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sábado, 26 de febrero de 2011

Fernando Denis

Un ornitólogo prerrafaelista
.
Pienso en mi dorado siglo diecinueve.
Aquí cada verso reclama entre bosques lujosos
Y delicadas cumbres de seda
Los imperiosos colores que visten a la reina Victoria.
Bajo el sueño de rostros de doncella
El relámpago enciende mármoles y espejos.
Pienso en el mar del siglo diecinueve.
En ese enorme lienzo semejante al mar
Que estremece el lenguaje.
Todo sucede infinitamente en el esplendoroso
Plumaje de un pájaro.
Pienso en el pájaro que está en la punta del pincel.
Y escribo esto porque escribir no es más
Que una reflexión sobre la muerte.
Ante esta luz que reinventa mi psicología
Debo en seguida crear mi propio mito
O me veré perdido en el mito de alguien
Que no conozco.
Si el cielo muriera conmigo en mis ojos abiertos
Borraría el crepúsculo.
Podría ofrecerla a la reina este puñal ensangrentado
Después de mi suicidio.
Pienso en la muerte del siglo diecinueve.
Muero, quiero entrar en la metamorfosis.
Arriba los pájaros trazan la muerte de mi pupila.
.
RETRATO

 Otra vez va creciendo la luna en la
sombra vegetal.
El sueño te despierta, anochece,
Vives en los lugares donde respiro
Y bajo la misma luz donde te leo.
En el espeso follaje sestea otra luz.
El otoño; más allá, detrás del río
Que es fiebre y juventud, el mar olfatea
El tiempo de los cazadores de aves
del Caribe
Con colores más vivos.
Un viento estremecido de luz y arpegios
Deslumbra en las aguas tus ojos
Y tu boca
A punto de pronunciar tu nombre.
En la soledad mortal de los que trafican
con pájaros, 
y con colores
el cielo enrojece
en los sensitivos paisajes de tu memoria.
En las azules atmósferas de las colinas
del norte.
Una niebla de cobre dibuja
Mis manos, después el pecho y el rostro
Allí donde tu deseo me hará recordarte.


LO QUE REMEDIOS DICE

 Estoy tan sola.
La lluvia llora y esos amarillos en los árboles
Son pájaros.
No sé por qué el mundo me mira.
Me asomo en las mañanas al cielo de Macondo
Y entonces ce la lluvia.
El cóndor observa con sus ojos móviles
Mi cabeza rapada.
Sé que hay un espejo que se parece al agua.
Soy hija de la forma de los colores
y Remedios me llama.
No me gusta ser mirada porque sufren
Y aún cuando soy hermosa nunca me veo.
Aquí en este mi cuerpo de niña
¿Está acaso el paraíso?
He buscado la fealdad,
Pero en cada palabra que digo se mueven las aguas
Y hay luz en los robles
Y la memoria de los hombres se detiene.
Podría ayudarme dar belleza a los poetas
¿y que el amor sueñe conmigo?
Ebria de mi niñez, de soledad y tiempo
Espero en este baño
Donde mi desnudez se prepara
Para ascender y hablar con el cielo.

MÚSICA

No solamente has sido música para encontrarte.
También tu canto enrojeció los bosques donde fui forastero,
Donde bebí el agua dormida que reflejaba tu desnudez
Y los campos de uvas azules.

Recuerdo que tu música en esas florestas era una piel.
Música de Vivaldi, violines rojos,
Canciones de amor eterno, rojos aposentos para la ternura.
Todos los pájaros de esta isla solitaria saben que tu música
Arrulla el silencio de la memoria mientras duermes.
Y arde el rocío
Arden en la sombra de tu cuarto los felinos.
Otra vez los gatos volvieron a tu sueño.
Recuerdo aún que albos eran al llegar la noche.
En los muros, en los tejados,
Las aves vigilan la luz de tu ventana,
El sonido de tu voz
Reflejando el tiempo en los cristales.

De una tela de Darío Ortiz

¿Dónde han quedado las voces, oh sombra?
¿El mar que las trajo, el verso y el terror, dónde están?
Entre arenales cuatro hombres me persiguen,
Cuatro rayos que no pueden ver mis ojos apagados
A esta hora en que Grecia espera ser iluminada.
Caerá una lluvia de oro para las mentes.
Yo hablaré entre los mármoles y las velas con la voz de las islas,
Les daré mi nombre a las cosas que al mar entregué.
El mensajero de los dioses me trajo la lengua griega,
El sabio consejo de Ulises.
Me dolió la suerte de los guerreros bajo la luna
Que todavía sangra en las orillas.
Oh musa, háblame.
Ya que me has otorgado la edad y la antorcha
Pero también el laberinto
Dime ¿cómo puedo negar algo tan bello?
¿Por qué detrás de los libros viajeros
La rosa aún conserva la forma que le diste?
Oh noche,  espejo, mar incansable resonando como una cítara,
Puedo hundirme contigo ahora detrás del viento
Y ahogar mi voz en los colores como los pájaros.

