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jueves, 17 de marzo de 2016

LA MUERTE DE TONORITO

Por: Beethoven Arlan.

Merlín Alqueciras, así se llamaba el hijo menor de Remigia Alqueciras del Cerro. Ella tenía dos hijos y vivía en Docora. Le decían Vieja Miya.

 En los tiempos cuando nació Merlín, vivía en las lomas de Docora un bravo toro negro llamado Tonorito. Sus cuernos tenían filos de oro. También las crines de su cola eran hilos de oro. En el centro de su frente negra tenía un lucero blanco. Ese toro malo mataba a los toros buenos. Dicen los viejos que durante las noches entraba al pueblo y corneaba a los perros que ladraban en los pretiles.

Sucedió en los tiempos del toro Tonorito, que la Vieja Miya iba por el Camino de las Rabiacanas para el Arroyo Azul a lavar trapos sucios y Tonorito estaba por esos lados. Cuando el toro vio a la vieja cargando su ponchera de trapos, le barajustó y la mató con sus cachos afilados. La Vieja Miya murió a cachos de Tonorito. Merlín era entonces un niño. Quedó con su hermana mayor, y los dos fueron después a vivir en otro pueblo llamado Printama. Allá vivieron con una tía, y Merlín le decía —mamá— a su hermana, pero su hermana le explicaba:
—Yo no soy tu mamá. A mamá la mató un toro llamado Tonorito—
Siempre le decía así.

Pasaron días y vinieron días. Pasaron años y Merlín creció. Ya era mayor y trabajaba jornales en las fincas y ganaba plata. Entonces compró una escopeta de chimenea, con todo y baqueta y pólvora y perdigones. Su hermana le vio la escopeta y pensó que se metería a cazador. Hasta que un día Merlín le dijo:
—Alístame unas provisiones, que voy para Docora a matar a Tonorito.

Su hermana preparó entonces bastante comida, compró un trozo de panela y buscó un calabazo barrigudo para que llevara agua. Y partió Merlín con su mochila llena y su escopeta terciada. Caminó y caminó. Atravesó selvas y cruzó ríos y saltó arroyos y subió montañas. Hasta que llegó a las lomas de Docora. Iba caminando por el camino de la Sabana del Tropel cuando encontró una viejecita.

—Regálame un poco de comida y de agua, que tengo hambre y sed—imploró la viejecita.
—Con buen gusto— anotó Merlín, y le convidó a sentarse bajo la sombra de los algarrobos. Ahí comieron juntos.

Cuando terminaron de comer, Merlín preguntó:
— ¿Por qué anda sola por los caminos?

La viejecita miró el suelo y respondió:
—Yo no ando por los caminos.
—Pero usted lleva los pies empolvados— replicó Merlín.
—El polvo es de los caminos viejos— arguyó la viejecita.

Merlín se quedó callado. Pensativo. Miraba las piedras del arroyo. En eso la viejecita sentenció: —Nunca dejamos huellas cuando caminamos más de una vez por el mismo camino—, y se levantó y clavó su mirada sobre los cerros azules de la sierra. Entonces Merlín voló a decir:
—No se marche sin decirme su nombre.

Ella lo miró tiernamente.
—No vale la pena que sepas mi nombre, si en adelante nadie te va a preguntar por mí— Dijo.

Merlín sonrió. Siguió pensando. En eso la viejecita sin nombre sacó de su mochila cinco huevos blancos y se los entregó a Merlín.
—Cuando estés en apuros, tira un huevo— le aconsejó, y empezó a caminar.

Merlín guardó los huevos en su mochila y se quedó plantado en el suelo, mirándola que caminaba rumbo a la Montaña de las Cocunas. Miró un rato sus pies descalzos moviéndose sobre las piedras y el barro del camino. El polvorín le cubría los tobillos. Buscó sus huellas y no encontró ni rastros. La vio perderse en los quiebres del camino. La miró por última vez y pensó:
«Si no deja huellas, no anda por los caminos».

Siguió Merlín por el camino de Docora. Caminó tirando zancas. Llegó a la Loma de Catalina, y desde ahí miró a Docora y contó con los dedos las casitas de paja tiradas sobre la sabana verde cruzada por el Arroyo de Docora.

