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viernes, 14 de diciembre de 2012

Rómulo Bustos Aguirre


Por Rómulo Bustos Aguirre


De origen
Hay un cierto declive
por el que el esplendor de todo gesto
                                                se precipita
y halla su raíz
recobra su rostro de medusa
Y solo queda su rastro
 se precipita
 una vaga fosforescencia que no alcanza
que no alcanza

Sufí
Como un perro que inútilmente
intenta morder su cola
giro en sentido inverso del movimiento
de los astros
para alcanzar mi sombra
Sólo ella
puede darme noticias de mi luz

De la levedad
Érase un alma tan leve que cuando murió su cuerpo
era tal su levedad que pasó sin detenerse ante la Puerta del cielo

Al menos eso fue lo que creyó el Guardián de la Puerta

Y el Guardián de la Puerta alarmado
temiendo que fuera a dar al Abismo o Vórtice de la nada
le sugirió que, a modo de plomadas, dejara caer palabras pesadas
Y el alma leve dijo: cedro, argamasa, potala, escaparate

Pero siguió levitando

Y el Guardián de la Puerta le sugirió que probara con malas palabras
Y el alma leve dijo palabras crapulosas
que la censura celeste me impide repetir

Pero siguió levitando

Y el Guardián de la Puerta le sugirió que probara con palabras inmundas
Y el alma leve dijo palabras abyectas
que el asco me hace imposible repetir

Y finalmente el alma leve se perdió de vista
ante la mirada desolada del Guardián de la Puerta

El Guardián de la Puerta
que era en realidad Sir Isaac Newton en apariencia de Guardián de la Puerta
no lograría comprender que per saecula saeculorum nada sabría
sobre el libre vuelo o caída de las almas en el espacio angélico
ni mucho menos entender
que en eso consistía su propio y exclusivo círculo del infierno


Rómulo Bustos Aguirre.  Nace en Santa Catalina de Alejandría (Bol.) en 1.954. Estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Cartagena y de Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo (Santafé de Bogotá).
Ha publicado : El oscuro Sello de Dios (1.988), Lunación del Amor (1.990), En el Traspatio del Cielo (1.993), Antología de Poetas Costeños (1.993), Palabra que Golpea un Color Imaginario (1.996) : compilación de los tres títulos anteriores, realizada por la Universidad Internacional de Andalucía., La Estación de la Sed (1.998).
Primer Premio Concurso Nacional de Poesía, organizada por la Asociación de Escritores de la Costa (1.985), por el libro El Oscuro Sello de Dios, Premio Nacional de Poesía Colcultura (1.993), por el poemario En el Traspatio del Cielo. Muestra de su trabajo ha sido incluida en varias antologías de la poesía colombiana. Como dibujante ha participado en diversas muestras colectivas de artes plásticas.


viernes, 7 de diciembre de 2012

Si la eternidad empezara un domingo


Si la eternidad empezara un domingo

Por: Miguel Barrios Payares

Siento ganas de subir al cuarto, escuchar Pink Floyd y suicidarme. Hoy ha llovido más que todos los días. Es un día cubierto por nubes y calor. Las ventanas están cerradas. No me creo el cuento de que María Paula se suicidó. ¿Cómo? ¿Por qué? No me creo ese cuento de que el viejo no tenga nada que ver. Yo creo que él la mató. Era viernes, la casa de él estaba llena de personas cuando yo me di cuenta de lo que pasó. Él estuvo bajo un árbol de mango, lloriqueando y dando respuestas a medias a todo el que le preguntaba. Ella estaba muerta en una morgue con la cara hecha puré. Una vieja lavó el piso sucio de sangre. Dicen que María Paula se tomó un montón de pastillas, luego se desmayó y cayó de frente contra el piso, dicen que quizá estaba embarazada y que el novio la dejó y por eso se suicidó. Pura mierda. Las hormigas se juntaban una al lado de la otra y besaban la sangre que la vieja no alcanzó a limpiar de las ranuras de las baldosas. Hoy es un día para recordarla, quizás porque ella decía que odiaba Valledupar, que odiaba sus días calurosos, así que hoy estaría de mal genio. Voy a la nevera. Tomo una caja de leche. Un solo sorbo. No. la llevo hasta el sofá de la sala. Tres sorbos a lo sumo. Me tiro. Dejo la caja a un costado. Este día está de espantos. María Paula no está y ella estaría de espantos. Una hormiga perdida recorre mi pie. Baja. Sigue y se devuelve. Este día es espantoso. La hormiga ve la planta de mi pie ir sobre ella. Se cubre. La aplasto. Un poco de ella queda sobre el piso y otro poco debajo mi pie. Tengo la posibilidad de suicidarme ahogado en leche. Vi en MTV la noticia de un tipo que hizo algo parecido. Aquí sería ridículo, por lo menos, un suicidio como ese. Imagino los titulares de primera página y una foto mía con cara de estúpido, muerto y con la boca llena de leche. María Paula era una pelada bien, me costó un tiempo como no tienes idea hacer que entrara a la casa, como un mes y otro más para que me diera un beso de dos segundos. La cosa es que no me alcanzó para más. Hay otra hormiga. Huele los restos de la aplastada. Se va. Regresa. Se vuelve a ir. María Paula no se suicidaría casi por las mismas razones que yo. No le gustaban las fotos de los periódicos. Hay una línea de hormigas que recorre mi pie. Bajo mi otro pie del sofá al suelo. Pienso en el viejo, él está solo en la casa con su reumatismo y con sus dolores de cabeza y sin María Paula. No toma medicamentos. Espera morirse pronto. Pobre viejo. Pero aún pobre y viejo sé que la mató. Ruedo el pie. La caja cae y la leche se riega. Las hormigas nadan en la leche. Llegan más hormigas. Prendo el televisor. Hago zapping sobre estática. La estática en el televisor es lo más parecido a la tristeza. Veintidós en la barra de volumen. El sonido se confunde con la lluvia. Quiero subir al cuarto. Seguramente hoy es domingo.

