvil. Sor Dulcina se retorció. La otra se la estrechó en su pecho y le clavó bruscamente el aguijón de sus afiladas uñas. Retemblaba, mientras se iba inclinando en busca de mayor emoción. Sus voluminosos senos quedaron al alcance de mi boca y los pezones de acero, que me apuntaban retadores salidos de madre, me incitaron a rozárselos con la punta de mi lengua, en un juego que la sobreexcitó y la electrizó toda. La corriente le recorrió todo el cuerpo y yo sentí el fogonazo en la intersección de sus piernas, donde continuaba escarbando con el dedo. Su cuerpo de atleta vibró enardecido con la fo¬gosidad intensa del momento y se desplomó por su estado convulso. De rodillas quedó apoyada en la cama.

—Hermana, hermanita —le dije angustiado, pero no me contestó.

Sin saber qué hacer, probé llamándola por su nombre en voz alta:

—¡Sor Dulcina! ¡Sooor! —tampoco.

Comencé a preocuparme porque ni la bulla ni los gritos la hacían reaccionar. El combate había terminado y la monja no daba señales de vida. Entonces decidí sacudirla por los hombros para que recobrara los sentidos antes de que llegaran Luis Carlos y Jesús Antonio. Exhausta regresó del éxtasis y me pidió perdón por lo acontecido. Se levantó ruborizada y miró mis dedos. Estaban untados de emanaciones virginales y lubricados con el flujo mucilaginoso de orgasmos repentinos.

Cuando la coordinadora se recuperó del todo tuvo tiempo de dominar los impulsos que la habían abatido, de celebrar con en¬usiasmo su primer ritual orgiástico, de enderezar la cofia que le colgaba de su enredada cabellera, de quitarle el seguro a la puerta de entrada, de despedirse de mí con un gesto de felicidad que me obsequió como premio a mi buen desempeño, de partir del lugar rehaciendo con esmero los pliegues de su uniforme en el mismo instante en el que se esfumaba ante mis ojos y se perdía en el intrincado laberinto de mi memoria donde permaneció rebujada esperando un día como hoy cuando súbitamente vuelvo a evocar las atenciones con las cuales me halagaba la monja del hospital a quien no recordaba desde entonces.

domingo, 18 de julio de 2010

¡Y nos creíamos muy vivos!

Por: Daniel Samper Pizano
Tomado del diario El Tiempo del domingo 18 de julio 2010


Desde niño oigo chistes que celebran la viveza e inteligencia de los colombianos. Son cuentos que empiezan diciendo: "Se encuentran un gringo, un ruso, un español y un colombiano y...". El desenlace siempre pone al colombiano por encima de los demás y refuerza nuestra idea de que Dios nos bendijo con un entendimiento superior.

Pues bien, tengo dos malas noticias sobre la "superinteligencia colombiana". La primera es que los chistes que nos aplicamos en vanidoso ejercicio son universales y se oyen en el mundo entero con otros protagonistas. La segunda es que es falso que seamos muy inteligentes. Al contrario: una reciente investigación revela que ocupamos un lugar mediocre en la tabla de Coeficiente Intelectual del planeta. Estamos en el puesto 92 de 184 países, empatados con otros 19.

El Coeficiente Intelectual (CI o, en inglés, IQ) es un índice que mide la inteligencia más allá de la ilustración, la educación o las circunstancias inmediatas. Se creó en 1912 y, con retoques y pulimentos, ya forma parte de los datos personales claves, como la edad o el peso. El 68 por ciento de la población clasifica en el rango de 85 y 115 puntos y 100 es el nivel normal. De 125 hacia arriba hablamos de "inteligencias superiores"; Einstein registró 150 y unos pocos genios se acercan a los 200. Por el lado opuesto, de 85 puntos hacia abajo clasifican los cerebros de "nivel más bien inferior"; en 60 empieza la debilidad mental. Pues bien, según el ranking mundial de CI, el promedio colombiano es apenas de 84: "nivel más bien inferior". Los más inteligentes son los de Singapur (108), Surcorea (106), China y Japón (105), Italia (102), Islandia, Mongolia y Suiza (101). En los sótanos, un puñado de naciones africanas: Camerún, Mozambique y Gabón (64) y Guinea Ecuatorial (59).

Los latinoamericanos de mayor CI son uruguayos (96), argentinos (93), chilenos (90), ticos (89), mexicanos (88) y ecuatorianos (88). Colombia está por debajo de todos ellos y de brasileños (87), bolivianos (87), cubanos (85) y peruanos (85). Igualamos a paraguayos, panameños y venezolanos. Superamos a los centroamericanos y empatamos, entre otros, con afganos, jordanos, paquistaníes, marroquíes, ugandeses e isleños raros: vanautúes, micronesios...

