Espacio concebido para promover la creación literaria de poetas y narradores del Cesar y la Costa Caribe colombiana.

sábado, 19 de abril de 2014

Me alquilo para soñar

Posted by Diógenes Armando Pino Avila 8:38, under ,,, | No comments

Gabriel García Márquez
Me pregunto qué fue de ella. La conocí en Viena hace 28 años, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos, y se hubiera dicho que era la única austriaca legítima en la mesa, no sólo por su suculenta pechuga otoñal, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y el acento de quincallería con que hablaba un castellano primario. Pero no: había nacido en Armenia -la de Colombia- y se había ido a Austria muy joven, entre las dos guerras, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los 40 años muy mal llevados, pues nunca debía haber sido bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era uno de los seres humanos más simpáticos que he conocido en mi vida. Y también el más temible. Viena era entonces -y desde entonces lo fue para siempre- la ciudad de el tercer hombre. Una antigua ciudad imperial que la historia había de convertir en una remota capital de provincia, y cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la segunda guerra mundial había acabado de reducirla a lo que fue Estambul en otro tiempo: el paraíso del mercado negro y el espionaje mundial. Carol Reed y Graham Greene no hubieran podido escoger un ámbito más adecuado para una gran película. Y para una gran novela, por supuesto, que es lo que queda en la casa para siempre después de que se encienden las luces del cine y sus hermosos fantasmas de carne y hueso empiezan a fugarse de la memoria. Pero tampoco hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra hasta para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el que la conocieron siempre sus amigos más antiguos de Viena: Frau Roberta.

En esa época ya no le quedaba de su vocación de soprano sino la calidad de aceite tibio de la voz y la suntuosidad pectoral, de modo que no había en mi ninguna intención secundaria la noche en que se nos hizo más tarde que de costumbre y la invité a dar un paseo por el Danubio para ver si era en realidad tan azul como en los valses. No lo era, por cierto, como era fácil de imaginar, sino un torrente denso que no alcanzaba a reflejar la hermosa luna de primavera que se mantenía sin pudor en el centro del cielo. Yo, que siempre he sido un nostálgico a la defensiva, comprendí que un remoto viernes como hoy, cuando ya fuera incrédulo y viejo, iba a acordarme de aquella noche como una de las buenas noches de mi vida (y que tal vez lo iba a escribir, como acabo de hacerlo), y traté de convencerme desde entonces de que era una noche turbia e insípida que no merecería el homenaje de una nostalgia. Sin embargo, una vez más, el destino jugó sucio, porque no me mandó aquella noche sólo con el Danubio y con la luna, sino que me puso la trampa de Frau Roberta. Ahora, tratando de acordarme de ella, no he podido impedir el recuerdo de la noche en que ella estaba, y me parece injusto, pero irremediable. Porque fue en ese mismo instante cuando cometí la impertinencia feliz de preguntarle a Frau Roberta cómo había hecho para asimilarse de tal modo a aquel mundo tan distante y tan distinto de los riscos de vientos del Quindio, y ella me contestó con su verdad de un solo golpe: "Me alquilo para soñar".

Era cierto. Muchos años antes, cuando la nieve se hizo más fría por el hambre, no apeló al recurso fácil de pedir un pasaje de regreso al calor de la patria y olvidarse para siempre de La Bohéme y de Tanhauser, sino que llamó a la primera puerta que le gustó para vivir y pidió trabajo. Le preguntaron qué sabía hacer, y también en ese caso contestó la verdad: "Sé soñar". Aquella frase, que sólo un ama de casa austriaca estaba en condiciones de entender, no sólo cambió el rumbo de una honesta familia católica y pequeñoburguesa ejemplar, sino que fue el principio del bienestar y la fortuna de Frau Roberta.