Tomado de: Grupo Jauría

viernes, 30 de noviembre de 2012

Diógenes Armando Pino Avila


 Por: Diógenes Armando Pino Ávila

A LA DERIVA

Quise agitar tus aguas mansas
para navegar hasta el cansancio
en tus mares océanos
y luego refugiarme
en la ensenada de tus playas.

Logré sumergirme
y explorar
tus tibias profundidades,
para jugar al buzo de pesca
en tu coral embrujado
y capturar las caracolas doradas
que emiten el eco de tus ansias,
tus suaves murmullos,
y tus tenues gemidos.

Pude romper tus olas,
para navegar en tus mares,
y descubrir las islas
donde escondes tus tesoros,
y alcancé a saborear
la sal húmeda de tus espumas,
alcancé a pastorear el cardúmen
vivaz de tus sonrisas,
y perseguir encantado
los pececillos esquivos de tus besos.

Me propuse un día,
atracar en tu puerto,
para poner en orden
la bitácora de mi vida,
y poder restañar mis heridas,
y renovar mi estropeado velamen,
para luego
hacerme a la mar de nuevo
¡y no pude!

Tiempo después,
Quise levar anclas
y abandonar tu puerto
En busca de mares remotos,
¡No pude!

Desde entonces, navego a la deriva
Buscando tus orillas
Sin encontrar el norte
Que me saque de este mar calamitoso
Que me mantiene a la deriva
y a punto del naufragio.

HOMO SAPIENS

Indolente, ayer
Taló árboles centenarios,
Descuajó montañas de tigres,
Invadió playones y desecó
Riachuelos y humedales.

Nostálgico, hoy
Añora el trinar de los pájaros,
El ronco grito de los monos,
El plateado nado de los peces,
La agilidad de la ardilla
Y el sedante murmullo del río.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Felix Molina Flórez


El retorno
Por: Felix Molina Flórez
Tu llegada allí es tu destino
C. Cavafis
Antes de suicidarse Ulises tomó su moto y recorrió Valledupar. Seguramente quiso sacarse de la cabeza la idea de matarse, pero el hecho de que descubriera que Marcela, su mujer, había salido del Motel Puerto Rico con un tipo alto y medio encorvado, era una razón suficiente para pegarse un tiro o colgarse de una correa.

Se levantó de la cama. Luego de pensar en lo doloroso que sería para él superar esa crisis, supo que nada en la vida volvería a ser como antes. Tomó su RX 115 y fue a la avenida Simón Bolívar. Observó algo absorto, cómo el neumático delantero recorría la superficie del asfalto y esquivaba los huecos, mientras algunos enormes árboles parecían perseguirlo. Pensó, en ese instante, que muchas veces él fue como ese neumático en las curvas de Marcela. Recordó también, cómo sus manos patinaron más de una vez sobre los senos de su mujer, a la que ahora creía malvada. Frenó y esperó a la sombra de un árbol. Secó sus párpados y quiso tragarse el nudo que estaba atascado en su garganta.

Divisó de lejos el semáforo en rojo y pensó que también se burlaba de él. Enclochó con furia y metió primera. Quiso estrellar su moto contra aquella luz roja que lo miraba fijamente, pero cambió de parecer cuando un niño le extendió la mano para pedirle una moneda. Lo miró con lástima, le dio doscientos pesos y siguió. Cruzó el semáforo y se vio como en medio de una isla de cemento rodeada de grandes árboles y nada más. Un sol apremiante empezaba a mortificarlo, supo en esos momentos que esas calles, que tanto había recorrido, eran el mapa exacto de una ciudad estéril, llena de carros y vallenatos y sol.

