Seguidores

viernes, 15 de julio de 2011

Dora Elena Manzano

Casa de Agua


En punto de la media noche, avanzó desnuda en medio de un camino de antorchas encendidas hasta llegar al lecho de flores, donde permaneció tendida boca arriba mientras su abuela entonaba cánticos que parecían lamentos, e impregnaba el aire con hierbas que quemaba en una vasija. Desde su letargo escuchó los sonidos del entorno y sintió cómo cada  una  de las coyunturas y pliegues de su cuerpo eran ungidos con aceite, tras lo cual su pureza fue ratificada por las aguas de la Ciénaga que bordeaban el lugar. Finalmente, cuando ya cantaban los gallos, le fueron confiados los secretos que la guiarían por  un conocimiento que  el tiempo  había sepultado en la memoria de los hombres.

Habían pasado tantas madrugadas desde entonces, que en ocasiones llegó a creer que todo había sido un sueño y a fuerza de pensarlo lo había hecho  realidad; no  obstante,  esos saberes  recibidos la devolvían siempre a lo mismo. Por eso estaba allí, en aquel instante, de pie en medio del patio, con los ojos empequeñecidos escudriñando las cuatro esquinas del firmamento, intentando descifrar el origen de su inquietud, sin embargo  el infinito estaba sereno como si alguien hubiese detenido el tiempo en algún lugar. El primer anuncio había llegado con el amanecer cuando una bandada de azulejos revoleteó en el patio mientras uno de ellos sujetaba en su pico una araña; terca quiso ignorarlo, pero cuando llegó a la cocina encontró que había sido invadida por un ejército de hormigas corriendo en todas direcciones, entonces sintió el infalible latigazo en el pecho  y una vez más pretendió  estar equivocada, pero el río lo confirmó: algo inevitable  se acercaba. Consideró por un segundo  la idea de advertir  a todos,  pero, ¿Cómo hacerlo sin terminar apedreada por una turba de locos? Desistió y entró en la vivienda pese a saber que allí no estaba segura. Buscó dentro del baúl el gran libro de carátulas negras y lo abrió en la página indicada. Sus dedos alcanzaron a recorrer las líneas sobre el papel ajado  y de pronto se quedó  absorta recordándose  a sí misma a los once años, desnuda, caminando en medio de un reguero de luz. No necesitó pensarlo mucho para decidirlo y se quedó allí sentada, con la mirada fija en la puerta abierta, la mano inmóvil sobre el libro.

Anochecía cuando la escuchó llegar; rauda, furiosa, llegó a invadir rincones y la vida de todos, absoluta en su acción destructiva. María Ventura, salió a su encuentro; observó  esa fuerza que arrastraba todo a su paso. En un instante divisó todo tipo de objetos: árboles, techos, taburetes, vacas y burros, con pedazos de cercas amarrados en sus pescuezos; desaparecían y emergían en esa turbulencia oscura que era como una amalgama de vida y muerte; escuchó cientos de gritos y pensó que río y cielo se habían juntado; alcanzó a sentir el impacto de un tronco en su sien derecha, y se volvió agua.

Dora Elena Manzano. Autodidacta, gestora cultural de la región del río Magdalena.  Nacida en Gamarra Cesar.      




No hay comentarios: