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viernes, 5 de agosto de 2011

Mary Daza Orozco

CUANDO LAS ANIMAS SE ASOMAN




¡POBRE ALMA QUE CRUZÓ VALLES Y MONTFS Y DEJÓ EN LOS BRUMOSOS HORIZONTES IDEALES Y SUS RITOS MUERTOS!
RICARDO NIETO




Su figura núbil, de carnes mórbidas, muslos largos y curvas inquietantes, se patentaba a través del balandrán que usaba como vestido. Esperaba tranquila el fin de la rutina para irse a dormir. Su  vida no tenía más horizontes que las cuatro paredes de la vieja casa y las creencias indeclinables que marcaban, desde su nacimiento, su derrotero cotidiano.

Observó una y otra vez el ambiente impregnado de olores desvaídos, adornado por innumerables pares de ojos de colores, instalados en todos los huecos de las paredes y ventanas. Eran ojos tristes y quietos que la observaban. Eran ojos luminosos, parecían luceros nostálgicos suspendidos en el domo negro de la noche pueblerina, con la diferencia de que ellos permanecían allí a pesar de las lluvias, las brisas, las sombras; en cambio, los luceros huían despavoridos cuando una nube negra comenzaba a pintarse en la atmósfera.

Lo supo cuando pudo entenderlo. Su abuela se lo dijo: "Son los ojos de las ánimas". Le parecieron juguetes de colores que venían hasta ella a animarla en sus fantasías infantiles. Cuando creció, comenzó a inquietarse:
-Abuela, ¿cómo sabe que son los ojos de las ánimas?
-Porque siempre han estado ahí. Todas las noches se asoman y desaparecen cuando el sol lanza sus rayos pregoneros del día.
-¿Y por qué se salen de sus tumbas?
-Porque son ánimas en pena. En este pueblo nadie les reza.
Y allí estaban como todas las noches. Eran muchos pares de ojos coloreados e impertérritos. Ella los miró y sonrió. Ya estaban preparados para observar el ritual del baño nocturno: su abuela, con un cocimiento de hierbas, frotaba cada parte de su cuerpo perfecto. Con dedicación lavaba y lavaba, mientras balbuceaba una serie de conjuros inventados por ella misma. Acudía a esos artificios para desterrar del cuerpo de su nieta todo deseo sexual. Lo supo desde cuando la joven nació. Era una noche de invierno y los ojos estaban allí, en su serenidad impactante; vió nacer a la niña, mientras la madre moría. Antes de expirar lo reveló: "Mi hija jamás podrá  tener marido". La sentencia pasó de abuela a nieta. La joven fue convencida, desde niña, de que si llegaba a tener marido algo pavoroso le iba a ocurrir. Se mantuvo fresca y despreocupada, sólo la confundía la metamorfosis que sufría su cabello cuando llegaba la noche y los ojos de las ánimas se posaban en todos los huecos del cuarto: su larga cabellera negra se convertía en crenchas de colores brillantes. Los mismos colores de los ojos de las ánimas se pegaban a su pelo y le daban  un aspecto de enloquecedora belleza. De pequeña gozaba con el cambio de colores y tomaba entre  sus dedos hebra por hebra y tiraba de ellas pero nunca las pudo  arrancar. Su pelo de noche no le pertenecía: era un juego de tonalidades brillantes que proyectaban sobre su cabeza los ojos de los muertos.
Terminó el ritual del  baño y se tiró, desnuda, sobre el camastro. Se hundió en un profundo  sueño en el que no había ni ilusiones, ni pesadillas, ni quimeras, sólo la simpleza del acto de dormir, cuidado por decenas de ojos estáticos.
Cuando los primeros rayos del sol se metían al cuarto, se levantaba y comprobaba que su pelo era nuevamente como el carbón. El olor a café inundaba la casa. Los ojos ya no estaban. Se vestía con el balandrán y se iba, con paso felino, al patio. La abuela, enjuta, sorbía café y le tendía un pote a ella. Comenzaba la rutina. Pero ese día el viento sonó fuerte. Una ráfaga con olor a flores mustias se regó por el ambiente: era el aroma de las milenarias coronas que  adornaban las tumbas de los muertos.
-¿Por qué no nos mudamos lejos del cementerio? -preguntó.
-Porque siempre hemos estado aquí contestó la abuela. Y agregó:
-Por más lejos que vayamos no nos libraremos de estar entre los muertos. ¿No te fijas que están en todas partes? A veces creo que tú y yo también estamos muertas.

