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viernes, 23 de diciembre de 2011

Miguel Barrios Payares

Sol/Off
Por: Miguel Barrios Payares
La tarde es frágil como las galletas de sal y el piso huele a desinfectante de hospital. Has dicho en alguna ocasión que el fuego pesa como las mentiras pero que las mentiras son más calientes y más incómodas de llevar. El piso está frío, mi cuerpo está desnudo y casi tan frío como el piso. Quiero escribirte algo con buena tinta, algo así como una conversación estilo libre donde parezca que prestas atención y donde yo aparente decirte algo importante. No hay hormigas ni ningún bicho en el piso, sólo se respira una incómoda blancura y seguro desde el suelo se debería ver mejor el techo, con las imperfecciones propias de todos los techos pero, no se ve nada diferente que si mirara hacia arriba estando de pie. En la pared, el suiche de la bombilla está en off y afuera, el sol está entre nubes y eso es algo similar a estar en off. Las ventanas cerradas reciben el golpe del viento aunque la vibración no es muy perceptible, pero están un poco empañadas y una que otra gota se desliza hacia abajo de vez en cuando. Algo del viento de afuera se cuela por la rendija de la puerta. Nena, hay algo que no cuadra con esto de estar pensando en escribirte palabras decentes, no hay nada bueno en mi tipo personal de conversación-estilo-libre. No hay papel o sí hay, pero no al alcance de la mano y eso es suficiente para que se justifique decir que no hay. Quiero escribirte algo y no pensar, escribirte algo con buena letra, dejar que la música siga sonando en algún lugar de la casa, recordar algo de Jethro Tull, cerrar los ojos, dejar que el sonido del viento llegue y que el año se acabe. El teléfono puede sonar en cualquier momento y odiaría contestarlo. No hay nada de conversación estilo libre en un teléfono, y en el teléfono no soy precisamente hábil así que seguir en el suelo es mi mejor forma de no hacer nada y por tanto mi forma ideal de engañar a mis tragedias por un rato. Seguro más tarde, en otra ocasión, los colores y las grietas del techo serán más claras y pueda entonces levantarme a escribirte algo.

Tomado de:  Mangadelvalle

Nota biográfica: Miguel Barrios Payares. (Astrea - Cesar 1986) Estudios de Ingeniería de Sistemas en la Universidad Popular del Cesar. Miembro del taller de creación literaria José Manuel Arango adscrito a la Universidad Popular del Cesar y a Renata. Ganador II Concurso Nacional de Cuento, 2011. Recibió mención especial en el Concurso de Cuento y Poesía “Materialización de lo inasible” 2007, género Cuento. Algunos Cuentos suyos han sido publicados en las antologías “Materialización de lo inasible” 2007. “Viaje a la memoria”, Renata Valledupar 2009, en la revista Puesto de Combate No 76, 2010. Antología de cuentos Talleres Literarios, 2010.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Dankir Ortiz


Por: Dankir Ortiz.

JURAMENTO DE MIS PASOS

Segundas circunstancias sólo existen
en el territorio de las pisadas constantes.

Miles de ojos persiguen mis pasos
entre bolsas plásticas con rostros…

No necesité morir para saber
que sólo la mirada
devuelve el hambre a mis pisadas
y las convierte
en fruto de los postes.


JURAMENTO DE UNA NO RAZÓN

Lo contrario a la verdad es verdad.

A la prohibición se suma
la imposibilidad aceptada
mientras continúan los partos
alimentando a las hambrientas
                                             cruces.

El niño que se saca los ojos
para apreciar el color
                                   de la historia,
es quien le da color.

Y de una barba inequívoca
se desprenden mariposas.

Continúan las preguntas... vístete.



ÉL...

“no-útil”– como el café
que se niega a termina
        con mi mirada –

cierra un libro como
                            piernas
y la tinta se seduce.

Mientras copula con la historia
deja al insomnio dispararle
y hasta se atreve a donar
sus intestinos a la muerte.

