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sábado, 25 de febrero de 2012

Rodolfo Reyes Núñez

El muñeco de Salinas

Por: Rodolfo Reyes Núñez
(Tomado de: En la tierra de La llorona Loca. Libro en corrección)

Héctor Salinas soñó desde muy joven con el vecino país de Venezuela. Cuando cumplió la mayoría de edad, viajó al lugar de sus sueños en busca de los bolívares y un mejor medio de vida.

Por largos años estuvo ausente de su tierra natal, Antequera, corregimiento de Tamalameque. Cuando volvió, tenía alrededor de 53 años; corría la década de los 80’s. Su físico había cambiado un poco, pero su acento era totalmente venezolano. No hablaba de pesos, sino de reales; los huevos eran yemas; el guineo, cambure; las llantas, tripas, y le cambió el nombre a todo en Antequera, hasta que la gente se fue acostumbrando a su parla, y él, lentamente, a su dialecto natal.

Tomaba licor con frecuencia y, a menudo, parrandeaba con sus amigos. Cuando estaba borracho, se iba solo a su casa, la cual estaba ubicada a la salida del pueblo, a orillas de la carretera que comunica con Tamalameque. Antes de su casa había un puente bajo el cual pasaba el desagüe de las sabanas, y antes del puente estaba la planta eléctrica, que era apagada por el plantero a media noche, quien, antes de acostarse, esperaba a que pasara Salinas “guapirreando” y discutiendo consigo mismo en su importado dialecto.
Si se acostaba antes, el borracho lo despertaba y era difícil, para él, conciliar el sueño de nuevo.
Lejos estaba Salinas de imaginar las perturbaciones que le causaba al plantero. Éste, en varias ocasiones, ideó planes para darle una buena lección al borracho. Pensó en lanzarle desde la oscuridad una totumada de agua, un puñado de cascajos, un poco de aceite quemado, un tote de los que llaman “mataburro”, y hasta darle en la cabeza con huevos podridos. Pero desechó todas estas estratagemas, porque Salinas podría averiguar que el ataque pudo haber sido desde la planta, dado que aquella estaba en un sitio poco poblado.

Un buen día, amaneció el plantero con la idea perfecta. Era verano, el desagüe estaba completamente seco, las noches eran despejadas y había luna llena. 

Aquella noche; el plantero sabía que Salinas estaba tomando. Tenía la seguridad  de que el borracho pasaría guapirreando a la hora de costumbre. Se llevó a su hijo de diez años de edad a la caseta de la planta, le dio instrucciones precisas y, unos minutos antes de las doce de la noche, hizo que se desnudara, y le pintó el cuerpo con aceite quemado. A continuación, le alborotó el cabello y lo llevó hasta debajo del puente en espera del borracho. En el camino, el plantero vio con satisfacción que a su hijo le brillaba la piel bajo la luz de la luna. El relumbrante color azabache de la piel y el cabello alborotado, realmente le daban un aspecto infernal al muchacho.
Alrededor de la media noche, se escuchó a lo lejos la voz de Héctor Salinas. Guapirreaba, hablaba solo, decía que tenía más reales que todos los antequereños juntos; coños de madre iban, coños de madre venían, y así, se fue acercando al puente hasta llegar a unos veinte metros de éste. El negro y brillante “muñeco”, ya estaba sobre el puente haciendo “marimondadas”, con los brazos arqueados. Al ver el espanto, Salinas se detuvo de repente, se frotó los ojos, para ver si no era un fantasma lo que estaba viendo, y a continuación gritó:

-¡Coño de la madre! ¿¡Qué verga eres tú!?

El muñeco continuó saltando de un lado a otro del puente, haciendo piruetas. El borrachín invocó de inmediato a la Virgen de Coromoto, a María Lionza, a Cristo, y a todos los santos, pero el muñeco brillante seguía saltando.
Al ver que ninguna invocación producía efecto sobre el espanto, corrió adelante, evadió el puente, se fue por la sabana y retomó la carretera. Cuando llegó a su casa se estrelló contra la puerta. Sentía que “se le iban las luces” y cayó en la sala casi desmayado.