El viento se hizo tenaz. Una oleada ardiente llegó de algún lugar... Una figura musculosa pasó como un huracán. Tenía una belleza salvaje. Ella sintió una puntada en el pecho. La abuela también lo vió:
-Creía que estaba muerto. ¿Será que su espíritu ha vuelto? La joven se estremeció: -Ay abuela, los muertos salen de noche nunca bajo el sol.
La anciana asintió mientras la aconsejaba:
-¡No lo mires mucho porque te puede sentir cosas prohibidas para ti!
Ya las había  sentido  cuando le dió la punzada en el pecho. Guardó silencio y observando la lejanía desolada por donde acababa de atravesar la desconcertante figura musculosa.
Vivía metida en un mundo indescifra­ Estaba convencida de que llegaría la vejez en esa delirante rutína: baños de hierbas y su cambiante cabello. Sus ojos eran muy negros y su caminar semejaba el balanceo de una bailarina. A pesar del balandrán, se presentía su cuerpo ardiente y maldito,  negado para los placeres del amor.
Pensaba en los ojos de las ánimas y se preguntaba por qué su existencia estaba ligada a ellos. Su abuela se lo explicó una vez: "'Cuando tu madre te concibió en el mismo camastro  donde tú duermes, los ojos de las ánimas no se perdieron ningún detalle, fue como si ellos te engendraran. Por eso después de esa noche  de pasión, tu padre huyó en loca carrera, no  pudo soportar la mirada fija de tantos ojos de colores".
La abuela murió una noche cualquiera. Amaneció acurrucada en un rincón. Ella no lloró. No le gustaban las lágrimas. Por las noches se sentaba en el camastro y contaba ojos. Creía adivinar cuáles eran los de la abuela. Estaba segura de que eran verde mar. Y es que cada muerto cambia el color de los ojos al pasar al limbo pavoroso de las noches del pueblo. Ellas los catalogaba de acuerdo a la vida que habían  llevado. Lo convirtió en su pasatiempo: adivinar a quién habían pertenecido los ojos. Y cuando los miraba sonreía y sonreía y lanzaba carcajadas que la dejaban exhausta.
Miraba cada par de ojos: "Esos azules debieron ser de una virgen; los azules oscuros, de un cura; los verdes, de una vieja como mi abuela... O quizás no: el verde es esperanza y la abuela ¿qué esperanza iba a tener? Los amarillos, esos son los de ella. Sí, porque el amarillo es desprecio y la abuela lo despreciaba todo. Los violetas, esos deben ser de gente triste o sin nervios; los dorados, debieron ser de un joyero..." Soltaba una estridente carcajada. ¿Y por qué no hay ojos rojos? -preguntó una vez. Le respondió la abuela:
'"Porque se cree que son los ojos de los condenados y ellos no pueden salir a penar". Ella no había estado de acuerdo: "Yo creo, por el contrario,  que el color rojo está reservado los que han sentido una gran pasión". La abuela se había asustado: "¡Niña, tú no puedes hablar así, te digo que son los ojos de condenados!" En la inmensidad de la noche quería ver unos ojos rojos pero no estaban allí. Tampoco en su pelo había una sola hebra roja.
Desde cuando dejó de recibir los baños de hierbas y los conjuros su cuerpo estaba más vivo. Las punzadas en el pecho volvían cada vez que recordaba la figura soberbia y musculosa.
Estaba contando ojos cuando escuchó el tropel del viento y un chorro cálido que se acercaba. La noche seguía la ruta del miste­ rio. Se aburrió de los ojos y los increpó: "¿Por qué no se van a dormir? ¡Se van a volver bizcos de tanto mirar!" Su pelo fosforecía, su cuerpo desnudo se recostó en el camastro y se dispuso a dormir un sueño sin variaciones. Lo escuchó  llegar. La corriente impetuosa había aumentado y se metía a la habitación. Como una gacela se levantó. Lo vió en medio del cuarto. Quiso  gritar que se fuera, que estaba prohibida su presencia allí, pero una sensación de parálisis la atajó.
La tomó de un brazo y la acercó a su cuerpo. Ella sintió la punzada  profunda; sus
senos se endurecieron y sus pezones se volvieron cerezas maduras; su sexo lujuriante aparecía orlado por delgados crespones negros que  temblaban enloquecidos. Los brazos del  hombre la envolvieron. El cabello de colores los ató formando un lazo sobre los cuerpos brillantes. se tiraron sobre el camastro. Los atacó un deseo desaforado que los hizo gemir. Cuando se entregaron se sintieron ahogar.  El cuarto tembló desde sus endebles cimientos, el techo de zinc voló haciendo un ruido inmenso que asustó al pueblo, la ventana se salió de  sus goznes y cayó junto con un polvo fino que  se mezcló con e1 ambiente del cuarto. Los ojos de colore se abrieron como platos: los azules, se tornaron más azules; los verdes, más verdes; los grises, más grises; los dorados, más dorados, los amarillos, más amarillos; los violetas, mas violetas; y comenzaron una danza enloquecida en el aire enrarecido de lo que quedaba del cuarto.
Los amantes no se dieron cuenta de lo que ocurría. Se transportaron a un estado de languidez; por sus venas corría un líquido debilitante.
A la mañana siguiente los curiosos huyeron despavoridos cuando los encontraron muertos, tomados de las manos, con los cabel1os rojos y los cuerpos blancos.
Desde entonces, dos pares de ojos color rojo fuego comenzaron  a hacerle compañía a los ojos de las ánimas y a meterse  por todos los resquicios de puertas y ventanas de un pueblo de noches alucinantes.



