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sábado, 11 de febrero de 2012

Ciro Luís Otero Pedrozo

VERIS LETA FECIES


Por: Ciro Luís Otero Pedrozo 



Tomado del libro Materialización de lo Inasible. Coordinación Departamental de Cultura del Cesar.


Plenamente identificada se asumía con un felino y basta creía poder comprender su mística esencia, su desmedida cautela, el sigilo de sus movimientos acompasados, la rígida conciencia de cada uno de sus músculos al desplazarse con una sutileza que mas bien pareciera provenir de otra naturaleza, su concertada atención en estado siempre vigilante, su voraz ataque, preciso y certero, utilizando siempre la sorpresa como su mejor aliada y como su arma más letal, sus dientes afilados como navajas suizas, mortales incisivos agudos y dispuestos para desgarrar sin piedad la presa, sus poderosas e infalibles garras; una verdadera maquina de muerte.

Se sentía cada vez mas identificada con el felino y por fin supo las razones reales por las cuales lo babia adoptado sin ningún reparo, concluía entonces que había sido mas que un simple capricho tenerlo, que de cualquier manera su hermética personalidad se veía proyectada a través del comportamiento del enigmático animal y que lo había aceptado por considerarlo complemento suyo, la parte mas obscura de su interior.

Descubrió de golpe que a pesar de la razón,  la igualaba al animal un indesatable instinto y que podría llegar a convertirla en un ser despiadado, cosa que jamás había aceptado. De  pronto  experimentó  una sensación  de  escozor  y  la atenazó por la espalda un súbito escalofrío, al recordar cómo hace aproximadamente un año dejó morir a una infanta en las garras del felino, la espeluznante escena permanecía aun latente en su memoria.

La infanta de apenas cinco anos se acercó a la jaula del animal en uno de los tantos descuidos de la madre.  Con una vara de mimbre comenzó a molestar al apacible felino que yacía en un rincón medio dormido, pero con sus instintivos sentidos en vilo siempre.

Largo rato lo fustigó sin agotamiento hasta lograr sacarlo de su indiferencia habitual y conseguir meterlo a la fuerza en un inocente pero peligroso juego. Una vez despierto el animal comenzó a andar hostigado por toda l a jaula,  quizás buscando desesperado una salida para huir lejos de la fastidiosa visitante, pero acorralado estaba en su limitado espacio.

La molestia se prolongó hasta llegar al punto en el que el animal comenzó a mostrar sus filosos dientes y a lanzar fuera de lo  barrotes sus garras abierta intentando darle alcance al incansable intruso.  Al termino de un tiempo, la chiquilla se alejó recobró la infranqueable tranquilidad de otros días, pero no le duraría mucho el momento, porque el fastidio regresó luego de escapársele de nuevo a !a descuidada madre.

Lentamente se acercó a la jaula y como no traía la vara tomó al felino que dormitaba por la cola, este abrió  sus ojos alertado, se percató de la presencia de la molesta intrusa y se entregó a  su cotidiana indiferencia, la niña al darse cuenta de la pasividad del animal se acercó con mucha confianza ignorando lo que le esperaba por poner pie en territorio ajeno, el felino  se echó  obre un costado muy atento, con los ojos entreabiertos buscando el memento indicado para lanzar su letal zarpazo. La niña se acercó aun mas a la reja para acariciarle el lomo, quizás convencida de que le   seguía el juego, pero para sorpresa  suya el animal levantó la cabeza, aguzó las orejas, abrió bien los encendido ojos, alzó la letal garra desplegada y le mandó un zarpazo certero a la yugular cercenándole cl cuello en una fracción de segundos.

La pre a cayó herida de muerte emitiendo gritos desesperados que mas bien parecían agudos alaridos, entre tanto cl felino con la misma tranquilidad que le había sido arrebatada en un principio se alejó al rincón para acicalarse la garra ensangrentada, se  hallaba  sumido  en  una indiferencia  tan fría y hermética, de la cual nadie podría volver a sacarlo.

Karma Torrijos desde su balcón observo todo el lamentable suceso sin mover un solo dedo para impedirlo, por el contrario se mostro apática y hastiada ante los desgarradores requiebros de la madre que corría desesperada con la niña en brazos pidiendo auxilio.

Sin inmutarse por nada y con una gélida indiferencia entró al cuarto y tras de si cerró la puerta de manera brusca, encendió el  tocadiscos   y puso   la  Sinfonía   Fantástica   de  Héctor Berlioz, se fue al escritorio y continuó leyendo “Los miserables” de Víctor  Hugo,  frotándose las manos  con perversa serenidad,   no se detuvo ni un solo memento a pensar en lo sucedido, de forma concentrada leía sin   importarle  que a excepción  de su habitación cl resto de la casa se  estremecía desde  lo mas profunda de sus cimientos por el fatídico incidente que acababa de cobrarle la vida a su propia hermana menor.

Ciro Luis Otero Pedrozo. Nació el 26 de abril de 1976 en Valledupar.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Te felicito Ciro, siempre te has distinguido por tu sensibilidad, muy bonito lo que expresas.