Ahora es árbol...
y sus raíces son el hambre
de mi tinta
y su silencio es ese río
utilizado como espada contra el ojo
y sus hojas la esperanza de la
                                            espera.

Cuando estuvo horizontal
enterraron sus manos
                                    para ramas
crecen lenguas
que reclaman el acuerdo.



ELLA...

La tierra es verde
porque no le niega el paso
ni a mi muerte.

...en la entrada del teatro
le tocó dejar los labios
al  solicitarlos
rostros
      que no han sido calcinados.

Hay que esperar la falla del
                                          tablado
donde la luz no se robe
                                las miradas.

Esperar la falla de la
                                   venda
y a la herida desnudada
                                    en el encuentro.

Esperar el filo del papel,
los árboles copulan   
y cada beso es el suicidio de
                                    unos ojos.

Karma es... más que nadie
y la espero desigual.

Dankir Ortiz. Riohacha, 1984. Reside en Valledupar desde 1993. Forma parte del Colectivo Literario Yuluka. Estos textos han sido extraídos de la antología Yuluka -Poetas de Valledupar- (Bogotá: Común Presencia Editores, Colección Los Conjurados).

viernes, 9 de diciembre de 2011

Diógenes Armando Pino

Un secreto para ser contado

Por: Diógenes Armando Pino Avila

A Joaquín y Arquímedes, y a todos los que como yo, también tienen sus amigos.
1
Este es un secreto que he guardado toda la vida y que hoy después de consultar con mamá y obtener su visto bueno te lo quiero contar, para que sepas de primera mano qué es lo que pasa y no le pongas atención a las murmuraciones. Tu compromiso es: escuchar y no repetir, pues debes guardar mi secreto y no traicionar la confianza que deposito en ti.

Comenzaré contándote que desde muy niño tengo un amigo, creo que antes que yo naciera ya contaba con su amistad. Su nombre es Miguel, ¿Miguel qué? Hummm, no se su apellido, nunca me lo ha dicho, o mejor, nunca se lo he preguntado, pues sí, ¿para qué el apellido? si siempre estamos los dos solos y tenemos que jugar y hablar escondidos donde nadie nos vea.      

Joaquín
Cuando niños sí, jugábamos delante de la gente y permanecíamos hablando de cualquier cosa, temas de niños, digo yo, pero cuando comencé a asistir al colegio sobrevinieron los problemas, pues los otros niños le dijeron a la maestra que yo me la pasaba jugando y hablando solo, he hicieron una ronda y me corretearon por todo el patio del colegio gritando en coro que yo estaba loco y fue tal el alboroto armado, que salieron todas las maestras y la directora del plantel y casi que a la fuerza me rescataron de la turba infantil que me gritaba y me zarandeaba de un lado a otro.

Asustado, en los brazos de mi maestra, lloraba y miraba a todos lados en busca de mi amigo, hasta que le vi con el rostro enjugado en lágrimas, todo tembloroso escondido detrás de unas matas de bambú que le proveía de sombra al patio de la escuela. Me hizo señas y con un dedo sobre sus labios me pidió que no hablara de él con las maestras. Le hice caso y cuando me llevaron a la rectoría y me interrogaron sobre lo ocurrido, tuve gran cuidado de no mencionarlo.

La directora me miraba fijamente con esos ojos de lechuza, que escondía detrás de las gruesas lentes de montura de carey, y al ver que no podía sacarme ninguna información, le dijo con seño adusto a mi maestra «La mamá de este niño debe venir hoy a hablar conmigo, ¡llámela!» esa sentencia me asustó mucho más, con la mirada busqué a mi amigo, él desde un rincón me hizo señas encogiéndose de hombros, yo entendí lo que me quería decir y me tranquilicé. Mi maestra levantó el teléfono y marcó el número de mi mamá, conversó con ella y sin mayores detalles le dijo que había un problema conmigo, que era necesario que viniera a la escuela de inmediato.