El edificio de la Caja Agraria, que divisó a lo lejos, le mostró la pobre arquitectura de la ciudad. Descendió de la moto y se sentó en el andén a observar cómo pasaban los mototaxistas que parecían pelear con el tiempo. Uno, pasó desaforado con un parrillero que se aferraba a la parrilla de la moto con sus dos manos; otro, movía su cabeza de un lado a otro pitándole a cuanto transeúnte veía parado en la calle. Observó las busetas viejas atiborradas de personas y las imaginó frustradas de tanto retornar a la misma cotidianidad de siempre. Vio a una mujer que sacó la cara por la ventanilla de una de las busetas y tiró un escupitajo al concreto. Ulises agachó la cabeza y se levantó.

Volvió a su Nena —como solía decirle a la moto— y salió al Norte. Vio a lo lejos la majestuosidad de la Sierra y a un extremo un lujoso Hotel que parecía mofarse de su angustia. Dio dos vueltas en la plazoleta y por un momento sintió que era un turista inerme. Miró el rostro desfigurado de la bailarina que sostenía su pollera y sintió zozobra, quizá le recordaba algo triste.

Después de unos segundos llegó al balneario Hurtado donde en varias ocasiones había ido a bañarse. Se paró al lado de las barandas amarillas y miró las aguas verdes que transcurrían por su cauce. Recordó las veces que arribó allí con Marcela con la intención de pasear y de paso ver a los muchachos lanzarse del puente de concreto por quinientos o mil pesos. Tomó todo lo que tenía en el bolsillo en ese momento y lo lanzó al río. Vio cómo su celular expandió las hondas en el agua. Observó a la gente feliz. Dio un último vistazo y no descubrió ninguna magia en ese lugar, todo le pareció muy natural. Le dio la espalda a la sirena y al verde paisaje, y encendió la moto para regresar.

En ese momento Ulises descubrió con desconcierto que, a diferencia de su homónimo griego, él nunca había sido un héroe; era uno más dentro de los miles que respiraban a diario. Así que no pidió que el camino de regreso fuera largo, lleno de aventuras; no anheló encontrarse a un cíclope o a un dios griego; sabía que no había tal Penélope esperándolo en la casa con un sudario en la mano; solo quería retornar sin más. Abrir la casa y pasar a través de la sala hasta el cuarto donde vivió dos años con su mujer. Entrar. Tomar la riata que le regaló su mamá y colgarla de la cercha. Mirar la puerta y asegurarse que estuviera bien cerrada. Hacer un lazo con la correa y meter su cabeza. Cerrar los ojos y respirar profundo, solo eso quería.

Tomado de: Grupo Jauría

viernes, 2 de noviembre de 2012

Martín Salas Ávila


De
DATOS DEL INFELIZ
Cartagena: 2009
(Plaquette preparada para los festivales de poesía de Venezuela y de Cartagena de Indias)

 Ya no juego a ser el vagabundo que alguien levanta del suelo:lo baña, le corta las uñas y lo ama un fin de semana.
 Uno olvida esos juegos; nadie es capaz de condolerse por un vagabundo cuarentón.
Si de joven amenazaba con matarme, cualquiera se preocupaba.
 Ya no se es Kurt Cobain, él murió joven y seguirá joven, en un viejo cassette, en marrón, en un patio oscuro del barrio Manga.
 Difícil tarea ésta, (a de decir que todo es insalvable; ahora que el famogal es mi nueva compañera, ahora cuando tengo dificultades para agacharme y recoger del suelo este poema.
  
SEGUNDO

Uno se recuerda recibiendo una medalla, con camisa amarilla.
Celebrando un gol de Brasil. Entrando por primera vez al segundo a. Imitando a Chaplin. Perseguido en una madrugada, matando a quien debía morir. Uno se recuerda en un papelito escrito por ti, Anabella, donde dices que el amor es una patada al balón. Uno se recuerda sin Silvio Yarinces, maldiciendo y probando marihuana en la universidad, derrotado, fingiendo. Uno se recuerda desnudo frente a otro hombre.

Cristo se habrá levantado muy temprano a esperar el bus, sin las risas aquellas de 1978; él también sintió lo que es no saber de la existencia de la culpa: también hizo desorden en el puesto de atrás.

Tantas cosas más por decir y uno decide quedarse callado, como Cesare Pavese.

 CERRAREMOS LAS VENTANAS

— no le daremos tiempo a la muerte —
Qué nos podrá decir el viento
ahora que tan sólo somos penumbra
Nacer y no encontrar
el suficiente olvido
que nos permita abrir los ojos
No vienen las cosas al mundo
para ocultar el rostro de quien vive,
son las cosas las que permiten anunciarnos
en nuestra soledad
Cerraremos las ventanas:
Entonces, alguien se ocultará de dios...
y del mundo.

