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miércoles, 26 de enero de 2011

Diógenes Armando Pino Avila

EL CARACOLÍ EN CURUMANÍ
Por: Diógenes Armando Pino Ávila
«Plátano curmanilero, curmanilero plátano». Miro los cerros que hacen de marco al paisaje. «Plátano curmanilero, curmanilero plátano» Observo por la ventanilla el restaurante que queda a orillas de carretera donde hay varios buses detenidos. «Plátano curmanilero, curmanilero plátano» El bus avanza raudo por la vía pavimentada. En el pequeño televisor pasan una película viejísima de karatecas que dan impresionantes saltos y combaten en el aire como si la gravedad no les afectara. «Plátano curmanilero, curmanilero plátano» A lo lejos se divisa el poblado que abre sus fauces a lado y lado de la carretera, «Plátano curmanilero, curmanilero plátano» Nos acercamos, la carretera se convierte en una calle ancha a cuyos lados hay llanterías, talleres, restaurante de camioneros, posadas, y un comercio que le da vida a este pueblo. «Plátano curmanilero, curmanilero plát…» Tomo conciencia que he venido repitiendo desde hace rato esta frase, especie de trabalenguas con que jugábamos en la niñez. «Plátano cur…» Ordeno a mi cerebro detener la cantinela.

El bus se detiene, bajo y enrumbo mis pasos hacia la biblioteca. Está en una esquina, protegida por una malla industrial, es una edificación donada por el gobierno japonés, un local amplio y caluroso. Dos niñas hermosas me atienden, observo que no hay actividad. «¿El taller literario Caracolí?» pregunto. Una de las niñas me señala el patio diciéndome: «Siga» Me dirijo al patio y observo a Luis Eugenio sudando a chorros, rodeado por casi un centenar de chiquillos, que libreta en manos escucha sus instrucciones, Una mujer menuda de pelo negro y agraciada faz, trata de mantener sentados a los chicos que están en las últimas filas de pupitres donde se sientan los talleristas. Saludo en voz alta y como de costumbre los niños responden en coro: «Bueeeenos díiiiiaaaas», Le hago señas a Luis Eugenio para que se acerque, también se acerca la señora. Geño me la presenta, es Luz Leyis la bibliotecaria. Les digo que con ese número de niños es imposible realizar un taller. Ellos están de acuerdo. Le digo a Geño que los divida en dos grupos y me dé la oportunidad de trabajar con los de mayor edad, el accede, los divide y me los llevo con sus sillas a varios metros de distancia. Ahora funjo como tallerista. es una experiencia agradable, la disfruto al máximo.

De reojo observo las actividades que realiza Geño con el otro grupo, leen un cuento que narra las peripecias de una niña llamada Clara que había perdido un libro. La motivación de esos niños es enorme, participan en voz alta, y ante las preguntas casi todos levantan la mano para contestar, en una competencia maravillosa. «Geño tiene madera de animador de lectura» me dije y continué con mi taller.

Se hace un receso en el taller, Luz Leyis y una madre de familia suministran a los niños refrescos y galletas, para mitigar el sofocante acoso del calor y las fatigas del estómago. La algarabía de los niños es grande, ríen, cantan, aplauden, charlan a gritos entre sí, siento envidia de sus alegrías, de su inocencia y la falta de preocupaciones. «Sabroso ser niño» le digo a Geño. Charlamos de la cantidad de niños y la dificultad del taller en esas condiciones, me comprometo hablar con Mónica. Luz Leyis recoge los vasos y se retira, un niño grita: «Profe ya!» indicándonos que debemos continuar el taller.

A las doce del mediodía en punto, terminamos, nos despedimos de los niños, estos nos abrazan y besan en una muestra de cariño colectivo que agrada, nos hacen sentir humanos. Siento lo importante que es este trabajo. Mientras los chicos se alejan de la biblioteca charlamos de nuevo con Luz Leyis y Luis Eugenio sobre las dificultades del taller. Me despido, camino hacia la carretera y a los veinte minutos me subo a un bus con destino a Valledupar, todavía siento en mí humanidad, los abrazos de los niños. Paso mi mano por la mejilla y encuentro en ellos los besos tiernos de esos chicos que antes no conocía y que hoy anidaron por siempre en los pliegues de mi alma. En mi mente, de nuevo, «Plátano curmanilero, curmanilero plát…»
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Señor Gobernador.

En esta pequeña crónica resumo lo que sentí con sus paisanos, esos niños esperanzados y deseosos de aprender, que se deleitan en la lectura y que todos los sábados asistían a la biblioteca a los talleres literarios El Caracolí del Cesar con la alegría de leer un buen texto, participar en las actividades creativas y a lo mejor soñando que en el futuro podían ser escritores que representaran a su pueblo.

Hoy me entero que el proyecto de creación literaria El Caracolí del Cesar se termina porque sus recursos se destinan a una Feria del Libro en Valledupar. Creo que lo de la feria es bueno, pero es excluyente, es sólo para Valledupar y deja por fuera al resto del Cesar y sobre todo deja por fuera de su ámbito a nuestros niños (1.500 NIÑOS).

Va mi pedido, si de algo sirve: Por favor no termine con estos talleres, complazca a los niños del Cesar.
Un abrazo.

Diógenes Armando Pino Ávila.

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