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sábado, 26 de marzo de 2011

Clemencia Tariffa

Señoras

Señoras con rostro plegable
que ayer oísteis mis poemas
y esta mañana
nos tropezamos en la calle.

Me miráis de reojo
como a un raro animal
como a buitre verde,
y volteáis la cara
meneando el caderaje
musitando sandeces
…¡vaya!...
siento un placer casi morboso
manteniendo esposas en ascuas.
Parece mentira, pero,
en mis poemas
no figuran sus maridos.

Senos

Suaves, pequeños y tiernos
siempre erguidos, siempre firmes.

Senos de carne blanda
grácil figura y vaivén excitante,
que invitan a probar
las delicias de la tez canela.

Tallados sin aguja, ni cincel
sobre musgo secreto
son montes cubiertos de azúcar
para una boca insaciable

En mis ojos polarizados
se reflejan cometas rojas
de largas colas
parecen cabellos, 
volátiles figuras,
pájaros escuálidos.

Recuerdo, los lunares
de mi amante.

Sepia

Una hebra de cabello
un crespo vello púbico
¡oh cuánta melancolía!

Yo no puedo pedir
un aro de Saturno
para mi delgado puño
ni una cinta de agua
para amarrar tristezas.

En cambio
sí puedo ofrecer
la excitante abertura
que centra mis labios


Velada

¡Hermosa luna de volcanes!
esta noche no tiene luna
sin embargo
escribo y hablo
a la sombra
que ocupaba su lugar.

¡Dulce luna de azúcar!
azúcar en terrones
cubre tu rostro
con un velo seguro
porque de noche
salen los niños
sobre hormigas doradas
y creerán tener derecho 
sobre ti.

¡Cóncava luna de agua!
yo estoy aquí
en una patria infiel
en la mira de tus ojos
en un mecedor azul
triste y desnuda
cantando
frente al espejo


Que se alboroten lindas mariposas sobre nuestros cerebros cálidos mientras van los pensamientos que tanto amo chantajeando un país entero, y por los corredores oscuros se incendien siempre un par de senos pequeños entre sus manos jugosas.



Señora: Cómo haría para decirle que cuando usted está a mi lado yo quisiera gritarle que de su marido estoy enamorada y los instintos me van devorando.
Señora:
Por su marido me detuve en dulce sueño
para convertirme por momento en fiera.

Mas no se preocupe señora:
él ni siquiera lo sabe.
Y yo soy incapaz de insinuarle,
fue la musa de Shakespeare
la que amablemente estuvo enamorada.
¡Ay señora de canción común!
Cómo le diría sin ofenderla
que usted ya no me inspira respeto
ni cuando la miro besando a...
su marido;
yo solo aspiro a ser ladrona
en ese rico trigal del que usted es dueña
-y desde hace rato compró-
Pero si deja de cuidarlo
robaré limpiamente su más dorado grano.

En mí el resentimiento se va hinchando.
Eso sí.
No se asuste mi señora
si las campanas cambiaron de tono,
que no es mi corazón el que está repicando,
solamente las agujas que ya no soportan el silencio
 y por eso quieren salir del pecho.
yo solo aspiro a ser ladrona
en ese rico trigal del que usted es dueña
-y desde hace rato compró-
Pero si deja de cuidarlo
robaré limpiamente su más dorado grano.

En mí el resentimiento se va hinchando. Eso sí.
No se asuste mi señora
si las campanas cambiaron de tono,
que no es mi corazón el que está repicando,
solamente las agujas que ya no soportan el silencio
y por eso quieren salir del pecho.

Disculpe usted, señora.

Misiva
Todos los soles han de ser iguales tanto en las cartas como en las fábulas, ante todo, si quien escribe niebla en un país de maravillas tempranas. Tal vez un malecón de algas conserve en mi cerebro verde como han vivido las letras en las mismas cartas leídas, pues si en rea­lidad existe un dios, él más que nadie sabe que soy feliz de ser lo que soy, que desde que empecé a hacer arte jamás quise otra cosa diferente.


