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sábado, 26 de octubre de 2013

Irina Henríquez



La hora de las campanas

La tarde se fuga entre los pinos
y la vanagloria de quienes 
gimen de rodillas en el templo
para glorificar al sol que se coagula 
                                           en noche.

Es la hora de los purgatorios.

Por un instante arrojo 
esta máscara vulnerada
y los cuchillos de la oscuridad
difuminan mis párpados
y mi cuerpo adquiere la virtud 
de los creados en la noche antigua.

Es la sal de todos los mares 
                                           ardiendo en mi garganta.

Aguardo cada día esta hora
para venerar la eterna mirada de la luna
sobre un río de ojos vivos y muertas almas,
para celebrar este rito
hasta en la sombra de mis huesos.


La negación de la locura

Cae sin tregua la lluvia.
Una lluvia áspera de invierno del Trópico.
Burbujas aparentemente inútiles se mojan en la intemperie.
Dentro de una estoy yo, 
seca de agua empapándome de miedo.

Alrededor de esta burbuja, 
los sueños del pasado reanudan la noticia 
de mi lucidez temprana:
ratas del bosque
puerco espinos de agua
aves monstruosas regresan a roer la piedra del destino
que he escogido para esta vida.

Entonces de regreso a mis visiones
me doy cuenta de que este bosque
por el cual he transitado tiene orejas y ojos 
que lanzan miradas de hambre sobre mí
y a través de la burbuja
un sapo me es arrojado al pecho desnudo
para que el grito condensado de todas las noches anteriores
me despierte
seca de lluvia
ahogada en un poema.


Abstracto con peces a blanco y negro

Un río con peces habituados a estar muertos
ha sido estampado en un lienzo 
en el pasillo de mis miedos.

Acostumbro recorrerlo sin levantar los ojos
siempre de prisa,
sin rozar las estrechas paredes
avanzo hasta una puerta
y giro la perilla con el misterio de los niños a la hora del juego.

Al abrir,
sólo hallo mi asombro al saberme diestra
en el arriesgado oficio de tentarme las entrañas.
¿Y si me río de los peces muertos?
Quizá conjure algunas trampas.
Tal vez me acostumbre a los gajes de mi oficio.


Este bosque tiene orejas, 
este campo tiene ojos.

Avanza
y a veces retrocede
en esta marcha dispuesta desde siempre
por caminos de fábula 
                        ensueño
                        y horror.

Y el bosque tiene trampas:
piedras preciosas colgadas de telarañas.
Hermosas imágenes para embaucar al entendimiento.

Este bosque además tiene orejas
que escuchan su pensar.
Así que frecuenta palabras mínimas
mientras se arrastra por el sendero de robles.

Y avanza.

Este campo tiene ojos
que observan cada uno de sus pasos:
finge no sentir el peso de las pupilas
mientras camina sobre las hojas muertas.

Y a veces retrocede.

En esta marcha dispuesta desde siempre
sin más brújula que una intuición 
diluida en su sangre.


No me ha sido dado comprender
el vuelo con que atraviesa el tiempo
el cielo de mis días.
Menos aún cuando, vertiginoso,
tuerce caminos para girar inesperado
hacia el estupor.

Aún así, insisto en avanzar a donde no sé,
entre piedras,
ya cautelosa,
ya temeraria:
pedazo de criatura relativamente repetida
desde antiguo en sí misma
creyendo ir a parte alguna.

No.
Aún el tiempo no se decide a revelarme
el porqué del vuelo.
Sólo su ojo de cuervo logro atisbar desde mi cerradura.


La preponderancia de lo pequeño

I

Eso que escucho no es un pájaro
que canta en esta tarde
sino el recuerdo de otro que cantó 
aquella mañana en que desperté
tan escindida como un árbol
al que el rayo dividió.

Y aún aquél canto fue el recuerdo
de otro que creí escuchar
una tarde como ésta bajo un árbol
que le sirvió de sombra 
a una tumba olvidada.

El tiempo es ese pájaro encerrado
que no cesa de cantar.

II

El pájaro hiende velozmente
el aire denso de este día.
Y conduce mi visión por pasajes en donde es lícito callar
para que el viento y las copas ebrias de los árboles
hablen.

¿De qué hablarán?
No sabría descifrarlo.

Musitan suavemente una canción antigua
camuflada de rama en rama
como los pequeños animales.

Al llegar a la más alta
un lejano trueno ensordece la canción
y precipita al vacío su silenciosa muerte
justo antes de que el pájaro hienda de nuevo 
la ebria densidad del mundo.


La autora:

Irina Henríquez nació en San Juan Nepomuceno (Bolívar, Colombia), 1988. Estudiante de Español y Literatura de la Universidad de Córdoba, Montería. Coordinadora del Taller Literario Manuel Zapata Olivella de esta Universidad. Ha publicado Trece poemas a riesgo de caer (Miami, Ediciones Mediaisla, 2010). Hace parte del Comité organizador del Encuentro Internacional de Mujeres Poetas de Cereté.

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