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viernes, 11 de enero de 2013

La mujer de los cuatro elementos


Fernando Denis
                                                                       

  El fuego vive de la muerte del aire
y el aire de la muerte del fuego; el agua
vive de la muerte de la tierra, y la tierra
  de la muerte del agua.

Heráclito

                                        Atrio
Enciendo el fósforo que me guía en los laberintos del lenguaje, sigo su pábilo, la luz que al final habrá de fundirse con mis dedos, con mis palabras. Soy el centinela de estos parajes. Entro en el poema y hago mi ronda hasta que amanece. Vigilo las cuatro puertas. La mujer que sueña en las murallas dice que soy un duende, que puedo llevar las palabras en mis bolsillos  como monedas;  en vez de monedas siempre cargo versos de Virgilio.
Entro en la noche, en sus símbolos, en la edad de la sombra y de la luz, merodeo  por sus orillas, contemplo la belleza y el pavor de sus hogueras, voy tras la voz que bordea los acantilados, ebrio, sonámbulo, pues la distracción  prolonga el infinito, me detengo un instante en un pasaje de la biografía de la lluvia y trato de recordar el poema donde mueren todos los ríos.  Mueren los ríos, muere el tiempo, pero las palabras quedan intactas, empañadas en el cristal. Heráclito llora en la falsa orilla: “¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece?”  Por eso vivo dentro del lenguaje. Tiendo mi carpa dentro de una palabra, en sus bosques preñados de fábulas, de ruiseñores, y como el viejo Eliot, leo casi toda la noche y bajo al sur en invierno.
Soy testigo de la mujer que hace diamantes con las palabras, que inventa con cada sílaba los collares que llevan en sus cuellos los fantasmas, los dioses, las doncellas de los cuentos de hadas. He sucumbido a su canto. Las mariposas del recuerdo me intranquilizan, quisiera ignorar su esbelta desnudez bajo el agua del Caribe, donde he visto la geografía del lenguaje, la sensual, la terrible, la exacta erudición de los sentidos, la embriaguez absoluta que aún ignora el tacto, la cadencia de los hombres.
No sé si la he soñado,  no sé si ella es la que sueña que yo la cuido desde que aprendí el idioma de las tribus del aire.
Cada gesto suyo borra el universo, lo distrae. No es el amor, es algo anterior al amor, anterior a la mujer, su sueño antes de volverse carne, antes de volverse sal, antes de volverse piedra. Es su palabra ingrávida anterior al deseo de volverse cuerpo, labios, cabellos.
Soy el centinela. Desde hace algunas noches vigilo estos laberintos que compró esa mujer con las monedas que durante años iba recogiendo en las fuentes.

F.D.

Primera parte

La mujer del fuego

                                Y mi nombre se confundió con el nombre del fuego
                         mientras cantaba con oro en la voz
                         el griego reflejo que Heráclito dejó en el agua.

 Cambiando se descansa.
Heráclito

I
Estremecida por la luz de los grabados de la noche,
por su silencio, por la sed amorosa que crepita
en sus selvas, en sus runas de fuego,
en sus salamandras consternadas en mi sueño
de niña,
he bajado hoy a las murallas, hoy quiero hundir
mis secretos en las arenas,
el esplendor, el encanto y la música para quedar
desarmada, arrojar al mar incesante esa belleza
antigua que quema mi noche,
arrojar mi última moneda.

II
Salí de la noche, de su silencio, y a la noche pertenezco,
soy hija del milagro de la noche
y en su sombra irradian mis palabras.
Mi silencio es la voz de otra mujer que me acompaña.
El hechizo, el amor, la sed de esta hoguera
estremecen mis horas, mi clepsidra,
soy esa canción que al ocaso atraviesa los bosques
y baja descalza hasta las murallas.

Detrás de la piedra despierto a esta dulce maravilla,
al misterio de la luz, de la sombra: en sus páginas
escribo, detrás del silencio que me acompaña,
diluyo mis delirios, esta agobiante soledad 
que arde en todas las orillas, en el papel,
en mi cuerpo.

III
El mar intuye en mi mano la soledad de los astros,
mi tarot de adivina que barajan otras manos extrañas,
mi horóscopo indescifrable,  tímido, los símbolos
de este silencio anhelado por los arcanos,
y ya tantas veces leído por los planetas,
por las estrellas echando chispas 
en las constelaciones de mi sangre,
sus bocas radiantes en la oscuridad me susurran
el futuro.

IV
He vertido con ansiedad dos milagros en la fuente
de San Diego:  mis ojos verdes que han visto
con vehemencia los ocasos morir en esta esquina,
mis ojos que han visto el incendio milagroso
en las telas, en los grabados, que son gestos
de este silencio,
 y al llegar la noche intuyen las cenizas del alba;
mis ojos afiebrados que son dos lunas hambrientas,
ensimismados, amasando el mito,
escrudiñando en los pliegues, en las cadencias,
en los umbrales de una historia que se repite
y que no es la misma. Mis ojos diluidos en la tormenta
con el verano enardecido de las ciénagas,
con el azufre candente, mágico de las cumbres,
y vago como una ola vestida con la túnica del color
de las auroras de la Ilíada,
casi imaginaria como una fábula,
y desde mi zarza luminosa leo en las líneas de la mano
de la noche.



V
El mar me desvela, rasga en la negrura las cuerdas
de sus maderas y sus metales,
sacude las abigarradas lunas rojas del templo de agua:
veo el balido del otoño descendiendo por sus escaleras,
rodando por sus líquidos corredores, por la arena
fulgurante de sus balcones y sus recámaras
manchando del color de los labios de Medusa
el mármol amarillo.

VI
Observo el mar desde el ojo de un color de la llama,
desde mi faro, leo y releo la maravillosa enredadera
de sus hexámetros de agua,
la morena escritura dormida en los papiros de sal,
en papeles ajados por la luna que bajan como pájaros
hasta el silencio de la llama, a cada gesto de mi oído,
y subrayo esos versos antiguos con tizones
o con carbón de las minas;
la belleza helénica de sus estrofas salta hasta
mis oídos y me hiere.

VII
Siento las naves llenando de fiebre y de brillo
las estatuas de esta ciudad de piedra,
los molinos de viento de mi mente, la suave
embriaguez  de mis sentidos, los bosques embrujados
del  insomnio donde soy forastera,
y con sueño en las manos, con hambre en los oídos,
con la ebriedad de este silencio más fuerte que yo,
que me obliga a arder en los bosques de la página,
tejo los escombros de un sol que se agita en mi pecho, 
tejo en los umbrales la madeja de esta poderosa
luz que me promete el infinito.

El mar es un milagro. 
Al  igual que el fuego, el mar tiene vida propia.
¿Cómo colmar la ansiedad, la sed de deshacerme
y renacer en una palabra y arder de nuevo?
Vine a hablarte del fuego y traigo una llama en mis labios.

Tomado de Revista Letras No. 6 Octubre-noviembre 2012

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