Trotando por el más verde y mullido de los pastos          

Anoche salí al patio, me sentí observada; recosté las caderas sobre el húmedo césped y la cabeza reposó en la malva; el patio está lleno de malvas, sucede cada vez que llueve. Miré al cielo. Había un gran retazo de pana y en una esquina pendía la cacerola de aluminio más grande que jamás haya visto caribeño alguno; brillaba tanto como acero caliente. Esa luna me miraba y me veía diminuta, ¡qué simpática debí parecerle! 

Pero la noche se fue poniendo helada. Me fui a acostar. En el techo de mi cuarto hay cuatro goteras; me gusta dormir libre de ropa; sobre la piel, mis vellos. Las gotas resbalan en fila india; justo encima del vientre cae una; es grande y fría; pero me enrosco, parezco un erizo marino, redondo, crispado.    

Amaneció y volví al patio. Ahora voy hasta el ciruelo macho; cómo me agrada masticar sus hojas. Entre los huequitos del milimetrado follaje he metido mis largas uñas, y un montón de florecillas que del guácimo se desprenden, caen precisas en la taza que mi otra mano ha formado.       

El sereno empieza ahora en octubre, pero sus tardes son tan calientes que aumentaron mi deseo de amar. Decido entrar, desnudarme y regar aceite para niños en mis ojos pintarrajeados. Luego recuesto mi delgado cuerpo en el blando sofá, casi no lo siento; a veces creo que mi poroso cuerpo se confunde con la espuma. ¡Vaya si es delgado! Pero entras tú por el portón trasero como un caballo en corral ajeno. Y yo, que siempre, siempre estoy seca, voy humedeciéndome; aguadas columnillas destila mi frente; procuro evitar tanto gemido, pero me confundo. Ya no sé si eres un potro, o simplemente vas trotando por el más verde y mullido de mis pastos.   

Por supuesto, me siento más húmeda que una man­zana rosada, después de leerte. Reconociendo ser más tími­da, pero no por eso he olvidado las cigarras, ni mucho me­nos escribir poemas, por supuesto, cuando le escribo al poeta

CLEMENCIA TARIFFA. Nace en Codazzi Cesar, Colombia, en 1957.
A sus ocho años fue traída por su madre a vivir al puerto de Santa Marta.
Juan Carlos Vives Menotti le publicó en 1987 su libro El ojo de la noche, libro de corte erótico difícilmente superable en nuestro país.
Obtuvo en 1994 el Premio Latinoamericano de Poesía Koeyú (Caracas) y el Premio de Poesía del Instituto de Cultura del Cesar.

viernes, 18 de marzo de 2011

José Javier Sánchez

(Tomado del libro Fragmentos para una memoria. Colección Poesía Venezolana Contemporánea. Editorial El Perro y La Rana. 2007).


Una abuela es una casa
a la memoria de Isola Linares de Sánchez, mi abuela
Yo también tuve una casa como las que obsequia el poeta Luis
                                                                                 [Alberto
pero jamás un padre como el Inmigrante de Gerbasi.
Mi infancia transcurrió junto a mi abuela
que llevaba consigo una inmensa biblioteca adherida a la
                                                                      [memoria.
Mi casa era un jardín encerrado en ruinas marginales de
                                [techos de zinc repletos de goteras...
Mi abuela trajo al mundo diez lumbreras
que en el transcurso de la vida se le fueron convirtiendo
en cosas inferiores a mecheros de kerosén,
de los que he visto en algunos caseríos de Lara.
En esa casa el sol se llamaba mi abuela.
Lo más hermoso de mi casa era el jardín, el altar de los santos
                                                                           [y su cuarto,
los cuales edificó a fuerza de ilusiones.
Ella me dio a probar el algarrobo
y me enseñó a desenterrar lombrices y misterios de la tierra;
me presentó al Ángel de la guarda
y aprendí a amar a las mujeres a través de María,
a convertir cristianos con el agua bendita,
y a luego en un novenario expulsarlos de la tierra.
Con ella construí pesebres
y lloré por más de cinco años la muerte de Cristo.
Ella me enseñó que el marxismo
era el cristianismo sin Jesús y sus apóstoles.
Mi abuela era mi casa.
Mi casa era mi abuela.
Cuando ella murió, supe también que ella era el hogar;
el techo, el piso, las paredes,
las ventanas y hasta las mismas cuerdas
donde colgaba mi espíritu cuando era derrotado.
Y con su brisa me secaba los dolores.
Y me reanimaba con la gran oración de sus abrazos.
En mi casa
Con mi abuela.