Arquímedes
Se hizo el silencio en la rectoría, yo miraba a mi amigo que se había sentado en el piso y desde su posición me sonreía, dándome ánimos, mi corazón latía aceleradamente y golpeaba con violencia mi pecho, veinte minutos después, entró mi madre, se abalanzó protectoramente sobre mí, indagando: «¿qué le ha pasado al niño?»—Mientras me abrazaba. «No se preocupe señora –dijo la directora—el caso todavía se puede controlar»

Le llevó aproximadamente media hora hacerle una exposición de psicología, para explicar que yo era un niño con problemas, con un comportamiento anormal, pues acostumbraba a jugar y a hablar solo y que los demás niños de la escuela me creían loco, que hablara conmigo para que modificara mi comportamiento o me pusiera en manos de un psicólogo. Mamá le escuchó con mucha atención y cuando terminó le pidió amablemente que nos dejara solos en la rectoría para hablar conmigo. Salieron, mamá cerró la puerta y apretándome contra su pecho me besó de nuevo, llamó a mi amigo Miguel lo sentó en las piernas y nos dijo «La amistad de ustedes no se va acabar, pero han de tener más cuidado, deben jugar y conversar tan solo en la casa, por eso, Miguel —le acarició el cabello— tú no debes acompañar a José al colegio, la gente no puede verte, se extraña, y cree que él habla solo, a partir de este momento te vas conmigo y no sales de la casa, espera a que José llegue y ahí sí, pueden jugar y hablar el tiempo que quieran» —me besó, tomo a Miguel de la mano y salió de la rectoría, llamó a la rectora y le dijo— «Asunto arreglado, no volverá a suceder»—se despidió y salió con una sonrisa radiante en su rostro llevando de la mano a mi amigo que con su mano blanca me hacía señas de adiós.

2
Después del episodio en la escuela las cosas cambiaron. Solo en casa, en un corredor enorme que hay en el patio, jugaba y hablaba con Miguel, mamá solo participaba para apaciguar los ánimos exaltados, ya que algunas veces subíamos la voz.
Miguel y yo corríamos en el espacioso patio, jugábamos a las escondidas, yo estaba cansado —Miguel nunca se cansa— y tenía que esconderme, corrí hacia la casa, al entrar oí a mamá hablando animadamente con otra mujer, entré en puntillas al dormitorio, ¡vaya sorpresa! Ahí estaba mamá sentada en la cama hablando con una señora de su misma edad, con un enorme parecido a mi amigo. Mamá al ver mi rostro de sorpresa, soltó la risa y me dijo «Ella es mi amiga Marce, es la mamá de Miguel» ésta inclinó su cabeza en gesto de saludo y me sonrió. Mamá me explicó que era su amiga desde la infancia, y que como las demás personas no la podían ver, entonces se la pasaban hablando en el dormitorio. Ahí comprendí por qué en las noches escuchaba conversando a mamá con otra mujer. A partir de entonces fuimos una gran familia que en la soledad de la casa hablábamos de temas variados y departíamos largos ratos en una amistad inigualable, claro, los vecinos comenzaron las murmuraciones, que aún subsisten.
3
Pensé que mamá y yo éramos los únicos que teníamos este tipo de amistades. Estaba equivocado, un día me di cuenta que no, pues en el pueblo existen dos personas a las que quiero mucho y que desde siempre me han llamado poderosamente la atención son ellos Joaquín y Arquímedes, con los que me la llevo muy bien, (demasiado bien dicen algunos de los amigos que conocen de esta amistad.).        

