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sábado, 28 de julio de 2012

Gilberto García Mercado


EL ERMITAÑO
(Cuento)
Por Gilberto García M

“Otra vez despierto. Las ruinas de Flor del Valle están untadas de mí. O puede ser lo contrario. Pero aquí estoy de nuevo. Allá, donde las hierbas han invadido las casas en ruinas, ahí estoy yo. He perdido la noción del tiempo. El día y la noche pasan con una sucesión inalterable. No sé qué día es hoy. Ni en qué mes estamos. Han pasado tantos años que el cabello, la barba, y el bigote se arrastra por el suelo. Mi piel está pálida y débil. Y camino paso a paso, como los ancianos. No sé por qué no me he marchado de aquí. Mi alma se ha acostumbrado a la soledad y a las ruinas. Soy un bicho que vive en la oscuridad. Y que le tiene miedo al sol y al  frío que bajan de la sierra. Cuando los guerrilleros llegaron al pueblo, yo venía de Valparaíso. Así que alcancé a ver la explosión en la oscuridad. Y mil veces le di las gracias a Dios porque yo no alcanzara al sordomudo que iba en bicicleta, raudo, para Flor del Valle. Yo le grité y hasta le lancé una piedra cuando veía que él ya iba por la curva y sabía que no lo iba a alcanzar jamás. “Jacinto”, le grité.

Anduve a pie toda la noche. Y aunque me envolvía la oscuridad, por momentos la luna iluminaba todo el camino. Me sentía feliz recibiendo las brisas estivales.  Y desafié a todos los demonios. Cuando sentí las explosiones y las ráfagas de la metralla, algo bruscamente se desprendió de mí. Pensé en Rosalba a quien le había prometido fidelidad horas antes de que me marchara en bicicleta para Valparaíso. Y un presentimiento, agudo como la noche, poco a poco se fue refugiando en mí. Entonces cada ráfaga o explosión que escuchaba le ponía alas a mis pies. En mi loca carrera tropezaba con arbustos y hierbas—a veces caía y me golpeaba terriblemente—pero me levantaba con nuevos bríos, como un condenado a muerte busca su salvación. No sé cómo llegué a contemplar, con una impotencia tal, el dantesco espectáculo. Aquellos como el teniente de la policía, que pedía a gritos—en unas escenas desgarradoras—que “dios mío, ayúdenme”, eran rematados sin clemencia alguna por parte de la guerrilla. Así vi cómo don Euclides Miranda—a quien le debíamos tanto, y que en la agonía de la muerte había corrido desesperado en un intento por sofocar el incendio, que consumía sus propiedades, y aquel camión y aquella planta obsoleta que eran su orgullo, y que tanto había servido a Flor del Valle—vino a morir acribillado por uno de los tantos desalmados de la subversión.

Son imágenes que se repiten. Lentas, borrosas pero que atormentan el espíritu. Fue como una magia de Navidad. Como quemar juegos pirotécnicos. Así ardió Flor del Valle. He luchado todos estos años por sacar esos recuerdos de la mente. Pero cuando digo que voy a marchar—y me miro en el espejo de la acequia—cuando digo que iré de ruina en ruina, de casa en casa, de este pueblo fantasma, sólo para buscar unas tijeras oxidadas, y cortar toda esta pelambre, entonces aparece Rosalba con su carita angelical diciéndome—con un hilillo de sangre en las comisuras de sus labios— “por favor, amor. No me abandones”. Entonces agarro la vieja bicicleta que se averió la noche infernal en Valparaíso, monto en ella, pedaleo con más fuerza, y recorro el pueblo fantasma dándole mis saludos a don Euclides Miranda, y uno que otro beso para Rosalba Tres Palacios.

