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miércoles, 16 de junio de 2010

Escamita y el sabio don Criso

Álvaro Morales Aguilar (De Tamalameque Colombia)


Hace muchos inviernos y veranos vivió en Nosedónde un viejo sabio cuyo nombre de pila era Crisóstomo y a quien, por puro cariño, llamaban don Criso.

El viejo sabio no podía vivir sin leer y los nosedondeños decían en broma que comía arroz de letras, tortas de huevo con letras, puré de papa con letras y que bebía sopas y jugos de frutas con letras.

Fue precisamente por leer tanto que al viejo sabio se le metió entre ceja y ceja la idea de que un bocachico podía vivir en lo seco, porque él se había enterado que existen peces que respiran como las personas.

Con esa inquietud bien estampillada en su mente, le encargó una mañana a Toño Ovalle, dueño y chofer del bus que viajaba de Nosedónde a La Gloria, un bocachico joven, lo más joven que pudiera.

El pequeño bus (la "chiva", como decían en Nosedónde) abría viaje cuando el sol aún dormía y regresaba, cansado y revolcado en polvo, a la hora en que ya tenía su ojazo bien abierto, hirviendo en la mitad del cielo.

De modo, pues, que a las doce en punto, bajo un solazo que tiraba flechas de candela sobre Nosedónde, don Criso esperaba dando vueltas y más vueltas por el parque.

Y apenas escuchó el ronquido del bus por la calle principal, haciendo disparos de humo con el mofle, corrió en busca de Toño Ovalle quien le entregó la encomienda en una bolsa plástica media de agua.

A don Criso le relampaguearon los ojos como cuando va a llover y el corazón se le descarriló de felicidad.

Saltando en un solo pie, como dicen, el sabio llevó a vivir al bocachico a su casa cuidándolo más que a la niña de sus ojos: de día, dentro de la alberca del patio, bajo la sombra de los almen¬dros, protegido por una valla de alambre de ojos angostos, y de noche en el acuario con cascajos blancos en el fondo, un barquillo ahogado que respiraba burbujas iluminado con bombillos de colo¬res que espabilaban como cocuyos alumbrando a retazos al bocachico que hacía piruetas en el agua.

Con el propósito bien preciso, don Criso se daba sus mañas para lograr que el pececillo aprendiera a respirar como la gente:

1º) machacaba hojas de unas plantas con nombres muy raros y muy abundantes en la región de Nosedónde, como por ejemplo, "topo- toropo", "rabo-de-alacrán", "aruña-gato" y "vira-vira",

2º) con esas plantas machacadas producía un zumo espeso que filtraba en su laboratorio hasta obtener un líquido cristalino que dejaba reposar varios días en unos recipientes naturales llama¬dos "ollas de mono",

3º) luego aplicaba gotas de esa sustancia con un minigotero en los dos orificios que tenía el bocachico en la cabeza o tuste y,

4º) mantenía al pececillo fuera del agua un tiempo que fue alargando en la medida en que el experimento progresaba.

Al principio la prueba fue muy dura para "escamitas", como bautizó el sabio a su amigo: sentía que un elefante le pisaba el resuello con sus patotas y al quedarse corto de aire se debatía en calambres y retorcimientos porque sus branquias parecían estar llenas de nudos.

Pero en cuanto el líquido actuaba dilatando sus branquias, "escamitas" se iba quedando tranquilo y se le borraba el padeci¬miento en un dos por tres.

En esa tarea, para la que el viejo sabio puso todo el entusiasmo, el cariño y la ternura, pasaron don Criso y "escamitas" un año completo.

Y el día que se redondearon los trescientos sesenta y cinco del año, la casa del sabio retembló de alegría porque "escamitas" amaneció respirando como cualquier persona y haciendo hazañas en la mano de don Criso: sacaba pecho, brincaba y daba volteretas.

Don Criso lloraba de emoción y mostraba a "escamitas" a todos los curiosos que casi le desentechan la casa para verlo y el triunfo le embetunaba los ojos y le hacía resplandecer el corazón.

Así llegó la fama a Nosedónde y el pueblo fue fotografiado miles de veces por periodistas y científicos de las cuatro esquinas de la tierra y don Criso y "escamitas" volaron por el globo entero en alas del correo y en las hojas de los periódicos y de las revistas de todo el mundo.

Al viejo sabio y a su amigo les dieron muchos premios, de¬biendo los premiadores hacer el viaje a Nosedónde porque él y "escamitas" no estaban dispuestos a sacar y despegar los pies y las aletas del terruño para evitar riesgos innecesarios.

Pero ocurrió que un día don Criso sintió deseos locos de pasear por la orilla de la quebrada como lo hacía por las calles de Nosedónde a la hora en que el sol de los venados le echaba brujería en el alma.

Y aseguran que esa tarde el sabio luego de caminar con las manos a la espalda hipnotizado por el paisaje barnizado de oro, por el aroma del bosque y el candor de los pájaros, se sentó al borde del agua en una piedra del remanso donde los niños se bañaban los domingos. Y no bien "escamitas" sintió el olor del agua se removió en el bolsillo de la camisa del sabio, donde siempre permanecía junto a su amigo, y como picado de avispas ¡pin! dio un buen salto y ¡pluc! cayó al remanso desapareciendo en las profundidades.

Como es natural, don Criso se asustó y de los mismos nervios se tiró detrás de su amigo olvidándose que no sabía nadar. Pero de pronto el viejo sabio experimentó, en cuestión de segundos, torceduras, retorcijones, templonazos, jalonazos, apreturas ¡cric! ¡crac! ¡croe! ¡prin! ¡pran! ¡prun! transformándose en un pez grande y vigoroso que jugueteó un momento con "escamitas", perdiéndose juntos por rumbos desconocidos.

Hoy a quien visite a Nosedónde le muestran muy orgullosos los nosedondeños la linda estatua del sabio don Criso con "escami¬tas" en su mano derecha extendida. Y al pie de la estatua los curiosos leen esta sentencia de un poeta de apellido Cervantes:

"Que amistades que son ciertas nadie las puede turbar"



Fina atención de Carlos Guevara, Coordinador General del taller de creación literaria El Caracolí del Cesar.

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