PUEDE EL ARTE SER INVISIBLE?
“Aquello que te mostro la noche en su crepúsculo”.
Tristán e Isolda


Ya los sagrados mitos que conspiran
en el sueño del mundo te anuncian.
El tiempo invulnerable lego su clepsidra
a las estrellas,
y ese oro brillará toda la noche para urdir
otra y otra calle
cuya duración es mi miedo y mi esperanza,
mientras las horas cambian como el mar
y crece el verso que deberá acompañarte hasta el fin.
Los dos tallaremos en el instante,
en los colores del instante,
la forma que evocará nuestro destino
bajo el álgebra de Dios;
y será más virtuosa la soledad
cuando diga tu nombre,
y soñará el tiempo que ya te há visto,
que eres igual a este abrazo inmenso.

Tú, con el mar ardiendo en los ojos, me dirás:
“Vine a mostrarte los colores de las cosas que sueñas”.

A punto de perderme en el incesante crepúsculo te diré:
“El color de perderme tus ojos después de Haber leído Tristán e Isolda”.


LA CASA EN LA ARENA

¿Por qué no vienes ahora y miras
entre las acácias y los estanques
esta casa de oro viejo y de música
que levante con un verso de Virgilio?

¿Por qué no tocas con tus lluvias,
 con la sal de tus mares, con tus colores
traídos de regiones extrañas
la casa del sentido y del lenguaje?

¿Por qué no la decoras con tus palabras?
mira la nube roja sobre la verdeante conífera
que arroja zafiros en el lago.
He habitado la soledad y la fiebre
en hermosos lugares
y en los espejos.

Entra en esta casa habitada por signos,
por sueños que han atrapado la densidad del mundo
y por niños que se esconden en tu mano.

 Fernando Denis nació en Ciénaga, Magdalena, costa del Caribe Colombiano. Poeta y traductor, se ha caracterizado desde muy joven por su amor a la literatura inglesa. La influencia de los prerafaelistas sobre su obra, y la gran impresión que le dejó Dante Gabriel Rossetti han enraizado en Denis una poética de increíble belleza y colorido, de imágenes con un virtuosismo sin par, dentro de un lenguaje depurado y cadencioso. Ha publicado cuatro libros: "La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner", "Ven a estas arenas amarillas", Alguien enciende las lámparas de Octubre" y "El vino rojo de las sílabas", obra que recoge los tres libros anteriores. Es creador y director de la colección Zenócrate, libros de poesía, que publica Uniediciones.

sábado, 19 de febrero de 2011

Maryis Del Rosario Pacheco

El sueño del hermano de Augusto

Por: Maryis Del Rosario Pacheco

Augusto le terminó de dar el jarabe y no le prestó más atención. Se puso los tenis, cerró la puerta y se fue a trotar.

Él siguió acostado en el sofá azul de la sala. Tranquilo. Revisaba las máscaras africanas que colgaban en la pared gris de enfrente. No había comido –recordó–, y no le provocaba nada. La fiebre lo quemaba por dentro, se le antojaba pensar que un baño le calmaría ese incendio interno pero estaba demasiado débil para levantarse. Poco a poco fue cerrando los ojos hasta quedarse dormido nuevamente.

Soñó por segunda vez que leía una historia escueta.
“Nadie sabía cómo había ocurrido. Una mañana simplemente empezó a llover y al cabo de varias horas las calles y las casas se inundaron. Parecía un río la ciudad. Luego los pianos, y únicamente los pianos, formaron filas, en silencio, y se largaron.

Las personas se acostumbraron poco a poco al nuevo estado de la ciudad, otras simplemente hicieron casas en lugares más altos y los que no, se fueron a otras partes menos húmedas donde los pianos no se fueran.
Cuando por fin se esperaba que terminaran de escurrirse las calles para volver a salir en bicicletas los domingos, caminar pisando el suelo y no brincando los techos o en balsas improvisadas; volvió a llover.