 ============================

Hoy las noticias
         intentan confundirme,
pero yo no me dejo.
Continúo esperando la rufa del sol.
Continúo creyendo en la salvación
que produce un abrazo o una carta de amor
Continúo con mi cuazo entre mis manos,
celebrando la navidad todos los días
y deseando que mi rabia ceda
ante el golpe mortal de una flor.
======================
Ahorcarse
a las 4:20 a.m.
A las 7 a.m.
tu mujer lo descubre;
llama a tu hijo, él llora,
ella no se lamenta.
A las 7.5 a.m.
llaman por teléfono a tu madre.
A las 8.10 a.m.
todos los vecinos llenan la casa.
Alguien quiere saber a que hueles;
otros mirarán tus zapatos.
Por eso, para ahorcarse,
lo mejor es bañarse,
tener un vestido nuevo
y lustrar los zapatos

MARTIN SALAS ÁVILA. (Montería, Colombia, 1964)  Es poeta, actor, fotógrafo y gestor cultural. Estudió Derecho en la Universidad de Cartagena diplomándose en Gestión Cultural y Derecho Probatorio.  Fundador y director del Festival Internacional de Poesía en Cartagena de Indias, fundador y director de la revista de poesía Siembra, fundador y director del taller de poesía Siembra. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Estaciones de un cuarto vacío marrón y Parece que estoy solo en esta fría trampa del universo. 

Toado de:

sábado, 20 de octubre de 2012

Nobel de Gabo 21 de Octubre de 1982


La soledad de América Latina
[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo]

Gabriel García Márquez

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

FIN

viernes, 12 de octubre de 2012

Argemiro Menco Mendoza


DEL TRISTE DUEÑO DE LA SOMBRA

Sombra de un hombre, encogiéndose
con el andar de la mañana,
estirándose
con el declive de la tarde.
La sombra, un alma que naufraga.
Ver que no somos ya
ni la sombra de esa sombra.
Ayer no más, su compañía,
en el relleno del vacío.
Sombra viajera, sombra sin norte
en el plano gris del desencanto.
La sombra marchó linchada
por el dolor de su raíz adolorida.
¡Oh, la sombra trabajando su milagro!

¡Oh, si la sombra, al final de su tristeza,
enterrara su cuerpo
en arenas vivientes de la noche!

ECLIPSE

Unión global. El Sol copula con la Luna.

Desnudez. Cuerpos cósmicos proyectando las sombras del asedio. Las pasiones estelares estimulan la presencia del ojo humano, multivista.

Frente a una cama del universo, en posición erecta, se excitan los asombros.
Somos televidencia erotizada.

A la Tierra descienden cristales serenos, agua poética de amor, la lluvia que fecunda. El amor sideral es un polen encendido cuyas caricias estampan sonrisas a la luz.

Cuando el Sol y la Luna se separan, uno comprende por qué el Sol derrama su luz, una vez más, sobre la Tierra.

YETI

Estamos en el monte más alto,
la nieve más albina,
la huella más extensa,
la mancha más impura,
el oso más extraño,
la sombra más negra,
el gigante más titánico,
la leyenda más nevada,
la historia más blanca,
el hombre más fornido
y más abominable,,,
Estamos en la cueva más oscura.

HERÁLDICA Y SANGRE PARADOJAL

El hijo de Héctor
creció como un príncipe de paz.
Pero.....
los nietos de aquel héroe,
y de Andrómaca, anduvieron
poseídos de manchas heredadas:
se sentían orgullosos de su origen,
cada uno de ellos se creía
una gota de sangre,
que descendía de la lanza
de un guerrero.

EXORCISMO

El odontólogo le aplica
una jeringa de agua mágica
al colmillo del vampiro.

DOCTRINA DEL VIGÍA

Un poste de luz, como un gran señor, tiene, en su frente de vigía, un faro de vista mercurial. Los celadores que no pegan sus ojos son bombillos despiertos en la noche.

Bombillos que ladran encendidos: tinieblas que se espantan en el túnel del aire.
Bombillos apagados: tinieblas que se amañan.

Hay bribones que asaltan
al amparo de las sombras.
El centinela que apaga sus atisbos
es un cómplice barato de la noche.

Mientras cazamos al cobarde, diente por diente, hay un foco de penumbras que nos guía. Vamos a embotellarlos en la oscuridad de sus propias armas. Hay vigilancias que requieren de tactos penumbrosos. Sean de noche o de día, la vista, los oídos y el olfato, excesivamente despiertos.

Argemiro Menco Mendoza. Poeta, escritor y periodista. Nació en 1948 en Piza (Sucre), Colombia. Autor de los poemarios "Secretos míos,,, (¡al arca de la luz!)" (Lealón, 2000), y "Las sombras del Asedio" (Los Conjurados, 2007). Antologado por las revistas Común Presencia, Candil y Epigrama. Ha sido columnista del periódico El Espectador y colaborador de los diarios El Universal y El Heraldo, y de revistas literarias de Latinoamérica. Especialista en Universitología y en Didáctica del Lenguaje y la Literatura, es profesor de la Universidad de Cartagena -donde obtuvo el título de Abogado-, y de la Universidad Tecnológica de Bolívar. Varios poemas suyos han sido adaptados para obras pictóricas (Galería Jardín Botánico del Quindío, exp.: "A vuelo de Mariposas" de Lourdes Morales Núñez, 2002), documentales ("El linaje del río", de Juan Carlos Guardela, Telecaribe, 2008), y piezas teatrales ("Sebastiana", de Carlos Ramírez, Teatro Estable Aguijón, 1985)


viernes, 5 de octubre de 2012

Eddie José Daniels García


“Mi nombre es...”