Como ya lo sugerían los resultados históricos de las elecciones políticas, nuestra inteligencia invita a un severo ejercicio de humildad. No somos los más brillantes, los más vivos ni los más astutos. Por el contrario, pedaleamos en el pelotón colero. Pero no caigamos en la depresión colectiva, pues el CI calla más de lo que revela. Malcolm Gladwell, cronista y ensayista, arguye en su libro Outliers (Fueras de serie) que para triunfar hacen falta más cosas que CI: oportunidades, suerte, inteligencia práctica, entorno, destrezas y capacidad de comunicación. El CI no mide la imaginación, por ejemplo. En cierta escuela británica pidieron a la alumna con máximo CI que inventara usos para un ladrillo y solo se le ocurrieron dos: arrojarlo y alzar paredes. En cambio, un condiscípulo suyo normalito propuso 22, desde levantar muros hasta emplearlo como pisapapeles.

Lo más importante que debe decirse del CI es que sube con agua potable y proteínas, pues mejora cuando mejoran las condiciones sociales de la población. The Economist cita un estudio que registra el asombroso paralelo entre CI y salud pública: la escala que cifra la presencia de enfermedades infecciosas en un país es inversamente proporcional a la de CI: a más enfermedades, menor coeficiente. He ahí, por fin, una noticia consoladora para los colombianos: somos mucho menos inteligentes de lo que creíamos, pero un cambio social podría empujarnos hacia arriba. El problema es cómo lograr ese desarrollo equitativo que hemos impedido peleando como idiotas desde hace dos siglos.

ESQUIRLAS. 1) A ver con qué disculpa explica Chávez la presencia de los jefes de las Farc en su patio. 2) Tan vergonzosos como el intento de demanda de Íngrid Betancourt al Estado son los epítetos contra ella en los foros de prensa.

Daniel Samper Pizano

sábado, 17 de julio de 2010

I Parte--Charla "El Taller Literario" Por Cesar Melis

II Parte--Charla "El Taller Literario" Por Cesar Melis

III Parte--Charla "El Taller Literario" Por Cesar Melis

IV Parte--Charla "El Taller Literario" Por Cesar Melis

Autores defectuosos

Por: Julio César Londoño

LA CRÍTICA LITERARIA MODERNA empieza con Poe, principio y fin de todas las cosas. Antes, había sido un género despistado.

La crítica fue moralista con Platón, ese gran escritor que expulsó a los poetas de su República por considerarlos sujetos peligrosos; y errados porque trabajaban apenas con palabras: sombras del eco del arquetipo. Luego la crítica fue terapéutica con Aristóteles, el catártico, un precursor de los autores de superación, un buen hombre convencido de que los dramas eran como nuestros “dramatizados”, es decir, ficciones cuyo fin era exhortarnos al bien mostrándonos las horribles consecuencias del mal.

Después de que Horacio teorizara algunos preceptos sensatos sobre el arte de la composición literaria, la crítica se extravió durante diecisiete siglos y fue alegatos de poder en los alcázares del Cid, marañas teológicas en los círculos de Dante, retóricos escolásticos en las aulas catedralicias, filósofos perplejos en el gabinete de Fausto, o filólogos minuciosos en los salones de las cortes, hasta que llegó Poe y se ocupó de la cosa en sí: el narrador, la tensión, la verosimilitud, la “unidad de efecto”; fue también el primero en percatarse de que la novela estaba sobrevalorada: “No hay duda de que la novela exige lo que se ha dado en llamar esfuerzo sostenido, pero esto es materia de mera perseverancia y sólo guarda relación colateral con el talento”. (Marginalia, nota LXXXVI). Poe es moderno porque introdujo el cálculo en la narrativa y la exactitud en la crítica.

Siguió Wilde, que descubrió el poder mnemotécnico de la paradoja y la fuerza de seducción del cinismo, y sentó un postulado central: “La crítica es una creación dentro de la creación. El arte se inspira en la vida; la crítica en el arte. El único deber del crítico es dejar una bella página so pretexto del comentario de una obra cualquiera". Estaba vacunado contra las ternezas: “La mala poesía es sincera toda”.

Así, el mundo estaba listo para Borges, un señor que aunó el amor por las paradojas y la alergia al sentimentalismo de Wilde, con la exactitud conceptual de Poe, la concisión inglesa y la gambeta argentina, esa capacidad suya para especular de una manera rutilante, para resumir en una línea el don principal de un autor, o descubrir el hilo que va de Melville a Kafka, de Marlowe a Shakespeare, que teje imperios y dinastías para que una seda china llegue a manos de Virgilio y le inspire un hexámetro, que une un sueño de Coleridge —que luego sería poema— con un palacio soñado por Kublai Khan.

Contra todo pronóstico, los críticos siguen sorprendiéndonos después de Borges. Hace poco, Enrique Vila-Matas sacudió la modorra de la academia con Bartleby y compañía, un librito que parece un oximoron: parte de las anécdotas de los artistas, esos chismes que Paul Valéry despreciaba, para buscar los resortes de las angustias de la creación y, en último término, la razón de ser de las obras inconclusas, la no-escritura.