Las nuevas casas se inundaron también. Hubo dos muertos. Para asombro de todos, la fila de pianos regresaba. Intactos, como si el agua no los rozara para deteriorarlos. Se fueron acomodando en sus respectivas casas, en los mismos lugares donde antes habían estado, sin importar si estaban o no sus antiguos dueños. Horas más tarde, toda la ciudad estuvo seca, como si sólo un rocío hubiese caído”

Él despertó y se halló solo en el salón oscuro, volvió a recostarse en el sofá azul y soñó por tercera vez.


Maryis Del Rosario Pacheco.

Nació antes de que entrara en Neoliberalismo al país y durante sus primeros años de vida sufrió la modificación de las horas. Hija sin padre. Con una madre enorme que la liberta del llanto nocturno, aún estando cerca al tercer piso de la vida.

En el Dos mil once, continúa sus estudios de Derecho y asiste al Taller literario Renata.
Elogia la dificultad, lee y a veces escribe cuentos.

lunes, 14 de febrero de 2011

Carlos César Silva

SEXO ENTRE ANAQUELES

Por: Carlos César Silva

Para Natalia, la perversa.

Se llama Helena como la princesa troyana cuya belleza fatal inspiró la más delirante guerra de todos los tiempos. Tiene los ojos verdes y los labios carnosos, por sus venas andan pedazos de una Europa inmigrante. Está en la última mesa leyendo País de Nieve de Yasunari Kawabata, alcanzo a ver cómo se deleita (sus mejillas se ponen más rojas, estira sus cabellos dorados, agita su respiración) con aquel amor despiadado de un empresario egocéntrico y una aprendiz de geisha.

Desde los nueve años empezó a perderse entre los anaqueles de esta vieja biblioteca. Su madre me la trajo una tarde para que la ayudara con los trabajos del colegio, principalmente con los de Historia y Geografía que mucho la atormentaban, y Helena quedó fascinada con el laberinto (ella dice, como haciendo una distinción, que es un universo, pero es lo mismo) que encontró a su disposición. Sus primeras lecturas fueron Las Mil y Una Noches y Las Aventuras de Tom Sawyer. Devoró con ansias esos libros, hasta presentó en algunos actos cívicos unos monólogos sobre los personajes que más le llamaron la atención. A mí siempre me habló con mucha intriga sobre Amina, la viuda rica a quien por haber recibido un mordisco de un mercader en una de sus mejillas, por poco su segundo marido le corta la cabeza.

-Si el amor es así, prefiero no vivirlo- me dijo.

-No te preocupes, hija, que no todos los amores son iguales- le contesté.

Ahora Helena es una bella joven que tiene un bagaje cultural insospechado y que sueña con estudiar Letras en Cambridge, pero me preocupa (no lo puedo ocultar) que los senos puntiagudos que le han surgido con el desarrollo están atrayendo a muchos insolentes de su edad que sólo pretenden degustar sus sales por un rato y luego dejarla tirada: ¡Son unos perros degenerados! Hay uno en especial que la espera cuando ella sale de aquí, a quien no le permito entrar y que se para los pelos como una lagartija espinosa. Sé que la lleva al Parque Junín -yo me he ido detrás a espiarlos- y que a escondidas en los columpios le da besos y le brinda cigarrillos. He tenido ganas de decírselo a la madre de Helena, pero me da miedo de que, en busca de protegerla, resuelva no dejarla venir más a la biblioteca, quitándome -sin proponérselo- los únicos momentos que tengo para disfrutar de Helena en todo su esplendor.

¿Qué sería capaz de hacer para que nadie me prohíba seguir apreciando desde la eterna soledad de mi escritorio las sensaciones que invaden a Helena en esta biblioteca? Estoy forzado a defender las dichas que Helena me da, como la que me está dando -por ejemplo- en este preciso instante: por debajo de la mesa en la que lee País de Nieve, está permitiendo que mis ojos gastados penetren entre su minifalda de jeans y sus largas piernas que se mueven como si acaso sintieran el viento helado de Niigata, provocando así que en mi cabeza calva aparezcan imágenes perversas. Sí, sí, mi cuerpo arrugado sobre su cuerpo suave de doncella, mi sexo encontrando en el rocío de sus entrañas fuerzas suficientes para despertar de un extenso sueño, ella librando lagrimas de confusión pero también de júbilo y utilizando como almohada -en el piso frio que nos sostiene- una vieja edición de La Odisea.