A E. C. Meza Rosales,
a quien el Destino le dio un premio para toda la vida.

Desde la mañana en que el profesor de literatura universal, un anciano bonachón de chivera nevada y puntiaguda y bigotes ensortijados que vestía siempre de camisa y pantalones negros y corbata roja, cuando yo culminaba mis estudios superiores en la universidad local, hizo un alto elogio de mi nombre remontándose a lo más profundo de las raíces griegas, siempre lo llevé con orgullo, al expresarlo y al escribirlo ante los demás, pues hasta ese día, le había reprochado a mis padres que me hubiesen bautizado con un nombre de vieja que, ante mis amigas y amigos se me llenaba la cara de pena y de vergüenza. En mi primer día de clases, cuando apenas tenía cinco años, en el jardín infantil de mi pueblo que lo atendía la señora Altagracia Dos Santos, y al que asistíamos todos los niños y niñas de mi edad, mis compañeritos se rieron y se burlaron al escuchar mi nombre.

-Tienes nombre de señora, me dijo Iluminada de los Espíritus, una niña de mi edad que llevaba gajos rizados en su frondoso cabello rubio y usaba gafas de vidrio grueso por la naciente miopía.

Cuando llegaba a casa y contaba a mis padres lo que pasaba en el colegio, ellos me explicaban que así se llamaba mi abuela y también mi bisabuela y mi tatarabuela y que era una tradición en la genealogía de la familia de mi padre llevar ese nombre. “A la mierda la tradición y también mis abuelas”, pensaba yo a mi corta edad.

Recuerdo que papá, que a veces se las daba de poeta, me decía que ese era un nombre muy importante, porque lo habían llevado varias mujeres de algunas cortes del viejo mundo, cuyos reinos jamás me mencionaron. Hasta mi tío Quinoja, que a veces anda de viejo mandarino y otras de Fauno erótico alborotado, hacía siempre una defensa del nombre de mi abuela, explicando y argumentando que lo importante no era el nombre sino la persona, pero siempre terminaba con una conclusión: el nombre refleja la personalidad de quien lo lleva y que además, éste está signado, mucho antes de nacer la persona, por el inexorable dios Destino en la frente de quien lo ha de llevar, “igual que a la entrada de la gruta de cada mujer escrito está el nombre del hombre u hombres que por allí entrarán, para bien o para mal, para el amor o para el odio”, según las tradiciones islámicas.

Siempre me decía ven acá mi nena, que te voy a decir tu nombre en verso:

Desde pequeña fui una niña precoz, comencé a decir mis primeras palabras cuando tenía seis meses, mientras me pegaba como un político avezado a chupar en la teta de mamá sin importar el lugar que fuera y mis primeros pasos, sin ayuda de nadie ni de nada, los di cuando alcanzaba los ocho meses. Y como si fuese un ave de mal agüero, la madrugada en que nací, contaba papá, mis gritos fueron tan grandes y sonoros, que algunos los pájaros enmudecieron y otros cambiaron de voz; el búho que todas las madrugadas ululaba en el chopo del anciano campano, metió el pico entre las plumas; el cuervo que graznaba alegre, se escondió en el hueco del medicinal sancuaraño; el turpial que cantaba el himno nacional anunciando la hora del ordeño de las vacas, esa madrugada se olvidó de la letra; el sinsonte que imitaba la voz hueca de Fidel Castro diciendo el discurso de instalación de la Asamblea del Pueblo y hablando mal del imperialismo norteamericano, se olvidó del cubano y comenzó a imitar a Chávez, y, lo más extraordinario, hasta el gallo que anunciaba el polvo de la despedida, sin decir mú, se tiró desde el cogollo de la milenaria ceiba que daba sombra en el patio a cacarear como una gallina vieja. Otros cerraron el pico. Si, el pico, ninguno de esos otros pájaros bullangueros dijo nada ese día.

Con el paso de los años, a medida que dejaba de ser niña, me fui convirtiendo en una mujer; de la escuela de primaria ingresé al bachillerato y luego a la universidad. Cuando pasaba con mis amigas ante los jóvenes desconocidos, los piropos más bellos eran para mi.

-Para el bombón de mirada dulce como un caramelo, decían.