Entre tanto, el plantero y su hijo volvieron a la planta muertos de risa y con una satisfacción que no les cabía en el pecho.
Todos en la casa de Salinas, se levantaron; los vecinos se despertaron y, ante el estropicio, corrieron a prestar auxilio.
-¿Qué te pasó? ¿Qué te hicieron? ¿Quién fue? –preguntaban al ebrio.
           
Cuando Salinas recobró el habla, con voz entrecortada repetía:

-¡Un coño, un coño ’e madre, un coño ’e madre muñeco, un diablo brillante, una verga!
-¿Dónde? -seguían preguntando.
-¡En el puente, coño, coño!

Armados de machetes y palos, con lámparas y mechones, los vecinos fueron al puente, pero no hallaron nada; la noche de luna llena transcurría en paz y tranquilidad. El suceso se difundió a la mañana siguiente por todo el pueblo, y desde entonces, lo bautizaron con el nombre de “El muñeco de Salinas”.

La leyenda ha permanecido en toda su pureza desde entonces, y tanto el plantero como su hijo, guardaron la verdad de aquel acontecimiento hasta hoy, cuando Jicho Beleño (el plantero de entonces), un veterano político antequereño, dio vía a la publicación de esta historia, para reírse de verdad, a costa de Salinas.



Rodolfo  Reyes  Núñez  nació en la pequeña población de San Sebastián (Pueblo Arcilla), municipio de Lorica, departamento de Córdoba (Colombia), el 2 de noviembre de 1941. Estudió la escuela primaria en su tierra natal. La secundaria, en la Normal Nacional Agrícola de Lorica (hoy, Instituto Técnico  Agropecuario), donde recibió el título de Institutor Agrícola. Estudió en la Universidad del Magdalena, donde recibió el título de Licenciado en Español y Literatura. Ejerció la docencia por cuatro décadas. Hoy dedica su tiempo a escribir. Ha escrito hasta el momento: “CUENTOS RIBEREÑOS”, “EN LA TIERRA DE LA LLORONA LOCA”, “EN LAS PUERTAS DEL SIGLO XXXI” Y “RECUERDOS DE PUEBLO ARCILLA”.















sábado, 18 de febrero de 2012

Diógenes Armando Pino Avila

Cantos del ayer y del ahora

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

Acto uno y dos
El sol rueda cuesta abajo
por el despeñadero del poniente,
y la luz pierde su brillo sobre el monte solitario.
La silueta opaca del cerro
Engulle lentamente, … sin ganas,
La roja oblea incandescente
 en que se ha convertido el astro rey.

Las sombras reptan ascendentes
Las cimas del oriente,
y sigilosas corren el telón
en la escena maravillosa de la tarde,
Sumiendo en la penumbra
El escenario natural del horizonte.

Con precisión de relojero,
El tiempo esculpe la noche
En este tranquilo espacio de mi mundo.
De cara al río, sentado en las gradas del puerto,
escuchando el rumor del agua turbulenta,
con paciencia espero. la segunda escena
de esta obra magistral de la natura.

El reloj, corazón mecánico del tiempo,
Deja escuchar el rítmico tic tac
En que consume ocioso los segundos
Como si quisiera acompañar
La música suave que entona el río.
Mientras tanto, espero…
Espero sin moverme, concentrado,
Y extasiado, trato de asimilar
Las maravillosas escenas transcurridas.

Por fin…!
Diviso el resplandor que emerge
Del seno obscuro de la noche
Y ella con todos sus fulgores
Despliega su belleza femenina.
Haciendo su aparición triunfal
Baña en luz el mundo que me circunda.
El río irisa su piel de agua,
los árboles lucen guirnaldas en sus follajes.
Los peces saltan y al caer de nuevo
Sobre la superficie del río
Arrojan pringos de rubíes derretidos.
¡Ha salido la luna…!


Tan solo por ver lo que he visto
Vale la pena vivir.
Gracias Dios por esta vida,
Gracias Dios por permitirme ser testigo de tu creación.


 Cielo verde
Cuanto lamenté no haber podido,
Por prohibición expresa de mamá,
Subir a las alturas de ese cielo verde,
Donde refulgían  jugosos luceros
             [amarillos, rojos y verdes.
Como envidiaba a los ángeles del vecindario
Que se columpiaban cual trapecistas osados
En esas nubes-ramas,
Mientras con  insaciable apetito
Consumían esos luceros,
Esperando con ello espantar las arañas
[del hambre
Que tejían su red en nuestros estómagos.

