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sábado, 9 de julio de 2011

ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS:

  
ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS: LA CONSTRUCCIÓN DE UNA
POÉTICA TESTIMONIAL
 Félix Molina Flórez
 “No hemos tenido
un instante de sosiego”

G.G.M

Fernando Vargas Valencia
Alguien podría advertir, sin mayores esfuerzos, que a Fernando Vargas le preocupa la situación de los desheredados. Así llama él a todo aquel que ha heredado una muerte vil, que ha sido expulsado de su comarca, o ha legado como patrimonio la desolación. No es un secreto que él es un abierto defensor de los Derechos Humanos, tampoco que cada poema de este libro es una clara manifestación en contra de la injusticia, la barbarie, el abandono, la violencia, la muerte, la desidia.

Por ello, alguien con una visión ampliamente esteticista, podría estar en contra de una poética  como esta, que en apariencia, es defensora de una causa social. Podría plantear que la máxima expresión del lenguaje humano, no debe convertirse en un mecanismo político de denuncia; podría sugerir, en cambio, que esa función debe ser ejercida por los pasquines o las redes sociales; sin embargo, Fernando, al igual que connotados poetas como Martí, Alberti, Neruda, Char, Benedetti, Grütter, entre muchos otros, encuentra en el lenguaje poético una forma contundente de profesar su inconformismo ante una sociedad aletargada y muda, que ve cómo se fragmenta con el transcurrir de los días.

En este sentido, es bueno retomar las palabras del gran cantor y poeta argentino Héctor Chavero, conocido como “Atahualpa Yupanqui”, quien conmina a los poetas a plantear una estética terreral: “de tanto mirar la luna/ ya nada sabes mirar”; ya no una poética desligada del panorama humano, sino una que se aleje un poco del romanticismo excesivo o el Nerudismo temprano, y se acerque más a la condición del hombre. El poeta, debe cantarle al hombre y sus miserias, y eso pretende hacer Vargas con este poemario.

Pero esto podría parecer contraproducente en un país como el nuestro. Y al respecto, Álvaro Marín, quien prologa el libro, señala: Los temas de la guerra, de los desplazados, de las masacres, del poder, son los temas más difíciles de tratar en la poesía colombiana, tal vez, por su temor y su cercanía”. Dos razones convierten en peligrosa esta dinámica. La primera, la situación de riesgo a la que se expone el poeta debido a la represión y la violencia que ejercen los grupos y los políticos armados contra quienes expresan su opinión; y la segunda, la discriminación y la marginalidad que se fragua contra aquellos poetas como Fernando, que proponen una poesía testimonial que busca mover  la memoria histórica de nuestro país dejando como evidencia una metáfora plagada de sangre y muerte, sin que se pierda con eso, la estética del lenguaje.

El compromiso de Vargas Valencia no es con un sector político o un movimiento social, sino con la vida. No busca denunciar nada o convertirse en la voz de las víctimas, —todas muertas de algún modo—; su intención es crear una voz polifónica que cuente poéticamente la tragedia a la que son sometidas algunas personas. Para Vargas, cada desaparecido o desplazado es una razón suficiente para construir un verso en su defensa. ¿Qué más hacer en un país cuya opinión pública está siendo manipulada por los medios de comunicación? ¿En un país donde se justifican los ajusticiamientos y los crímenes de lesa humanidad, en nombre de la patria y la seguridad?

En Épica de los desheredados hay personajes que hablan, y son ellos mismos los que cuentan sus historias. Hay una representación de voces anónimas, desconocidas, que desde un olvido sepulcral gritan y atestiguan contra sus propios verdugos. En el primer poema, Épica del desheredado, se yergue una voz que bien podría ser la del poeta, que expresa su inconformidad con el país que nos han impuesto, y ante tal situación procura inventar uno paralelo, posible gracias a la imaginación, a veces romántica, de todo artista: “He inventado un país/ sin los límites torpes de la permanencia/... He inventado un país de cuerpo derrochado, / de dinamita mojada por el tiempo, / por la lágrima mortal de los desheredados”. A pesar de la muerte y la desolación, los personajes de Vargas anhelan una nueva posibilidad de vida, por lo menos con la recuperación de su imaginario y su memoria. El desheredado, casi enternecido, visiona un país diferente, edénico, inventado, donde no haya muros, “un territorio sin muerte recostada en las esquina”.