Nunca andan juntos, pues cada uno tiene sus propios hábitos. Joaquín, es feliz caminando a grandes zancadas por el muro de contención que bordea a Tamalameque y protege de las inundaciones del río, extendiendo sus recorridos por la calle Palmira el barrio de los pescadores, hasta el final de la calle del comercio en el sector conocido como El Colorado.
Joaquín tiene la rara tendencia de ponerse un pantalón encima del otro lo mismo que dos camisas y acostumbra a cargar colgado al cuello unas cuerdas de las cuales penden como cuentas de collar, una infinidad de artículos usados que van desde lapiceros, peinillas, envases de desodorantes, y elementos que él pacientemente va coleccionando para lucir con su particular atuendo. Ah, olvidaba mencionar que le gusta usar una cinta rodeando su cabeza a la altura de la frente y en ella porta plumas de gallina, como penacho, al mejor estilo indígena.        

En cambio mi amigo Arquímedes es más urbano, su recorrido lo hace por el centro del poblado y lo termina generalmente en la puerta central de la iglesia, donde se pone de rodillas y eleva su acostumbrada oración al Santísimo. Sobre su atuendo te diré, usa, al igual que Joaquín, varios pantalones y varias camisas una encima de otra, a pié descalzo, en su hombro porta partes de una atarraya vieja y en el otro hombro carga una vara en cuyo extremo cuelga un lío de ropas viejas donde cubre una serie de cachivaches inservibles que colecciona.         

Son dos seres que deambulan por las calles de Tamalameque. Para mí, gente normal. Para el resto de la comunidad no, La gente dice cosa de ellos, porque sus atuendos no son los convencionales, y aparentemente permanecen hablando solos unas conversaciones interminables. Ya habrás adivinado con quién hablan, pues sí, también tienen sus amigos que las demás personas no pueden ver.

Yo que tengo la dicha de ver al amigo de Joaquín y al amigo de Arquímedes te voy a contar lo siguiente: El amigo de Joaquín se llama Gregorio, tiene aproximadamente la misma edad de él, viste camisa verde y pantalón blanco de botas anchas, es de piel morena y de cabellos crespos, muy parecido y un poco mayor que mi amigo Miguel, pobrecito siempre que le veo lo noto cansado, chorreándole sudor por la frente, caminando casi al trote, tratando de alcanzar a Joaquín que camina a grandes zancadas y no precisamente por la sombra. El otro día le oí quejarse de que mantenía ampollas en los pies por las largas caminatas, pero Joaquín no le escucha, pues sus temas y discusiones datan de 25 años atrás donde en una madrugada se le paró el reloj del tiempo y en su cerebro se detuvo la historia, desde entonces, solo habla del pasado como si fuera su presente y las personas que menciona se han ido o están muertas que es lo mismo. 

El amigo de Arquímedes se llama Víctor, es de tez blanca y cabellos negros, su rostro también es parecido al de Miguel, viste camisa y jean azul, es un hombre pausado, reflexivo, casi un sabio, muy decente, pues nunca le he escuchado una mala palabra y siempre está diciéndole a Arquímedes que guarde la compostura, sobre todo cuando se enoja con los jóvenes del pueblo que le hacen burlas.
4
Por razones de trabajo tuve que mudarme a un pueblo cercano, La Jagua de Ibiríco. Allí conocí a una anciana, se llama Carmen Elena. Ella permanece sentada en un escaño de la plaza principal, es una morena de baja estatura que tiene aproximadamente 85 años, su atuendo es especial, faldas y blusas color beige con un trapo del mismo color que le sirve de tocado con que cubre su revuelta cabellera blanca, carga en su cabeza un lío de ropas, pues lleva su equipaje encima, ella no solo tiene un amigo, tiene dos, y hablan todo el tiempo con ella; me llamó mucho la atención que cuando yo pasaba a su lado, muy disimuladamente me daban la espalda, por lo cual no podía verles la cara. 

Un día tomé la decisión de hablar con Carmen Elena y tomando como pretexto regalarle una empanada, le puse conversación y le pedí permiso para sentarme a su lado en el andén, ella sonrió ampliamente y asintió con la cabeza, incluso pienso que me miró con alegría, le dijo al amigo que estaba a su derecha que se corriera un poco, este lo hizo y yo me senté entre los dos, iniciamos una conversación trivial, ella quería saber sobre mi vida y cuando comencé a contársela me interrumpió y dijo que ya la conocía que le hablara de otra cosa, comencé a hablarles de mi amigo de infancia y el amigo de ella que estaba a su izquierda terció diciendo «eso lo sabemos».       

