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domingo, 1 de agosto de 2010

LOS VISITANTES QUE SE QUEDABAN PEGADOS AL ASIENTO

Por: Bartolomé Monterrosa
De Astrea Cesar Colombia


A cierta edad, uno ya está alejado de sí mismo. En una misma historia puede deambular por tiempos diferentes. A veces llama al interlocutor con el nombre de alguien que ha fallecido hace mucho tiempo. Cuando se es anciano, tal vez para tener la posibilidad de ser escuchado, se emprende la boga por los recuerdos borrosos, a la vez que cuenta historias a uno que otro interesado. En ocasiones, en uno de esos ires y venires, estaciona el vehículo de la memoria en algunos puertos del pasado en donde se ilumina la mente y la mirada opaca vuelve a brillar. Entonces fluyen con rigurosa precisión las más fascinantes historias.

Sólo hasta ayer por la tarde mi abuelo me reveló el misterio de las terribles mujeres que dejaban a los incautos pretendientes de sus hijas pegados al asiento.

Cuenta que después de unos pocos días de haber llegado al caserío, decidió visitar a Narcisa López, una señora que además de saber insondables secretos de la vida tenía tres hijas, quienes por su belleza ocupaban los deseos y los sueños de los muchachos de la población. Llegó cuando era la hora de transición entre el día y la noche, es decir entre claro y oscuro. Saludó formalmente a todos. Luego le ofrecieron un asiento. Se acomodó a esperar que las preciosas jóvenes lo hicieran a su lado. En efecto, así ocurrió.

Charlaba de manera muy amena haciendo divertir a las muchachas. Le sacaba gran ventaja a su buen sentido del humor. Estaba tan divertido que recibió y se tomó un café que le trajo la señora Narcisa, casi sin darse cuenta. Sólo cuando sintió en el estómago una punzada que cada vez se fue haciendo intolerante cayó en la cuenta que el pocillo que tenía en sus manos estaba ya vacío.

Al instante comenzó a sentir estropicios y movimientos de todo el contenido que guardaba desde el estómago hasta el recto, en todos los ritmos y en todas las direcciones. Pronto, los chistes que antes habían sido graciosos ahora se tornaban faltos de sentido. Ya no generaba en su reducido auditorio divertidas carcajadas; con sus gestos de tortura producía en las divas expresiones de preocupación y ansiedad.

En el preciso momento en que estaba a punto de desbordar en su angustia estomacal, entró Narcisa. Lanzó una mirada a sus hijas, que éstas entendieron como una orden de desalojo. Sin decir una palabra y con una seriedad luctuosa abandonaron la sala en donde se encontraba la visita. La señora ocupó uno de los asientos que dejó una de sus hijas.

--- ¿Se siente bien? --- preguntó Narcisa.

--- No tanto --- Respondió el visitante.

--- ¿Se quedó pegado al asiento?

--- No. Bueno… más o menos --- Respondió retorciéndose del malestar.

A penas pudo percibir el flujo que se les escapaba por su esfínter, aún en contra de la presión que ejercía sobre el asiento. Entonces sintió que su estómago descansaba un poco. Narcisa le pidió que se quedara sentado en el asiento mientras le preparaba una bebida que le libraría del malestar que le aquejaba. Después de un rato, cuando era casi media noche, ya se sentía bien, pero el asiento estaba untado de caca. La anfitriona le pidió que se levantara y lavara el asiento en el patio. Así lo hizo.

Narcisa se le acercó al joven y le dijo:

--- Bueno, jovencito querido, es hora de guardarnos unos secreticos para conveniencia nuestra.

--- Lo que usted diga--- Respondió el joven envuelto en una terrible mezcla de temor y vergüenza.

--- Usted deberá decir que se quedó pegado al taburete y que mediante una serie de conjuros yo lo hice levantar. --- luego agregó--- Así nadie sabrá nada de su embarrada en mi asiento y evitará la vergüenza ante el pueblo.

No fue necesario decir nada. Todos los habitantes del caserío sabían la suerte de quien salía de la casa de Narcisa en horas de media noche. Ésta los había dejado pegados al asiento. Días después se enteró que muchos jóvenes se habían quedado fuertemente fijados en el asiento de Narcisa y sólo ella los liberaba a través de un conjuro a la media noche.

Lo que todo el pueblo ignoraba era que los afectados no tenían otra alternativa: aceptar que había sido víctima de un hechizo que los mantuvo ahí pegados, en vez de tener que afrontar la pesadilla de levantarse y dejar un reguero de mierda en el asiento delante de las encantadoras jóvenes.

Julio de 2010

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