Las nenas de mi barrio
Las nenas de mi barrio caminan por las calles de mi barrio como
si lo hicieran por grandes pasarelas de Roma o de New York.
Yo las he visto exhibir sus mejores trapos a un grupo de
intelectuales de la grama que las observan en la gran subasta
                                                                          [del deseo.
Las nenas de mi barrio dejaron el liceo para mostrar sus
atributos en una gran avenida donde con perfume barato se
entregaron al acto de intercambiar su humanidad por
                                                 [cuarenta billetes de a cien.
Las nenas de mi barrio fumaron marihuana para así adornar
su gran paraíso marginal con alucinaciones mucho más
                            | marginales pero que las hacían diferentes.
Las nenas de mi barrio se morían por darse una vuelta en una
moto y más de una entregó su inocencia por sentir el placer de
                                                   [la brisa soplándole el cabello.
Las nenas de mi barrio, como dice Miguel James, hicieron
el amor con nenes de mi barrio que tenían pistolas y tenían
navajas o que robaban bicicletas y motos y luego por mi calle
                                                                      [las mostraban.
Las nenas de mi barrio nunca aceptaron bailar conmigo en
una fiesta porque yo no tenía una navaja, porque no me
                       [drogaba y porque a veces rezaba con las viejas.
Pero a mi me gustaban mucho las nenas de mi barrio y yo me
conformaba haciéndole el amor a las madres de las nenas de
mi barrio y en su olor a cigarrillo recordaba el olor a flores de
las nenas de mi barrio y al lamer sus sudores con un gusto a remojo
y tabaco imaginaba que besaba a las nenas de mi barrio.
Porque las nenas de mi barrio a veces se dejaban mirar
y más de una vez cuando las vi sentadas en una acera
alucinando aún por causa de un buen hongo y tuve chance
de despojarlas de su ropa y de besar sus mamas y escalar a los
 picos caídos de sus pechos e internarme en la selva de su pubis
y enjuagarme en sus chorros vaginales.
Yo las dejé tranquilas.
porque las nenas de mi barrio son nenas de mi barrio así como
mi hermana y así como mi prima y como lo fue mi madre y lo
fueron mis tías que cuando adolescentes no fueron la
excepción y a lo mejor también subieron a una moto para darse
                                                                               [una vuelta.

Ella me dice.
Ella me dijo
hazte mi novio y yo lo hice
y me enamoré de sus ojos chiquiticos y su cadera enorme
y empecé a cabalgar por los reinos de Zeus.

Ella me dijo
cásate ahora que es Navidad y hay aguinaldos
y yo me casé y me gasté hasta los villancicos
y entre hallacas y gaitas
elevamos nuestro espíritu al reino de los cielos.

Ella me dijo
deja ya de escribir y hazte empresario
tú estarás mejor con tu bolsillo
y yo con mis pequeños gastos.
Entonces quemé todos mis manuscritos
y me metí en el negocio de seguros
trabajé día y noche
noche y día
y conseguí ganar dos sueldos mínimos,
                                                            una úlcera
                                                                     y mucho más
que pocas canas.

Ella me dijo
tú ya no me atiendes
me voy a casa de mis padres
o de mi prima en Francia.
Y yo lloré; me arrastré por todos los rincones
mientras ella volaba hacia otro continente.

Ella me dijo, hoy,
después de varios meses,
en París no hay empleo,
extraño tu perfume, extraño tu sonrisa y todos tus poemas
mis ojos la vieron como hace tiempo atrás.