Merlín bajó de la loma y preguntó por el toro Tonorito. Unos dijeron que no había vuelto al pueblo, otros respondieron que el único toro que vivía en el pueblo era un tal Amiro Toro, un hombrecito que tenía una casa de paja en la Sabana de los Manantiales de la Nutria. Merlín siguió preguntando. Preguntaba y buscaba. Cuando vio el caracolí de ramas que llegaban casi hasta las nubes, corrió y se encaramó hasta el copito. Desde ahí miró para las lomas y no vio ningún toro negro. Entonces comenzó a cantar. Cantó su canto con una voz recta y larga y ancha que arropó todas las lomas del pueblo. Cantó:

“¡Tonoriiiiiiiiiito,

tonoriiiiiiiiiiiito!

tú mataste a mi mamá
y ahora vengo por ti
para que me mates a mí”

Cantó y cantó.

En las colinas de Birín estaba el toro Tonorito y escuchó el canto de Merlín Alqueciras. Entonces el toro furioso corrió por donde había caminos hasta que llegó a Docora, y anduvo correteando por las calles y los callejones buscando el canto de Merlín. Iba bundeando y escarbando. Dicen que daba resoplidos de candela y que sus pezuñas diamantinas arrancaban de raíz las piedras.

Tonorito vio a Merlín encarapitado en el caracolí, y barajustó a darle cachos al tronco. Por cada cornazo arrancaba una astilla. Sus cachos con puntas de oro cortaban como el hacha destructora de un tumbaselvas. Las astillas volaban. Merlín apuntaba a Tonorito, y le daba tiros con su escopeta. Pero los perdigones le resbalaban en la espalda. No le entraban. Tonorito corneó y corneó el tronco del caracolí y el tronco ya estaba delgadito. Iba a caer el árbol, y Merlín en apuros. Entonces recordó el regalo de la viejecita que no andaba por los caminos, y sacó un huevo de su mochila y lo tiró. El tronco del caracolí volvió a ser grueso, más grueso que antes. Merlín se llenó de asombro y pensó:
«¡Me regaló unos huevos mágicos!»

Tonorito siguió dando cornadas. Merlín le daba tiros en la espaldilla. Tres veces más iba a caer el caracolí, y tres veces más tiró Merlín un huevo mágico.

Cuando le quedaba sólo un huevo mágico, Tonorito estaba, por quinta vez, a un pelo de derribar el caracolí. Entonces Tonorito se sintió vencedor y reculó para tomar el impulso final. Levantó la cabeza para ver a Merlín y en eso Merlín le apuntó el lucero blanco del cielo de su frente negra y le metió un balazo. ¡Eeehpén!: Bramó la escopeta. Y la bala destrozó el lucero blanco, y saltó un chirrete de sangre rojinegra. El toro malo bramó, dobló sus patas y se desplomó. ¡Muerto! Merlín tiró el último huevo y bajó del caracolí. Observó de cerca al finado toro Tonorito. Después fue a la casa del carpintero Eslante y pidió prestado un serrucho, y cortó las punticas de los cachos y las crines del rabo: ¡Todo de oro! Entonces regresó a Printama. Antes de irse miró a Tonorito y dijo:
—Tú mataste a mi mamá. Ahora te he matado a ti.  
   
Se marchó Merlín Alqueciras, el hijo de Remigia Alqueciras del Cerro. Llegó a Printama y le echó el cuento a su hermana.

Los niños de Docora salieron de sus casas cuando Merlín se fue. Entonces corrieron hasta el arroyo y vieron al muerto toro negro llamado Tonorito. Se le acercaron y lo puyaron con palos y decían:
—¡Ahora no es malo!.

Y lo dejaron ahí, entre las piedras, para que se lo comieran los gallinazos y los perros. Varios días después, cuando los gallinazos y los perros terminaron su banquete, los niños regresaron al arroyo y sólo encontraron los huesos blancos y pelados, y las pezuñas de retobo del toro Tonorito. Para entonces ya Tino el Leñador había cargado todas las astillas que arrancó Tonorito y las vendió en el pueblo como leña de fogón. Los niños llegaron a quemar los huesos del toro bravo, y recogieron astillitas y hojas secas, y las apilaron sobre la osamenta, y les prendieron candela. Mientras ardía la hoguera, los niños inventaron un canto, y cantaron:

“Tonorito no mata más

Porque Merlín lo acabó
Tonorito no mata más
Porque Merlín lo mató”

Cantaron y cantaron. Dejaron su cantaleta cuando vieron sobre las piedras del arroyo, entre las cenizas, las cenizas de los huesos del toro que era negro, era bravo, y se llamó Tonorito.

Beethoven Arlantt, 1.961. Nacido en la población de Atanque departamento del Cesar Colombia, desciende de la etnia Kancuama. Es uno de los nuevos narradores del Cesar. 


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