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sábado, 18 de febrero de 2012

Diógenes Armando Pino Avila

Cantos del ayer y del ahora

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

Acto uno y dos
El sol rueda cuesta abajo
por el despeñadero del poniente,
y la luz pierde su brillo sobre el monte solitario.
La silueta opaca del cerro
Engulle lentamente, … sin ganas,
La roja oblea incandescente
 en que se ha convertido el astro rey.

Las sombras reptan ascendentes
Las cimas del oriente,
y sigilosas corren el telón
en la escena maravillosa de la tarde,
Sumiendo en la penumbra
El escenario natural del horizonte.

Con precisión de relojero,
El tiempo esculpe la noche
En este tranquilo espacio de mi mundo.
De cara al río, sentado en las gradas del puerto,
escuchando el rumor del agua turbulenta,
con paciencia espero. la segunda escena
de esta obra magistral de la natura.

El reloj, corazón mecánico del tiempo,
Deja escuchar el rítmico tic tac
En que consume ocioso los segundos
Como si quisiera acompañar
La música suave que entona el río.
Mientras tanto, espero…
Espero sin moverme, concentrado,
Y extasiado, trato de asimilar
Las maravillosas escenas transcurridas.

Por fin…!
Diviso el resplandor que emerge
Del seno obscuro de la noche
Y ella con todos sus fulgores
Despliega su belleza femenina.
Haciendo su aparición triunfal
Baña en luz el mundo que me circunda.
El río irisa su piel de agua,
los árboles lucen guirnaldas en sus follajes.
Los peces saltan y al caer de nuevo
Sobre la superficie del río
Arrojan pringos de rubíes derretidos.
¡Ha salido la luna…!


Tan solo por ver lo que he visto
Vale la pena vivir.
Gracias Dios por esta vida,
Gracias Dios por permitirme ser testigo de tu creación.


 Cielo verde
Cuanto lamenté no haber podido,
Por prohibición expresa de mamá,
Subir a las alturas de ese cielo verde,
Donde refulgían  jugosos luceros
             [amarillos, rojos y verdes.
Como envidiaba a los ángeles del vecindario
Que se columpiaban cual trapecistas osados
En esas nubes-ramas,
Mientras con  insaciable apetito
Consumían esos luceros,
Esperando con ello espantar las arañas
[del hambre
Que tejían su red en nuestros estómagos.

Yo tenía que conformarme,
Desde el suelo,
A ser el observador privilegiado
De sus saltos y cabriolas,
Recostado al rugoso tronco del árbol de mango
Que servía de sustento a ese firmamento verde
Comiendo los frutos maduros
que  a mis pies caían desde las alturas.

No sé porqué

No sé por qué, aunque estés triste,
En tu faz descubro una sonrisa
que alcanzo a ver oculta en la comisura
de tus rosados labios,
— luz del sol, oculta tras las cortinas,
 en la ventana de tu aposento,
cuando despunta  el nuevo día—

No sé por qué, a pesar de tus lágrimas,
En la profundidad de tus ojos negros
Vislumbro un diáfano remanso de paz.
Y confiado noto  el sosiego de tu alma
En la luz de tus pupilas húmedas,
—Como se refleja esplendido el sol,
En las aguas del majestuoso lago,
Cuando feliz el astro cruza el zenit—

No sé por qué, a pesar de la frialdad
con que indiferente, a veces,  me tratas,
Presiento, en tu lozana tez morena,
El fuego devorador del deseo,
Que agazapado y juguetón aguarda,
—volcán dormido o lava incandescente,
que pronto desatara el voraz incendio
En la apacible pradera de mi vida—

No sé por qué, a pesar de tu inocencia
Y la candidez de tus palabras,
Siento en ti,  el conocimiento oculto
En las delicadas  artes del amor,
Y no sé por qué, Sabiendo lo que sé
Me presento ante ti, inerme y manso,
Al sacrificio de sufrir en vida
El dulce castigo de tu ardiente amor.




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