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viernes, 27 de abril de 2012

Jorge García Usta


Jorge Gara Usta

Balada de Teresa Dáger

No hubo mujer bajo estos soles
como Teresa Dáger:
mitad cedro, mitad canoa.
Era bella, inclusive, al despertarse y
después de comer ese pobre trigo
nativo.
En las esquinas, a su paso,
hombres sudorosos
interrumpían las liturgias del comercio
y maldecían la muerte.
Era una forma ansiosa.
Procedía de una furia vegetal.
No la salvó tampoco su belleza.
Ahora, a los 80 años,
a diferencia de otras que fueron feas y
felices,
Teresa Dáger sueña sola en el piso quince,
rodeada de zafiros derrotados.
Y solo piensa en ese arriero de Aleppo
que el 7 de Agosto de 1925
la miró con ganas y en silencio
 tres segundos antes que su padre
la enviara al destierro de la trastienda.


Arenga de las mujeres necesarias
Ah, necesarias para vivir y morir, con sus aguas rezadas.
 Antes de llegar, ellas mojaban de cantos todos los asaltos,
los días con sus cejas veloces,
el mayor misterio con su gestión de penumbra.
Anchas, siempre.
Como de plaza o establo, como de río.
Muchos deseos de noche a su tercer labio,
besos mundiales a sus modos montunos.
Vastas, siempre.
Deidades de teta agreste y alma compañera.
Con las espaldas caídas
como tronos milenarios.
Violentas para morir, en la cruz de los mercados.
Y la salud de sus proverbios: bestias
 lentas exigiendo carne y viento.
Buenas, siempre.
Locas libres para hacer de los respiros
otra conversación intensa, para
 portar el río en la mirada,
 ordenar los gastos de cielo,
para fundar en el hombre último
el primer niño.
 Necesarias.
(a Carmelita Millán)

Del silencio

Cuando ella puso la mano de él
 en su sexo intacto
y él usó su mano como quien roza
un fuego nunca prometido Cuando
 ella lamió su ombligo
con aquella sed súbita y antigua
y él vio brillar sus nalgas
como una zanja de pedernal en la noche de la selva
ambos supieron que sus abuelos tenían razón.
La mayor pobreza está en las palabras

Tu voz
Tu voz que divide la lástima del aire,
chorro de veras en el surtidor de la locura,
 ánima de discordias,
fruta obscena en la pila de las puras.
Tu voz, morral para el desterrado.
Tu voz, que forma corazas de inútil oro
en el muro de la cocina, tu voz que agita
el pesar de la yuca, tu voz que anima
el lodazal y enciende las salas de recibo
donde el gerente ignora al monstruo que lo custodia.
Tu voz que baila
en la punta de los desaires, címbalo
diagonal de nueve condenados, penacho
de maíz flotando
en la plaza moribunda,
principio gemelo de mi mejor porción de almas.
Tu voz
que sabe irse.

Jorge Gara Usta (Ciénaga de Oro, 1960-2005), hizo estudios de filosofía y letras en la Universidad Santo Tomás de Aquino y ha publicado numerosos trabajos de investigación literaria y periodística. Sus libros de poemas son Noticias desde otra orilla (1985), El reino errante (poemas de la migración y el mundo árabes) (1991), Libro de las crónicas (1989), Monteadentro (1992) y La tribu interior (1995).