Luego cuando tenía oportunidad de conocerlos y sabían mi nombre lenta y pausadamente se retiraban, ¡uf, qué nombre tan feo!- decían. Le cogí entonces cierta tirria y antipatía a mi nombre, pues muchos de mis amigos y amigas para molestarme, creo que no eran mis amigos, me llamaban por los dos nombres, si así como les digo, por los dos nombres que papá y mamá me habían maculado en la pila bautismal, y que fueron recibidos con alegría por mis padrinos, Eurípides Ludovico, y mi madrina Eleodora Prudencia, ¡qué vergüenza! Cierta vez que a la casa de mis padres, llegó el notario del pueblo, y cuando ansiosamente esperaba el coqueteo de los jóvenes de mi edad, le pregunté si yo podía cambiar mi nombre por el de alguna de esas mujeres famosas como Jacquelinekenedy, Isadoranorden, Leididiana, Isabellacatólica, Estefaníademonaco, Goldameyer, Gretagarbo, Briggitbardó, Teresadecalcuta, Isabeldeinglaterra, Elizabethtailor, o que simplemente me llamara Maríaestuardo.

 -Pero mija, me dijo con el tono paternal de los escribanos de pueblos, si tu nombre es el más hermoso de cuantos hay en el santoral romano, y la Santa mejor hablada porque es la que mejor expresa la lengua. Nunca entendí la última frase de su discurso.

Desde ese día jamás volví a contarle a nadie sobre la vergüenza que sentía por mi nombre. Los pocos novios que tuve, cuando me escribían cartas de amor, ponían mi nombre entre comillas como si se burlarán de él. Pienso que el hecho más bochornoso fue el día en que iba a contraer nupcias. El templo estaba abarrotado de parientes, familiares y chismosos. La orquesta que había contrato papá tocaba los más bellos porros de mi tierra y yo por la emoción tenía hasta el último pelo de punta. Cuando el cura me preguntó “Señorita....quiere a... por esposo”, mi novio se quedó serio, miró al cura a los presentes y después a mi y me dijo: “tu eres... tú te llamas así, ese es tú nombre”, y salió corriendo por la nave central de la iglesia. Jamás volví a verlo. Y lo peor era cuando llegaba a las fiestas, pues siempre había alguien de mis compañeros que para molestarme, se subía a la tarima y decía “acaba de llegar la señorita....recibámosla con un fuerte aplauso”. A lo largo del recorrido de las clases, pues debido a mi nombre cambié de colegios en varias ocasiones, siempre mis profesores decían usted es la niña que más y mejor habla, por eso tiene el nombre bien puesto. Jamás comprendí el sentido de aquellos comentarios.

Desde aquel día glorioso en que el profesor de Literatura Universal me descifró la etimología de mi nombre, hasta hoy, han pasado muchas lluvias. En el ejercicio de mi profesión conocí otras personas, hombres y mujeres, amigas y amigos, a quienes jamás le demostré pena ni vergüenza por mi nombre, todo lo contrario para hacer honor a él hablaba más. Los que me escuchaban, que eran otros amigos, me decían haces honor a tu nombre. Y después de aquella boda frustrada, tuve muchos novios y amantes, hasta que llegó uno que supo donde estaba mi gracia y, cosa rara, él no se enamoró de mi, si no de mi nombre: es lo más hermoso que he oído, me susurró al oído. Y entonces recordé lo que me decía Quinoja, el tío mandarino que aún sigue alebestrado buscando zagalas por las tierras españolas: que toda mujer a la entrada de su gruta trae escrito el nombre del hombre u hombres que por allí entrarán. Y mi gruta no iba a ser la excepción.

Cartagena de Indias, 11 de enero de 2007
 Tomado de: Joce Daniels.Com

Eddie José Daniels García
Posee una pluma mordaz y punzante
Poeta, investigador, narrador, docente y cronista de opinión. Natural de Talaigua Nuevo (6 de octubre de 1952). Estudió primaria en la escuela pública de su pueblo al lado de su padre, don Tomás Daniels, de quien fue alumno. Curso sus estudios de bachillerato en el histórico Colegio Nacional “Pinillos” de Mompox y se licenció en Idiomas en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia en Tunja.
Se ha desempeñado como docente de varias instituciones educativas de Sincelejo, ciudad donde reside casado y rodeado de mujeres.
Su pluma es ágil, punzante y aguda cada viernes en el periódico El Meridiano de Sucre, donde escribe su columna. Es autor de los libros “Remanso Lírico”, - el que incineró frente a su editor cuando comprobó que no estaba perfecto-, “El Lenguaje Literario” y de otros que permanecen inéditos. También dirige el periódico Polifonía del Instituto Nacional de Educación Media “Simón Araujo”, de cuya institución educativa es docente desde hace 25 años.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Bernardo Romero Parra


Poemas tomados de: Poesías.es

Esquina Urbana

En la esquina de la cuadra
no habían vacantes
estábamos completos los contertulios
pero, ese lugar tenía un dulce amañador
preferido por los foráneos
que allí se quedaban sin invitación alguna.
La esquina de la cuadra
era una sala de redacción
de las noticias de la comunidad.
cubiertas por reporteros
de ocasión y vocación.
Cada periodista entregaba su
informe y al final de la tarde
se podía hacer la emisión.
Allí salió la noticia
de que el tumor abdominal
de la niña Raquel.
No era más que el resultado
de la pruebita de amor
que le pidió su noviecito Rafael
y efectivo a los nueve meses parió.
Allí se debatió y concluyó
que tener una pieza descomunal
como la que tenía Misael.
No era solución para satisfacer
a una mujer.
Porque a ese cojonudo.
Otra mujer se le llevó la mujer.