Ella me dijo
ven, volvamos.
lo que ella aún no sabe
es q|ue descubrí una esquina
donde la brisa me acaricia y respiro mejor;
han desaparecido esas antiguas canas;
y escribo, leo, sonrío y algunas veces lloro
v lie conseguido a un ser con quien decirme cosas.

Ella me dice..

Una bala tiene el poder
De acabar con una vida
de cercenar una pierna
de crear un huérfano, una viuda
de aniquilar mil proyectos y metas.
         Un acto de graduación
          una vida perfecta.
          Cien vidas en treinta años.
                   Un libro, un artista, un poeta,
                         un guardia, un sacerdote, un cirujano,
                                   un reo, una prostituta o un profeta.
De destruir Asesinos
                               Inocentes
                                             Porquerías
                                                             o Lumbreras.
 Tú tienes eí poder de no apretar el gatillo
de pasar la página
de darte otra oportunidad y no arruinar tu fiesta.
La fiesta que es la vida.

Allá arriba en los barrios de Caracas
E1 hambre es el sol y el firmamento
los niños la espantan en la calle jugando fusilado callejero
se le ocultan jugando al escondite,
en un papagayo la elevan al cielo.
La baten contra el piso con sus trompos
le golpean con sus metras el rostro
con sus gurrufíos la mutilan, la aniquilan,
siempre la corren con sus juegos.
Los adultos también tienen sus mañas
las ancianas la exorcizan con sus rezos
los ancianos la ignoran en medio de la plaza
compartiendo chimó y aguardientito
mientras echan sus cuentos de muchachos
que no son otra cosa que sus sueños.
Las mujeres y los hombres la transmutan en afectos a través
                                                                            [del sexo
los jóvenes la evaden con licor,
con barajas, con dominó y con dados
con aros, arquerías y balones
y algunos con drogas de poco valor y altísimo riesgo.
El hambre de los barrios no es igual al hambre de los pueblos, ni a la de las urbanizaciones, ni a la de los conventos.
Es un hambre distinta.
A fin de cuentas lo importante es no ser desnutridos del alma
y aunque el niño, el joven o el anciano le dan un distinto
[tratamiento
si usted es un niño del barrio y llega a ser del barrio anciano seguro pasará por todo esto.

La vergüenza quedó sobre las sábanas
                                             diluida en sudores
                                                                          en lágrimas
                                                                                            en flujos.
Yo conocí el sexo
                       ella el amor
y viceversa.
                                    No descifré su edad
                                   ni ella mis frustraciones
                                                         Y entre cigarrillos
                                                          y televisión por cable
                                                                         esperamos al sol para
                                                                                 [lavarnos el alma.

- Algunas veces
Dios me juega al escondite.
Se meoculta en las cuevas de la decepción
- ero a buscarlo con lágrimas en los ojos y con mis labios
                                                       [incrustados en mis dientes.
Pero simplemente es un juego
tarde o temprano lo encuentro y al verle el rostro descubro en
                                                        [sus ojos mi cara reflejada
lo abrazo, seco sus lágrimas y le digo que no huya
que yo estaré allí para acompañarlo.

José Javier Sánchez. (Caracas, 1970)
Poeta y promotor de lectura. Licenciado en Educación. Fundador de la Red Nacional de Promotores de Lectura y de La Red Nacional de Escritores de Venezuela. Actualmente coordina el Programa Nacional de Promoción de Lectura "Leer es Entender" de la Biblioteca Nacional.

sábado, 12 de marzo de 2011

Fernando Vargas Valencia

INVOCACIÓN A LOS RÍOS PARALELOS

(A las víctimas del paramilitarismo,
Cuyos cuerpos mutilados fueron lanzados a los ríos)
Alguien trajo el rumor:
Una suerte de injuria contra el río.
Dejamos de desangrar nuestras ropas en sus orillas.
De beber de sus aguas.
Situamos cruces imaginarias en la creciente,
para sospechar la dignidad de un camposanto.
Fulgor atravesado en la hechura
que sacrificó su cauce
para ser más que la sangre propagada.
Aún no sabemos qué rumor ha llegado al mar,
como si las almas atascadas a las vorágines
nos quisieran mostrar entre sombras
que la luz de este río ya no es la misma.
Para la ceremonia de los incendios,
sólo nos queda el espejo inmóvil
del río agujereado:
maraña de cuerpos
sin lecho.