El reloj marca las 6:30 P.M. y automáticamente suena un fragmento de El Holandés Errante de Richard Wagner anunciando que van a cerrarse las puertas de la Biblioteca. Mis alucinaciones son interrumpidas, vuelvo a lo cotidiano. Los pocos lectores empiezan a salir. Se despiden: “Gracias”, “Hasta mañana”, y no les contesto. Únicamente me interesa Helena, que mete un pequeño almanaque entre las últimas páginas que ha leído, cierra el libro y lo deja en la mesa. Se pone de pie y camina hacia mí con ese glamour tan atrapante que heredó de su abuela, a quien sólo conoce por fotografías, pues antes de que ella naciera, se voló los sesos con una escopeta en un viaje repentino que hizo a Alemania luego de que tumbaron El Muro de Berlín (aquellas fotografías son para Helena como un espejo).

Helena remueve la cintura como siguiendo una danza artificiosa que roba y deprava conciencias, y su ombligo desnudo, ¡ay! ¡ay!, su ombligo denudo tiene a mi lengua, a mi áspera lengua, con angustia por hundirse en sus senderos.

-Se acabó por hoy- me dice parada al frente de mí y se me vuelve enseguida más irresistible.

-Pero mañana, gracias a Dios, seguirá- le contesto.

-Claro- dice sonriendo y luego agrega: ¿Va a mandarle alguna razón a mi madre?

-Dile que todavía no le he conseguido las naranjas.

-Ah, bueno.

Se me acerca. Aprieta mis mejillas y me da un beso en la frente, es un beso de compasión y no un beso húmedo como yo quisiera. Y finalmente, pronuncia las palabras fatales, las que me gustaría que nunca pronunciara:

-Chao, abuelito.

CARLOS CÈSAR SILVA. Nació el 22 de noviembre de 1986 en Valledupar. Es estudiante de derecho de la U.P.C. pertenece al taller de Creación Literaria Renata-Valledupar dirigido por el poeta Luis Alberto Murgas. Es miembro fundador del grupo artístico "Jauría" y de la Asociación "Juventud Opina". Se ha desempeñado como gestor cultural y tallerista en el municipio de La Paz (Cesar). Cuentos suyos aparecen publicados en la Antología Viajes a la memoria y en la revista Puesto de Combate.




lunes, 7 de febrero de 2011

Roberto Montes Mathieu

Tarea sobre el pene

Por Roberto Montes Mathieu

Tengo quince años, estudio secundaria. Una que otra espinilla me fastidia, mamá me dice cada rato, no te toques eso porque te queda la cara marcada, pero me gusta sentir como se espichan. Es como una sensación de tranquilidad y alivio.

Ya eres un hombrecito, dice papá, cuando ve la sombra que se insinúa sobre mi bozo. Pronto estarás saliendo con muchachas. Y yo siento, pero no le digo, que se me para sólo con pensar en mujeres. Y me gusta pensar en ellas, en las artistas de cine que lo muestran todo, tan voluptuosas, o las que veo desfilar en interiores en la televisión. Unas buenas piernas y unas buenas caderas me lo mantienen templado largo rato. A veces no resisto el deseo y me voy al baño pensando en ellas, en cómo se mueven cuando caminan.

Me gustan las mujeres mayores, son apetecibles y menos complicadas, como algunas que pasan contorneándose frente a mi casa con unos cuerpos que me privan, diferentes a una vecina de mi edad que no resisto. Tiene gafas gruesas y se le nota en la cara lo perversa que es. Siempre que puede me dice cosas que me hacen poner rojo, y lo hace adrede delante de los demás. Si la veo venir por la calle me hago a un lado, entonces ella empieza a decir para que todo el mundo se entere, ay, ay, cuidado, se pasó al otro lado para que no lo viera, ay, no se atreve a saludarme, y yo tengo que hacer como si no fuera conmigo. Se burla de mí. Si supiera como la detesto.

Cuando va a la casa a visitar a mis hermanas, que son niñitas de nueve y diez años, me escondo; ella va para fastidiarme, qué puede hacer visitando niñas tan pequeñas con las que no tiene nada en común para hablar. Mi mamá sabe y se ríe, celebra que me moleste porque dice que está enamorada de mí, que le gusto. Dios no lo quiera, le digo a mamá. Dios no lo quiera.

Se llama Elba, y casi me mata el día que en plena calle salió de no sé dónde y me dijo que necesitaba hablar conmigo para que la ayudara a hacer una tarea. Me sorprendió. Yo nunca la había ayudado a hacer nada, siempre la he evitado para no estar cerca de ella y poder librarme de sus ironías.

