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sábado, 7 de agosto de 2010

Edo Ivo (Poeta brasilero)

El ratón de la sacristía


Un ratón moraba
en una sacristía.
Era un mal católico
y todo lo roía.
Sólo respetaba la
Santa Eucaristía.

En un lugar sagrado
justo se escondía.
Ni el mismo arzobispo
verlo conseguía.
De día dormía
y a la noche roía.

Como el propio Dios
él era invisible.
A nadie en el mundo
él se aparecía.
Padre y sacristán
siempre lo maldecían.

Ninguna ratonera
ni la misma doctrina
lograba agarrarlo.
Huía a los venenos
como si tuviese
protección divina.

Mal caía la noche
salía de la madriguera
y todo lo roía.
Ni siquiera evitaba
el pechito santo
de la Virgen María.

Huía a los peligros
como como el Diablo a la Cruz.
Qué hambre era la suya !
Ni siquiera evitaba
el dedito del
Niño Jesús.

En una madrugada
cuando él roía
rico ornamento
Dios se le apareció.
Y a la muda censura
él le respondió:

"Nosotros, los roedores,
vuestro santo nombre
invocamos siempre.
Dios sea alabado
que creó la tierra,
los ratones y los hombres.

Fuiste vos, Señor !
Y quien crea un ratón
crea su hambre,
su muela del juicio.
Para que vivamos
roer es preciso".

En silencio Dios
pesó el argumento
y para evitar
su ornamento
y salvar a la Iglesia
no titubeó.

Quien vive tiene hambre?
Roer es preciso?
Dios no lo hace por lo menos.
Para qué veneno?
Llevó al ratoncito
para el Paraíso.

EL SOL DE LOS AMANTES


El oficio de quien ama es ver
un sol oscuro sobre el lecho,
y en el frío, nacer al fuego
de un verano que no dice su nombre.

Es ver, constelación de pétalos,
la nieve caer sobre la tierra,
algodón del cielo, aire del silencio
que nace entre dos espaldas.

Es morir claro y secreto
cerca de tierras absolutas,
del amor que mueve las estrellas
y encierra a los amantes en un cuarto.

Traducción: Carmen Gloria Rodríguez y Vania Torres


EL SUEÑO DE LOS PECES


No puedo admitir que los sueños
sean privilegio de las criaturas humanas.
Los peces también sueñan
En el lago pantanoso, entre pestilencias
que aspiran a la densa dignidad de la vida,
sueñan con los ojos abiertos siempre.
Los peces sueñan inmóviles, la bienaventuranza
del agua fétida. No son como los hombres, que se agitan
en sus lechos estropeados. En verdad,
los peces difieren de nosotros, que todavía no aprendemos a soñar.
Y nos debatimos como ahogados en el agua turbia
entre imágenes hediondas y espinas de peces muertos.
Junto al lago que yo mandé cavar,
volviendo la realidad a un incómodo sueño de infancia
pregunto al agua oscura. Las tilapias se ocultan
de mi sospechoso mirar de propietario
y se resisten a enseñarme cómo debo soñar.

Traducción: Carmen Gloria Rodríguez y Vania Torres

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