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viernes, 3 de septiembre de 2010

¿ERROR DE KAFKA?

Por: Miguel Fernándo Barrios Payares, Narrador de Astrea Cesar
Tomado del Libro: Viaje a la Memoria. Renata Valledupar

Las gotas de lluvia caían suicidándose como kamikazes sobre el vidrio de la ventana. La ciudad amanecía mojada. Medio dormido contemplaba la situación mientras pensaba en todo lo que tendría que hacer en tanto saliera del apartamento: la universidad, mi pésimo trabajo de mesero medio-tiempo y mil cosas que convierten esta vida en el asqueroso reality show de Dios y el diablo.

El reloj de la mesa marcaba las 6:50 AM, sentía sueño, había dormido dos horas, Juliana permanecía arropada. Caminé con los ojos entrecerrados por el hall que daba al baño, el piso estaba frío, húmedo (muy muerto). Entré al baño con la mirada baja. Abrí la llave del lavamanos, llené mis manos de agua y golpeé mi rostro con fuerza, levanté la cara y pegué un grito estruendoso y a la vez ahogado, retrocedí y caí al piso.

Mi respiración se hizo fuerte, mis manos temblaban, no lograba pensar con claridad. Cerré los ojos, intentaba darme calma. Me hice las preguntas típicas — ¿Cómo me llamo? ¿En qué trabajo? ¿Con quién dormí anoche?— Esta última la contesté en voz alta —Juliana— La respuesta me asustó, la voz que escuché no era la mía.

Luego de varios minutos dispuse volver a mirar al espejo. Juré no gritar si lo que veía no me gustaba. Mientras me levantaba cerré los ojos tan fuerte que pensé estallarían, los mantuve así por unos segundos, los abrí y volví a gritar. Nuevamente retrocedí pero esta vez no caí, era definitivo: estaba convertido en una mujer. Me examiné con calma. El tiempo no me importaba, ¿Cómo podía hacerlo?

Tenía una nariz pequeña y respingada, el pelo era de color castaño claro, hasta tenía tetas, grandes tetas, redondas y de pezones rosados. Salí del baño midiendo cada paso que daba, todo parecía normal exceptuándome, claro.

Juliana seguía dormida, decidí quitarle la sábana que la cubría, quizá esta sería la última vez que podría verla desnuda.

Halé la sábana de un tirón, volví a gritar. Sobre mi cama reposaba tendido un hombre semidesnudo. No estaba Juliana, me vestí con lo que encontré, no sabía qué hacer. Abandoné el apartamento en busca de ayuda, pero ¿Qué ayuda? ¿Quién me ayudaría ahora? La calle estaba sola, el sol se asomaba en medio de las nubes y el cielo se hacía pedazos en la ciudad.

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