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viernes, 21 de enero de 2011

Escribir en el papel: violencia simbólica contra lo propio

¿Hay algo que se pueda concebir como propio en las obras contemporáneas? Lo propio es lo diverso, el mestizaje del mestizaje, la posición del yo que ironiza sobre el mundo y sobre la literatura misma. La literatura contemporánea es ella misma marginal, siempre Otro y en ello reconoce su valor de ausencia y legitimidad
por Santiago Vizcaíno
Cada vez que uno se enfrenta al desorden ideológico que se plantea en una primera mirada de la hoja en blanco, se manifiesta la percepción inconsciente de la legitimidad del discurso naciente. Y no es solo la imposibilidad que se asienta sobre cuestiones primarias como la autenticidad del discurso o la novedad de los planteamientos, sino la violencia simbólica desde la que se ejerce lo propio, que deviene en un acto de reflexión ligado a la herencia cultural letrada y nuestras propias circunstancias vitales.
¿Qué significa, entonces, lo propio? Acaece, desde esa interrogante, un problema de orden histórico y de profundo debate intelectual en nuestras sociedades latinoamericanas a partir del período que llamamos postcolonial. La constitución de las repúblicas no solo planteó la construcción de un nuevo proyecto político, el liberal, que afirmara la independencia de las nacientes naciones, sino que asimiló el proceso de introducción violento del discurso colonialista, asentado sobre la base del poder legítimo que le otorgó la palabra escrita.
Cuando Martí escribe su ensayo Nuestra América,\1] estaba consciente del trasunto ideológico que se colaba detrás de la idea libertaria. "La colonia continuó viviendo en la república (...)" (J. Martí, 1985: 30), nos dice. Desde luego, la discusión sobre el ideal de "lo americano" estaba ya sobre el tapete desde la formación de las primeras repúblicas, a inicios del siglo XIX, pero quienes aclamaban a viva voz el nacimiento del hombre americano eran herederos de la tradición clásica e hijos de la ilustración y las nuevas corrientes ideológicas europeas como el positivismo. Es contra ellos a quienes Martí dirige sus dardos al escribir:
La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza sutil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india (J. Martí, 1985: 27).
El pensamiento político martiano trasciende ese "ideal americano" formado en la cuna de los letrados que, si bien habían constituido la base ideológica de las independencias, por otro lado habían dado la espalda a sus realidades marginales. Su discurso, además, partía de su pretendida responsabilidad política frente a la construcción de lo propio. La literatura ingresa
ahí como mecanismo modelador y educador del espíritu liberal de una clase: "las letras latinoamericanas nunca se resignaron a sus orígenes y nunca se reconciliaron con su pasado ibérico".[2]
La novela hispanoamericana del siglo XIX, por ejemplo, está imbuida de ese carácter que vuelca su contenido histórico hacia un objetivo formador y forjador de la idea de nación y sus disputas políticas.[3]
Incluso la generación posterior a Martí, el movimiento modernista, posiciona su frente desde un discurso etéreo que mantiene su legitimidad como clase, pero desde otra perspectiva: el cosmopolitismo que debía surgir desde lo individual. En ello radicaba la originalidad y, por supuesto, el sentido de lo propio, es decir, el sentido del arte en su peculiaridad. La literatura latinoamericana devenía, entonces, como suma del genio literario que rompía con la tradición clásica, el romanticismo y el realismo, pero siempre con la mirada hacia Europa.
La intención no es ofrecer una mirada histórica de los referentes ideológicos que marcaron el nacimiento de la literatura latinoamericana, sino la reflexión sobre ese sentido de lo propio desde el que ejercemos y legitimamos determinada forma de acercarnos a la realidad. Aquello que llamamos singular, original y auténtico está determinado, por supuesto, por el devenir del pensamiento histórico que acarreamos desde el enfrentamiento mismo con la palabra escrita, pero también sobre la base de una tradición oral anterior violentada por el poder simbólico de ese lenguaje que heredamos.
Ahora bien, no es sino en la segunda mitad del siglo XX donde impera la necesidad de replantear, desde distintas perspectivas, la idea de lo latinoamericano que surge a partir de la irrupción de la palabra escrita para legitimar la conquista. Es decir, el retorno al origen mismo del conflicto. Los estudios de Ángel Rama,[4] Cornejo Polar,[5] Carlos Pacheco[6] y Martin Lienhard,[7] verbigracia, permiten comprender las complejas y violentas relaciones que se establecieron en ese momento histórico de encuentro entre dos culturas con concepciones radicalmente distintas sobre el mundo.
