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viernes, 24 de enero de 2014

Gonzalo Arango

Revolución

Una mano
más una mano
no son dos manos
Son manos unidas
Une tu mano
a nuestras manos
para que el mundo
no esté en pocas manos
sino en todas las manos.

LA SALVAJE ESPERANZA

Éramos dioses y nos volvieron esclavos.
Éramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata.
Éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.
Éramos felices y nos civilizaron.
Quién refrescará la memoria de la tribu.
Quién revivirá nuestros dioses.
Que la salvaje esperanza sea siempre tuya,
querida alma inamansable.

Poema tristísimo

Si muero
te invito al sol
alma mía
y no olvides
llevar tu cuerpo

Sufriremos felices
y juntos seremos
carne de luz
en la memoria de Dios

Y si no hay Dios
lo mismo da

Recordaremos el sol
que tanto nos gustaba
allá en Cali Colombia
Nuevo Mundo ¿Recuerdas?

¿O era en la luna?
              ¡Lo olvidé!

Poema a mi Sobrenada

El sobretodo es mi mejor amigo
bebemos vino de consagrar en los viñedos
y nos emborrachamos,
compartimos el amor con las mujeres.
mi sobretodo es sensual y seductor.
En la cárcel era un colchón
en los prostíbulos era un refugio
con las manos hundidas en los bolsillos
que me salvaba del naufragio de los besos baratos.
En el invierno me defendía de la lluvia
y en el verano era una sombra luminosa.
Mi sobretodo era una incitación voluptuosa a la pereza,
al calor, al heroísmo, al amor, al invierno.
En los momentos de peligro me hacía pasar por detective
y me daba un aire respetable de gran señor del hampa.
Mi cuerpo se pierde en él cuando me persiguen,
en mi buena época del parlamento él hablaba por mí:
silencioso
tímido
elocuente.
Ha sido una bella disculpa
para eludir serias responsabilidades históricas.
Mi sobretodo es a veces el lecho del amor
en los sitios despoblados de la ciudad
tiene un oculto sabor de pecado prohibido.
Mi sobretodo es un gran honor.
tiene más historia que una alfombra mágica.
Yo lo consagro como el receptáculo privilegiado
donde algunas mujeres tendieron su columna vertebral
completamente desnudas
de cara al sol o a la noche.
Mi sobretodo es testigo de la ternura y el terror.
Fue acariciado por manos sofocadas de mujer
y desgarrado por puñales de odio.
Mi sobretodo tiene quemaduras de tabaco
y huellas de disparos asesinos
y marcas sospechosas de labios rojos.
Yo lo empeño por 8 pesos en los momentos de apuro,
mi sobretodo está saturado de sudor animal
tiene residuos de manchas de sangre y aceite...
sonidos vegetales.
Cuando no llueve y hace calor me lo quito
me hundo en la noche oscura y mojada
o me hundo en el día lleno de sol, seco.
Mi sobretodo es humano y feo
y todos los domingos guarda en sus bolsillos

Poemas I

En un tiempo mi pasión fue el existencialismo, la literatura negra que celebraba el funeral del mundo occidental. Yo recogía los despojos de esa crisis, su podredumbre. No me interesaba el destino del hombre y había perdido la fe en Dios. Estaba solo como en la prehistoria..

De todos los trapos derrotados remendé una bandera: el nihilismo.

No volví mas al templo de los viejos dioses y aprendí la blasfemia y el terror de las maldiciones.

Traicionada la metafísica por una moral maniquea, descubrí que el oro de los santos era falso como los símbolos que encarnaban: la idolatría del poder, la humillación de las almas.

En el trono de Dios no reinaban la belleza, el amor, la justicia. En el mercado negro se subastaban los valores sagrados. La teología dejo de ser conocimiento de Dios para convertirse en el libro fabuloso de contabilidad.

Frente a esta industria de la fe, el demonio me pareció mas idealista: ofrecía la libertad a cambio del alma, el goce pleno de la tierra sin complejos de culpa. ! Era tentador ! me afilié a la causa del demonio.