Por los mismos días, un escritor colombiano estaba armando un ornitorrinco fabuloso: crítica literaria en verso sobre la ciencia ficción: “… Le dije que toda nuestra ciencia ficción, al hablar del futuro,/ permanecía atrapada en los vicios del tiempo en que fue escrita,/ limitada por ellos;/ que el improbable porvenir los leería a él y a Pohl y a Lem, y al terrible K. Dick y a Ballard y a Heinlein, como delicados narradores de cuadros de costumbres,/ embelesados por la actualidad, incapaces de imaginar un futuro/ en el que ya no impere nuestro orden mental,/ sus esferas tolemaicas, su doble mundo platónico,/ su telaraña cartesiana, sus hegelianas acumulaciones, los magnetos de Newton, las cósmicas cavernas de Einstein,/ labradas con espejos enfrentados que se desplazan”. (Fragmento del poema “Peter Endless, autor de ciencia ficción”, del libro ¿Con quién habla Virginia Woolf caminando hacia el agua?, de William Ospina).

 Julio César Londoño
Tomado del Espectador del 17 de julio de 2010

viernes, 16 de julio de 2010

Manuel Mejía Vallejo: UN REBELDE PROVINCIANO Y UNIVERSAL

Por: Rubén López Rodrigué rdlr@epm.net.co

«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. Y Balandú, un pueblo mítico acurrucado al pie de la cordillera y donde el tiempo se había detenido, es un universo imaginario como el Macondo de Gabriel García Márquez. Aunque se hable del provincialismo de Manuel Mejía Vallejo, esto no impide la universalidad de quien se adentró por el camino de la angustia existencial del hombre de hoy, incluida la violencia que lo destruye a sí mismo, igual que la libélula devora su propio cuerpo.

Al jubilarse como profesor de español y literatura en la Universidad Nacional de Medellín (dos años antes había fundado el Taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto), se dedicó de tiempo completo a beber de la literatura como fuente de gozo estético y de conocimiento. Y ello en la doble dimensión de recorrerla sin quedarse a la vera del camino y de hacerla por caminos que se sumaban kilómetro a kilómetro al mapa de su viaje.

Forma, sentido y profundidad

Su obra tiene un trasfondo filosófico, a diferencia de ciertos escritores que se ocupan más de las formas de la expresión literaria y tienden a cultivar la representación artística de la realidad sin mayor penetración en su contenido filosófico, sin mayor interés en un sistema cargado de crítica, reflexión y análisis. Mejía Vallejo, además de cultivar la elegancia poética de las formas, expresa las cosas con sentido y profundidad y da una justificación filosófica de la realidad que tiene frente a sí, con sus caminos tortuosos y accidentados. Y para lograrlo no necesitó acudir al escollo de la erudición excesiva ni valerse de la piedra en el zapato de la retórica aparatosa, ya que es un maestro que nada tiene que ver con la tiranía de los manuales enciclopédicos. Léase novelas como La casa de las dos palmas, Los abuelos de cara blanca, su última novela, Los invocados, o una novela corta como El día señalado; o cuentos como Otras historias de Balandú y Cuentos de zona tórrida.

No sobra decir que la suya es verdadera literatura porque hace de los detalles de la vida grandes acontecimientos sociales. Como Carrasquilla, otro antioqueño universal de quien afirmaba que era un gran rendijiador de la vida, plasma sus vivencias pintorescas de minas, haciendas y labrantíos, de colonos y mineros fundadores de pueblos, tumbadores de montes, abridores de trochas, en la perspectiva de conquistar nuestra propia identidad. («La literatura ayuda a encontrar el propio rostro», decía Sábato). Como Carrasquilla era un lector incansable, un rebelde con causa cuyas novelas, en las que eternizó las costumbres antioqueñas elevándolas al arte, son provincianas a la par que universales.

Al hacer literatura retrataba, incluso sin proponérselo, una situación o una época y bosquejaba prácticamente una pintura de la psiquis cuanto que era uno de esos artistas que se atrevieron a averiguar en su inconsciente donde el horror paraliza al neurótico.

Si Kierkegaard afirmó que la universalidad se logra explorando al propio yo, ese sondeo, que en ocasiones resulta espeluznante (el inconsciente, además de no tener pasaporte, es una realidad tenebrosa), no le fue esquivo a Mejía Vallejo. No hace falta forzar sus poemarios, novelas, cuentos e incluso sus ensayos para ver en ellos formaciones del inconsciente. Son descritos allí sueños, fantasmas, mitos y leyendas de los pueblos. Ese inconsciente que Freud teorizó y que Mejía Vallejo, en su gran escepticismo del psicoanálisis y de todo lo que oliera a ciencia, apenas sí concebía, sosteniendo que hasta el momento nadie sabía qué eran los sueños, ni Freud ni nadie.

Es evidente que lo imaginario, la realidad psíquica inconsciente que tiene la consistencia de una roca, y en especial los sueños (1), le atraían sobremanera pero sin desconocer por ello que la realidad siempre es superior a la imaginación. Cierta vez puso como tarea en el taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto que cada uno escribiera un sueño o una fantasía que se hubiera escenificado en su psiquismo.