Partida desde la nada

Resolución
Me han contado
Que existen innumerables mundos en este universo.
Entonces inició su búsqueda
en un viaje sin puerto,
ni cobijas.
Dejando atrás
Los espejos sin imagen,
Los amores sin amantes,
Los hombres sin nombres.
Itinerario
He soltado las amarras a mi alma
para encontrarme con mis ilusiones.
He despegado para construir en el cosmos
mis anhelos y conquistar en los planetas
la inscripción de mi nombre.

Universo del barrio

El barrio es un universo
donde las calles son continentes,
la cuadra es un país
y cada casa es una ciudad.
Muchos prefieren no salir
de ese mundo
para encontrar lo que quieren
y lo que no quieren.
Por ejemplo si por innovar
decides casarte con una extranjera
caminas unos pasos
y consigues tu amor en otra cuadra.
Luego cuando tengas hijos
y acuerdas en familia
probar suerte en otra ciudad
solo tienes que cambiar de casa.
Ojo, pero sí un día
eliges salirte de ese universo
¡cuidado!
Te pueden crucificar.

Compromiso

Caía un aguacero
Sobre la ciudad
y yo corría; desafiando al clima
quería llegar al colegio.
Cada vez que afirmaba
los pies en el agua,
mis zapatos lloraban,
pero no alcanzaba a escucharlos
estaban agotados y no resistieron más
se desprendieron las suelas....
Con angustia pare
y la lluvia cesó en el instante.
Caminé arrastrando los zapatos
que ya eran cartón mojado.
Entonces afligido,
deposité mi cuerpo en la silla
de un parque, mientras mi alma viajaba.
Después de horas retorné
y decidí tres cosas;
Una, no ir esa tarde al colegio.
Dos, regresar a pie pelao a casa
y Tres a derrotar en mi vida
la pobreza.

Bernardo Romero Parra. El Poeta de la Comunidad. Escritor, periodista comunitario, docente, gestor cultural poeta de barrio y líder nacional de las Comunas. Nació en el populoso barrio de Daniel Lemaitre de la ciudad de Cartagena, Colombia en 1961, ciudad donde reside y ejerce su oficio de escritor. Realizó sus estudios de Comunicador Social en la Fundación Universitaria Los Libertadores. Ha sido periodista de radio, prensa y televisión. Actualmente escribe una columna de opinión en el periódico El Universal de su ciudad natal. Es autor del Himno de las Comunas a nivel nacional. También realizó especialización sobre Comunidades en la ESAP y a lo largo de muchos años ha sido investigador de la administración distrital de Cartagena, emitiendo acertado juicios. Es afiliado a la Asociación Sindical de Periodistas Independientes de Cartagena. Ha sido tutor de la Escuela de Gestores de Cartagena, Profesor contratado por Orden de Servicios de la Escuela Superior de Administración Publica de Colombia, ESAP. En la actualidad Dirige la Corporación para el Desarrollo Social COEQUIPO desde donde realiza asesoría a varias entidades territoriales como la Gobernación de Bolívar y la Alcaldía de Cartagena.

Ha recibido las siguientes distinciones: Premio al Mejor Dirigente Cívico de Cartagena, en los años 2000 y 2001. Condecorado en el 2005 por la Cámara de Representantes con la Orden de la Democracia Simón Bolívar. Premio por la labor de Gestión Social, otorgado por FUNDACOMUNAL CARTAGENA en 2006. Mención de Honor de la Junta Administradora de la Localidad De la Virgen y Turística, por la labor de apoyo a la participación ciudadana, Años 2006 y 2007.
Es autor de las siguientes obras:
• El libro La Ética y el Dirigente Popular (1999).
• El libro Funciones, Responsabilidades y Procedimientos Legales de las Juntas Administradoras Locales de Colombia. (2001).
• El Estudiante ante los Derechos Humanos y la Participación Ciudadana. (2004)
• El Poemario El Alma en la Comuna (2006)
http://www.barulegazette.com/
http://www.catedraciudadana.blogspot.com/

 Biografía tomada de:Escritores del Caribe

viernes, 21 de septiembre de 2012

Frak Torres Vergel


Cuarenta grados
Sudan los muros, las hojas de los árboles,
el aire pulverulento, la ropa del enfermo,
la piel roñosa de las bestias estivales.