¿Por qué es importante la observación de este fenómeno dentro de lo que llamamos propio? Sin duda porque es el origen mismo que nos impide el reconocimiento y en el que radica la confusa virtud de nuestra identidad. Mientras en el siglo XIX, la disputa política centraba el valor de lo americano en oposición a lo colonial y, por tanto, en la necesidad de insertarnos en la idea moderna de progreso, la primera mitad del siglo XX revierte su mirada a los polos marginales que habían sido signados por la idea de barbarie y salvajismo, es decir, el indio, el negro, el cholo, el gaucho, el campesino...; lo que llamamos realismo social y, por tanto, la incorporación de ese universo oral.
El componente principal es que la literatura latinoamericana no ha estado jamás, por lo menos hasta las primeras décadas del XX, desvinculada de su objeto como constructora de la identidad. Hay, por supuesto, casos excepcionales nacidos del ideal modernista cuya virtud individual es innegable —Borges, por ejemplo—. Aun así, el estudio sobre esa labor de inclusión de la oralidad en la literatura latinoamericana es medianamente reciente y entra al debate porque la elaboración misma del lenguaje es distinta y porque la literatura como objeto artístico trasciende el ideal político anterior.
Carlos Pacheco, en su citado ensayo sobre Arguedas, Rulfo, Rosa y Roa Bastos, reconoce "la conflictiva cuestión de las relaciones interculturales" (C. Pacheco, 1992: 54) que supone hablar de este grupo de autores, porque su obra narrativa, sin duda, se establece como mediadora y permite la visualización de lo que, desde la razón letrada, imaginamos como el
Otro:
Si se considera la procedencia familiar, el nivel de educación, el estatus profesional y hasta el origen étnico, se tendería a clasificarlos como "intelectuales" y miembros de una clase media predominantemente blanca, urbana y occidentalizada. Sus posiciones filosóficas y las características de su producción literaria, sin embargo, exigen un examen más detenido. Porque estos narradores, a lo largo de su vida, han mostrado un profundo interés por las culturas populares, indias o mestizas, desde sus respectivos países de origen que dista mucho de ser una mera curiosidad intelectual (C. Pacheco, 1992: 55).
El objeto no es entonces, aquí, la preeminencia de una clase social que hace posible la mirada de ese otro social marginal, sino la posibilidad de una obra que se centra en la problemática de la alteridad desde su conocimiento profundo. Y, más allá, el reconocimiento de su valor ficcional, es decir, de la literatura en su realidad simbólica y compleja. Hay, por ende, un redescubrimiento de un universo cultural que hasta ese momento había permanecido relegado, pero también su virtud radica en la concepción artística que deviene de ese reconocimiento.
Por supuesto, la literatura posterior, cuya manifestación más emblemática se centra en la generación del boom, se orientará al desarrollo de los mecanismos ficcionales a partir de la valoración de ese legado cultural que ha trazado esta primera mitad del siglo XX, desde luego, con matices diversos que superan la necesidad política de forjar la identidad y de ofrecer una mirada de aquello que permanecía oculto.
En el llamado postboom y la literatura postmoderna latinoamericana —si es que aquello existe—, por otra parte, el discurso de lo propio, de lo identitario es, paradójicamente, marginal. La intención es otra. El crecimiento de las grandes ciudades, la migración, el desarraigo y, sobre todo, la desolación del individuo frente a la voracidad del mercado, marcarán la manera de concebir el acto literario. La literatura misma se pone en entredicho, su función social. ¿Hay algo que se pueda concebir como propio en las obras contemporáneas? Lo propio es lo diverso, el mestizaje del mestizaje, la posición del yo que ironiza sobre el mundo y sobre la literatura misma. La literatura contemporánea es ella misma marginal, siempre Otro y en ello reconoce su valor de ausencia y legitimidad.
Cuando escribo estas líneas, y ya no miro la hoja en blanco, sino apenas un orden maltrecho formado por una idea vaga de lo latinoamericano, intento asirme a la idea de singularidad, y encuentro que aquella vaguedad, que aquella angustiosa vaguedad me impide ver que hay un orden íntimo, ligado con ese devenir, que se dispersa, y trato de atraparlo. Eso, por ejemplo, es propio.
2010-11-09
1.  José Martí, Nuestra América, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1985.
2.  Ángel Rama, Transculturación narrativa en América Latina, México, Siglo XXI, 1987.
3.  Véanse Cecilia Valdés, de Cirilo Villafuerte; El matadero, de Esteban Echeverría;
Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, o Cumandá, de Juan León Mera, por citar algunos ejemplos.
4.   Op. Cit.
5.  Antonio Cornejo Polar, Escribir en el aire, Lima, CELACP-Latinoamericana Editores, 2003.
6.  Carlos Pacheco, La comarca oral, Caracas, Ediciones La Casa de Bello, 1992.
7.  Martin Lienhard, La voz y su huella, La Habana, Casa de las Américas, 1990.
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