Incluso podemos leer a Tánatos en su obra, ya que especialmente en su narrativa de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado predomina el tema de la violencia. Remitimos al lector a Tiempo de sequía, Cielo cerrado, Cuentos de zona tórrida y El día señalado. Inscrito en ese camino realista da un salto, como brincando sobre un arroyo para alcanzar la otra orilla de lo imaginario, como cuando el botón de rosa se abre y se convierte en flor. Y en Las noches de la vigilia supera el cuento realista de la violencia creando una nueva modalidad onírica, alucinante, mitológica. Y es que, como él manifestó, la imaginación, la pesadilla y los sueños hacen parte de nuestra vida cotidiana. La realidad tiene dimensiones múltiples y no es sólo aquello que miramos, tocamos y entendemos. Y la psiquis es tan real como el viento que actúa aunque no se ve. Pues bien: es en este salto cualitativo donde adquiere su cédula de ciudadanía el universo mítico de Balandú.

Primero se es hombre, luego escritor

Difícilmente su obra es una literatura no comprometida y destinada únicamente a ofrecer belleza a la retina o al tímpano. No: es una literatura combativa, de protesta y enjuiciamiento contra las injusticias políticas, sociales, económicas y religiosas. Como se sabe, este compromiso ha sido de la tradición de la literatura hispanoamericana desde sus comienzos.

Veamos su rechazo al regionalismo imaginario de los antioqueños, pues su universalidad no le permitía ser americano, colombiano o antioqueño. Por lo tanto, no entendía la falacia de “La raza antioqueña”. O mejor dicho: sí la entendía: como no existe ninguna raza pura en el mundo, estas concepciones eran para él vanidades dañinas, regionalismos de la desvinculación imaginaria, presunciones del liderazgo antioqueño para alguien como él que seguía un camino universal sin fronteras: «cuando hace lustros prensa y radio anunciaron que se había estrellado un avión contra el edificio más alto del mundo, muchos paísas brincaron a la calle para ver qué le había ocurrido al Hotel Nutibara» (2).

Las novelas, cuentos, ensayos y poemarios de Mejía Vallejo, además de expresar una visión singular, única y particular de la realidad dramática de los habitantes de una aldea, un pueblo o una ciudad, trazan grandes retratos de nuestra época, constituyen un espejo de varias lunas que refleja --al igual que lo hicieron escritores como Hemingway, Joyce, Calvino, Proust, García Márquez, Borges, Rulfo y tantos otros-- un íntimo conocimiento del Hombre. Sus cuentos están a la altura de los más prestigiosos cuentistas latinoamericanos, dígase Rulfo, Borges, Cortázar, Quiroga, García Márquez, y aunque no se muevan entre la letra y la sangre como los de Rulfo, sugieren que la violencia, y no sólo la colombiana, es una barbaridad.

¿Y su fama? De hecho no hizo parte del manoseo de la fama del boom latinoamericano de los años sesenta ni en Colombia ha tenido el prestigio de un García Márquez o de un Alvaro Mutis. Pero además de que se regía por los principios del arte y no por los vaivenes del mercado, también está el factor de que para sobresalir como escritor en este país primero hay que ser reconocido en el exterior.

Dos características del cuento mejíavallejiano son el lenguaje poético y el carácter filosófico de las sentencias, por cierto dos facetas que brillan por su ausencia en muchos de los cuentos que han desfilado ante nuestros ojos.

La naturalidad y belleza poéticas presentes en sus cuentos tienen por momentos un sabor a Oeste y remiten a una infancia embebida en películas de vaqueros y unos aires que traen a las narices olores de campo. Se encuentran en esos cuentos gentes en busca de oro, petróleo, hierro y diamantes, jinetes que llegan galopando por calles solitarias entre casas medio derruidas, gritando y con los sombreros al aire, los clientes jugando a las cartas en un rincón de la cantina, las trampas cuando la suerte rueda en contra, la ley de cada cual en la mano que dicta sentencia con un cuchillo o un revólver.

Pulía sus cuentos como un diamante en bruto hasta convertirlos en joyas, lo cual implicaba casi siempre quitar y no poner. En sus cuentos no hay explicaciones porque la literatura no es didáctica, no pretende enseñar y lo que ofrece es el placer de la lectura. Seduce al lector desde la primera línea y el final de sus cuentos obedece a un momento lógico. Para él los relatos requieren de una columna vertebral que sostenga la fuerza del mismo.

Animador de fiestas y velorios sin tener que echarse una guitarra al hombro ni salir a recorrer los caminos montañosos de Antioquia, valiente explorador no equipado con sombrero de caña ni mordiendo tabaco, ni el machete al cinto y bajo la ruana de paño negro el carriel de nutria que guarda la barbera, ni el juego de póker y el pañuelo rabo de gallo; estaba soportado por la lucidez y su palpitante sensibilidad.

Era razonable su admiración por el estilo de Fernando González porque para este pensador (mas no filósofo) el verdadero estilo consistía en manifestarse con naturalidad y utilizando un lenguaje duro, sin adornos, llamando a las cosas por su nombre con una expresión diáfana y directa. Eso de que el estilo verdadero consistía en manifestarse naturalmente era bien distinto a imitar a los clásicos, a los románticos, a los modernistas, o a García Márquez. Cada cual debía atender y obedecer a su propio espíritu a su propio “demonio”, como diría Sócrates o no será nadie sino un disfrazado.