Entonces el otro amigo de ella el que estaba a mi derecha me dijo –«cuenta algo que no sepamos» En ese momento le miré la cara y me sorprendí grandemente, giré la vista y miré la cara del otro y fue mayor mi asombro, el de mi derecha era muy parecido a Víctor el amigo de Arquímedes y el de mi izquierda se parecía a Gregorio el amigo de Joaquín, me miraron y se rieron, más que todo Carmen Elena y haciéndome un guiño con sus ojos me invitó a proseguir la charla, muy entrecortadamente dialogué con ellos por algunos minutos, le brindé la empanada a Carmen Elena y me despedí con el compromiso de volver.     

Desde que hablé con ellos no he podido olvidarlos, cuando regresé a casa en Tamalameque, le comenté a mamá lo que había pasado y le pregunté qué opinaba, ella se rió como siempre con su risa franca y me dijo –«No te preocupes, ellos son iguales y los mismos!»

Si lo dijo mamá tiene que ser verdad, pues ella nunca se equivoca cuando de amigos de infancia se trata.  

sábado, 3 de diciembre de 2011

Diógenes Armando Pino Avila

El peso de la carreta

Por Diógenes Armando Pino Ávila

La lluvia de fuego que el sol emite, castiga su cuerpo sudoroso.  Empuja resoplando la carreta donde carga su esperanza desvaída. Los autos pasan rugiendo a su alrededor, en una danza de muerte que hace algunos meses aprendió de memoria. No siente miedo, no es que sea valiente, es que engavetó su miedo en lo más profundo de su alma. Algunos conductores le lanzan improperios. No responde. Solo empuja su carreta con el terco afán de salir de esa avenida que ostenta un nombre de prócer de la independencia.

El semáforo cambia a verde, él se apresura a cruzar a la izquierda, busca la calle más tranquila y de escaso tráfico, la que lo conduce al barrio de clase media donde tiene su clientela. Se detiene con su carreta bajo la sombra que proyecta un árbol en la acera. Descansa, disfruta de la suave brisa que golpea su rostro y mitiga su amargura. El sol está ahí, acechándole con odio, a dos metros, esperándolo fuera de la silueta de sombra del árbol bondadoso. Siente deseos de no seguir, añora su finca, su vida en el campo. Siente nostalgias por su pasado, por su tierra. Aún recuerda las madrugadas, oyendo desde la hamaca el mugir del ganado, el cantar de los gallos y el trinar de los pájaros en los frutales que poblaban su patio. Recuerda cómo le llegaba desde la cocina el aroma del café que su mujer preparaba  en el fogón de leña que él mismo había fabricado, con la leña que él mismo había cortado. Cómo extraña su mundo.

Eran plenamente felices hasta que llegaron Ellos “Los Primeros”. Si, Ellos, “Los Primeros”, como él les llama ahora, llegaron con sus fusiles, secuestros y “vacunas”, diciendo que los iban a sacar de la pobreza, que eran los defensores del pueblo. En sus discursos siempre hablaban de paz y justicia para todos y que les darían la libertad. De los pueblos y ciudades, llegaban camionetas, camperos lujosos, en ellos llegaban los hacendados y comerciantes para hablar con el jefe de cuadrilla,  regateaban como en sus negocios, el valor de las extorsiones y vacunas y al calor de unos tragos de whisky cerraban el negocio despidiéndose con abrazos y palmadas en las espaldas.

Después llegaron los otros, “Los segundos”, así les llama ahora. Estos llegaron con sus fusiles sus “vacunas” y motosierras.  Se comenzó el juego del gato y el ratón: los primeros perseguían a los segundos y viceversa. Luego llegaron las mismas camionetas y camperos trayendo a los mismos hacendados y comerciantes para que hicieran el mismo negocio, pero con ellos llegaron los políticos y éstos más astutos negociaban sin dinero, pedían respaldo y votos, señalaban a sus enemigos y comerciaban con la vida ajena y los dineros del Estado.