Ha sido una tortura todos estos años. He visto cómo se termina de caer toda Flor del Valle. Despacito. Piedra a piedra. Como si un Dios colérico odiara las ruinas. Y estuviera confabulado contra la permanencia de estas en el tiempo. Hoy la maleza, el polvo y el olvido, se han adueñado del pueblo. ¿Qué pueblo? Divago, porque Flor del Valle ha muerto. Al principio la Flor se mantuvo altiva. Y mantuve las esperanzas de hallar a Rosalba Tres Palacios viva. Me dije: “hay que perpetuar la especie. Flor del Valle no puede morir así”. Entonces apartaba los escombros de su casa. Y como no la encontrara me alegré. “Se la llevaron los guerrilleros”, pensé. No todo estaba perdido, porque Rosalba Tres Palacios engendraría nuevos hijos. No importaba que los concibiera con un guerrillero, o con un hombre bueno. Lo importante sería eso: que preservara la especie. Algún día su hijo vendría a rescatarnos del olvido. Vendría montado en un caballo blanco. Azotaría los cuatro puntos cardinales. Y soplaría fuerte… Y ¡zas¡ el pueblo emergería de entre sus ruinas. Altivo, buen pueblo. Buena gente. Yo quise mucho a Rosalba Tres Palacios. La quise para tener hijos. Para que los hijos de nuestros hijos y de todas las gentes que vivían aquí, continuaran con el legado: Ser una raza nueva y pura dentro de esta violencia que socava el país. Y de la cual fuimos unas víctimas inocentes. Porque nosotros no tuvimos la culpa. Nosotros jamás alzamos la voz para denigrar las actuaciones de la guerrilla. Y si ellos se habían instalado en El Guayabo, pues eso nos tenía sin cuidado. ¿Por qué una población distanciada del mundo—que no albergaba resentimientos ni envidias, ni pretendía exigir la mayor atención de un Gobierno que nunca conocimos, fatuo, mentiroso—podía terminar así? Era  una pregunta que quedaba sin respuesta.

Y pasaban los años —o los días, pues había perdido la noción del tiempo—esperando ese hijo de Rosalba Tres Palacios y el guerrillero. Pero los días llegaban parsimoniosos, entre el tedio ocasionado por la soledad del pueblo, y el cuchillo del no saber el  por qué su esperado hijo no llegaba. Entonces el corazón se fue secando. Se volvió de piedra, y me convertí en un ser extraño. A veces despertaba de madrugada, y me iba hasta la casa de la muchacha, y me extasiaba contemplando su fantasma. Allí estaba ella demacrada, lívida, pero tremendamente enojada. “No quiero saber nada de ti”, me decía exaltada, “Tu dolor no me deja descansar en paz”. Entonces fue cuando comprendí, después de reflexionar y darle vueltas en la cabeza al problema, que ella tenía razón. Tenía que luchar por olvidarla. Por eso cuando irrumpí en su casa en ruinas, y le dije que, “me marcho definitivamente de aquí”, no atendí a sus súplicas. “Por favor, amor. No me abandones”, me dijo. Pude quedarme en ese sitio todo este tiempo. Y vivir lleno de sus recuerdos. Pero entonces más lívida y demacrada la vi, y fue entonces cuando comprendí que ella estaba triste, y verdaderamente muerta. Jamás volví a las ruinas de su casa. Jamás volví a tropezarme con su fantasma. Y me olvidé de Rosalba Tres Palacios.

¿Qué me queda por hacer ahora? ¿Marcharme a la ciudad y buscar una mujer con quién perpetuar la raza? ¿Me quedan energías todavía? No sé. Vivir esta vida silenciosa y oscura es como andarse peleando con Dios. Entonces parece que alguien en el instante me dijera que “no corras, que ese es tu destino”. Y en seguida, enojado, monto en la bicicleta, y me voy para el colegio. Quiero ver a la profesora Luisa, y yo y sus alumnos, siempre agarrados de su mano. Quiero ver las piernas bien torneadas de la profesora Nena Díaz. Observar al profesor Lucho Cuadro perseguir al loco Carlitos. Y a sus alumnas correr, espantadas, porque el loco les ha mostrado el sexo grande y erecto. Ah, qué tiempos aquellos. Si hasta veo a don Próspero Ballesteros cuando abría la tienda. Lo retrato soñoliento en el taburete recostado contra la pared. Pleno medio día y con un sol canicular. Y yo, comandando la pandilla de barrio Abajo, destapando despacito los frascos de los dulces, para entonces vaciarlos lentamente en nuestros bolsillos.