En lo tocante a sus ensayos incluidos en su libro titulado Hojas de papel nos presenta una prosa libre, espontánea y no tan afinada como la de sus cuentos y novelas. Es una prosa de luces y sombras, ya que figuran allí personajes de mucho peso cultural como Carrasquilla, León de Greiff, Barba Jacob, Carlos Castro Saavedra, al lado de otros de poca trascendencia y que fueron sus amigos. Esa prosa espontánea, poco racionalizada, hace que a menudo se diluya en afectos que se esparcen como una bandada de palomas ante las campanadas de una iglesia y que sus ideas se rieguen como bisontes en estampida. Su otro libro de ensayo se titula El hombre que parecía un fantasma, sobre el poeta Barba Jacob. Mas esos personajes pretextos para asociar ideas y afectos no implican tomar el camino del ensayo superficial, alimentado por unas posturas personales marcadas por el facilismo. Hay ensayistas que gustan de tales senderos y exigen que se los lea y se les continúe publicando.

Una saga como la de Balandú no ha terminado. Cada lector seguirá escribiéndola. De modo que la muerte de Manuel Mejía Vallejo fue sólo un alto en el camino. Y ya sin recorrer los caminos interiores de su memoria, ha dejado de hacerle velo a sus enseñanzas extraídas de la vasta cantera de sus experiencias personales y nos ha dejado con generosidad su obra universal.

En un ciclo de literatura escenificado en “Los martes del Paraninfo”, concluyó su discurso improvisado con estas palabras: «Mi tarea es cumplir como hombre y vivo la vida del hombre hasta el máximo que permita el corazón, y también sin permiso de él. No nací para ahorrar vida y si muero diez años antes de lo que podría vivir, tampoco me importa porque la tarea no es durar»

(3) . Y efectivamente había cumplido su tarea como hombre. Porque, según su concepto, primero se es hombre y luego escritor. No obstante ser una de las tareas más difíciles en cualquier época, ante todo ser hombre bajo cualquier circunstancia, sea poetizando si se tiene talento, labrando madera si se tiene habilidad, cantando si se tiene buena voz, esculpiendo si se tiene maestría, rezando si se tiene buena fe, sembrando caña y café si se cuenta con el saber adecuado para ello.

Como él dijera: vivir no es cumplir años ni atender a las manijas de un reloj que sostiene la vanidad de medir el tiempo. Vivir es duda, es descubrimiento personal, es camino llagado. Por ello cita a Efe Gómez cuando afirma: «¿Qué va a saber un reloj en qué horas estoy yo?» (4).

NOTAS:

1. Véase Otras historias de Balandú.
2. Hojas de papel, p. 147. El Hotel Nutibara ha sido un lugar de tradición en Medellín.
3. Ibid., pg. 24.
4. Ibid., pg. 153.

Tomado de:
© Rubén López Rodrigué
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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miércoles, 14 de julio de 2010

Un narrador en la intimidad

Enviado el Miércoles, 14 de Julio del 2010 (15:52:56)

En este texto exclusivo, el narrador chileno Roberto Bolaño —quien murió un 15 de julio, hace siete años— nos asoma a los laberintos de su escritura con su característico humor. Publicado en La Ventana de Casa de Las Américas Cuba.

por Roberto Bolaño

Mi cocina literaria es, a menudo, una pieza vacía en donde ni siquiera hay ventanas. A mí me gustaría, por supuesto, que hubiera algo, una lámpara, algunos libros, un ligero aroma de valentía, pero la verdad es que no hay nada. A veces, sin embargo, cuando soy víctima de irrefrenables ataques de optimismo (que finalizan, por otra parte, en alergias espantosas) mi cocina literaria se transforma en un castillo medieval (con cocina) o en un departamento en Nueva York (con cocina y vistas de privilegio) o en una ruca en los faldeos cordilleranos (sin cocina, pero con una fogata).

Metido en estos trances generalmente hago lo que hace toda la gente: pierdo el equilibrio y pienso que soy inmortal. No quiero decir inmortal literariamente hablando, pues esto sólo lo puede pensar un imbécil y a tanto no llego, sino literalmente inmortal, como los perros y los niños y los buenos ciudadanos que aún no se han enfermado. Por suerte, o por desgracia, todo ataque de optimismo tiene un principio y un final. Si no tuviera final, el ataque de optimismo se convertiría en vocación política. O en mensaje religioso. Y de ahí a sepultar libros (prefiero no decir "quemarlos" porque sería exagerar) hay un solo paso.

Lo cierto es que, al menos en mi caso, los ataques de optimismo se acaban, y con ellos se acaba la cocina literaria, se desvanece en el aire la cocina literaria, y sólo quedo yo, convaleciente, y un ligerísimo aroma de ollas sucias, platos mal rebañados, salsas podridas.