En realidad, su único compromiso, como lo había propuesto, era soñar. No le costaba ningún trabajo, porque sabía hacerlo muy bien desde niña. Era la tercera de los hijos de un tendero próspero de algún pueblo cercano de Armenia -de cuyo nombre tal vez no quiero acordarme por prudencia- y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. Una vez, a los siete años, soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente, y la madre, que todo lo creía, le prohibió al hijo lo que más le gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Roberta -que quién sabe cómo se llamaba en aquellos tiempos prehistóricos del viejo Quindio- tenía ya desde entonces un sistema original e intransmisible de interpretar los sueños. "Lo que ese sueño significa", dijo, "no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer nada dulce". La sola interpretación era una infamia cuando la advertencia era para un niño de siete años que no podía vivir sin sus postres. La madre, que nunca puso en duda la facultad adivinatoria de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero un mal día el hermano señalado se atragantó con una bola de caramelo que se estaba comiendo a escondidas y no fue posible salvarlo de una muerte atroz por asfixia.

Frau Roberta no pensó nunca que aquella virtud pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró en Viena por la garganta y la obligó a apreciar las posibilidades comerciales de sus sueños. Fue aceptada en la primera casa en que tocó, sin que esa preferencia obedeciera a ninguna visión de la noche anterior -como sería fácil pensarlo-, porque su facultad tenía un límite, y era que servía para los otros pero nunca para ella misma. Empezó con un sueldo modesto, apenas suficiente para los gastos menudos, pero le dieron en la casa un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que toda la familia se sentaba a conocer -dicho por ella según los sueños de la noche anterior- el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un funcionario importante de la administración de correos; la madre, que era una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de 11 y 9 años. Todos eran muy religiosos, y por lo mismo, propensos a la superstición vergonzante. Y todos, hasta los niños, tenían el sentido del humor del padre, que recibió encantado a Frau Roberta en su casa. "Es un placer", le dijo, "conocer a la única persona en este mundo que trabaja durmiendo".

Se quedó para siempre. Durante muchos años, sobre todo en los más tremendos de la segunda guerra, cuando sus sueños se llenaron de obuses que significaban amenazas de dolencias hepáticas, y de aviones en llamas que significaban domingos apacibles, o carnicerías de trincheras que significaban tesoros escondidos en algún lugar de la casa. Por esa época soñaban tanto los miembros de la familia que ella hizo un esfuerzo sincero para aplicar su método de interpretación a los sueños ajenos. Pero fue inútil: sólo ella sabía soñar. De modo que con el tiempo sólo ella podía determinar a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día y cómo debía hacerlo, hasta que su voluntad terminó por ser la única admisible en la casa. Su dominio sobre la familia fue total, y aun el suspiro más tenue tenía la raíz en su almohada visionaria. Por los días en que la conocí había muerto el dueño de casa -liberado para siempre de la esclavitud del correo por una cuantiosa herencia que recibió al final de la guerra- y había tenido la elegancia de favorecer a Frau Roberta en el testamento, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta donde le alcanzaran los sueños.


Mientras me contaba esta historia maravillosa frente al Danubio espeso no pude reprimir la sospecha de que Frau Roberta era tal vez la estafadora más feroz y original de cuantas habían pasado por el mundo. Y se lo di a entender del modo más delicado. "Lo único que quisiera", le dije, "es saber si es verdad que usted sueña". Ella me envolvió con una mirada de compasión. "Es verdad", me dijo sonriendo. "Y por eso he venido esta noche, para decirte que anoche tuve un sueño que tiene que ver contigo: debes irte enseguida y no volver a Viena antes de cinco años". En el primer tren de la madrugada, por supuesto, me fui para Roma. De eso hace 28 años -como ya lo he dicho- y todavía no he vuelto a Viena.

Tomado de: El País

jueves, 17 de abril de 2014

Cien años de soledad

Posted by Diógenes Armando Pino Avila 15:50, under ,, | No comments

De Gabriel García Marquez
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer. 

Fragmento inicial de la más grande novela en idioma español jamás escrita: Cien Años de Soledad.

viernes, 11 de abril de 2014

Salvatore Quasimodo

Posted by Diógenes Armando Pino Avila 16:00, under , | No comments

GARZA MUERTA

En el pantano caliente, clavada en el limo,
querida por los insectos, me duele
una garza muerta.

Yo me devoro en luz y sonido;
derrotado, en ecos escuálidos,
de tiempo en tiempo gime un soplo
olvidado.

Piedad, no sea yo,
sin voces y figura,
en la memoria un día.

Y ENSEGUIDA ANOCHECE

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y enseguida anochece.