Las nostalgias, creo yo, no cesan nunca. El pueblo perdió los encantos de los alrededores. Ya ni la Manguita—con la bonanza de mangos en otros tiempos—presenta sus paisajes y riachuelos. (Nosotros no esperábamos el Apocalipsis humano que sería la guerrilla en Flor del Valle). Todo ahora luce triste, estéril. Hoy ya no veo el gesto noble de Kalimán, un perrito que alzando su patita se orinó los volantes en los que venía impresa la fotografía del Presidente llamando a los guerrilleros a la reconciliación. “Perro pendejo”, dijo don Camilo Ahumada, “Ahora no sabremos cómo se llama el Presidente”. Y golpeando la tierra con los pies, espantó el animal, mientras los volantes se deshacían por la humedad en sus manos. Fue entonces cuando vimos por primera vez los helicópteros artillados. (Desde ellos habían lanzado los volantes sobre el inexpugnable cielo de vegetación de Flor del Valle). El ruido despertó por completo a la población. Y al instante llegó un muchacho alarmando al pueblo, porque los guerrilleros se habían instalado en el Guayabo.

Mi casa está aquí, o en cualquier parte de este pueblo fantasma. Me alimento de los pocos frutos de la Manguita, o de algún animal que cae en las trampas que les tiendo. La vegetación se ha vuelto abrupta. Y ya las pocas vías de entrada que tenía Flor del Valle, están bloqueadas por las ruinas, las piedras y la vegetación que los años y el río y la acequia, han volcado sobre ellas. Camino con un tedio enorme. Acaso pienso que debo de tener ochenta años o acaso un siglo. No sé. Vivir así, aislado de todo el mundo, es como volver al principio de la civilización. A su estado natural. A veces, cuando los músculos no responden, por la permanencia de estos, en una sola posición, creo que ahora sí, “lentamente, me está llegando la muerte”. Pero entonces si me levanto, me piso la barba o el cabello, y me voy de bruces contra el suelo. De pronto he visto sombras. Imágenes. Me dicen que escape de aquí. Pero simulo ser un ciego entre esta mole de escombros y ruinas que taponan las salidas de Flor del Valle. Finjo, porque no quiero dejar los recuerdos. Son mi vida. Porque el día que salga de aquí estaré, irremediablemente, ahora sí, tristemente, totalmente y definitivamente, muerto ya, el último hijo de Flor del Valle.

Sé que oscilo entre el péndulo de la razón y la locura. Divago. La soledad me aterra. Quiero correr hacia otro mundo. Olvidarme de Flor del Valle. Ya me parece que traspaso las barreras, las ruinas. Voy a saltar los enormes fardos. No debo mirar hacia atrás. Aunque las hierbas y las espinas me hieran. Aunque las hormigas y las avispas me azoten en el camino. Ya estoy brincando el último fardo. No, no debo mirar hacia atrás. Pero miro, y desfallezco, y dejo de fingir. Amo mis recuerdos y regreso a Flor del Valle. Moriré con él. (Soy una estatua de sal)”.

Gilberto Garcia Mercado.  Nació el 5 de febrero de 1965 en Fundación (Magdalena) Colombia. Escritor autodidacta. Actualmente reside en Cartagena de Indias, Bolívar. Barrio Boston, sector El Pueblito. Calle de las Flores No. 44C-40. Tel. 6743584. Colombia.
Ha escrito en El Universal de Cartagena. Hoy Diario del Magdalena. Publicó en el 2000 el libro de cuentos “La otra cara de Eva”. Recogido por El Heraldo Revista Dominical. Ganador del Concurso Nacional de Cuentos del Caribe 1995. Segundo lugar en el Concurso Proyecto Editorial de la Secretaría de Educación y Cultura de Cartagena. Posee cuentos, artículos, crónicas y novelas inéditos.
Tomado de: Blog del autor

sábado, 21 de julio de 2012

Daniel Lemaitre Tono


Daniel Lemaitre Tono

  El alcatraz

   Llega cuando el invierno empaña el día
   y, heraldo de la recia tribunada,
   bate por la quietud de la ensenada
   el remo gris de su melancolía...
  
   De pronto corta el vuelo; se diría
   que lo ha herido la muerte a la pasada,
   y cae como cosa abandonada
   y rompe el vidrio azul de la bahía.
  
   Certero, al deglutir, del pico enorme
   sale un reflejo de metal pulido:
   ¡es el trágico fin de un pez que albea!
  