Alguien decía que los poetas, al igual que otros artistas, son la voz de su tiempo. Son ellos quienes pueden contar una versión más próxima a la verdad histórica. Una verdad que desde la plástica o la metáfora invite a la rememoración y reivindicación de los marginados. No una historia oficial escrita por lo que ganan la guerra sino, por aquellos, que, sin iniciarla, ya la hemos perdido. Quizá por eso, Fernando se toma muy en serio el tema de la violencia en Colombia y, desde un lenguaje metafórico, plantea su propuesta estética sin caer en denuncias contestatarias, triviales o insulsas. Lo que se evidencia en Épica de los desheredados es un homenaje a la memoria. A través de metáforas viscerales y un lenguaje límpido, sin retruécanos, hace una radiografía social de Colombia y construye una voz única, no que denuncia, sino que emite un gripo para pedir un espacio en el recuerdo de este país de desmemoriados.

Un rasgo de la naturaleza. En Épica de los desheredados la naturaleza se nos es mostrada dentro de un contexto de perversidad. El río —que es una de las constantes en este poemario— presentado por Fernando, se incendia con la presencia de tantos muertos desmembrados. Es un río que pierde su cauce, que se convierte en cementerio: “Situamos cruces imaginarias en la creciente, / para sospechar la dignidad de un camposanto” “Dejamos de desangrar nuestras ropas en sus orillas, / De beber de sus aguas.”

El mismo río (que en otros espacios podría parecer imaginario) nos devela cómo el afluente viene a reemplazar la terredad, un espacio donde se concretaba una tradición milenaria: la sepultura. Las voces de los que en un tiempo navegaron ese río se levantan, no en contra de los asesinos o verdugos, sino en contra de las otras víctimas que lloran desde el exilio. En Conjuro del Baudó  se lee: “Madre: / Qué dolor saber que soy un espanto. / No me enterraste/ como lo habían prometido los abuelos” He ahí un elemento crucial en la propuesta de Vargas: no otorga, en apariencia, importancia alguna a los victimarios, todo su poemario es un álbum de gritos y alaridos de las víctimas que desde sus evocaciones reclaman a sus dolientes, un espacio de tierra, como prueba quizá de su arraigo.  

Un amor violentado. El problema de las masacres —casi olvidadas en Colombia— también tiene su espacio en este poemario. Vargas Valencia revive una de las más perversas que haya ocurrido en América. El poeta logra hacer de una acción patética, una hermosa pieza poética. El Salado I nos muestra cómo una voz revive su propia muerte. El baile, que fuera una práctica común, ahora es convertida en una práctica denigrante y las víctimas tienen que practicarlo, como preámbulo de la muerte: “sé que voy a morir y no quiero hacerlo bailando”. La voz recuerda, desde la muerte, en un tiempo próximo, que el goce, el baile, ya no es divertido si se baila con vergüenza: “No puedo, no quiero bailar/ si la música es un golpe de luz/ en la boca de la noche”.

En El Salado II, otra voz, desde la antesala de la muerte, emite un silencio que el poeta transcribe: “pobre de ti que ignoras/ que no estoy hecha para el amor/ y que por ello/ habré de morir/ cuando caiga la tarde”. A pesar de la tragedia y la muerte, hay tiempo de hablar del amor aunque sea para negarlo.

Al leer estos poemas, uno corre el riesgo de descubrir que a la poesía en Colombia le ha faltado pronunciarse sobre la barbarie. Sigue habiendo dos posibilidades de poetizar: la que hace del lenguaje un cúmulo de símbolos e imágenes que nombran y desnombran lo inexistente, y la otra, que es donde se sitúa Vargas, la que desde la función poética recopila los gritos y lamentos y los vuelve poesía.


Ver poemas: Muestra de la poética de Fenando Vargas Valencia

4 comentarios:

Diògenes Armando Pino Avila dijo...

Fekix, hermano espero que su colaboración a este nivel de reseñas continúe, muy buena reseña sobre el poemario de Fernándo

Miguel Barrios Payares dijo...

Bien viejo Flex. Muy interesante.

Escafandra dijo...

Me han robado breves lágrimas las generosas palabras de Félix a quien más que un amigo, considero un hermano. Vale la pena seguir escribiendo, escriviviendo como dice Carlos Mayo, si existen lectores críticos que otorgan sentido a lo que uno escribe. Mi agradecimiento profundo a quien se tomó el tiempo suficiente para comprender los textos humildes más allá de un referéndum. Va mi corazón en estas palabras no sólo para Félix sino para el combo del Cesar que conocí en el bello compromiso de incentivar escritores a lo largo y ancho de un departamento que amo como a sus gentes. Sin los niños con quienes jugamos a escribir a través de los talleres, no habría lugar al brindis fundamental de las hermandades que entre nosotros se levantan.

Anónimo dijo...

Un abrazo de admiración y respeto para Fernando, quien me conmovió con Épica de los deheredado; é, sin saberlo, me hizo sentir culpable por omisión. Otro abrazo fuerte para Diógenes quien se ha echado a los hombros la tarea de abrir y mantener un espacio donde uno pueda compartir lo que vive.

Félix Molina