LAMENTO POR EL SUR

La luna roja, el viento, tu color
de mujer del Norte, la llanura de nieve...
Mi corazón está ya en estas praderas,
en estas aguas anubladas por la niebla.
He olvidado el mar, la grave
caracola que soplan los pastores sicilianos,
las cantilenas de los carros a lo largo de los caminos
donde el algarrobo tiembla en el humo de los rastrojos,
he olvidado el paso de las garzas y las grullas
en el aire de las verdes altiplanicies
por las tierras y los ríos de Lombardía.
Pero el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria.
Ya nadie me llevará al sur.

Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos
a la orilla de las ciénagas de malaria,
está cansado de soledad, cansado de cadenas,
está cansado en su boca
de las blasfemias de todas las razas
que han gritado muerte con el eco de sus pozos,
que han bebido la sangre de su corazón.
Por eso sus hijos vuelven a los montes,
sujetan los caballos bajo mantas de estrellas,
comen flores de acacia a lo largo de las pistas
nuevamente rojas, aun rojas, aun rojas.
Ya nadie me llevará al Sur .

Y esta tarde cargada de invierno
es aún nuestra, y aquí te repito
mi absurdo contrapunto
de dulzuras y furores,
un lamento de amor sin amor.

A TU LUMBRE NÁUFRAGA

Nazco a tu lumbre naufraga,
ocaso de aguas límpidas.

De hojas serenas arde
el aire consolado.

Desarraigado de los vivos,
corazón transitorio,
soy un límite vano.

Tu don tremendo
de palabras, Señor,
asiduamente pago.

Despiértame de entre los muertos:
cada uno a tomado su tierra
y su mujer.

Tu me has mirado dentro,
en la oscuridad de las vísceras:
ninguno tienen mi desesperación
en su alma:

soy un hombre solo,
un solo infierno.

MILÁN, AGOSTO DE 1943

En vano buscas entre el polvo,
pobre mano, la ciudad ha muerto.
Ha muerto, se oyó el último trueno
en el corazón del barrio viejo,
y el pájaro ha caído de la antena,
allí arriba sobre el convento,
en dónde cantaba, antes del crepúsculo.
No cavéis pozos en los patios,
ya no tienen sed los vivos.
No toquéis a los muertos, tan rojos, tan hinchados:
dejadlos en la tierra de sus casas,
la ciudad está muerta, muerta.


IMITACIÓN DE LA ALEGRÍA

Donde los árboles aún
más desolada hacen la tarde,
al tiempo que indolente
se ha desvanecido tu último paso,
aparece la flor
en los tilos y persiste en su suerte.

Buscas una explicación a los afectos,
pruebas el silencio en tu vida.
Otra ventura me revela
el tiempo reflejado. Aflige
como la muerte, la belleza
ya en otros rostros fulmínea.
He perdido toda cosa inocente,
incluso en esta voz, que sobrevive
para imitar la alegría.

Salvatore Quasimodo, poeta y periodista miembro del movimiento hermético italiano, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1959.
Fecha de nacimiento: 20 de agosto de 1901, Módica, Italia
Fecha de la muerte: 14 de junio de 1968, Nápoles, Italia

jueves, 3 de abril de 2014

Aldo Pellegrini

Posted by Diógenes Armando Pino Avila 21:30, under , | No comments

Sobre la contradicción

Si extiendo una mano encuentro una puerta
si abro la puerta hay una mujer
entonces afirmo que existe la realidad
en el fondo de la mujer habitan fantasmas monótonos
que ocupan el lugar de las contradicciones
más allá de la puerta existe la calle
y en la calle polvo, excrementos y cielo
y también ésa es la realidad
y en ésa realidad también existe el amor
buscar el amor es buscarse a sí mismo
buscarse a sí mismo es la más triste profesión
monotonía de las contradicciones
allí donde no alcanzan las leyes
en el corazón mismo de la contradicción
imperceptiblemente
extiendo la mano
y vivo.