   Después, viejo filósofo conforme,
   como si nada hubiera sucedido,
   se deja columpiar por la marea...

EVOCACIÓN

 Viejo patio que sueñas, perfumado
Por el jazmín que en tus arcadas crece.
Serenata de luz do el viento mece
La canción que te deja adormilado.

 La luna, que a tu fuente se ha asomado,
Como escuchar el surtidor parece.
¡Oh! Si la luna referir pudiese
Lo que el agua y la piedra han dialogado!

 Todo lo dio mi alma en tus senderos,
Patio en donde aprendí a contar luceros
Y en alas hoy de la sutil reseda

 Solo las sombras de un amor ya ido
Vienen de los rincones del olvido
A besar la tristeza que me queda.

LA VIEJECITA

  Hundida en el sillón, cabe la puerta,
 La viejecita, así, medio dormida,
 Cierra como los ojos de la vida,
 Y abre como los ojos de una muerta.

  A veces, como un ave huyendo al frío,
 Del seno descarnado en que reposa
 Se levanta su mano temblorosa,
 Y palpa algún recuerdo en el vacío.

  Bajo un rayo de sol, tibio y dorado,
 El algodón de su cabeza brilla;
 Y en el ambiente puro y sosegado.

  Mientras que fuma lenta la calilla,
 ¡Oh! Que hueca, qué hueca es su mejilla
 ¡Y qué azul es el humo del pasado!

LA EMPANADA CON HUEVO

Cosa vieja,  cosa buena                                        
Con que no podrá “lo nuevo”
Es la empanada con huevo
Oriunda de Cartagena.
Si alguna dicha terrena
Entre los mortales anda
Es esa cosa admirada
De masa y de huevo frito
Nacida en el corralito
Una noche de parranda.

 No hay adjetivo sonoro
Que apologice fielmente
Una empanada caliente
Con su encajito de oro.
Y si bien yo rememoro,
Su fama llegó hasta Europa
Pues con el “Campano” topa
Quien abra ese diccionario
Que tal frito extraordinario
Es de tierras de la Popa.

Y siendo una maravilla
Autóctona y singular
Se le deben dispensar
Honores de historietilla
Pues Bogotá, Barranquilla,
El Norte, el Sur y el Oriente
Vienen aquí expresamente
Para saber a qué sabe,
Con la mano y con cazabe,
Una empanada caliente.

En cuanto al “Campano”, advierto,
No recuerdo la edición,
Fue en el colegio Patrón
Donde lo vi y es muy cierto.
Brillat-Savarin ya muerto
Si volviera de la nada
Diría ante una empanada
Si oyera la Eterna voz:
-Espérate papa Dios
Que  tengo una empezada!

Daniel Lemaitre Tono (1884–1961) poeta y pintor.
Compositor del himno de Cartagena y del himno de la Armada Nacional. Fue también un gran empresario.
Su lugar de nacimiento fue Cartagena Colombia

viernes, 13 de julio de 2012

Ruben Darío Otálvaro


PERSONAJE

Quizás la historia de un escritor es la historia de todos los escritores. Bosquejar un fragmento de esa historia es el fin de este relato. Para nuestro escritor llegar a ser Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, Kafka, Joyce, Goethe, Borges, era su más alto sueño. Y en el ocaso de su vida, como un regalo de los dioses, le fue dada en un sueño la historia de la humanidad. Al sentarse ante la pantalla de su portátil recordó con singular claridad las imágenes y las palabras y tuvo la certidumbre que escribiría una novela de novecientos setenta y nueve capítulos, en los que narraría: la pasión, resurrección y ascensión de Aquél que había de morir en la cruz, hecha con la madera de sus sueños, los horrores del infierno y las dulzuras del cielo, las mercedes y las acechanzas de Dios; tejería el arco iris del Espíritu, el lento y fatal vuelo de los días, el rumoroso río del tiempo cósmico, el vastísimo instante y la divina eternidad; contaría las hojas de los sueños y los rostros de la vigilia, la insoportable y trágica soledad de los humildes huérfanos del mundo, de las verdes brevedades del caos; describiría los vagos caminos de la sangre y los mil y un viajes de los huesos, los colores otoñales del alma, los misteriosos pájaros de la memoria y los inasibles peces de la realidad; reseñaría el frío fuego de la fe, el asomo asombroso y momentáneo de la felicidad, las memorables metáforas y los severos pensamientos; escribiría, para salvarla del olvido, la saga de ese animal nacido para el dolor y símbolo célebre de la muerte, la triste historia de ese nadie que intuye que algo en el barro de su ser propende hacia el polvo. Cuando se disponía a pulsar la primera tecla, un malestar inesperado lo interrumpió y al volver del baño, le fue imposible, después, recordar la visión, entonces, lo acobardó una sensación de impotencia y vacío; se levantó, escribió YO y salió a la calle en busca de la noche, de donde no regresaría jamás.