La cocina literaria, me digo a veces, es una cuestión de gusto, es decir es un campo en donde la memoria y la ética (o la moral, si se me permite usar esta palabra) juegan un juego cuyas reglas desconozco. El talento y la excelencia contemplan, absortas, el juego, pero no participan. La audacia y el valor sí participan, pero sólo en momentos puntuales, lo que equivale a decir que no participan en exceso. El sufrimiento participa, el dolor participa, la muerte participa, pero con la condición de que jueguen riéndose. Digamos, como un detalle inexcusable de cortesía.

Mucho más importante que la cocina literaria es la biblioteca literaria (valga la redundancia). Una biblioteca es mucho más cómoda que una cocina. Una biblioteca se asemeja a una iglesia mientras que una cocina cada día se asemeja más a una morgue. Leer, lo dijo Gil de Biedma, es más natural que escribir. Yo añadiría, pese a la redundancia, que también es mucho más sano, digan lo que digan los oftalmólogos. De hecho, la literatura es una larga lucha de redundancia en redundancia, hasta la redundancia final.

Si tuviera que escoger una cocina literaria para instalarme allí durante una semana, escogería la de una escritora, con la salvedad de que esa escritora no fuera chilena. Viviría muy a gusto en la cocina de Silvina Ocampo, en la de Alejandra Pizarnik, en la de la novelista y poeta mexicana Carmen Boullosa, en la de Simone de Beauvoir. Entre otras razones, porque son cocinas que están más limpias.

Algunas noches sueño con mi cocina literaria. Es enorme, como tres estadios de fútbol, con techos abovedados y mesas interminables en donde se amontonan todos los seres vivos de la tierra, los extinguidos y los que dentro de no mucho se extinguirán, iluminada de forma heterodoxa, en algunas zonas con reflectores antiaéreos y en otras con teas, y por supuesto no faltan zonas oscuras en donde solamente se vislumbran sombras anhelantes o amenazantes, y grandes pantallas en las cuales se observan, con el rabillo del ojo, películas mudas o exposiciones de fotos, y en el sueño, o en la pesadilla, yo me paseo por mi cocina literaria y a veces enciendo un fogón y me preparo un huevo frito, incluso a veces una tostada. Y después me despierto con una enorme sensación de cansancio.

No sé lo que se debe hacer en una cocina literaria, pero sí sé lo que no se debe hacer. No se debe plagiar. El plagiario merece que lo cuelguen en la plaza pública. Esto lo dijo Swift, y Swift, como todos sabemos, tenía más razón que un santo.

Así que este punto queda claro: no se debe plagiar, a menos que desees que te cuelguen de la plaza pública. Aunque a los plagiarios, hoy en día, no los cuelgan. Por el contrario, reciben becas, premios, cargos públicos, y, en el mejor de los casos, se convierten en best-sellers y líderes de opinión. Qué término más extraño y feo: líder de opinión. Supongo que significará lo mismo que pastor de rebaño, o guía espiritual de los esclavos, o poeta nacional, o padre de la patria, o madre de la patria, o tío político de la patria.

En mi cocina literaria ideal vive un guerrero, al que algunas voces (voces sin cuerpo ni sombra) llaman escritor. Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo que haga, será derrotado. Sin embargo recorre la cocina literaria, que es de cemento, y se enfrenta a su oponente sin dar ni pedir cuartel.

Tomado de Clarín

martes, 13 de julio de 2010

Historia de un buen Brahma

Por: Voltaire

En mis viajes encontré un brahma anciano, sujeto muy cuerdo, instruido y discreto, y con esto rico, cosa que le hacía más cuerdo; porque como no le faltaba nada, no necesitaba engañar a nadie. Gobernaban su familia tres mujeres muy hermosas, cuyo esposo era; y cuando no se recreaba con sus mujeres, se ocupaba en filosofar. Vivía junto a su casa, que era hermosa, bien alhajada y con amenos jardines, una india vieja, tonta y muy pobre.

Díjome un día: Quisiera no haber nacido. Preguntéle porqué, y me respondió:

- Cuarenta años ha que estoy estudiando, y los cuarenta los he perdido; enseño a los demás y lo ignoro todo. Este estado me tiene tan aburrido y tan descontento, que no puedo aguantar la vida; he nacido, vivo en el tiempo, y no sé qué cosa es el tiempo; me hallo en un punto entre dos eternidades, como dicen nuestros sabios, y no tengo idea de la eternidad; consto de materia, pienso, y nunca he podido averiguar la causa eficiente del pensamiento; ignoro si es mi entendimiento una mera facultad, como la de andar y digerir, y si pienso con mi cabeza lo mismo que palpo con mis manos. No solamente ignoro el principio de mis pensamientos, también se me esconde igualmente el de mis movimientos; no sé porqué existo, y no obstante todos los días me hacen preguntas sobre todos estos puntos; y como tengo que responder con precisión y no sé qué decir, hablo mucho, y después de haber hablado me quedo avergonzado y confuso de mí mismo. Peor es todavía cuando me preguntan si Dios es eterno. A Dios lo pongo por testigo de que no lo sé, y bien se echa de ver en mis respuestas. Reverendo Padre, me dicen, explicadme cómo el mal inunda la tierra entera. Tan adelantado estoy yo como los que me hacen esta pregunta: unas veces les digo que todo está perfectísimo; pero los que han perdido su patrimonio y sus miembros en la guerra no lo quieren creer ni yo tampoco, y me vuelvo a mi casa abrumado por mi curiosidad e ignorancia. Leo nuestros libros antiguos, y me ofuscan más las tinieblas. Hablo con mis compañeros: unos me aconsejan que disfrute de la vida y me ría de la gente; otros creen que saben algo y se descarrían en sus desatinos, y toda la angustia que padezco. Muchas veces estoy a pique de desesperarme, contemplando que al cabo de todas mis investigaciones, no sé ni de donde vengo, ni qué soy, ni adónde iré, ni qué ser.