Después llegaron “Los terceros”, así les llama ahora. Llegaron con sus fusiles y sus “falsos positivos”, dijeron que perseguían a los primeros y a los segundos, eso decían. Terminaron siendo amigos de “Los segundos”  y en conjunto perseguían a “Los Primeros”. A partir de ahí se  complicó todo, pues esos tres grupos terminaron persiguiendo a los campesinos que nada tenían que ver con sus negocios, rencillas e ideologías. Empezaron las muertes selectivas, el terror, el desplazamiento forzado y los falsos positivos (Tres plagas producidas por agentes diferentes para diezmar a la misma población: Los campesinos).

Resistió cuatro meses, hasta que “Los segundos”  le acusaron de ser de “Los primeros” y le quitaron el ganado, le dieron doce horas para abandonar la zona, y si no desalojaban lo mataban a él y a su familia. Sintió miedo e impotencia, lloró con amargura abrazado con sus hijos y mujer. Metió la ropa que pudo en una bolsa y salieron por el monte, esquivando el camino en una huída que aún no termina.

Hoy como todos los días se levantó de madrugada, ya no escucha el mugir del ganado, ni el canto del gallo, ni el trinar de los pájaros. Ahora a sus oídos llega el rugir de las motos, el bramar de los carros. En su pieza de cartón ya no huele el café que preparaba su mujer. Ella tuvo que quedarse con sus familiares mientras él trata de labrarse un nuevo destino en esta ciudad de mierda que odia con todas las fuerzas de su ser.

Odia a la ciudad, por sus carros y sus motos desbocadas. Por sus largas calles y avenidas llenas de tráfico inhumano. Por los policías que lo molestan en las calles. Por la indiferencia de sus gentes ante el dolor ajeno.  La odia por haber inventado en el pasado, próceres y héroes de mentira. La odia porque en el presente inventaron también muchos próceres más, tantos que los nombres no les alcanzaron y tuvieron que numerarlos para darles identidad. Los odia porque no sabe si esos nombres son un número o simplemente el inventario de sus muertos. La odia porque cobija en su seno a los políticos que negociaron la vida de las gentes y los bienes del Estado.

El sol penetra la sombra donde descansa, frunce el seño y decide proseguir su tarea, empuja su carreta y grita con voz ronca: «Plátanos, papayas, aguacates, bananos» Los músculos de su espalda se tensan con el esfuerzo, siente que su cansancio aumenta. El pavimento reverbera la miseria de la calle y por los orificios de las suelas de sus zapatos desflorados penetran los clavos ardientes de la pobreza con noticias de urgencias de dinero. Fija la vista en una casa modesta y grita con más fuerzas: «Plátanos, papayas, aguacates, bananos». Se abre la puerta y por ella asoma una morena de cuerpo esbelto que le sonríe, el sonríe también. Detiene la carreta, la mira a los ojos y le llama con una inclinación de cabeza. Ella se acerca con un caminar sensual, le provoca deliberadamente. Bajo la bata semitransparente que viste se alcanza a notar unas curvas rotundas, un niño se asoma a la puerta gritando «Mami» ella voltea a mirar al niño y este dice «tráeme un banano»  él, desde la acera, observa la redondez de sus nalgas. Cuando la tiene cerca, frente a sí, le señala los productos que lleva en la carreta, ofreciéndoselos.  Ella inclina el busto para ver los plátanos y por el escote deja ver las tetas macizas que lo tienen embrujado.

Ella toma un poco de cada producto, los coloca en una bolsa, le sonríe y le dice: «Esta noche te pago» El solo sonríe y dice «bueno». Continúa su marcha bajo el sol. La carreta ahora pesa menos y odia menos la ciudad.