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viernes, 31 de enero de 2014

José Emilio Pacheco

Los elementos de la noche

Bajo el mismo imperio que el verano ha roído
Se deshacen los días.
En el último valle
La destrucción se sacia
En ciudades vencidas que la ceniza afrenta.
La lluvia extingue
El bosque iluminado por el relámpago.

La noche deja su verano.
Las palabras se rompen contra el aire.
Nada se restituye ni devuelve
El verdor a la tierra calcinada.
Ni el agua en su destierro sucederá a la fuente
Ni los huesos del águila volverán por las alas.

La falsa vida

Alguien te sigue a veces en silencio.
Las cosas nunca dichas Se transforman en actos.
Atraviesas la noche en las manos del sueño,
Pero el otro, implacable, No te abandona: lucha
Contra la irrealidad, la falsa vida Donde todo es ocaso.

Frágil perseguidor que eres tú mismo,
Lo has obligado a ser, en guardia siempre,
El minucioso espejo que no olvida.

Pompeya

La tempestad de fuego nos sorprendió en el acto
De la fornicación.
No fuimos muertos por el río de la lava. 
Nos ahogaron los gases. La ceniza
Se convirtió en sudario. Nuestros cuerpos
Continuaron unidos en la piedra:
Petrificado espasmo interminable.

Miseria de la poesía

Me pregunto qué puedo hacer contigo
Ahora que han pasado tantos años, 
Cayeron los imperios,
La creciente arrasó con los jardines,
Se borraron las fotos
Y en los sitios sagrados del amor 
Se levantan comercios y oficinas
(con nombres en inglés naturalmente).

Me pregunto qué puedo hacer contigo 
Y hago un pseudo poema
Que tú nunca leerás
―o si lo lees,
En vez de una punzada de nostalgia,
Provocará tu sonrisita crítica.

El mar sigue adelante

Entre tanto guijarro de la orilla
No sabe el mar en dónde ha de romperse.
¿Cuándo terminará su infernidad que lo ciñe
A la tierra enemiga,
Como instrumento de tortura,
Y no lo deja agonizar,
No le otorga un minuto de reposo?
Tigre entre la hojarasca
De su absoluta impermanencia.
Las vueltas
Jamás serán iguales;
La prisión
Es siempre idéntica a sí misma.
Y cada ola quisiera ser la última,
Quedarse congelada
En la boca de sal y arena
Que está diciendo siempre: adelante.

El fuego

En la madera que se resuelve en chispa y llamarada,
Luego en silencio y humo que se pierde,
Miraste deshacerse con silencioso estruendo la vida. 
Y te preguntas si habrá dado calor,
Si conoció alguna de las formas del fuego,
Si llegó a arder e iluminar con su llama. 
De otra manera todo habrá sido en vano.
Humo y ceniza no serán perdonados 
Pues no triunfaron contra la oscuridad,
 Leña que arde en una estancia desierta
O en una cueva que sólo habitan los muertos.

Manual de urbanidad.

Para qué tanta ceremonia, indirectas,
Puñaladitas bajo cuerda, gasto suntuario, 
Cortina de humo o envoltura contaminante 
De una desnuda 
frase: No puedo verte
O No te soporto.
Es decir, soy ciego
A nuestra humana luz compartida. 
O bien, no resisto
El peso de otra dolencia errante agregada
A mi invencible pesadumbre.

Fin del mundo.

<
Confiésate y comulga y encomienda tu alma 
A la misericordia de Dios Padre
Y pídele a la Virgen que ruegue por nosotros.>>

Todo esto me dijeron varias personas. 
El 18 de mayo esperé el terremoto,
El diluvio de fuego, la bomba atómica. 
Como es obvio, no pasó nada.
Hay otras fechas para el fin del mundo.

José Emilio Pacheco Berny (Ciudad de México, 30 de junio de 1939 - muere el 26 de enero de 2014) fue un poeta, ensayista, traductor, novelista y cuentista mexicano integrante de la llamada «Generación de los cincuenta» o «Generación de medio siglo», en la que también se incluye a Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero, Juan García Ponce, Sergio Galindo y a Salvador Elizondo.






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