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Álvaro Cepeda Samudio

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Vamos a matar a los gaticos  “Vamos a matar a los gaticos ­—dijo Doris—, vamos a matarlos. Yo sé cómo se hace, vamos a matarlos”. “No, todavía no”. “Pero tú dijiste que los íbamos a matar apenas nacieran —dijo Martha—. Tú dijiste que teníamos que matarlos para evitar que los regalaran”. “¿Cuántos son? —preguntó Doris”. “No sé: parece que hay cinco”. “¿Dónde están?” —preguntó Doris. “En el último cuarto. Los pusieron en la caja donde dormía Teddy”. “¿Son bonitos?” —preguntó Doris. “Yo no sé, yo no los he visto todavía. Pero sé que ya nacieron porque esta mañana lo estaban diciendo en la cocina”. “Vamos a verlos” —dijo Martha. “No, ahora no: después. Vamos a subirnos al techo”. “Vamos —dijo Doris— y jugamos a Tarzán, ¿quieres? Bueno. Voy a buscar las cosas”. “Yo no juego —dijo Martha”. “¿Por qué no quieres jugar?” “No puedo —dijo Martha—, yo no puedo subirme al techo”. “¿Por qué no puedes subirte?” “Tú sabes” —dijo Martha. “Ella tiene miedo —d...

El delirio caribeño

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Entrevista al escritor colombiano Roberto Burgos Cantor: «En las artes no hay grados, el escritor no se diploma de nada. Cuando dejó de escribir, dejó de ser escritor. Así termina por estar cerca del abismo, cada vez que cree que considera haber concluido un texto»   por   Marcos Fabián Herrera Muñoz   Cuando se le ve con gabardina negra y con anteojos a la usanza de un novelista decimonónico, fácilmente se llega a creer que nos encontramos frente a un santafereño ancestral, que porfía en su acicalada vestimenta de filipichín capitalino. Son sus libros los que revelan con mayor acierto su condición de caribeño. Roberto Burgos Cantor nació en Cartagena de indias el 4 de mayo de 1948. Su rito iniciático en la literatura se lo debe a Manuel Zapata Olivella, quien le publicara su primer cuento en la memorable revista   Letras Nacionales . Su obra es un decantado empeño en alegorizar, con un singular y personalísimo matiz, la vastedad de una región colombiana, pos...

Dora Elena Manzano

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Casa de Agua En punto de la media noche, avanzó desnuda en medio de un camino de antorchas encendidas hasta llegar al lecho de flores, donde permaneció tendida boca arriba mientras su abuela entonaba cánticos que parecían lamentos, e impregnaba el aire con hierbas que quemaba en una vasija. Desde su letargo escuchó los sonidos del entorno y sintió cómo cada   una   de las coyunturas y pliegues de su cuerpo eran ungidos con aceite, tras lo cual su pureza fue ratificada por las aguas de la Ciénaga que bordeaban el lugar. Finalmente, cuando ya cantaban los gallos, le fueron confiados los secretos que la guiarían por   un conocimiento que   el tiempo   había sepultado en la memoria de los hombres. Habían pasado tantas madrugadas desde entonces, que en ocasiones llegó a creer que todo había sido un sueño y a fuerza de pensarlo lo había hecho  realidad; no  obstante,  esos saberes  recibidos la devolvían siempre a lo mismo. Por eso estab...

ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS:

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    ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS: LA CONSTRUCCIÓN DE UNA POÉTICA TESTIMONIAL  Félix Molina Flórez   “No hemos tenido un instante de sosiego” G.G.M Fernando Vargas Valencia Alguien podría advertir, sin mayores esfuerzos, que a Fernando Vargas le preocupa la situación de los desheredados. Así llama él a todo aquel que ha heredado una muerte vil, que ha sido expulsado de su comarca, o ha legado como patrimonio la desolación. No es un secreto que él es un abierto defensor de los Derechos Humanos, tampoco que cada poema de este libro es una clara manifestación en contra de la injusticia, la barbarie, el abandono, la violencia, la muerte, la desidia. Por ello, alguien con una visión ampliamente esteticista, podría estar en contra de una poética  como esta, que en apariencia, es defensora de una causa social. Podría plantear que la máxima expresión del lenguaje humano, no debe convertirse en un mecanismo político de denuncia; podría sugerir, en c...

María Mercedes Gonzáles Pantoja

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Wendy se mira en el espejo roto Wendy mutila la risa de sus héroes, Rompe el abrazo en su vuelo al cielo. La piel  febril, la mano prodigiosa que se ofrece. Al acecho de Tánatos, el salteador de caminos, Wendy arranca el último pétalo  de la flor palpitante. Wendy reúne los despojos del amante soñado. Gestos, brazos, pedazos de piel, mirada calcinante La imagen de si misma atrapada en el centro de la pupila. Wendy arma el rompecabezas. Los héroes de Wendy son de papel De papel es el nombre Wendy Héroes y nombre, fetiches errantes de largas melenas con botas siete leguas. Héroes y nombre, Transgresores exiliados en tabiques de alquitrán y caña brava. Noche de conjura, misterio  cifrado. Tibio rincón de la morada ancestral. El bajareque, se postra indefenso al viento silbante La ecuación  del caracol revela la promesa del amante inasible. El de piernas aladas y firmeza en la frente. Una senda sin principio ni fin...

Diógenes Armando Pino Avila

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LAS TRES PIEDRAS MÁGICAS DE ANTONIA Ocurrió a comienzos de diciembre, cuando llegó mi hermana. Ella trabajaba de enfermera en el hospital de un pueblo cercano al nuestro. Llegó de descanso por cuatro días. Consigo trajo a Antonia, una negra esbelta de escasos 15 años de edad. La presencia de Antonia en la casa,  me perturbó desde un comienzo. Era de espigada estatura. Sus labios eran carnosos y rosados y resguardaban unos dientes blancos, que en todo momento mostraban una sonrisa alegre.  Su vestido estampado en flores rojas, parecía que fuera dos tallas menos para su cuerpo, ya que sus turgentes senos, querían romperlo, reclamando una libertad que yo esperaba celebrar. Para la época de la llegada de  Antonia yo tenía 12 años de edad y una inocencia total en cosas del sexo y del amor, pero desde que la vi por primera vez, sentí que un volcán empezaba a rugir en mi pecho y una tempestad de sentimientos, hasta ahora desconocidos comenzaron a acompañar mis ...