La máscara de medianoche

La casa
es una sombra del vértigo
que agita las manos de los moradores de la espera
un único juguete
la máscara
delante del gato inexplicable
el ente que detiene las horas
la apacible inexistencia de la noche del tiempo
vive la multitud en uno
¿a quién puede sorprender
el gato inmóvil que contempla la espera?
las sombras cubren el muro de la pequeña ausencia
no existe la multitud no existe uno
sólo las manos que se sumergen cada vez más en la sombra
para beber con extraña avidez el cálido licor nocturno
¿a quién puede sorprender
la visita de la pequeña ausencia envuelta en su repetido vértigo?
la única vigilia de la máscara
que despierta a los ausentes
que detiene la hora del gato inexplicable
un rayo de luz
hace más profundas las sombras
la casa
cesa de girar
la inmovilidad se arranca la máscara.

En voz baja

En voz muy baja
para poder atravesar la fragilidad de tu sueño
te haré la revelación de las formas
te contaré la belleza
de lo que nunca se vive
las maravillas que nacen imprevistas de la intensidad
del ardor
te enseñaré a caminar con firmeza en la oscuridad
a iluminar la noche con los deseos
a investigar el secreto inmortal
las aventuras galantes alineadas por orden
cronológico
de la vigilia
las borrará el sueño que busca la mujer que todos
rechazan
la mujer que enciende su espíritu caída en las
maravillas del amor
Yo
despierto
predico la absurda técnica de la irresolución
inmóvil
en voz muy baja
te revelo
que el mundo es una graciosa mentira inventada por el
buen humor de los mártires.

He encontrado el secreto de tus ojos

Mírame
busco en el fondo del pozo la cantárida dorada
y para salvar a la noche asesino a los noctámbulos
mírame hasta el agotamiento de las fuentes
donde el temblor se deshace
en la inmovilidad de tus ojos
¿desde qué día señalado por la ausencia de horas
has dejado de creer en la noche?
el amor es una forma de la maduración de los ríos
es un pasatiempo vertiginoso al borde del abismo
y tú has comenzado a caminar por la cuerda de mis sueños
a embellecer la muerte de los pasos.

Para que sólo tu luz me ilumine
ordena que hoy sea el último día
ordena que se derrumben las alturas
arranca la blanca mancha del sol
de otros ojos extraños que pasan.

Mírame
mírame en la luz de un universo sin mundos
en la luz de esa aurora feroz
mírame con tus dientes
y a través de la espuma
de océanos interminables que nos acechan.

Pesadilla litúrgica

La llama se extingue
la calle sembrada de cenizas
las mujeres comercian con el fuego
los enemigos marchan de la mano
las lágrimas brotan de las puertas
los ciclistas ruedan sobre los principios morales
el gran órgano de la catedral
el humo
gris
una canción sorda
una llama sorda
la alegría hace estallar las venas de los ángeles
un gemido alucinante guía los pasos del sacerdote hacia el deleite
el asombro es rojo
un líquido gotea sobre el altar
la sangre la fugacidad la desnudez
la desnudez la inmortalidad
los ojos como relámpagos, las mejillas veloces
las lágrimas no brotan
tormenta de la fugacidad
lo eterno se paraliza
los ciclistas corren detrás de la indiferencia
el sacerdote acompaña con los ojos la danza
geometría de lo agónico
suspendida en el centro de la mirada
está la desnudez
¿habrá alguien que pueda comprender nuestra fiesta?

Alguien que despierta

Abre tus ojos de barro
tus ojos de cielo y de noche interrumpida
tus ojos de alfombra, tus ojos pisoteados
ábrete a la luz y a la sombra y a los vientos
a la sombra negra que arrojan los cuerpos.

Árbol de la ceguera, de las muertes,
camino de las desapariciones,
marchas hacia los ojos abiertos del tiempo
hacia el agua pura del instante que corre
cuando te detienes te tornas invisible
cuando andas te destruyes
sólo eres la sombra de la idea de ser
pero con el hueco de tu mano ves todo
por el hueco de tu mano te derramas,
cuerpo ávido de caricias de atmósferas,
mil veces impasible, mil veces tierno
pero finalmente absorbido por la nada
que corroe lentamente el agua del tiempo.

Aldo Pellegrini (Rosario (Santa Fe) 1903 – 1973), poeta, ensayista y crítico de arte argentino.