Causóme lástima de veras el estado de este buen hombre, que era el más racional, y me convencí de que era más desdichado el que más entendimiento tenía y era más sensible.

Aquel mismo día visité a la vieja vecina suya, y le pregunté si se había apesadumbrado alguna vez por no saber qué era su alma, y ni siquiera entendió mi pregunta. Ni un instante en toda su vida había reflexionado en alguno de los puntos que tanto atormentaban al buen brahma; creía con toda su alma en Dios y se tenía por la más dichosa mujer, con tal que de cuando en cuando tuviese agua para bañarse.

Atónito de la felicidad de esta pobre mujer, me volví a ver a mi filósofo y le dije:

- ¿No tenéis vergüenza de vuestra desdicha, cuando a la puerta de vuestra casa hay una vieja autómata que en nada piensa y vive contentísima?

- Razón tenéis –me respondió-, y cien veces he dicho para mí que sería muy feliz si fuera tan tonto como mi vecina; más no quiero gozar semejante felicidad.

Más golpe me dio esta respuesta del buen hombre que todo cuanto primero me había dicho; y examinándome a mí mismo, ví que efectivamente no quisiera yo ser feliz a cambio de ser un majadero.

Se propuso el caso a varios filósofos, y todos fueron de mi parecer. No obstante, decía yo para mí, rara contradicción es pensar así, porque al cabo lo que importa es ser feliz, y nada monta tener entendimiento o ser necio. También digo: los que viven satisfechos con su suerte, bien ciertos están de que viven satisfechos; y los que discurren, no lo están de que discurren bien. Entonces, es claro que debiera escoger uno no tener migaja de razón , si el algo contribuye la razón a nuestra infelicidad. Todos fueron de mi mismo parecer, pero ninguno quiso entrar en el ajuste de volverse tonto por vivir contento.

De aquí saco que si hacemos mucho aprecio de la felicidad, más aprecio hacemos todavía de la razón. Y reflexionándolo bien, parece que preferir la razón a la felicidad, es garrafal desatino. ¿Pues, cómo hemos de explicar esta contradicción? Lo mismo que todas las demás, y sería el cuento de nunca acabar.

viernes, 9 de julio de 2010

LARGO ABRIL PARA LA CABEZA DE MI ABUELA

Por: Beethoven Arlantt
Sólo en abril cantan las chicharras. Algunas duran cantando hasta la primera semana de mayo. Pero abril es el centro de su canto. Siempre cantan durante el día. Por eso mi abuela despertó sobresaltada, hace varios años (durante una madrugada de febrero), cuando escuchó un chicharreo de repente rompiendo su sueño. Despertó asustada porque las chicharras nunca cantan a esa hora. Se enderezó en su cama-troja, se sentó y sacudió la cabeza (como los perros mojados) para botar el zumbido. Pero el chicharreo pegajoso se quedó pegado a sus oídos. Sin preocuparse, recordó que era febrero. Entonces pensó: «No es abril y ya están cantando las chicharras. Las chicharras están cogiendo la costumbre de los gallos»


Pensó eso, y se levantó a dar vironda en sus cuartuchos y se perdió en el laberinto de las hamacas de sus nietos estudiantes y sólo acallaron sus chicharreos cuando empezó a gritar: — ¡Levántense a estudiar, 'jaraganes' del dianche! Que esta es la hora cuando está la mollera fresca.

Pasó febrero y todavía en las madrugadas de la última semana de marzo mi abuela escuchaba chicharras chicharreando en su cabeza. Pero, complacida, miró el almanaque y dijo: —Ya viene abril.

Vino abril. Llegó abril con su mar sonora de chicharras. Pasó abril con la explosión del canto de las chicharras. Después vino mayo. En la última semana de mayo mi abuela estaba escuchando chicharras cantar. «Las chicharras no se han espopado de tanto cantar». Pensó.

El año aquel, cuando llegó junio, mi abuela reunió toda su nietamenta y nos preguntó, así de simple, que si no escuchábamos las chicharras chillar. Pero sus nietos le contestamos que no escuchábamos ni pío de chicharras, y mi abuela exclamó con crudo desencanto: — ¡Abril se quedó enredado en mis sesos!

