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Gilberto García Mercado

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EL ERMITAÑO (Cuento) Por Gilberto García M “Otra vez despierto. Las ruinas de Flor del Valle están untadas de mí. O puede ser lo contrario. Pero aquí estoy de nuevo. Allá, donde las hierbas han invadido las casas en ruinas, ahí estoy yo. He perdido la noción del tiempo. El día y la noche pasan con una sucesión inalterable. No sé qué día es hoy. Ni en qué mes estamos. Han pasado tantos años que el cabello, la barba, y el bigote se arrastra por el suelo. Mi piel está pálida y débil. Y camino paso a paso, como los ancianos. No sé por qué no me he marchado de aquí. Mi alma se ha acostumbrado a la soledad y a las ruinas. Soy un bicho que vive en la oscuridad. Y que le tiene miedo al sol y al  frío que bajan de la sierra. Cuando los guerrilleros llegaron al pueblo, yo venía de Valparaíso. Así que alcancé a ver la explosión en la oscuridad. Y mil veces le di las gracias a Dios porque yo no alcanzara al sordomudo que iba en bicicleta, raudo, para Flor del Valle. Yo le grité y h...

Daniel Lemaitre Tono

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Daniel Lemaitre Tono   El alcatraz    Llega cuando el invierno empaña el día    y, heraldo de la recia tribunada,    bate por la quietud de la ensenada    el remo gris de su melancolía...       De pronto corta el vuelo; se diría    que lo ha herido la muerte a la pasada,    y cae como cosa abandonada    y rompe el vidrio azul de la bahía.       Certero, al deglutir, del pico enorme    sale un reflejo de metal pulido:    ¡es el trágico fin de un pez que albea!       Después, viejo filósofo conforme,    como si nada hubiera sucedido,    se deja columpiar por la marea... EVOCACIÓN  Viejo patio que sueñas, perfumado Por el jazmín que en tus arcadas crece. Serenata de luz do el viento mece La canción que te deja adormilado.  La luna, que a tu fu...

Ruben Darío Otálvaro

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PERSONAJE Quizás la historia de un escritor es la historia de todos los escritores. Bosquejar un fragmento de esa historia es el fin de este relato. Para nuestro escritor llegar a ser Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, Kafka, Joyce, Goethe, Borges, era su más alto sueño. Y en el ocaso de su vida, como un regalo de los dioses, le fue dada en un sueño la historia de la humanidad. Al sentarse ante la pantalla de su portátil recordó con singular claridad las imágenes y las palabras y tuvo la certidumbre que escribiría una novela de novecientos setenta y nueve capítulos, en los que narraría: la pasión, resurrección y ascensión de Aquél que había de morir en la cruz, hecha con la madera de sus sueños, los horrores del infierno y las dulzuras del cielo, las mercedes y las acechanzas de Dios; tejería el arco iris del Espíritu, el lento y fatal vuelo de los días, el rumoroso río del tiempo cósmico, el vastísimo instante y la divina eternidad; contaría las hojas de los sueños y los r...

Rómulo Bustos Aguirre

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Sufí Como un perro que inútilmente intenta morder su cola giro en sentido inverso del movimiento de los astros para alcanzar mi sombra Sólo ella puede darme noticias de mi luz De la levedad Érase un alma tan leve que cuando murió su cuerpo era tal su levedad que pasó sin detenerse ante la Puerta del cielo Al menos eso fue lo que creyó el Guardián de la Puerta Y el Guardián de la Puerta alarmado temiendo que fuera a dar al Abismo o Vórtice de la nada le sugirió que, a modo de plomadas, dejara caer palabras pesadas Y el alma leve dijo: cedro, argamasa, potala, escaparate Pero siguió levitando Y el Guardián de la Puerta le sugirió que probara con malas palabras Y el alma leve dijo palabras crapulosas que la censura celeste me impide repetir Pero siguió levitando Y el Guardián de la Puerta le sugirió que probara con palabras inmundas Y el alma leve dijo palabras abyectas que el asco me hace imposible repetir Y ...

Gustavo Tatis Guerra

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Nadie es inmune a las metáforas Se había deslumbrado con aquella metáfora inusual del poeta americano E. Cummings: “La terrible cara de Dios, más brillante que una cuchara”. ¿Por qué terrible, por qué brillante?, se preguntaba mientras devoraba con ansiedad, cucharadas de garbanzos revueltos con arroz. No había consuelo para aquel peregrinaje sin regreso. ¿De qué luz de penumbra había nacido aquello que lo encantaba? ¿Acaso de la luz nunca oscurecida de aquel verso de San Juan de la Cruz? Esta vez el amanecer lo había dejado sin aliento, con una iluminada desazón, al final de una cacería despiadada en la que nadie vendría a despertarlo ni rescatarlo de aquel abismo insondable en el que había descendido tras el espejismo de una metáfora. Hara-kiri El viejo almirante Oshibo, luego de hacerse el hara-kiri, entró a la muerte, luego de una tremenda agonía. No quiso acelerar lo inexorable. Antes que alguien se le ocurriera darle un golpe de gracia, él había dejado e...

José Sarabia Canto

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Foto tomada de:  http://ensuncho.blogspot.com Aun cuando su nombre es José Sarabia Canto, titulamos canta porque este poeta en Río de Luna, canción para un caballito de palo, no hace otra cosa distinta que cantar con esa forma tan peculiar suya de vivir la vida bajo una tonada eterna de marinero que ama el amor. Después de navegar por mares y ríos, José Sarabia se ha quedado en el puerto de Magangue amamantando sus fantasmas, protegido por el hado tutelar de don Antonio Botero y de muchos amigos que se ha granjeado en esos lares. José es hoy la voz del río y de la tierra Excelso fumador de naturalezas, bacán de barrio, viejo lobo de mar, putañero, trasnochador, ha sido capaz de fumarse tres libros rojos de Mao Tse Tung y dos biblias Reina Valera, para saciar su necesidad de viajar en espacios pequeños por el universo. Su poesía es él. Su vida misma, venciendo toda precariedad es un poema. Para que todos caigan en la cuenta de lo que surge de José Sarabia Ca...

Héctor Rojas Herazo

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La Casa entre los Robles A un ruido vago, a una sorpresa en los armarios, la casa era más nuestra, buscaba nuestro aliento como el susto de un niño. Por sobre los objetos era un tibio rumor, una espina, una mano, cruzando las alcobas y encendiendo su lumbre furtiva en los rincones. El sonido de un hombre, el retrato, el reflejo del aire sobre el pozo y el día con su firme venablo sobre el patio. Más allá las campanas, el humo de los cerros y en un dulce y liviano confín, entre la brisa, el pájaro y el agua levemente cantando. Todos allí presentes, hermano con hermana, mi padre y la cosecha, el vaho de las bestias y el rumor de los frutos. Adentro, el sacrificio filial de la madera sostenía la techumbre. Una lluvia invisible mojaba nuestros pasos de tiempo rumoroso, de fuerza, de autoridad y límite. Pasaba el aire suavemente, buscaba sombras, voces que derramar, respiraba en los lechos, dejaba entre los rostros su ceniza dorada. Era entonces el día de hojas, ...