Tomado de:

Rubén Darío Otálvaro. Escritor, natural de Montería. Magíster en Literatura. Especialista en Diseño de Textos, Licenciado en  Idiomas y Literatura. Profesor- investigador de literatura,  con 15 años de experiencia en docencia universitaria en la Universidad de Córdoba.
Director del Grupo de Investigación en Literatura del Caribe (GILC). Director del Diplomado en Escritura Creativa: Minificción. Director del Blog: riode minificciones.wordpress.com.
Ha publicado En el País de los Zenúes (1994), Un conejito blanco sobre la luna (1996), A orillas del río y otros cuentos (1998), Cuando el alma se asoma al rostro (2003). Antología del cuento corto del Caribe colombiano (2008), Tempus fugit (Minificciones) (2010).
Ha realizado diversas investigaciones, entre ellas Yo, Raúl. Sujeto lírico, espacio poético e intertextualidad en la Poesía de Raúl Gómez Jattin. Ellas escriben en el Caribe: Antología de mujeres poetas del Caribe colombiano. Es miembro del Parlamento Nacional de Escritores de Colombia.
Desde hace varios años organiza el Encuentro de Escritores del Caribe que se realiza en la ciudad de Montería.
Biografía tomada de: 

viernes, 6 de julio de 2012

Rómulo Bustos Aguirre


Sufí

Como un perro que inútilmente
intenta morder su cola
giro en sentido inverso del movimiento
de los astros
para alcanzar mi sombra

Sólo ella
puede darme noticias
de mi luz

De la levedad

Érase un alma tan leve que cuando murió su cuerpo
era tal su levedad que pasó sin detenerse ante la Puerta del cielo

Al menos eso fue lo que creyó el Guardián de la Puerta

Y el Guardián de la Puerta alarmado
temiendo que fuera a dar al Abismo o Vórtice de la nada
le sugirió que, a modo de plomadas, dejara caer palabras pesadas
Y el alma leve dijo: cedro, argamasa, potala, escaparate

Pero siguió levitando

Y el Guardián de la Puerta le sugirió que probara con malas palabras
Y el alma leve dijo palabras crapulosas
que la censura celeste me impide repetir

Pero siguió levitando

Y el Guardián de la Puerta le sugirió que probara con palabras inmundas
Y el alma leve dijo palabras abyectas
que el asco me hace imposible repetir

Y finalmente el alma leve se perdió de vista
ante la mirada desolada del Guardián de la Puerta

El Guardián de la Puerta
que era en realidad Sir Isaac Newton en apariencia de Guardián de la Puerta
no lograría comprender que per saecula saeculorum nada sabría
sobre el libre vuelo o caída de las almas en el espacio angélico
ni mucho menos entender
que en eso consistía su propio y exclusivo círculo del infierno


LO ETERNO

Lo eterno siempre está ocurriendo
               ante tus ojos
Vivo y opaco como una piedra
Y tú debes pulir esa piedra
hasta hacerla un espejo en que poder mirarte
                              mirándola
Pero entonces el espejo ya será agua y escapará
                              entre tus dedos Lo eterno siempre esta en fuga ante tus ojos


UN PACO-PACO

El paco-paco canta con las patas traseras
Recuerdo un paco-paco que alegró la noche a todos
los niños de la cuadra
porque confundimos su canto con los crótalos de una cascabel
Con palos y mochas la buscamos entre los matojos
hasta que descubrimos el engaño