—¿Una tarea? — dije intrigado, pensé que era una de sus tretas para ridiculizarme.
—Sí, una tarea—afirmó segura.
—Pero yo nunca te he ayudado a hacer tareas.
—Nunca, pero ahora sí me puedes ayudar.
—¿Qué tarea?—dije más tranquilo; sentí de pronto que estábamos en confianza y no se estaba burlando. Confié en ella.
—Necesito que me muestres el pene.
Lo dijo así con la mayor inocencia, como si se tratara de mostrarle las manos o las orejas.
—¿Que qué?— pregunté azorado. —Que me muestres el pene.
-¿El pene?
—Si, el pene. La picha, con lo que orinas.
Sentí que la cara se me caía. Sólo pude decir como para asegurarme de que no se había equivocado:
—¿Tú me estás pidiendo que te muestre el pene?
—Si, exactamente eso. Ya te lo dije —respondió tranquila, muy natural. Y leyendo en el cuaderno que tenía en las manos agregó:
-Necesito verlo para poder identificar el prepucio, el glande, el escroto.
Seguí caminando con ella al lado. Bajé la cabeza, no me atrevía a mirarla. Ella insistió:
—No conozco a nadie más a quien pedirle ese favor.
¿Mostrarle el pene? Estaba loca. Cómo se le ocurría que yo iba a hacer eso. No podía imaginarme abriendo mi bragueta, sacándolo y mostrándoselo como si fuera un juguete. En ese momento sentí que se me enfriaba todo; cómo quise que la tierra se abriera y me tragara o un vendaval se la llevara bien lejos.
Se plantó delante de mí y no me dejó pasar, mirándome con sus ojos grandes detrás de los vidrios de sus gafas, muy resuelta.
—Atiéndeme —dijo—. No tengas miedo, no te voy a hacer nada, ni me voy a burlar de ti.
Levanté la cabeza tímidamente y le dije:
-No tengo miedo de nada, sino que no me parece que debiera hacer eso.
Ella permaneció seria, como nunca lo hacía; por primera vez no asomaba su risa agria. Entonces dijo lo peor, lo impensado:
-Si quieres yo me bajo mis interiores y te muestro mi gatito. Tú podrás estudiarlo y conocerlo como es.
Dijo así: mi gatito, que yo se lo mirara. Casi me atraganté, empecé a toser y a sentirme nervioso, como si me fuera a obligar ahí en plena calle a hacer esas cosas. Sólo atiné a decir que después hablábamos y salí corriendo hasta la casa.

¿Qué podía hacer? No se me ocurrió otra cosa que hablar con un amigo vecino, que tenía veinte años y se acostaba con mujeres. Cuando le dije lo de la propuesta empezó a reírse. Si hubiera sabido que esa iba a ser su reacción no le habría dicho nada.
—Tú si eres de buenas —me dijo-. Ya las mujeres te lo piden cuando debiera ser lo contrario.
-¿Te parece bueno eso? -pregunté incrédulo.
-Muy bueno. ¿Qué vas a hacer?
-Eso es lo que quiero que tú me digas.
—Muéstraselo, y que ella te muestre también, ¿cómo fue que dijo?
-Su gatito.
-Eso, su gatito.
Reía otra vez y repetía lo de buenas que era yo, que no entendía por qué era de buenas. Tuve el presentimiento de que no me había resuelto nada. Y me preocupó cuando dijo que si no hacía eso ella podía decirle a todo el mundo que yo era marica, y a una mujer le creen si dice eso de uno. Me pareció grave porque iría a quedar marcado para siempre.

Acostado en mi cama no podía dormir pensando que el día siguiente y todos los días Elba iba a perseguirme hasta lograr que le mostrara el pene, la picha, como me aclaró, como si yo no lo supiera. Y si no me decidía seguro me calumniaba de por vida.
Mientras pensaba en eso me lo agarraba y sentí de pronto que debía mostrárselo y conocer su gatito que imaginaba monito como su cabeza. Me levanté y fui hasta el baño diciendo:
—Creo que mañana te va a conocer una amiga.

ROBERTO MONTES MATHIEU (Sincelejo, 1947). Abogado, docente universitario, ensayista, investigador literario y musical. Ha publicado los libros de cuentos El cuarto bate (1985), Tap, tap (1991) y Divini¬dad obscena (2008). Es también autor de la novela Para qué recordar y coautor de la Antología del cuento caribeño (2003). Libros jurídicos publicados: Estructura y organización del Estado Colombiano (1990) y Nociones de Introducción al derecho (2003).

Tomado de: Puesto de Combate, La Revista de la imginación No 76 año XXXIX 2010 ISSN 0129-6079 Bogotá Colombia