Tomado de: poligramas.univalle


sábado, 21 de abril de 2012

Miguel Barrios Payares

S

Por: Miguel Barrios Payares

La mujer muerta se llama Sofía aunque yo la llamaba S. No sé si por el simple desprecio a utilizar más palabras de las necesarias para expresarme o por el complejo que se me creó al leer a los rusos. La cosa es que Sofía o S, llámela usted como quiera, se tiró hace menos de cinco minutos del edificio MacDonald’s y ahora su sangre está corriendo por el andén, algunos chicos fotografían su cuerpo, y suben esas fotos a Facebook. S tomaba Coca-Cola y me decía la noche es linda, y yo le contestaba sí peladita, la noche es linda. Me dijo que hacía un frío del putas, pero que no le gustaba usar esa ropa de lana, por gruesa y por fea. Me dijo que prefería los jeans o en un caso extremo las faldas largas y parecer gitana con sus aretitos y toda la cosa. Me dijo, cuando estábamos en el súper mercado, que le dolía ver las frutas amontonadas y que las personas las manosearan, señaló a un aguacate y me insistió en la poca vanidad que tenía. Antes de lanzarse estaba recostada a la baranda, en el borde, en la azotea. La baranda estaba fría, un frío de muerte. S se me acercó y me besó la mejilla. Tenía una boquita preciosa y una saliva tibia. En un susurro me dijo la noche está para matarse. Yo le dije, sí peladita, para matarse, la vaina es que si uno se muere, queda todo feo. S me contestó que eso sólo importaba si uno era vanidoso. Así que se tiró y no hay más. La gente sigue acercándose, como en una piñata, como en una venta de promoción. Escucho desde aquí la sirena que se acerca. Quiero ver televisión. Abajo hay una chica horrorizada, se tapa la boca e intenta llamar por celular a su novio, quiere decirle que no se imagina lo que le está pasando. Alguien me mira, me señala. Tampoco soy vanidoso. Ahí voy. 

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Fuente: Revista Puesto de combate. Ed. 76.


sábado, 14 de abril de 2012

Alfonso Parra Beleño


DUENDES DEL FUEGO
Llamemos a los duendes secretos
que conciben y paren  rumores
fertilizados de leyendas y cantos.

Dejémoslos repletos de palabras
gestados en la estación de la sangre
sueño de los mares ilusión del rocío
apagar  este fuego y sus recuerdos.



PRIMER SECRETO DEL FUEGO

Fuego herido
enreda de danza
mi espíritu invasor
llegó visitante
de la mañana hasta  tu cuerpo.

Mi lanza en la mano
enternece la aurora
sumergidos en el fuego
agotamos las estrellas.

EL TIEMPO NACE

El tiempo nace
en cualquier  parte.

Uno lo puede formar
sobre el fuego o la ceniza;
también puede ser cambiado
en la primera  tienda
con autoservicio
que nos palpite cerca.

Lo que en realidad
no pasa nunca
es el olvido.

El viene sin llamados
dejando caer sus espigas
mientras uno desabrocha el alma
para dar un retoque
a la obra que no ha construido.


MARIA LUCHADORA

Se te quedaron regados
los sueños en el cuerpo:
 Fuiste habitada,
como el hogar  infinito,
por flores y colibríes
en los tiempos  en que bebíamos
la angustia  del vivir.

El pordiosero sin ojos
te enseñó a caminar
sin escrúpulos  vacíos.

Muy pronto supiste
morder la lluvia
bajo la piedra  sin rosas.


Porque llevas
el cielo en los labios
atrapaste la ola
que  te conduce sin rencores
hacia el Horizonte Total.


SECRETOSDELFUEGO

                   I

Primero  el fuego se hizo Dios
sueño secreto del arcángel gris
o encantos perfumados en el lecho de
Nerón.
                   II
Huracanes de sangre navegan el amor
evaporados del sismo arquitecto  mágico
que hizo del fuego radares eróticos.

                  III
 Erario sueño del fuego negro
sobre la estepa de un cuerpo  desnudo
lleva costumbre  de ruinas la serpiente.           

                   IV
Bajo el fuego duermen las ideas
Tinieblas o ángeles de la palabra
O semen ardiente de las profecías.


SONATAS DE SAL

Mi fuego apaga tu voz.
En la palma de la mano
sonatas para relamer la sal.

Mi encanto a medio camino
desarropa el marfil en tu cuerpo
o el aire prisionero.

  
FUEGO OLVIDADO

Peces que trepan
por la brisa y su sombra
la niña violada
constelación  sangrante
fuego olvidado repara la memoria.


JICARA

Navegante lotófaga
 mi palabra
desde lo alto
es un buitre  devorador de sombras
ella quema  tus encantos
cuando la jícara cansada
resbala y arrastra
las espumas tus senos.


CANCIÓN RUPESTRE

¿Entonces para qué
Son mis palabras
Si con ellas no puedo
Organizar tu piel?

Si mi boca al pasar
No eriza
El as en tus caderas
Esta canción rupestre
No será de tornasol.

Tomado de: Antología poética de autores del Cesar. Instituto de Cultura y Turismo del Cesar.  Valledupar. 1994


Alfonso Parra Beleño: Curumaní, Cesar, 1952. Contador Público de la Universidad Popular del Cesar. Escribe cuentos y poesías, que ha publicado en periódicos y revistas. Su obra permanece inédita  casi en su totalidad.