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viernes, 28 de octubre de 2011

William De Ávila Rodríguez

Confesiones crepusculares en la heladería
(Tomado de:Revista LetrasNúmero 2, Año 1. Octubre de 2011)
Estuvimos en la heladería de la esquina, al lado de mi casa, allí nos alcanzó a sorprender la luz parda de la noche. Pedimos  cervezas, helado  de  chocolate, maníes y mentas. Nos untamos las bocas de acidez, miel y besos, rompimos la timidez del primer encuentro sin cita previa. Apuramos la bebida que corría espumeante por las gargantas.

En medio  de nuestras voces y risas, nos  quedábamos callados y nos mirábamos los rostros, nos mirábamos a los ojos y cuando allá en el fondo de las pupilas descubríamos el secreto o el deseo del otro, reíamos con complicidad y alguno de los dos buscaba los labios esperantes de caricias y mordiscos.

Deslizaba mis dedos en medio de su pelo recién pintado, que  le caía en el borde  de  los hombros, y mis yemas viajaban por el nacimiento de su espalda, se estremecía y me quitaba la mano  diciendo:"¡necio!"

Habló de las lluvias imparables en un pueblo a orillas del río que  tenía  casas de  bareheque  sobre  palafitos  en  la entrada del puerto. También de abundancias de peces que venían marcados con los números de los próximos sorteos de las loterías, encima  y debajo  de las escamas, y de mujeres, doradas por el sol, que se paseaban todos los crepúsculos por los pasadizos alcahuetes del camellón.

  Habló de reses y caballos, de leyendas y mitos  de otra región, que conservaba sus pies descalzos de niña en las orillas de los playones de un río inmenso, caudalosos que separaba dos naciones. De las trepidantes  brisas de la tarde que amainaban el calor en una llanura verde y sin límites que cuando el mundo se apagaba sólo la pintaban los cocuyos y las estrellas.

Nos tomábamos de las manos y le indicaba sus rumbos mirando las líneas de su mano derecha. Le ponía dos de mis dedos en las sienes y le describía los sueños perdidos en los ramales de su memoria, soñados la noche anterior, la semana pasada o el año viejo. Se sorprendía cuando sabía su sueño y le asustaba que pudiese saber más de su pasado y de sus secretos de mujer bonita. Le dije que le interpretaría las cartas del Tarot y le mostraría las marcas de los astros en los caminos de los hombres. Además, leería el recorrido de su vida, todos los días, en la untura de café que quedara en los pocillos cuando viviéramos juntos.

Escuchábamos vallenatos antiguos y nuevos en voces de cantantes recién impresas en discos compactos. Pedimos también, canciones  de Roberto Carlos, Julio Iglesias y la música de Los aterciopelados. Nos llenamos los oídos de ritmos   conocidos,  historias  de  amores,  alaridos   de guitarras  y  tamborileábamos  los  dedos  en  la  mesa mojada, siguiendo la música con las manos, los ojos y el corazón.

No hacíamos caso de los que entraban ni nos dábamos cuenta de cuando salían. Sabíamos de la muchacha que nos  traía  las  cervezas cuando  éstas se  acababan  y golpeando las palmas de las manos, la hacíamos venir, trayendo los envases repletos de vida y felicidad.

También supo  de  mí, de  ese afán  desmesurado  por romper  los silencios y las angustias de la soledad, del constante  oficio  de  mi  escritura  y  de  los sueños, en travesías interminables por las rutas del mundo. Le hablé de la posibilidad  de emprender  un recorrido  que nos llevara de montaña en montaña hasta todas las alturas de América, para saber la raizal estirpe de los Hombres de Achiote, de los Hombres de Maíz y de los Hombres de Oro. Le dije  que  me  gustaría  permanecer  con  su nombre grabado  en  el paladar, en  las neuronas  sabias de  la memoria  y en las membranas enamoradas del corazón. Que lo llevaría en la sangre y todos los días, al levantarme, lo diría en voz alta para recordar  su sonido de noches alunadas, de flores con lluvia y de vibrátil vuelo de pájaros mañaneros. Le pedí  que  no  olvidara  el  mío, que  lo escribiera  con letras pequeñitas  en las palmas de sus manos, en la blanca suavidad de sus muslos, en el pecho, encima  del  corazón, y        lo  fuera  escribiendo   en  sus cuadernos, en   medio  de  los  dibujos  de  su libro  de ecología, en el brazo del pupitre y en las paredes infinitas de todos los pueblos y ciudades que conociéramos desde ese día en adelante.

Juré que no la olvidaría y que me untaría del calor de sus manos, del sabor de sus labios pulposos y de los olores desprendidos por todos los rincones de su piel. Le cerraba la boca de vez en cuando con el dedo índice y le pedía silencio cuando sonaba una canción que me llenaba de nostalgias y recuerdos. Tarareaba y escribía los versos iniciales en las servilletas en que traían las cervezas, besaba el papel y lo guardaba en su cartera.

Cuando  nos  aburrieron   los  sonidos  de  los  músicos noctámbulos  y   sus   canciones  nos   parecieron melodramáticas, nos dimos un largo beso que nos quedó estampillado en las lenguas y las encías, y lo sentimos en la profundidad de la bóveda de las cabezas y en el recorrido óseo y medular  de nuestras vértebras.  Luego, nos tomamos de las manos y caminamos por la avenida amplia y recién vestida de pavimento, donde no nos despertó del apasionamiento ningún ruido de carros ni de motos. Nos bañamos en la lluvia naranja de mercurio y estuvimos calladitos, sintiendo las palpitaciones del corazón a través de la tibieza y humedad de nuestras manos enlazadas.

Desde entonces, me  he  leído  once  libros  de cuentos infantiles, tres antologías de poesías desesperadas, tres libros de cuentos para adultos y he repasado las hojas de cinco  novelas  latinas.  He  visto  ochenta  capítulos  de telenovelas desabridas, tres largometrajes, tres veces la misma película de karate con actores gringo-japoneses, que dijiste  te gustaba; dos películas que se ganaron el Óscar y una  que  nunca  se lo  ganará. He repetido  de memoria las lecciones de inglés y hasta me inscribí en un curso de francés y me he dormido, conjugando el verbo esperaren todos sus tiempos.

Por las tardes, desde hace quince días, he pedido una cerveza, un helado de chocolate, una bolsita de maníes salados y dos turrones de menta. Todo...lo he consumido, mirando para el portón cerrado de tu casa.

Williiam De Ávila Rodríguez. de Valledupar Colombia. 1963, periodista, Director de la Fundación verde Biche y de la Revista Letras

1 comentario:

William de Ávila dijo...

Gracias por apoyar el proyecto de la Revista Letras y las obras de la literatura del departamento del Cesar y el Caribe.

William De Ávila Rodríguez