Mary Daza Orozco. En 1986 ganó el Primer Concurso de Cuento del Cesar, del Instituto de Cultura y Turismo, con “Si lo hubieras dejado vivir...”. En 1989 gana el mismo premio con el cuento “Cuando las ánimas se asoman”. En 1991 es finalista en el Concurso Nacional de Novela convocado por Plaza & Janés Editores, con su novela ¡Los muertos no se cuentan así!.

En 1994 ocupa el segundo lugar en el mismo Concurso Nacional de Novela con su obra Cuando cante el cuervo azul, segunda edición 1996. En 1998 gana la Beca Fondo Mixto de Cultura para Creación Literaria que da como resultado su tercera novela publicada: Cita en el café La Bolsa, en 1998. En 1991 es finalista en el Concurso de Literatura en Testimonio, Premios Nacionales del Ministerio de Cultura, con su obra “Beliza su pelo tiene”. Su primera edición se vendió en cinco días y ya va a circular la tercera edición.

Fue Directora del periódico Primicia, órgano informativo del Círculo de Periodistas de Valledupar y ha sido columnista del diario El Pilón de Valledupar. Con un relato sobre su propia vida inauguró las tertulias literarias en la Cámara de Comercio de Valledupar.



2 comentarios:

Jorge Cubillos Barraza dijo...

La periodista y escritora Mary Daza Orozco,es una mujer muy especial y los que hemos tenido la fortuna de compartir una tertulia con ella,sentimos que nos arropa con una humildad extrema y los ojos de colores de las ánimas nos dejaran extasiado de su infinita sabiduría y es tan consiente de ello que se comporta como una mujer del común procurando ocultar su intelectualidad.-

Jairo Cala Otero dijo...

Mary: Te había perdido el rastro. Hoy, ¡bendito día de Navidad!, buscando un dato de El Pilón, te he encontrado «accidentalmente».

Te pido el favor de suministrarme una dirección electrónica, quiero escribirte y restablecer la comunicación perdida. Contáctame, por favor, por lenguajecorrecto@gmail.com

Con aprecio, tu colega y amigo.

JAIRO CALA OTERO
Bucaramanga, 24 de diciembre de 2012