En realidad
él ya nos había descubierto antes con sus grandes ojos de mirar el mundo
sin entender nuestra alharaca, y entonando el más perfecto    de los silencios
que alguna vez hubiéramos escuchado
Pero este paco-paco que ahora miro sobre la ramita   del matarratón
ha perdido una pata. Su ambigua pata para el salto para el canto
Es curioso que la voz de un animal
esté en sus patas

Miro al animalito tratar en vano de frotar la una con la no-otra pata
y me es inevitable evocar el conocido epigrama zen
que enigmáticamente se pregunta: ¿ Cómo es el sonido de una
                                                            sola mano que aplaude?
¿Existe, acaso, ese sonido?
Y tú, Bustos, tratas también de frotar, de desplegar tus dos patas traseras, tu ala única

y entonces escuchas ( o imaginas o crees o quieres escuchar )
ese otro insondable sonido que te responde
desde qué matojo
desde qué inescrutable esquina del paisaje, desde qué silencio

SACRIFICIAL

El carnicero se va en lenguas
hablando de las bondades de cada una de las carnes del animal. Casi saborea las palabras
El cliente señala difuso un punto en el dibujo que se exhibe en la pared
donde sabiamente aparece seccionada la res en sus diferentes partes para golosa guía del comiente
Sin duda el comido no ha sido consultado sobre la publicidad de sus vísceras
Ah, el comiente
Con sus pulcros caninos, sus radiantes incisivos y sus 356 molares

Pero hay algo de torva beatitud en la demora con que, a veces, el carnicero
rasga una entretela, contempla al trasluz y retira delicadamente
                              un trozo de pellejo
Quizás, en esos instantes , alguien dentro de él ensueña :
un día cualquiera
un desorientado arcángel, confundido en el tiempo, vendrá y me relevará
de este sucio mandil, detendrá mi mano en el aire de la
mañana y dirá fulgurante : basta, ya ha sido probada tu fe
El cliente, recostado en el mostrador, lo mira con expectante fulgor
Y el ensoñador quisiera indagar ¿ acaso eres tú mi liberador ?
pero dice oferente : ¿ palomilla o punta de nalga ?

Ahora, el carnicero tararea indolente mientras pule sus enormes cuchillos


DE LA DIFICULTAD PARA ATRAPAR UNA MOSCA


La dificultad para atrapar una mosca
radica en la compleja composición de su ojo

Es el más parecido al ojo de Dios
A través de una red de ocelos diminutos
puede observarte desde todos los ángulos
siempre dispuesta al vuelo

Parece ser que el gran ojo de la mosca
no distingue entre los colores

Probablemente tampoco distinga entre tú
               que intentas atraparla y los restos descompuestos en que se posa


ESCENA DE MARBELLA

A Juan Marchena
cartagenero del otro lado del mar

Junto a las piedras está Dios bocarriba
Los pescadores en fila tiraron largamente de la red
Y ahora yace allí con sus ojos blancos mirando al cielo
Parece un bañista definitivamente distraído
Parece un gran pez gordo de cola muy grande
Pero es solo Dios
hinchado y con escamas impuras

¿ Cuánto tiempo habrá rodado sobre las aguas?

Los curiosos observan la pesca monstruosa
Algunos separan una porción y la llevan
para sus casas
Otros se preguntan si será conveniente
comer de un alimento que ha estado tánto tiempo
               expuesto a la intemperie

Rómulo Bustos Aguirre (1954, Santa Catalina de Alejandría, Bolivar). Es un poeta colombiano ganador en 1993 del Premio Nacional de Poesía del Instituto Nacional de Cultura (en la actualidad Ministerio de Cultura), realizó estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Cartagena y Literatura hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo. Este poeta se considera un autor de escritura lenta,1 su poesía se inspira en el paisaje y los motivos de su tierra natal, utiliza un lenguaje exquisitamente depurado y rico en imágenes y sugerencias metafísicas, existenciales y eróticas. La obra reunida de Bustos Aguirre fue publicada en 2004 por la Universidad Nacional de Colombia con el título: "Oración del impuro". Bustos se desempeña en la actualidad como profesor de literatura en la Universidad de Cartagena.
La Revista Electrónica de Estudios Literarios "Librœs", órgano de difusión de la Red de Estudiantes Escritores de Barranquilla y el Atlántico (REESCRIBA), dedicó el número de septiembre-diciembre de 2010 al poeta caribeño.