Yo tenía que conformarme,
Desde el suelo,
A ser el observador privilegiado
De sus saltos y cabriolas,
Recostado al rugoso tronco del árbol de mango
Que servía de sustento a ese firmamento verde
Comiendo los frutos maduros
que  a mis pies caían desde las alturas.

No sé porqué

No sé por qué, aunque estés triste,
En tu faz descubro una sonrisa
que alcanzo a ver oculta en la comisura
de tus rosados labios,
— luz del sol, oculta tras las cortinas,
 en la ventana de tu aposento,
cuando despunta  el nuevo día—

No sé por qué, a pesar de tus lágrimas,
En la profundidad de tus ojos negros
Vislumbro un diáfano remanso de paz.
Y confiado noto  el sosiego de tu alma
En la luz de tus pupilas húmedas,
—Como se refleja esplendido el sol,
En las aguas del majestuoso lago,
Cuando feliz el astro cruza el zenit—

No sé por qué, a pesar de la frialdad
con que indiferente, a veces,  me tratas,
Presiento, en tu lozana tez morena,
El fuego devorador del deseo,
Que agazapado y juguetón aguarda,
—volcán dormido o lava incandescente,
que pronto desatara el voraz incendio
En la apacible pradera de mi vida—

No sé por qué, a pesar de tu inocencia
Y la candidez de tus palabras,
Siento en ti,  el conocimiento oculto
En las delicadas  artes del amor,
Y no sé por qué, Sabiendo lo que sé
Me presento ante ti, inerme y manso,
Al sacrificio de sufrir en vida
El dulce castigo de tu ardiente amor.




sábado, 11 de febrero de 2012

Ciro Luís Otero Pedrozo

VERIS LETA FECIES


Por: Ciro Luís Otero Pedrozo 



Tomado del libro Materialización de lo Inasible. Coordinación Departamental de Cultura del Cesar.


Plenamente identificada se asumía con un felino y basta creía poder comprender su mística esencia, su desmedida cautela, el sigilo de sus movimientos acompasados, la rígida conciencia de cada uno de sus músculos al desplazarse con una sutileza que mas bien pareciera provenir de otra naturaleza, su concertada atención en estado siempre vigilante, su voraz ataque, preciso y certero, utilizando siempre la sorpresa como su mejor aliada y como su arma más letal, sus dientes afilados como navajas suizas, mortales incisivos agudos y dispuestos para desgarrar sin piedad la presa, sus poderosas e infalibles garras; una verdadera maquina de muerte.

Se sentía cada vez mas identificada con el felino y por fin supo las razones reales por las cuales lo babia adoptado sin ningún reparo, concluía entonces que había sido mas que un simple capricho tenerlo, que de cualquier manera su hermética personalidad se veía proyectada a través del comportamiento del enigmático animal y que lo había aceptado por considerarlo complemento suyo, la parte mas obscura de su interior.

Descubrió de golpe que a pesar de la razón,  la igualaba al animal un indesatable instinto y que podría llegar a convertirla en un ser despiadado, cosa que jamás había aceptado. De  pronto  experimentó  una sensación  de  escozor  y  la atenazó por la espalda un súbito escalofrío, al recordar cómo hace aproximadamente un año dejó morir a una infanta en las garras del felino, la espeluznante escena permanecía aun latente en su memoria.

La infanta de apenas cinco anos se acercó a la jaula del animal en uno de los tantos descuidos de la madre.  Con una vara de mimbre comenzó a molestar al apacible felino que yacía en un rincón medio dormido, pero con sus instintivos sentidos en vilo siempre.

Largo rato lo fustigó sin agotamiento hasta lograr sacarlo de su indiferencia habitual y conseguir meterlo a la fuerza en un inocente pero peligroso juego. Una vez despierto el animal comenzó a andar hostigado por toda l a jaula,  quizás buscando desesperado una salida para huir lejos de la fastidiosa visitante, pero acorralado estaba en su limitado espacio.

La molestia se prolongó hasta llegar al punto en el que el animal comenzó a mostrar sus filosos dientes y a lanzar fuera de lo  barrotes sus garras abierta intentando darle alcance al incansable intruso.  Al termino de un tiempo, la chiquilla se alejó recobró la infranqueable tranquilidad de otros días, pero no le duraría mucho el momento, porque el fastidio regresó luego de escapársele de nuevo a !a descuidada madre.