Transpira el virus picante y pertinaz,
la chatarra abandonada en solares desérticos,
la cruz latina de Jesús.

Suda la patraña de ayer,
la ambición desmedida,
la luz que se refleja en el espejo,
la carne de la anguila,
la fiebre sañuda,
los cúmulos níveos a mediodía.

Transpira el paciente ladrillo en paredes de sueño,
las rayas cafés del vicioso comején,
el Tiempo, que hinca sus colmillos
en las gargantas de los hombres.

Carácter implícito
No a todos nos enriquece la Fortuna
No a todos nos da el silencio el Silencio
No a todos nos concede un deseo la Esperanza
No a todos nos sonríe la Alegría
No a todos nos da vida la Vida
No a todos nos defiende la Justicia
No a todos nos prolonga el tiempo la Muerte
No a todos nos hace nobles la Verdad
No a todos nos suspende el Honor
No a todos nos sobrevive el Dolor
No a todos nos abandona la Soledad
No a todos nos escolta el Abandono
No a todos nos adula el Decoro
No a todos nos delira la Locura
No a todos nos castiga tanto la Conciencia
No a todos nos ahoga, casi desahucia, la Tristeza
No a todos nos heroifica la Paciencia
No a todos nos acobarda el Miedo
No a todos nos inspira la suave sensación de los Sueños.

Para cadáveres no estoy en casa
Viajante transitorio de lo cierto al incierto
ante este sueño de vida,
se agota la bruna torcida del tiempo
sostenida en su frágil cuerpo esteárico
adicto a su fantasía de luz.

Tus pasos al borde del trecho
con césped y piedrecillas,
solitarios, vagabundos,
de sino patronímico,
transitan a través del aire otoñal
de la noche a punto de entrar
en el silencio doloroso, desengañado.

Subirás al vagón de fantasmas contemporáneos
bajo custodia secreta,
a la sombra de prójimos intangibles, 
entre tantos miedos movidos
y viejos pronósticos de enigmas en insomnio.

Mañana me dirás
si mentía sobre ese último exilio,
si mi pena es sólo un paisaje oculto en el horizonte,
si es dulce o salado ese mar de la muerte.

Mañana me dirás
si allá se hace huérfana la memoria,
si oficialmente es largo el tiempo,
si el luto del muerto persiste,
si todos aquí somos metáfora de duelos y quebrantos
o alegoría de vivaces desvalidos.

Me contarás
si espantan los espantos,
si es cierto que allí se cura la amnesia de los sonámbulos,
si existe la mala hora,
si se quejan las almas, si se retuercen
y el fragor de sus gritos devasta los oídos.

Mañana, mañana me dirás
si fui sauce o pájaro en el esplendor de otra época,
si hay tinieblas que acarician el delirio,
si ha sido temeroso el baúl corazón,
si los muertos se aman
o si taciturnos alucinamos aquellos ojos milagrosos
y labios de otro mundo.

Pero si sabiéndola pierdo el aliento
no hay prisa para mirar afuera
el imperio de misterios y tormentos.

Mejor me fío
de la selva y sus troncos,
de montañas y puñados de suelo,
del asombro y su paciencia sobrada.

Mejor confío
en el ritmo común de las hojas en movimiento
a la claridad de la luna,
en un río adornado de cielo en vista del ocaso,
en la pérdida absoluta.

Me fío
de ese único instante infalible.

(Poemas tomados de:Poemas Poetas)

Frak Torrez Verbel. Nació en Santa Marta en el año 1976. Es Licenciado en Lenguas Modernas de la Universidad del Magdalena y actualmente está cursando la Maestría en Literatura Hispanoamericana y del Caribe en la Universidad del Atlántico. Escribe poesía y prosa desde los once años. Entre los años 1989 y 1996, realizó estudios de piano clásico y teoría e historia de la música. En el año 2002 fue galardonado con el segundo puesto en la IV Convocatoria Distrital de Poesía organizada por la Fundación Poetas al Exilio. En el 2009 obtuvo el segundo puesto en el Premio de Literatura Ciudad de Santa Marta organizado por la Asociación de Escritores del Magdalena, en la modalidad de libro de cuentos con la obra “Armonías al borde del ocaso”. Ha publicado dos libros de poemas: El primero en el año 2008, llamado “Los Refugios de la Catarsis”; y el segundo en el 2010, intitulado “Farolas en Perspectiva”. Ha publicado también tres comentarios literarios: “Intimidades” de José Asunción Silva; Apología del amor sufrido y delirante; y La figura del miedo y la humillación en Macario.  Actualmente labora con la Universidad Sergio Arboleda de la ciudad de Santa Marta orientando las cátedras de literatura. También, trabaja en la Institución Educativa Departamental “Armando Estrada Flórez” de Riofrío (Zona Bananera) como maestro nombrado mediante concurso de méritos desde enero del año 2006.