PRISIONEROS
(A Javier Díaz y en él,
a los presos políticos)

El prisionero
sólo tiene para protestar
su propio cuerpo.
Habrá de emanciparse
en la herida.
Habrá de cantar
con los miembros decantados.
Prisioneros somos
y nuestra única alternativa de luz
consiste en reunir
nuestras sombras
de tal forma que los fantasmas
que hemos inventado
en el encierro
mueran hastiados
de carcomer nuestras heridas.


EL SALADO I
                  "Los paramilitares que hace nueve años participaron en la masacre 
ocurrida en El Salado (Bolívar) obligaron a varias mujeres a 
desnudarse  bailar delante de sus esposos o padres, 
que después fueron asesinados". (Periódico El Tiempo)
La vergüenza de bailar
ante tantas miradas.
La vergüenza de mi piel desnuda
cuarteada por las sombras
de las aves tuertas.
El miedo que eriza mis senos
y que me hace temblar.
No puedo bailar así,
no con este olor a pólvora
y a muerte pospuesta.
Sé que voy a morir
y no quiero hacerlo bailando.
Mi madre me enseñó la danza
como juego de cortejos.
Nunca me habló de esta preñez fúnebre,
de esta sensación de terrible soledad sin música.
Este ejército de hombres
va a arrojar la rabia en cualquier momento.
No puedo, no quiero bailar
si la música es un golpe de luz
en la oca abierta de la noche.
Las ráfagas prometen venir pronto
Y me parece demasiado impuro
Recibirlas danzando.
No, no quiero bailar desnuda
Si mi padre me observa.


ÉPICA DEL DESHEREDADO


(A la amistad de los que no son nacionales;
al cuerpo insular de mi amada)
He inventado un país
sin los límites torpes de la permanencia.
Territorio abandonado a sí mismo,
se multiplica y contrae
como la épica de sus gentes.
He inventado un país de cuerpo derrochado,
de dinamita mojada por el tiempo,
por la lágrima mortal de los desheredados.
Un país que detenta sus misterios
con golpes de instante e imágenes de victoria,
un país que nace y respira
al compás de una brújula que no marca el Norte.
He inventado un país sitiado por la angustia
de ser isla en medio de fronteras yuxtapuestas,
una geometría torpe y mestiza
que sabe a mujer desnuda, entregada al sueño.
He soñado un territorio sin muertes recostadas en
sus esquinas.
Un círculo sin centros ni matices.
Un breve homenaje a mis muertos gárrulos
y a los ríos rojizos que les sirven de lecho.
Una geometría de niño que repuja el papel
sobre el que descansan animales y mendigos.
He inventado un país que no es tal
que es tu cuerpo ensombrecido por mis ejércitos
clandestinos.
He inventado el amor, cada vez que te toco.


POR-VENIR

América toda
se estremece
en los ritmos previos,
en el lenguaje tartamudo
de las absolutas liberaciones,
en los dioses
que hicieron del cuerpo
una metamorfosis circular,
un misticismo gárrulo.
América desea profanar la muerte,
volver la mirada
a lo anterior:
Al tiempo propicio
de los hombres
capaces de descifrar los signos
de su voluntad.

Poemas tomados del libro Tríptico de la indignación, Proyecto Editorial Isla Negra - Grupo Cultural Escafanra, 2009. Bogotá Colombia.