El placer era mi ideal. Mi aniquilamiento el porvenir. Brindaba por el fin del mundo en mi propia destrucción.

Nunca abracé la felicidad, siempre una enfermedad nueva, una nueva desesperación se sumaba al calvario donde clavaría mi bandera de odio contra el mundo. Prefería mi guerra con orgullo, solo. Por mi muerte el ángel de las resurrecciones no tocaría la trompeta ni se apagaría el sol. Me hundiría solo en las sabrosas tinieblas.

Una noche toqué el fondo cuando vi aparecer un astro, su resplandor. No era un astro del cielo, era la sonrisa de una mujer. Me miró como un puente entre el abismo y el horizonte, me tendió la mano para pasar. Cuando estuve del otro lado desapareció...

Sé que era una mujer y no un sueño, pues aún me queda el aroma de su mano y el eco de esas tres palabras:

!Vamos a vivir!.

Humanismo y caballo.

El hombre no progresa en la medida en que ha vuelto más civilizado, ni es más hombre por vivir entre los inventos que abrevian su lucha y prolongan su desdicha.
Confort no es felicidad.
La ciencia puede cometer el prodigio de trasplantar un corazón y prolongar la vida.
Admiro sin reserva esta hazaña, pero no puedo evitar cierta sensación de absurdo si ese corazón va a prolongar, al mismo tiempo, el alma de una babosa.
La vida en sí misma carece de importancia si es un accidente y no un destino; si no se da en relación con la conciencia de ser, que es lo que glorifica la existencia.
La mezquina y petulante idea de progreso está degradando al hombre como ser espiritual. Un huracán de civilización ha abatido nuestro orgullo viviente.
Alguna vez, refiriéndose a la esta crisis de la modernidad. Lawrence expresó que Londres era una ciudad viva en tanto los caballos erraban desbocados levantando de sus empedrados chispas.
Esta imagen que encierra un esplendor de vitalidad radiante, nos hace evocar un pasado de palpitante belleza en que el caballo encarnaba un símbolo de heroísmo conquistador, de potencia creadora; en que jinete y caballo eran cómplices de la misma aventura: Cristo y la Redención, Bolívar y la Libertad, Don Quijote y el Espíritu.
Pero ese símbolo ya no tiene vigencia. El mundo natural se extinguió, desapareció con esa ráfaga apocalíptica de la perforadora eléctrica que arrancó, parejo con la piedra, las raíces de una tradición viviente, y en su lugar derramó la brea sin alma del progreso.

Los pueblos invadidos por la peste civilizada lucen artificiales con sus arterias de cemento, como dentaduras postizas. Las calles ya no sonríen al paisaje como en la era de la piedra y el polvo. En estos elementos latían historias de generaciones, sueños de eternidad. Eran caminos, no autopistas. Los caminos fueron siempre de hombres, para hombres que al vivir dejaban al pasar una huella imborrable, un destino.

Pero los hombres ya no caminan, ruedan.

Y sus viejos caminos desertados, que eran rutas del corazón, no sonríen al paisaje porque los hombres perdieron la virtud del diálogo, de mirar el horizonte, de caminar bajo los cielos.

Esas vías embreadas, laberintos de púas y espejismos centelleantes, conducen a la soledad, al exilio, y algunas veces a la muerte. Los hombres no van sino que huyen, como arrojados del paraíso, perseguidos por los espectros de la gran ciudad, enloquecidos de pavor y culpa. Huyen de sì mismos por los laberintos del infierno. ¿ Hacia dónde?

Hacia un vértigo de locura y delirio, hacia la nada. O tal vez, desesperados, a restituirse al seno purificador de la conciencia cósmica, a la nostalgia de Dios.