Dos años después de la publicación del Primer manifiesto surrealista de André Breton en 1924, fundó junto a sus compatriotas argentinos Marino Cassano, Elías Piterbarg y David Sussman el primer grupo surrealista de Sudamérica en Argentina, que desemboca en la publicación de dos números de la revista Que en 1928.
También fue fecunda su amistad con su colega en poesía Enrique Molina.
Pellegrini participó en la creación y edición de las revistas Ciclo, Letra y Línea, A partir de cero. Su importante obra poética fue reunida en un volumen bajo el título La valija de fuego, publicada por la Editorial Argonauta en 2001.
En el terreno de las artes plásticas desarrolló asimismo una destacada labor como teórico e infatigable portavoz de los primeros artistas abstractos de la Argentina, publicando innumerables artículos en revistas especializadas de arte. En 1967 organizó en el Instituto Di Tella la importante muestra Surrealismo en la Argentina



viernes, 28 de marzo de 2014

Bertolt Brecht

Posted by Diógenes Armando Pino Avila 15:43, under , | No comments

A los hombres del futuro

Vosotros, que surgiréis del marasmo en el que nosotros nos hemos hundido, cuando habléis de vuestras debilidades, pensad también en los tiempos sombríos de los que os habéis escapado. Cambiábamos de país como de zapatos a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella. Y sin embargo, sabíamos que también el odio contra la bajeza desfigura la cara. También la ira contra la injusticia pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad no pudimos ser amables. Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos en que el hombre sea amigo del hombre, pensad en nosotros con indulgencia.

Canción de una amada

1. Lo sé, amada: ahora se me cae el pelo por mi vida salvaje,
y me tumbo en las piedras. Me veis beber el aguardiente más
barato, y camino desnudo al viento.

2. Pero hubo un tiempo, amada, en que fui puro.

3. Tuve una mujer que era más fuerte que yo, como la hierba
es más fuerte que el toro: se vuelve a erguir.

4. Ella vio que yo era malo, y me amó.

5. No preguntó a dónde conducía el camino, que era su camino,
y quizás iba hacia abajo. Cuando me dio su cuerpo, dijo:
esto es todo. Y fue mi cuerpo.

6. Ahora ya no está en ningún lado, desapareció como una
nube cuando ha llovido, la abandoné y cayó, pues ése era su camino.

7. Pero de noche, a veces, cuando me veis beber, veo su cara,
pálida en el viento, fuerte y vuelta hacia mí, y me inclino ante
el viento.

Canción desde el acuario Salmo 5

He apurado la copia hasta el fondo. Es decir, he sido seducido.
Era un niño, y me amaron.
El mundo se desesperaba, pues yo me mantenía puro. Ella
se revolcó por el suelo ante mí, con miembros tiernos
y atrayente trasero. Me mantuve firme.
Para calmarla, cuando se excitó demasiado, yací con ella
y me volví impuro.
El pecado me satisfizo. La filosofía me ayudaba al amanecer,
cuando velaba. Me convertí en lo que querían.
Miré largo tiempo hacia arriba y pensé que el cielo estaba
triste sobre mí. Pero veía que le era indiferente.
Él se amaba a sí mismo.
Ahora hace tiempo que me ahogué. Yazgo hinchado sobre
el fondo.
Los peces viven dentro de mí. El mar se está agotando.

Hay muchas maneras de matar

Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra, etc…
Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.


Bertolt Brecht fue un escritor alemán, nacido en Augsburgo en el año 1898. Desde muy pequeño sintió afición por las letras y publicó su primera obra cuyo título era "Baal" cuando tenía 20 años. Se dice que era un joven sumamente rebelde, opuesto a las ideas de la casa paterna y dispuesto a vivir a su manera, dejándose atraer por lo extravagante y viviendo intensamente cada segundo. Posiblemente esta forma de vivir fue la responsable de que buscara en el arte la forma de entender la realidad, viendo la literatura como una herramienta para conseguir un cambio en su entorno. Durante la I Guerra Mundial y a causa de sus ideas marxistas, Brecht fue obligado a exiliarse y vivió en Rusia, Estados Unidos, Suiza y Finlandia. De esta época datan gran parte de sus obras, tales como "Tambores en la noche", " Pero en la fría noche" y "Galileo"; la mayoría de ellas, con un tono político rebelde y social.
Brecht falleció en agosto de 1956 en Berlín y es recordado como uno de los poetas y dramaturgos más influyentes del siglo XX, creador del teatro épico y autor de una poesía cristalina y viva, gracias a la cual ha logrado trascender y convertirse en una lectura indispensable para aquellos amantes del teatro y sobre todo de la poesía social.