Lentamente se acercó a la jaula y como no traía la vara tomó al felino que dormitaba por la cola, este abrió  sus ojos alertado, se percató de la presencia de la molesta intrusa y se entregó a  su cotidiana indiferencia, la niña al darse cuenta de la pasividad del animal se acercó con mucha confianza ignorando lo que le esperaba por poner pie en territorio ajeno, el felino  se echó  obre un costado muy atento, con los ojos entreabiertos buscando el memento indicado para lanzar su letal zarpazo. La niña se acercó aun mas a la reja para acariciarle el lomo, quizás convencida de que le   seguía el juego, pero para sorpresa  suya el animal levantó la cabeza, aguzó las orejas, abrió bien los encendido ojos, alzó la letal garra desplegada y le mandó un zarpazo certero a la yugular cercenándole cl cuello en una fracción de segundos.

La pre a cayó herida de muerte emitiendo gritos desesperados que mas bien parecían agudos alaridos, entre tanto cl felino con la misma tranquilidad que le había sido arrebatada en un principio se alejó al rincón para acicalarse la garra ensangrentada, se  hallaba  sumido  en  una indiferencia  tan fría y hermética, de la cual nadie podría volver a sacarlo.

Karma Torrijos desde su balcón observo todo el lamentable suceso sin mover un solo dedo para impedirlo, por el contrario se mostro apática y hastiada ante los desgarradores requiebros de la madre que corría desesperada con la niña en brazos pidiendo auxilio.

Sin inmutarse por nada y con una gélida indiferencia entró al cuarto y tras de si cerró la puerta de manera brusca, encendió el  tocadiscos   y puso   la  Sinfonía   Fantástica   de  Héctor Berlioz, se fue al escritorio y continuó leyendo “Los miserables” de Víctor  Hugo,  frotándose las manos  con perversa serenidad,   no se detuvo ni un solo memento a pensar en lo sucedido, de forma concentrada leía sin   importarle  que a excepción  de su habitación cl resto de la casa se  estremecía desde  lo mas profunda de sus cimientos por el fatídico incidente que acababa de cobrarle la vida a su propia hermana menor.

Ciro Luis Otero Pedrozo. Nació el 26 de abril de 1976 en Valledupar.


viernes, 3 de febrero de 2012

Andres Francisco Caicedo Padilla

Los pasos continúan

Por: Andres Francisco Caicedo Padilla


LOS PASOS CONTINÚAN
Dicen que los pasos que atrás dejamos
siguen su rumbo indeclinable
y se pierden en el confín de los hitos,
donde convergen los sueños.
Me consta.
Porque soy el paso continuado
de mis abuelos vagabundos
que procrearon una etnia de negros luceros
Y los irrigaron con el eco de tambores heridos
por paraísos sembrados de libertad,
donde los pájaros cantaron amores y caminos
de un pueblo con ganas de volar.

EL CANTO DE LA PIEDRA
El canto de la piedra
pervive en cada muro
que lo aprisiona
en cada nido natural
donde lo sublima el misterio.
Los arroyuelos cantan por ella
y en el cincel del tallador
conciertos melódicos se asoman,
Para inscribir sus alegrías
en el pentagrama de las sombras.
En el alma de la piedra
un aedo su lira despliega,
sobre el tálamo de los sueños
y espolvorea el rostro de la historia
con la notación de alas y de cielos.

ABSTRACCIÓN
Absorto en la latencia infinita
de un rayo de luz;
distraído en el salto invisible
de la muerte que me busca;
embebido en el arcano que musita
la nota musical de lo extraordinario;
me inclino asombrado,
ante una plegaria serena
que mis labios apenas insinúan.
Los fulgores que fusionan
indicios y sospechas de la vida
ondulan sus acciones
y conquistan mis sentidos
en instantes de hondas abstracciones.
La vida se mueve
aunque la  muerte aceche.
Son más bellos los amaneceres
que los ocasos con resplandores.
Mi adherencia existencial
viaja con el tiempo
al punto de un vacío encuentro
y allí por amor me confundo
con la levedad del pensamiento,
que el éter distraído se lleva
como brisa que arrastra una hojarasca.