Dijo eso. Siguió pensando. Pensó. Comprendió que las chicharras de la vejez empezaban a cantar su serenata larga, y desde entonces comenzó a luchar contra el mal de abril, sin mencionar su abril. Primero fue a las selvas y arrancó yerbas y flores, y preparó pócimas antichicharras. A todo el mundo dijo que eran brebajes para la gripa. Pero no pasó su mal. Después cogió la moda de taparse los caños de los oídos con peloticas de cera de abejas angélicas, o con bojoticos de hojas machucadas de matarratón. Pero abril no estaba afuera. Estaba adentro. Ensesado.

En aquel entonces ensayó no se sabe cuántos remedios y trampas a escondidas. Un día, harta de preparar remedios inútiles y acorralada por tanto chicharreo, inventó su teoría de que «lo que produce el mal cura el mal» y fue a los arroyos y despegó del tronco de los guamos de río nueve chicharras reventadas y capturó entre las piedras nueve grillos violinistas, y los trajo a la casa y los echó en agua de panela y preparó un jarabe de insectos bulliciosos contra el bullicio de su cabeza. Todo para nada. Abril no pasó. Todo el año fue abril y, de allá para acá, todos los meses de todos los años han sido abriles en la cabeza de mi abuela. Desde entonces ella dice que tiene chicharras metidas en la cabeza.

Mi abuela se acostumbró a su abril. No le tocó más. Durante todos estos años de abril que han pasado sobre la vejez de mi abuela, he aprendido a conocer los ires y venires de su abril. Su abril es como el mar. Cuando abril es moderado y de olas tranquilas, mi abuela se envuelve la cabeza con trapos mentolados y se tapa los cañones de sus orejas con algodoncitos empapados de chirrinche y se acuesta a escuchar el rumoreo de sus chicharras sin fuerza. Cuando abril es ensordecedor, mi abuela arruga la frente, como un tigre, y entonces le digo a mis primos, sus nietos:

—Ya la abuela bajó el capote. Ya se encrespó su abril.

Y la vemos cuando se pasea furiosa (como un tigre) y mira que mira para los lados (como un pájaro en una jaula). A veces maldice la jeringa de las chicharras. A veces ve que la estoy mirando y me llama y me dice:

—Asómate en mis orejas y sóplale el culito a las chicharras para que dejen de cantar.

Me dice eso. Le hago caso. Sólo a veces su abril es apacible, manso y silencioso. Entonces aprovecha la tregua de su abril y se acoteja en la mecedora de mimbre y cuenta sus historias que ya no recuerda, o se acomoda frente a su máquina de coser Singer y cose que cose cortinas de bolsas plásticas y sobrecamas de retazos de telas colorinches, o se sienta en la puerta de la calle y cuenta los colores y los tamaños de los carros que pasan embalados.

Han pasado varios años y abril no se ha marchado de la cabeza de mi abuela. Ella vive todavía con su abril, y no ha dejado médicos, ni yerbateros, ni brujos, ni ensalmistas, ni predicadores que no visite, buscando alguna cura para su mal. Ninguno ha podido sacarle aunque sea medio abril a su cabeza.

El médico Barbadepalo le dijo un día que su mal no se llama abril, porque no existe una enfermedad que se llame así.

El yerbatero Yarino le ordenó tomar una pócima universal preparada con hojas, raíces y flores de cien plantas cuyos nombres no aparecen en las enciclopedias del profesor Olimpo. (Ahora todos sus nietos andan perdidos en las selvas de la sierra buscando esas menudencias medicinales).

El brujo Arcila dijo:

—Su abril no tiene cura, porque sus sesos se soasaron de tanto asomarse en la lumbre de su horno de panadería.

El ensalmista Paco Paco dijo que su abril se curaba con un collar de nueve cascabeles de culebra cascabel de nueve años. (Serafín se fue con sus secretos de culebrero a buscar las nueve culebras cascabeleras de nueve años).

El predicador Mariano llegó y dijo que «son cánticos celestiales de chicharras desafinadas en la cabeza de Misia Berraca.» Siempre viene, dice lo mismo y se sienta a comer panes que va remojando en el café caliente.

Nadie ha podido matar el abril en la cabeza de mi abuela. Ella está sola porque mi abuelo también se fue a buscar flores. Yo estoy aquí esperando que abril se encrespe en su cabeza. La miro. Ella ríe de vez en cuando. A veces creo que está contenta con su abril. Pero no, está esperando. Mira. Mete sus ojos en los caminos de los cerros. Espera. Espera que llegue la catajarria de nietos con el cargamento de hojas, raíces y flores. Espera que vuelva mi abuelo con su mochilón de aromas lleno de colores frescos. Espera que regrese Serafín con los catabres y las tinajas llenas de culebras de nueve años. Espera. Mientras espera, abril sigue siendo abril en su cabeza enchicharrada. Siempre la miro. Pienso en su abril. A veces estoy pensando cuando me llama y me dice:

—David, asómate en mis orejas y sóplale el culito a las chicharras para que se callen.

Me dice eso. Le hago caso, y voy y me asomo en sus orejas y veo, a través de las nubes de mentol, las chicharras grises que cantan con sus culitos parados, que, en tantos años de estar cantando, no se han espopado de tanto cantar.

Tomado del libro "La vendedora de arcoiris"