Biografía tomada de: http://www.poemas-del-alma.com/bertolt-brecht.htm#ixzz2xCHWYzwQ

viernes, 21 de marzo de 2014

César Vallejo

Posted by Diógenes Armando Pino Avila 14:00, under , | No comments

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes...¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o lo heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.


Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

Trilce

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
a donde nunca llegaremos.

Donde, aún si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

-Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. -¿Esta? - No; su hermana.

-No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
-do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.

Los dados eternos

Para Manuel González Prada, esta
emoción bravía y selecta, una de las
que, con más entusiasmo, me ha
aplaudido el gran maestro.

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

ÁGAPE

Hoy no ha venido nadie a preguntar;
ni me han pedido en esta tarde nada.

No he visto ni una flor de cementerio
en tan alegre procesión de luces.
Perdóname, Señor: qué poco he muerto!

En esta tarde todos, todos pasan
sin preguntarme ni pedirme nada...

Y no sé qué se olvidan y se queda
mal en mis manos, como cosa ajena.

He salido a la puerta,
y me da ganas de gritar a todos:
Si echan de menos algo, aquí se queda!

Porque en todas las tardes de esta vida,
yo no sé con qué puertas dan a un rostro,
y algo ajeno se toma el alma mía.

Hoy no ha venido nadie;
y hoy he muerto qué poco en esta tarde!

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia y los caminos...

César Abraham Vallejo Mendoza (Santiago de Chuco, Perú, 16 de marzo de 1892 - París, 15 de abril de 1938), poeta y escritor peruano considerado entre los más grandes innovadores de la poesía del siglo XX. Fue, en opinión del crítico Thomas Merton, "el más grande poeta universal después de Dante". Publicó en Lima sus dos primeros poemarios: Los heraldos negros (1918), que reúne poesías que si bien en el aspecto formal son todavía de filiación modernista, constituyen a la vez el comienzo de la búsqueda de una diferenciación expresiva; y Trilce (1922), obra que significa ya la creación de un lenguaje poético muy personal, coincidiendo con la irrupción del vanguardismo a nivel mundial. En 1923 dio a la prensa su primera obra narrativa: Escalas, colección de estampas y relatos, algunos ya vanguardistas. Ese mismo año partió hacia Europa, para no volver más a su patria. Hasta su muerte residió mayormente en París, con algunas breves estancias en Madrid y en otras ciudades europeas en las que estuvo de paso. Vivió del periodismo complementado con trabajos de traducción y docencia. En esta última etapa de su vida no publicó libros de poesía, aunque escribió una serie de poemas que aparecerían póstumamente. Publicó en cambio, libros en prosa: la novela proletaria o indigenista El tungsteno (Madrid, 1931) y el libro de crónicas Rusia en 1931 (Madrid, 1931). Por entonces escribió también su más famoso cuento, Paco Yunque, que fue publicado años después de su muerte. Sus poemas póstumos fueron agrupados en dos poemarios: Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, publicados en 1939 gracias al empeño de su viuda, Georgette Vallejo. La poesía reunida en estos últimos poemarios es de corte social, con esporádicos temas de posición ideológica y profundamente humanos. Para muchos críticos, los “poemas humanos” constituyen lo mejor de su producción poética, que lo han hecho merecedor del calificativo de “poeta universal”.

