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sábado, 17 de noviembre de 2012

Felix Molina Flórez


El retorno
Por: Felix Molina Flórez
Tu llegada allí es tu destino
C. Cavafis
Antes de suicidarse Ulises tomó su moto y recorrió Valledupar. Seguramente quiso sacarse de la cabeza la idea de matarse, pero el hecho de que descubriera que Marcela, su mujer, había salido del Motel Puerto Rico con un tipo alto y medio encorvado, era una razón suficiente para pegarse un tiro o colgarse de una correa.

Se levantó de la cama. Luego de pensar en lo doloroso que sería para él superar esa crisis, supo que nada en la vida volvería a ser como antes. Tomó su RX 115 y fue a la avenida Simón Bolívar. Observó algo absorto, cómo el neumático delantero recorría la superficie del asfalto y esquivaba los huecos, mientras algunos enormes árboles parecían perseguirlo. Pensó, en ese instante, que muchas veces él fue como ese neumático en las curvas de Marcela. Recordó también, cómo sus manos patinaron más de una vez sobre los senos de su mujer, a la que ahora creía malvada. Frenó y esperó a la sombra de un árbol. Secó sus párpados y quiso tragarse el nudo que estaba atascado en su garganta.

Divisó de lejos el semáforo en rojo y pensó que también se burlaba de él. Enclochó con furia y metió primera. Quiso estrellar su moto contra aquella luz roja que lo miraba fijamente, pero cambió de parecer cuando un niño le extendió la mano para pedirle una moneda. Lo miró con lástima, le dio doscientos pesos y siguió. Cruzó el semáforo y se vio como en medio de una isla de cemento rodeada de grandes árboles y nada más. Un sol apremiante empezaba a mortificarlo, supo en esos momentos que esas calles, que tanto había recorrido, eran el mapa exacto de una ciudad estéril, llena de carros y vallenatos y sol.

El edificio de la Caja Agraria, que divisó a lo lejos, le mostró la pobre arquitectura de la ciudad. Descendió de la moto y se sentó en el andén a observar cómo pasaban los mototaxistas que parecían pelear con el tiempo. Uno, pasó desaforado con un parrillero que se aferraba a la parrilla de la moto con sus dos manos; otro, movía su cabeza de un lado a otro pitándole a cuanto transeúnte veía parado en la calle. Observó las busetas viejas atiborradas de personas y las imaginó frustradas de tanto retornar a la misma cotidianidad de siempre. Vio a una mujer que sacó la cara por la ventanilla de una de las busetas y tiró un escupitajo al concreto. Ulises agachó la cabeza y se levantó.

Volvió a su Nena —como solía decirle a la moto— y salió al Norte. Vio a lo lejos la majestuosidad de la Sierra y a un extremo un lujoso Hotel que parecía mofarse de su angustia. Dio dos vueltas en la plazoleta y por un momento sintió que era un turista inerme. Miró el rostro desfigurado de la bailarina que sostenía su pollera y sintió zozobra, quizá le recordaba algo triste.

Después de unos segundos llegó al balneario Hurtado donde en varias ocasiones había ido a bañarse. Se paró al lado de las barandas amarillas y miró las aguas verdes que transcurrían por su cauce. Recordó las veces que arribó allí con Marcela con la intención de pasear y de paso ver a los muchachos lanzarse del puente de concreto por quinientos o mil pesos. Tomó todo lo que tenía en el bolsillo en ese momento y lo lanzó al río. Vio cómo su celular expandió las hondas en el agua. Observó a la gente feliz. Dio un último vistazo y no descubrió ninguna magia en ese lugar, todo le pareció muy natural. Le dio la espalda a la sirena y al verde paisaje, y encendió la moto para regresar.

En ese momento Ulises descubrió con desconcierto que, a diferencia de su homónimo griego, él nunca había sido un héroe; era uno más dentro de los miles que respiraban a diario. Así que no pidió que el camino de regreso fuera largo, lleno de aventuras; no anheló encontrarse a un cíclope o a un dios griego; sabía que no había tal Penélope esperándolo en la casa con un sudario en la mano; solo quería retornar sin más. Abrir la casa y pasar a través de la sala hasta el cuarto donde vivió dos años con su mujer. Entrar. Tomar la riata que le regaló su mamá y colgarla de la cercha. Mirar la puerta y asegurarse que estuviera bien cerrada. Hacer un lazo con la correa y meter su cabeza. Cerrar los ojos y respirar profundo, solo eso quería.

Tomado de: Grupo Jauría

2 comentarios:

Miguel Barrios Payares dijo...

Muy bueno. Valledupar también tiene su infierno.

Anónimo dijo...

Excelente!