Pienso que la velocidad puede ser una protesta profunda y religiosa contra esta civilización cruel, despojada de alma y amor; un acto de liberación de este mundo que ha sacrificado a la demencia del maquinismo y el progreso las dulzuras del corazón, el éxtasis de una colina al atardecer, los ardores de la sed en los caminos, el júbilo de los caballos encabritados dejando a su paso una cascada roja sobre la piedra limpia.

Oprimido por la soledad del cemento y el rascacielos, siento una entristecida nostalgia del mundo natural. La civilización mató a Dios en el hombre y en el corazón de la naturaleza. Pienso en la fábula del demonio tentando al Señor para que se lanzara de un acantilado a cambio de lo cual le prometía su imperio. Pero el espíritu venció la tentación y prefirió sacrificar el imperio a perder su libertad.

Trasladando esta metáfora a nuestro tiempo, podemos concluir que el hombre, ilusionado con la propuesta del demonio, abdicó su alma a cambio del poder, y quedó aplastado con su peso. Ese poder no lo ha hecho ni más libre, ni más feliz. Al perder su alma, quedó esclavo del poder: fue el triunfo del demonio sobre el espíritu.

Por lo mismo, la era del caballo ha terminado con la era del jet y la autopista. Es el fin de esa raza mitológica que encarnó en otras edades sentimientos heroicos, una veneración religiosa como en lo griegos que alaban sus corceles para viajar a las regiones hiperbóreas a conquistar lo desconocido.

No soy hostil al progreso, si en sus formidables conquistas el hombre es dignificado como ser vivo, y no degradado a una ínfima condición de subalterno y esclavo de sus terroríficos engranajes, que es lo que está sucediendo.

Quisiera identificar el significado de la palabra Progreso con evolución de vida consciente en perfecta armonía con los inventos de la técnica. Pues no se trata de conquistar los astros por ostentación de poder, sino de dominar al monstruo apocalíptico que nuestra civilización ha despertado en el hombre y en los cielos, como un presagio de terror para toda la humanidad.

Se trata, sì, para expresarlo con un símbolo de justicia nunca desertado, de que el hombre del siglo XX, como Belerofonte entre los griegos, vuelva a montar sobre Pegaso, el alado caballo mitológico, para abatir al monstruo de la Quimera que asolaba sin compasión las sufridas comarcas de Licia.

Gonzalo Arango. (Andes, 1931-1976). Fundador del movimiento Nadaísmo. Poeta, cuentista, ensayista, novelista, periodista, y gran escritor de cartas.
En 1957 escribió en Cali el Primer manifiesto nadaísta, que presentó al año siguiente, a su regreso a Medellín, de manera incendiaria, convocando a la juventud rebelde de la época. Difundió sus ideas especialmente a través del periodismo, con columnas en la revista Cromos, La nueva prensa, El Tiempo, El País. En 1970, fundó con Jaramillo Escobar la revista Nadaísmo. En 1973, en la isla de Providencia, encontró el amor, en la inglesa Angelita Hickie, y encontró a Dios. Renegó del Nadaísmo y quiso enterrarlo. Pero sus compañeros siguieron con el movimiento a cuestas. En 2008 están celebrando los 50 años de su fundación. Murió en accidente de tránsito en la carretera hacia Tunja.
Autor de: Nada bajo el cielorraso y HK-111 (Teatro), Trece poetas nadaístas (1963), Sexo y saxofón (1964), Los ratones van al infierno y La consagración de la nada (Teatro,1966), De la Nada al Nadaísmo, Prosas para leer en la silla eléctrica (1966), El oso y el colibrí (Semblanza del poeta ruso Eugenio Evtuschenko, 1968), Providencia (1972), Fuego en el altar (1974), Adangelios (1985), Obra negra (1976), Gonzalo Arango. Correspondencia violada (Parte de su correspondencia, en especial a sus amigos del nadaísmo, preparada por Eduardo Escobar, 1980). Dejó una novela inédita: Punta de cielo.
Biografía tomada de: http://escritorescolombianos.blogspot.com/2006/11/gonzalo-arango.html

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