viernes, 14 de marzo de 2014

André Breton

Posted by Diógenes Armando Pino Avila 18:00, under , | No comments


NO HA LUGAR

Arte de los días arte de las noches
La balanza de las heridas que se llama Perdona
Balanza roja y sensible al peso de un vuelo de pájaro
Cuando las amazonas de cuello de nieve con las manos vacías
Empujan sus carros de vapor sobre los prados
Veo esa balanza sin cesar enloquecida
Veo el ibis de bellos modales
Que regresa del estanque atado en mi corazón
Las ruedas del sueño encantan a los espléndidos carriles
Que se elevan altísimos sobre las conchas de sus vestidos
Y el asombro salta de aquí para allá sobre el mar
Ve mi querida aurora no olvides nada de mi vida
Toma estas rosas que trepan en el pozo de los espejos
Toma los latidos de todas las pestañas
Toma hasta los hilos que sostienen los pasos de las marionetas
y de las gotas de agua
Arte de los días arte de las noches
Estoy en la ventana muy lejos de una ciudad llena de terror
Fuera unos hombres con sombrero de copa se persiguen a
intervalos regulares
Semejantes a las lluvias que amaba
Cuando hacía tan buen tiempo
«La ira de Dios» es el nombre de un cabaret al que entré ayer
Está escrito sobre la portada blanca con letras más pálidas
Pero las mujeres-marineros que se deslizan detrás de los cristales
Son demasiado hermosas para tener miedo
Aquí nunca el cuerpo siempre el asesinato sin pruebas
Nunca el cielo siempre el silencio


UN HOMBRE Y UNA MUJER ABSOLUTAMENTE BLANCOS

En el fondo de la sombrilla veo a las maravillosas prostitutas
Con su vestido un poco ajado junto al farol color de los bosques
Se pasean con un gran pedazo de papel mural
Como no se puede contemplar sin que se oprima el corazón
los viejos pisos de una casa en demolición
O una concha de mármol blanco desprendida de una chimenea
O una red de esas cadenas que detrás de ellas se enredan
El gran instinto de la combustión se apodera de las calles
donde ellas permanecen
Como flores asadas
Los ojos levantando a lo lejos un viento de piedra en los espejos
Mientras se abisman inmóviles en el centro del torbellino
Nada iguala para mí el sentido de su pensamiento desaplicado
La frescura del arroyo en el que sus botines mojan la sombra de su pico
La realidad de esos puñados de heno cortado en donde desaparecen
Veo sus senos que ponen una punta de sol en la noche profunda
Donde el tiempo de inclinarse y erguirse es la única medida
exacta de la vida
Veo sus senos que son estrellas sobre olas
Sus senos en los que llora para siempre la invisible leche azul

EN EL HERMOSO MEDIODÍA DE 1934

En el hermoso mediodía de 1934
El aire era una espléndida rosa color salmonete
Y el bosque cuando yo me disponía a entrar comenzaba por un árbol
con hojas de papel de fumar
Porque yo te esperaba
Y si tú te paseas conmigo
Por donde sea
Tú boca es intencionadamente el tizón
De donde surge sin cesar la rueda azul difusa y rota que asciende
Para palidecer el rodal
Todas las ilusiones se apresuraban a mi encuentro
Una ardilla vino a aplicar su blanco vientre sobre mi corazón
Yo no sé como se mantenía
Pero la tierra estaba llena de reflejos mas profundos que los del agua
Como si el metal hubiera por fin sacudido su cáscara
Y tú tendida sobre el horroroso mar de pedrería
Girabas
Desnuda
En el enorme sol de fuego artificial
Yo te veía descender lentamente por los radiolarios
Incluso las conchas del erizo del erizo yo estaba allí
Perdón yo no estaba allí
Había levantado la cabeza pues el vivo estuche de terciopelo blanco me
había abandonado
Y estaba triste
El cielo entre las hojas resplandecía hosco y duro como una libélula
Yo iba a cerrar los ojos
Cuando los dos tabiques del bosque se habían bruscamente separado
cayeron
Sin ruido
Como las hojas centrales de un lirio inmensos
De una flor capaz de contener toda la noche
Yo estaba donde me ves
En el perfume tocado al vuelo
Antes de que volvieran como cada día a la vida inconstantes
Tuve tiempo de descansar mis labios

En tus muslos de cristal

André Breton (Tinchebray, 19 de febrero de 1896 - París, 28 de septiembre de 1966), escritor, poeta, ensayista y teórico del Surrealismo, reconocido como el fundador y principal exponente de este movimiento artístico.

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