FERNANDO VARGAS VALENCIA. Poeta nacido en Bogotá, Colombia. Abogado especialista en Derechos Humanos y DIH. Investigador social. Invitado a varios encuentros literarios en Venezuela, Brasil, Cuba, México y Colombia. Ha publicado tres libros de poesía y dos libros de ensayo. Director de la Revista Internacional "Pasajeros del Bandido"

lunes, 7 de marzo de 2011

Rodolfo Lara Mendoza

(Poemas del libro inédito “Y pensar que aún nos falta esperar el invierno”)


ATARDECIDA DE AMOR SIN MANOS

Salimos a buscar la tarde
Aquello que de cada uno conservaba el otro
Yo ansiaba confesarle que en mí se hallaba intacta
y que ahora en lo cercano de sus ojos
moría la angustia obsoleta de mis años sin verla
La angustia de esos años en los que coloqué
su rostro en otras sin saberlo

Salimos a buscar la tarde
Una sombra de lluvia se cernía sobre el cielo
y un tenue resplandor emergía de sus brazos
Quise tocarla
pero el miedo a que ella terminara de reír
y el mundo irrumpiera entre nosotros demasiado pronto
apagó mis manos

AHORA HAY CASAS EN AQUELLOS LUGARES
EN LOS QUE UNO VIVIÓ Y SE RECUERDA

Ahora hay casas en aquellos lugares
en los que uno vivió y se recuerda
Pero antes hubo allí un lote enmontado
Cierto año, con retroexcavadoras, sembraron
una extensa tubería para aguas residuales
Uno veinte de diámetro,
nuestro juego era bajar a recorrer la estrecha distancia
Ver el agujero de luz agrandarse
hasta caber de nuevo en el tamaño del día

Mierda y años
ahora hay casas apretujándose sobre aquellos lugares
Ya no la fila de voces en la penumbra del túnel
Ya no la manecita de mi vecina buscando en mí
no sé qué cosa perdida


SOBRE EL TERRAPLÉN

Levanté los brazos al cielo y canté el gol como mío,
pero ninguno, abajo en la hondonada, celebraba ya conmigo
Yo era tan sólo otro espectador sentado
sobre el empinado terraplén,
que años después recordaría ese hecho pensando
en el Kiltartan Cross de Yeats:
patria de aquellos hombres que no tienen patria
Pensando en una que a mi lado, sobre el terraplén, me dijo
que yo dizque tenía los dientes parejitos

Y si hoy vuelvo otra vez a la hondonada
seguro encontraré la maleza crecida hasta el pecho
Y los amigos de entonces se habrán ido
cada uno a jugarse la vida bajo un cielo distinto


CUÁNTAS VECES, DE VIAJE POR MI PAÍS

Cuántas veces, de viaje por mi país
con este faro de tristeza y este otro de melancolía
me he sentido tentado a bajar del autobús
y perderme en una calle cualquiera

Quizá también encuentre allí una casa
que por lo parecido me genere la certeza
de que estoy entrando a la mía,
y que un poco más allá, no tan lejos,
entre casas que resisten agachadas
sobresale, con su ímpetu azul, tu pequeña morada

Pero si al llegar allí ya no me encuentro,
si también de allí ya me he marchado
—y una mujer, por el júbilo ante mi regreso,
me hace pensar que es mi madre, que en verdad estoy de vuelta—
¿quién le va a decir a aquélla que me espera,
que en otra la encontré?
Y a ti, lejos ya de tu orgullo y de tu rabia,
¿quién te va a decir que para siempre me perdiste,
al alumbrarme con tu adiós esa nueva llegada?

HOTEL HOJA

Por miedo al frenesí de esta noche
he decidido pernoctar sobre las ramas de un árbol
No tiene hormigas y estoy cómodamente sentado
sobre una bifurcación que más parece una estrella
Podría quedarme aquí la vida entera
Vivirla en forma simple y sin sobresaltos
Lejos de ti
Como una cometa que ve pudrir su urdimbre,
triste, entre los cables del alumbrado

Rodolfo Lara Mendoza
Escritor colombiano (Cartagena, 1973). Es delineante de arquitectura e ingenierías. Estudia filosofía en la Universidad de Cartagena. Tiene publicado el poemario Esquina de días contados. Textos suyos aparecen en la antología Al pie del agua, del Premio Nacional de Poesía Gustavo Ibarra Merlano de laUniversidad Tecnológica de Bolívar, así como en las revistas Noventaynueve, Susurros, Poesía Viva,Común Presencia y en el suplemento dominical del diario El Universal de Cartagena.